PSICOLOGÍA DE LA EVOLUCIÓN DEL HOMBRE


Juan Rojo Moreno

Ouspensky (filósofo y escritor) dictó 5 conferencias en Londres (1934) que las fue retocando hasta su publicación en 1950 (tres años después de su fallecimiento en 1947; la introducción la escribió en 1945) con el nombre de  Psicología de la Posible Evolución del Hombre [1].

Se plantea Ouspensky una importante diferencia entre la psicología “científica” que estudia al hombre tal como lo encuentra y otra psicología que estudia al hombre desde el punto de vista de su posible evolución.

Por esto llega a dar cuatro definiciones de psicología:

1- La psicología es el estudio de los principios, leyes  y hechos relativos a la posible evolución del hombre.

2- Psicología es el estudio de uno mismo. Pues uno de los mayores obstáculos del hombre es su ignorancia de sí mismo y la ilusoria convicción de conocerse, al menos en cierta medida, y de poder describirse él mismo, cuando en realidad no se conoce en absoluto.

3-  La psicología es el estudio de la mentira. El hombre no sabe que evolución le es posible ni en qué punto de ella se halla actualmente, y se atribuye rasgos que pertenecen a fases superiores de la evolución. Él no puede estudiarse, siendo incapaz de distinguir entre lo imaginario y lo real en sí. Mentir quiere decir deformar o, en ciertos casos, disimular la verdad o lo que se cree es la verdad. No podemos conocer la verdad pero podemos simular que la conocemos. Y eso es mentir. La mentira llena nuestra vida entera -señala Ouspensky. La gente finge saber de todo pero en realidad casi nada sabe “y cada vez que habla de algo que ignora como si lo supiera, miente. Por consiguiente, el estudio de la mentira se torna de capital importancia en psicología”.

4- La psicología es el estudio de un nuevo lenguaje. Y ese nuevo lenguaje es la lengua universal que los hombres se esfuerzan a veces por descubrir o inventar. Es universal en el mismo sentido que lo son los símbolos matemáticos. Jaspers hablaría de lenguaje “cifrado” y Ouspensky dice “no conocéis aún sino unas pocas  palabras de ese lenguaje, pero ya os dan la posibilidad de pensar y de hablar con más precisión de lo que os lo permite el lenguaje ordinario, aun si usáis terminologías y nomenclaturas científicas o filosóficas”[2]

Ouspensky se interesa, más que  por el análisis de los fenómenos de la psique humana, por las fuerzas ocultas del hombre pero no fue un psicoanalista [3] sino que desarrolla un humanismo o misticismo fuertemente influenciado por su maestro George Gurdjieff .

La evolución del hombre no se ha producido de una manera automática (está Ouspensky muy en contra del mecanicismo y del hombre-máquina) sino que ha sido necesario el esfuerzo consciente del propio hombre. El esfuerzo dirige los pasos evolutivos pues “la evolución del hombre significará el desarrollo de ciertas cualidades y características interiores que habitualmente permanecen embrionarias y que no pueden desarrollarse por sí solas”.

Uno de los problemas evolutivos actuales, desde esta perspectiva, es que estamos tan mecanizados, tan atentos a los valores exteriores y cosas del mundo que no estamos desarrollando de forma  intensa fuerzas internas evolutivas: “sin esfuerzo la evolución es imposible; sin ayuda es igualmente imposible; la evolución es una cuestión de esfuerzo personal”.

El esfuerzo también es considerado fundamental en el desarrollo de la conciencia por C. G Jung cuando señala: “Al estudiar la historia del desarrollo humano nos vemos constantemente impresionados ante la comprobación de que con el desarrollo mental corre pareja una ampliación del campo de la conciencia, así como que cada paso de avance representa una conquista sobremanera dolorosa y penosa. [4]

Entra nuestro autor de referencia de forma directa en una cuestión que ahora muchos científicos, filósofos y divulgadores frecuentemente lo hacen de forma mucho más “light”: no todos los hombres pueden desarrollarse y evolucionar. Estamos acostumbrados a leer cada vez más  libros y artículos que nos prometen estimulación cerebral, datos que nos van a ayudar a controlar todo, prótesis orgánicas, desaparición de enfermedades por conocimiento genético (y/o manipulación). Pero si estimulamos la memoria ¿todo el mundo recibirá el mismo estímulo o seguirá habiendo mejores y peores estimulados? Si estimulamos la capacidad cognitiva ¿habrá quien maneje mejor y otros peor esa estimulación?

Quizá Y. N Harari (Homo Deus)[5] es uno de los que más ponen en claro el problema de las personas que, según él, serán “económicamente inútiles”, y algunos autores que escriben sobre transhumanismo también se plantean: ¿la estimulación cerebral o la superinteligencia nos hará más felices, más sociales o humanamente mejores?

Para Ouspensky muchos no evolucionarán simplemente porque no lo desean. Para el desarrollo, para la evolución, es condición necesaria que el hombre no se conforme con su estado presente “deben sentir un gran interés o deseo por el estado nuevo desconocido que debe aportar el cambio”.

El hombre, dice nuestro autor, no solo no se conoce sino que “no conoce siquiera hasta qué punto no se conoce”. Es una máquina, una marioneta tirada aquí y allá por hilos invisibles. Por esto puede estar contento con cómo se encuentra pues no conoce que su libre albedrío es completamente condicionado.

Algo semejante escribe en 1957 López Ibor cuando señala que la vida actual se halla sometida a la ley del rendimiento. El hombre vale, gana y se cotiza según rinde, por lo que la ley de la vida non depende tanto de lo que realmente se es. El hombre renuncia así paulatinamente a su carácter de persona para caer en la uniformidad de la máquina.[6]

Aunque el hombre tiene una oportunidad, según Ouspensky: puede saber que es una máquina y si se da plena cuenta de ello puede hallar los medios de cesar de ser una máquina.

Y para esto un primer paso fundamental es el asumir la otredad, la alteridad: “saber que él no es uno, sino que es muchos”. En este punto Ouspensky enlaza con toda la filosofía del yo-a través-del-otro, que viene del antiguo misticismo oriental y entre los europeos nombrar al menos al psiquiatra y filósofo K. Jaspers y a Ortega y Gasset. No en vano, como señalamos al principio, el maestro de Ouspensky fue George Gurdjieff que desarrolló su doctrina basándose en múltiples orígenes y en diversas tradiciones tales como el budismo, sufismo, hinduismo y cristianismo ortodoxo oriental.

El hombre centrado en sí mismo que no se conoce a través de la alteridad sigue enfrascado frecuentemente en emociones negativas y, muy a menudo, orgulloso de su identificación y de la consideración. La identificación es un hecho curioso por el que “se identifica” con todo: con lo que dice, con lo que sabe, con lo que cree, con lo que desea o no desea, “si el hombre pudiera liberarse de la identificación, se liberaría de muchas de las manifestaciones inútiles y estúpidas”. La consideración, entiende Ouspensky, significa que el hombre necesita constantemente “ser considerado” y se preocupa constantemente de lo que los demás piensan y valoran de él.

Para un hombre mecánico, en relación con las emociones negativas (fastidio, irritación, envidia, temor, etc.) basadas en la identificación y en la consideración, entiende Ouspensky que la cosa más difícil de admitir es que ni las propias ni las de los demás tienen el menor valor y que no contienen nada de noble ni de bello.

Lo más extraño y fantástico de las emociones negativas es que la gente las adora. Su único aspecto bueno es que  siendo perfectamente inútiles, pueden ser destruidas sin perjuicio alguno. Y cuando esto ocurre llega un momento en que el hombre debe sacrificar su sufrimiento. Esto es quizá lo más difícil pues en realidad las personas sacrifican todo antes que sus emociones negativas: “no existe placer ni goce que el hombre no esté dispuesto a sacrificar por razones fútiles, pero jamás sacrificará su sufrimiento, […] ya que el hombre espera siempre algo del sacrificio de sus placeres, pero nada espera del sacrificio de su sufrimiento”.

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Hemos tenido oportunidad de escribir anteriormente sobre otras perspectivas que interesan la evolución humana, el tecnohumanismo, la biomejoración, etc. Con Ouspensky volvemos a retomar el camino del esfuerzo personal y de la superación para la propia evolución, y de nuevo nos introduce en niveles de conciencia y complejidad-conciencia. Y, ¡cómo no! en la lucha contra la superficialidad del Ser. Ya no podemos alargarnos pero en su última conferencia se adentra en la diferencia entre el ser y el saber y el desarrollo unilateral y parcial que aparece cuando se identifica la evolución solo con el saber.

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[1] P. D Ouspensky. The Psychology of Man’s Possible Evolution. New York: Hedgehog Press, 1950. (la edición que utilizo es la Argentina de 1965- 4ª edición-,  Piscología de la posible evolución del hombre, Hachette). Está en  castellano accesible en https://drive.google.com/file/d/0Bz7L2Pl4PvsYblZBSHNZNk9aRDA/view en inglés en  http://www.holybooks.com/wp-content/uploads/Ouspensky-The-Psychology-of-Mans-Possible-Evolution.pdf

[2] Para Ouspensky la división de la palabra “hombre” en siete palabras: hombre 1, hombre 2, hombre 3,4,5,6 y 7, con todo lo que de esto deriva, es un ejemplo de este lenguaje nuevo. Habla del hombre Nº 1 que es el hombre físico (predominio del centro instintivo o el motor), el hombre Nº 2 es el hombre emocional, el hombre Nº 3 es el hombre intelectual. Todos los hombres nacen 1,2 o 3 y no pueden alcanzar categorías superiores si no es pasando por escuelas (algún maestro o guía)

El hombre Nº 4 no ha nacido tal. Es el producto de una cultura de escuela (formación guiada). Difiere del hombre 1,2 o 3 por el conocimiento que posee de sí mismo, por la comprensión de su propia situación. En él la idea de su desarrollo se ha tornado más importante que todos sus demás intereses. El hombre Nº 5 ha adquirido la unidad y la conciencia de sí. El hombre Nº 6 ha adquirido la conciencia objetiva. El hombre Nº 7 ha alcanzado cuanto un hombre puede alcanzar: tiene un Yo permanente y una voluntad libre

[3] Para Ouspensky son expresiones erróneas, términos equivocados, las de subconsciente o pensamiento subconsciente. Nada es subconsciente de manera permanente, por la razón de que nada es consciente tampoco de manera permanente y no existe “pensamiento consciente”. Los dos únicos estados de conciencia en los que vive el hombre son el sueño y el sueño despierto.

[4] C. G. Jung. Psicología y Educación. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1949.

[5] Yuval Noah Harari. Homo Deus. Breve historia del mañana. Editorial Debate, 2016

[6] J.J. López Ibor. Mesura y desmesura en la educación  (1957). En discurso a los universitarios españoles. Biblioteca del pensamiento actual, Segunda edición aumentada, Ediciones Rialp, Madrid, 1957.

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MEDICINA GENERAL Y SUS ESPECIALIDADES


Juan Rojo Moreno

Juan José López Ibor en 1937 publica “Discursos a los Universitarios Españoles” y lo reedita en 1957. Pasados 20 años, en la reedición de la obra, señala: “me ruboriza un poco, incluso, el estilo patético de algunas páginas y cierta veta grandilocuente de otras que me son sustancialmente extrañas”.[1]

Pero al mismo tiempo indica que patetismo y grandilocuencia aparte, hay muchas ideas que 20 años después conservan su vigencia. Y esto es lo que nos interesa ahora ya en el siglo XXI al releer esta obra habiendo pasado ahora al menos 80 años desde su primera publicación, pues llama la atención como siguen siendo vigentes muchas de las cosas que dijo entonces, que nos sirven como reflexión.

La especialización en Medicina

 Los avances han obligado a especializarnos, más aún, si cabe, a medida que estos se van produciendo. A veces incluso dentro de la misma especialidad hay super-especialistas o sub-especialidades. ¿Dónde está el límite en el que el médico pierde la visión global y sólo utiliza la perspectiva técnica superespecializada?

No podemos valorarlo como bueno o malo, a veces es necesario (¿?). Pongo los interrogantes. ¿Dejamos la medicina general solo para los generalistas? ¿Es normal que un especialista, por poner un ejemplo un psiquiatra, no sepa poner una inyección intramuscular? Podrá aducir que en el ejercicio habitual de su profesión no ha de realizarlo, o igualmente un dermatólogo tratar o tener que diagnosticar un síndrome raro hematológico que no dé síntomas dérmicos. Pero ¿y la reacción global de la persona al diagnóstico? ¿Y la vivencia de enfermedad? ¿Seguro que tampoco va a dar síntomas dermatológicos?

Por supuesto, creo que no podemos ser todos los médicos especialistas de todo, pero no debemos abandonarnos en nuestra especialidad y dejar de formar parte del cuerpo de aprendizaje común que la medicina te obliga toda la vida. La formación médica no acaba cuando terminamos los años de preparación universitaria ni cuando terminamos la especialidad, continua indefinidamente incluso cuando el médico se ha jubilado ¿o dejará de asistir el médico jubilado a un accidentado pues ya está jubilado?

López Ibor señala en este sentido cómo la Universidad debe luchar contra los peligros de la disgregación del hombre que, en su ámbito, están representados por el especialismo y la entrega, sin medida, a la técnica. El fondo que el médico, sea cual sea su desarrollo profesional, ha aprendido y sigue desarrollando es lo importante: “la formula no es que el estudiante de anatomía oiga un curso de filosofía. Toda ciencia, por particular que sea, posee un substrato en el que se apoya y por el que establece sus conexiones con las demás. El secreto pedagógico está en hacer aparente y sustancioso ese substrato”.

En estos tiempos, dice López Ibor -se refiere a 1937 y veremos que puede parecer hoy-, “el peligro de los estudiantes actuales, su `deformación profesional´ es que buscan el aprendizaje inmediato, a veces, ni siquiera el aprendizaje útil para después, sino el que presta una utilidad inmediata: la de servir para prepararse al examen”. Estoy seguro que muchos estudiantes actuales de medicina y los recién terminados de ésta Licenciatura o Grado lo entenderán perfectamente.

Nos preguntamos, con cierta razón lógica, qué fortaleza psicológica y vocacional hay que tener para tras atravesar, durante los 6 años de formación universitaria, esa “carrera” tremenda de créditos y competitividad, y luego un nuevo examen para guerrear con o “contra” los compañeros para una plaza de especialidad y luego tras hacer la especialidad, de nuevo, para conseguir, en una nueva oposición, que la plaza tenga una estabilidad. Nos preguntamos, insisto, cuando eso llega tras más de 10 o 15 años de inseguridad y tensión (10 contando la especialidad y pongamos 5 como mínimo para conseguir una seguridad estable en la plaza) ¿Cuánto queda de la fuerza vocacional para que el médico siga aprendiendo no solo de  su especialidad que ya domina suficientemente sino del substrato general de  toda la cultura médica?

No tengo la respuesta, pero sé que nuestra profesión es muy vocacional pues muchos de los que hacen esta dura travesía siguen siendo muy buenos médicos interesados no solo en las enfermedades sino en la globalidad de los hombres enfermos. Aunque entendamos a los que naufragan en esta concepción y desarrollan otra, quizá, más práxica vital.

La ciencia, la técnica, la velocidad.

El avance en nuestras capacidades de predicción, y los conocimientos sobre las causas, dice López Ibor, ha puesto en nuestras manos un poder nuevo: el conocer, como poder (frente al conocer como perfección). Fausto se lamenta: “¡Ay, filosofía, jurisprudencia y medicina y, por mi desgracia, también teología! Todo lo he estudiado a fondo, con una tenacidad ardiente y heme aquí, pobre loco y soy tan cuerdo como antes”.

El hombre moderno se angustia porque no puede parar. A veces se  siente acelerado, pero… si para, si se detiene, se considera que está en retroceso, “el hombre de hoy ha inventado la técnica, pero la técnica tiende a deshumanizar al hombre”.  Se siguen amontonando más y más hechos y conocimientos, pero no  hay un nuevo sentido para estos. Y lo importante de los conocimientos técnicos no es al fin y al cabo más que la eficacia. Eficacia y eficiencia dos términos tan usados hoy en día en todas las estructuras administrativas y, cómo no, también en el mundo de la salud. La diferencia entre eficacia y eficiencia ( aquí )

Han aumentado, y siguen aumentando, de tal manera los conocimientos que han de ser aprendidos por los universitarios que no puede prestarse tiempo a que su formación cultural se amplíe al unísono que la profesional: la idea es que la universidad proporcione titulados formados en ciencia y técnica. El ideal sería, al entender de nuestro autor de referencia, que no se estudien realidades distintas, sino una sola realidad desde  un punto de vista distinto: “no hay que estudiar toda la realidad del mundo en una célula, sino una célula como si en ella estuviese reflejada toda la realidad del  mundo. El estudio no pierde así en agudeza. Gana, en cambio, en jerarquía y perspectiva.”

Ante el espectáculo -sigue López Ibor- de unos programas hipertróficos, de unos alumnos ajetreados de una clase a otra, sin reposo intelectual alguno, Ortega levantó el principio de la economía de la enseñanza: no exigir el esfuerzo máximo al alumno (que con menos esfuerzo se consiga mejores resultados) y que el profesor controlase sus impulsos de convertir su enseñanza en un teratoma injertado en las inteligencias de sus alumnos. Pero frente  a esta economía que propone Ortega y frente al tópico de la cultura general, López Ibor propone la realidad de una cultura selectiva. La cultura no es una misión exclusiva de la Universidad pero saber seleccionar las relaciones necesarias entre la cultura médica y la cultura general será beneficioso para el alumnado y frenará que cada disciplina se convierta en una montaña ingente o en una silueta inerme según la grande o escasa vitalidad de quien la profese.

La velocidad en la aparición de nuevos datos crea un problema en relación con las clases universitarias. No todos los años aparecen grandes innovaciones en un tema docente que sea necesario estar cambiando.

Cierto, hay quienes les gusta añadir más y más datos nuevos a cada clase de manera que para el alumno parece que cada tema es un gigantesco universo de datos importantísimos. En estos casos se  intenta transformar al alumno en una biblioteca andante. No es adecuado. La estructura de cada tema suele mantenerse firme durante algún tiempo y la didáctica exige que se sepa qué vale la pena añadir o eliminar para no hacer un vasto tratado de cada apartado y de cada especialidad. Es buena experiencia después de haber dictado una serie de años unos temas dejar de hacerlo y explicar otros. Cuando se vuelve a los primeros no solo ha de revisarlos sino que también puede ver cómo lo han explicado otros profesores, y se enriquece el contraste de lo que puede ser importante, no para el profesor sino fundamentalmente para el alumno. Esto hace más vivido y personal la dicción de clases.

Fichte en 1807 ya planteó la tesis que el profesor de Universidad debe saber algo que no está en los libros. Esto, señala López Ibor, no quiere decir que cada profesor tenga que poseer una parcela propia de verdad sino que al conocimiento científico hay que adherirle un coeficiente de vitalidad.

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En esta velocidad de la técnica nos encontramos ¿en crisis?

Señala en 1957 López Ibor que “con frecuencia se alude a la crisis del hombre moderno; pero el hombre ha estado muchas veces en crisis y, por lo tanto, la crisis en la vida histórica, como la crisis en la vida individual, no son acontecimientos anómalos. A diferencia de las anteriores, la crisis actual se caracteriza porque el hombre moderno no barrunta cuál es su destino inmediato. En otras crisis históricas al mismo tiempo que se desmoronaban una serie de valores y empalidecían unos esquemas de vida, nacían otros. Ahora no ocurre así. El hombre siente la insuficiencia de las ideas políticas, sociales, económicas, etc., pero si bien palpa y sufre su fracaso, no vislumbra, a diferencia de lo que ha ocurrido en otras crisis históricas, nuevos horizontes. Esta falta de idea de lo que va a venir es lo que engendra el nihilismo de los tiempos presentes”.

Parece ser que los “tiempos presentes” de 1957 son semejantes a los actuales ya en el siglo XXI.  Hemos seguido avanzando en la ciencia y la técnica de manera que “ciencia quiere decir para el hombre de nuestros días, progreso y técnica. Apenas se concibe otra forma de sabiduría que la de poseer los secretos de la naturaleza para operar sobre ellos”.

Ya no es concebible un avance sin técnica y sin ciencia. Pero no todo es técnica y ciencia como bien sabe cualquier médico generalista o especializado que diariamente patentiza la relación médico-paciente. Como dijo Kekulé 25 años después de su famoso sueño:

“Aprendamos a soñar, caballeros, así podremos encontrar la verdad, pero guardémonos de publicar nuestros sueños hasta que han sido probados por entender el despertar “.

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[1] J.J. López Ibor. Discurso a los universitarios españoles. Biblioteca del pensamiento actual, Segunda edición aumentada, Ediciones Rialp, Madrid, 1957.

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LA RAZÓN MÍSTICA


Juan Rojo Moreno

         Hablar a  la vez de razón y mística parece un contrasentido, pero estamos tan invadidos continuamente por la verdad científica y la razón contrastada, que es un aliento vivo cuando nos llega un libro como Mystic Topaz de Pilar Pedraza [1].

Cuando estaba leyendo este libro, de forma sincronística que diría C. G Jung, me llegaron dos variables informativas, en cierto modo opuestas, que son el contrapunto de lo que hoy quisiera comentar: por una parte coincide mientras leo Mystic Topaz  que emiten en un canal de televisión la película Stigmata dirigida por Rupert Wainwright en 1999, en la que el padre Andrew Kiernan (Gabriel Byrne) ex-científico y sacerdote jesuita investiga supuestos milagros.  Me llamó la atención cuando en la película se critica al sacerdote que estudia el caso diciendo que “no sabe aún si es un científico o un sacerdote”.  Por otra parte, un día antes, recibí un libro de mi especialidad que revisa y actualiza con gran profusión de detalles, sobre un apartado concreto, lo que hasta hoy la ciencia conoce en ese campo. Es un buen trabajo que intenta mostrar, en cierto modo, “las evidencias” científicas del enfermar.

¿Dónde se encuentra la razón de la realidad?

Es evidente que nadie lo sabe, pero Pilar Pedraza en Mystic Topaz nos aporta un contrapeso a esta realidad que creemos tan consabida y que no obstante nos perplejiza cuando profundizamos un poco más en nosotros, en el mundo y en el cosmos. Su relato ocurre en una tienda de gemas y productos esotéricos que realmente está situada en todas y en ninguna parte, pues tanto se localiza en el norte o el este de Italia como en Túnez o en la ciudad española de Valencia.  Su situación y las reseñas del contorno no son solo referencias para situar la acción, sino categorías de lo inesperado, de lo inubicado que supone la conexión mística. Porque en ella, en Mystic Topaz, no estamos solo con las cosas o frente a ellas, estamos en el mismo principio de indeterminación. Uno tras otro, en sus relatos, parece que nos encontremos con enigmas que pueden ser sorprendentes, pero al mismo tiempo, por otra parte, muchos de ellos, de tan conocidos y hablados ya no solo se conocen sino que se han hecho tópicos, más en cuanto que hoy en día con el mundo de la reproducción fantástica y comunicación, éstos, en cierto modo, han sido asimilados a la cultura habitual: los postersgeist, los “viajes” en estados de conciencia modificados, los fenómenos sincronísticos de C. G Jung, las meditaciones “orientales”, etc.

La posibilidad de esta realidad subintencional ya la comenté en ¿Cuán real es la realidad? (aquí).

¿Es posible vivir imbuido por el mundo esotérico, de los chacras y de la energía intencional que mueve nuestras vidas -que se  refleja en el Tarot, en las videncias, en los que tienen poderes, en la cábala, en el I Ging, etc.- y al mismo tiempo creer en la medicina científica, en la telefonía digital y en la transmisión de eventos mediante televisión?

Pues sí que es posible. Puedes ver a un indígena que tras hacer un rito para eliminar un espíritu maligno, a continuación toma un teléfono móvil para llamar a otra persona, y en el otro lado igual ves al más rancio de los científicos naturalísticos que ante un apuro vital tiene la esperanza, más o menos en el fondo, de que un “milagro” o una fuerza interna pueda salvar a un familiar muy cercano o a él mismo de la catástrofe inevitable. El mismo neurocirujano, el Dr. Eben Alexander, ante una experiencia significativa estando a ras de la muerte cambia su concepción científica naturalística de la existencia por otra muy diferente (aquí).  Pero seguro que no dejó de tener la certeza de que el coche que condujera le daría seguridad cuando circulaba, en base a los adelantos técnicos que sobre él se han aplicado.

En realidad vivimos entrelazados en los dos mundos y aún no hemos conseguido consolidar uno solo unitivo.

Uno de ellos, el técnico-científico, quiere explicar al hombre y la naturaleza sin acabar de conseguirlo. El otro, el místico, quiere dar sentido al hombre y al cosmos sin explicarlo, y sin acabar de lograrlo. Ambos consiguen avances significativos pero no totales ni definitivos. Ninguno consigue eliminar, -más allá del proceso en individuos concretos-, el terror, la desesperanza y la incertidumbre que el ser humano sigue encontrando cuando patentiza lo que hoy en día sigue siendo la  cotidiana “humanidad”.

Quizá, ambos mundos no sean más que escaparates diferentes de una sola tienda, y desde cada escaparate como dice Pilar Pedraza en su obra: tenemos que seguir viviendo y “la gente comprando esperanzas”.

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[1] Mystic Topaz. Pilar Pedraza. Editorial Valdemar, 2016.

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LAS PSEUDOCIENCIAS


Juan Rojo Moreno

         Los médicos se encuentran cómodos con los “datos y las evidencias”. La Organización Médica Colegial ha ido eliminando las secciones “pseudocientíficas” y en las diferentes universidades van desapareciendo los máster de estas perspectivas.

Complejo es el asunto. Le pregunté a un compañero psiquiatra de gran experiencia y asiduo a escribir también en sus blog si iba a reseñar algo sobre este tema y me dijo ¡no, es algo que está muy politizado!

Creo que no es necesario remarcar, una vez más, el gran avance que ha hecho la medicina gracias a los adelantos técnicos y al aplicar el método científico. Y esto nos lleva, como señala el psiquiatra Celso Arango a que: “dentro de un Sistema Nacional de Salud no podemos correr con los gastos que supone aplicar terapias que no están basadas en datos y que no están basadas en coste-eficiencia” (aquí).

Estoy en general de acuerdo con estos preceptos, pero ¿qué ha motivado esta nueva postura? Serán muchos los motivos, que seguro se me escapan, pero el intrusismo médico de estas alternativas o el extremismo de algunos profesionales es seguro que ha influido. Que Steve Jobs se tratase un cáncer de páncreas con zumos naturales (especialmente de naranja) en vez de operarse (era un tumor operable) o que se propugne la no vacunación de los niños, o que digan que se puede curar el cáncer con bicarbonato (el colegio de médicos de Barcelona tiene al menos 5 expedientes contra médicos por prescribir sólo terapias alternativas en cáncer /aquí/), etc., ha creado un movimiento médico importante en contra de estas terapias alternativas.

Pero debemos romper al menos una lanza a favor de las mismas (aun a riesgo de cometer un acto grave “político”). Si eliminamos de los colegios médicos a los profesionales titulados en medicina que desarrollan estas prácticas y si eliminamos de las universidades cualquier tipo de actividad realizada por profesionales médicos, justo estamos suprimiendo cauces de expresión y de control sobre estas alternativas y precisamente sobre profesionales cualificados a los que se les podrá exigir una responsabilidad en caso de negligencia. ¿Un médico con formación en terapia alternativa, pero que sigue siendo médico, tratará una pulmonía o un cólico renal solo con remedios “complementarios”? ¿O un cáncer, sin recomendar un tratamiento específico oncológico? Si lo hace y hay resultados negativos y consecuencias graves en el paciente, sobre ese profesional de la medicina los mismos colegios médicos y la legislación de las buenas prácticas de la medicina seguro que pueden actuar. ¿Pero qué pasará si desaparecidos estos profesionales del amparo institucional cierran sus consultas y entonces la gente angustiada a quien recurre es a ciertos hechiceros, charlatanes y demás gente no cualificada? Evidentemente, ante los resultados desastrosos en enfermedades importantes nadie podrá exigirles a esos cuentistas que “no han ejercido una práctica profesional adecuada” pues no son profesionales.

Este tema me lo comentaba una doctora en una reunión que tuvimos en Castellón hace unas semanas y ella dentro de su ejercicio de la medicina también practica algunas de las terapias alternativas. ¿Se va a prohibir en China la acupuntura cuando su medicina se haga más científica? ¿O  aún no es científica su medicina?

¿Es la ciencia tan exacta que, por ejemplo, todo lo que dicen los físicos se puede demostrar con la ciencia? Pues no, muchas de sus teorías sobre multiespacios, o la teoría de las cuerdas o de las Supercuerdas no son más que juegos matemáticos (complejos) pero  a los que no es posible aplicarles el método científico (experimental). Como ya indiqué en un artículo anterior sobre La Fantasía y la Ciencia (aquí), la teoría de las cuerdas (luego denominada de las Supercuerdas) (1974,1984), es una teoría especulativa que aspira a conciliar la mecánica cuántica con la teoría de la gravitación de Einstein (Relatividad General). En el libro de Richard Dawid (que tiene experiencia en física de altas energías y en filosofía) (aquí) se plantea claramente que esta formulación es el más claro ejemplo de las diversas teorías que no tienen respaldo experimental: las energías necesaria para la comprobación experimental de la mayoría de las versiones de la teoría trascienden de lejos las energías más altas de los aceleradores de partículas. Y por esto en 2006 ya Lee Smolin (citado por L. Alonso  en Investigación y Ciencia) escribió que la teoría de las cuerdas había fracasado a la hora de formular predicciones que pudieran someterse a prueba empírica.

En definitiva, que no todo lo que  es “ciencia” realmente lo es.

En medicina y en psiquiatría necesitamos aplicar el método científico, pero no nos olvidemos que no todo lo que la ciencia nos diga de la medicina es la única verdad que se puede aplicar en nuestra profesión. Tratamos a seres humanos enfermos, no a robots ni a entidades independientes del ser humano llamadas “enfermedades”: no hay enfermedades sino enfermos”, decía Hipócrates y Marañón.

Se pregunta el Psiquiatra Celso Arango: “¿Cuál es el mejor predictor de que alguien que tenga un infarto de miocardio sobreviva o no? Que esté deprimido o no”. Cierto, esto parece muy psicosocial y además científico. Podemos estudiar los infartos y estudios estadísticos de supervivencia del infarto y padecer o no depresión. Y también en el caso que se dé tratamiento o no a la depresión o que sea grave o moderada, etc. Pero la ciencia no dice todo acerca del por qué las personas tienen depresión tras infartos y qué factores han actuado para que haya o no depresión y qué repercusión vivencial ha tenido el infarto como acontecimiento psicobiográfico individual. O cómo ha influido en su depresión la relación médico-paciente durante el infarto. ¿Iatrogenia? Muchos interrogantes de los cuales solo conseguimos arañar superficialmente algunas relaciones. Y la psicosomática solo consigue llegar metodológicamente al campo de las relaciones y tampoco nos explica mucho más de la enfermedad como acontecimiento unitivo humano.

La medicina de los humores  hipocráticos y galénicos duró miles de años y ahora se evidencia muy insuficiente, la física newtoniana se consideró absoluta y ahora solo relativa para lo macro (no para el mundo cuántico ni para otros muchos campos). La ciencia con su método actual prevalece hoy en día pero estoy seguro que dentro de “x” años habrá una nueva ciencia que supere a la actual. Que las organizaciones médicas nieguen a sus miembros cualificados utilizar métodos complementarios, para acercar la curación o a la mejoría, que no están probados completamente por el método científico, veremos con el tiempo si es acertado o no.

Pero quizá me estoy exponiendo a decir algo “políticamente arriesgado” así que: por supuesto la lucha total con la superchería y el intrusismo de charlatanes y demás que en nombre de “curar” o aliviar enfermedades se aprovechan del sufrimiento y la angustia de muchos pacientes para no más que sacarles el dinero mediante el engaño y darles falsas esperanzas, que en muchos enfermo va a ser, si cabe, siempre más dramático que la amarga verdad.

Quien quiera leer una opinión de dos médicos psiquiatras con master en psicoterapia integradora puede leer su artículo “Homeopatía, medicina alternativa y lo natural como destino”. Aquí.

 Una interesante aportación para reflexionar sobre  lo natural.

 

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LA MUERTE DE LA FAMILIA Y SU RESURRECCIÓN


Antipsiquiatría, paternidad y terapéutica

Juan Rojo Moreno

         El psiquiatra David Cooper escribió en 1971 el libro “la muerte de la familia”, perteneciente a la línea antipsiquiátrica y antisistema propia de la época que él y R.D. Laing representaron.[1] 

Más de 45 años después su obra nos sirve de referencia, aunque como es lógico algunas de sus suposiciones ya se han visto aguadas. Lo interesante, y que nos va a servir como cifra de referencia, no es solo su alegato contra la familia y el sistema, o sus esperanzas, exponiendo que frente a la “normalidad” está en el otro polo la salud y la locura o que en Cuba esperan abolir el dinero en diez años y todo el mundo podrá entrar en comercios y coger lo que necesite, sin pagar o tomar trenes y autobuses para viajar a cualquier parte sin comprar billetes…

Lo que más nos interesa son, quizá, las concepciones que mantuvo hace tanto tiempo y que ahora desde otra perspectiva (pero siendo la misma vasija) se plantean de nuevo. Nos interesa la concepción en sí, no la ideologización de la misma.

Ya adelantó Cooper el problema del significado de los roles familiares. “Palabras familiares” como padre o madre, hacen surgir una serie de connotaciones biológicas, de protección primaria, un papel social y una determinada realidad legal que pueden ser asumidas por otras personas: “ya no es necesario ni el padre ni la madre sino solo la maternidad y la paternidad”. Hoy en día la realidad social de la adopción, de la germinación mediante inseminación artificial o in vitro, del embarazo subrogado y con la legalización como “padres” de parejas o matrimonios del mismo sexo, todo esto da vigencia al anterior aserto de Cooper. [2]

Un niño podría tener hasta 5 o 6 “padres” si unimos las diferentes variables posibles.

Para nuestro autor, el fondo de la relación social es el clásico de la filosofía antigua,  de la moderna y de la religión cristiana: para amar a los demás es necesario amarse primero a sí mismo. No es posible la verdadera alteridad sin haber superado el egocentrismo. En ese sentido nombremos al menos a Dilthey, Jaspers y a Sartre. El primero señala cómo  la comprensión del sí mismo es previa y necesaria para la comprensión de la conexión histórica, y para toda la compresión del otro en general.[3] K. Jaspers, por su parte señala que Yo llego a ser mí mismo por el hecho de que en la reveladora contienda también el Otro llega a ser sí mismo. Yo sólo soy en comunicación con el otro. Si el otro no es en su hacer autónomamente él mismo, tampoco lo soy yo. La sumisión de obediencia del otro no me deja encontrarme a mí mismo.[4]

Sartre (1956) señala así mismo cómo en el momento que el otro existe, el mundo se me da como examinado, por lo que la presencia del otro tiene la función de revelar complejos de sentido que están ya dados.

Y en esta misma línea Cooper indica “para ser capaces de amar a otros hay que amarse suficientemente a uno mismo. Para poder amar a otro de sexo distinto, hay que amar `lo bastante´ a alguien del mismo”.

La terapéutica (therapeia) en unas de sus acepciones significa “servir” al otro, por lo que el servicio es esencial en la terapia.

Si unimos su idea de otredad y de terapéutica se comprende la propuesta que hizo en 1968 para una región de Cuba según la cual cualquiera que adoptara una actitud no habitual (por ejemplo que se quitara la ropa y se sentara en medio de la calle) debería ser acogido en casa de cualquier vecino de la localidad y sencillamente cuidado por personas que pudieran quedarse con él… así tendríamos la esperanza de evitar todo tipo de tratamiento psiquiátrico de las personas durante cinco años, atendiendo a la gente sin hospitalización.

Decía el Dr. Miguel Gutiérrez Fraile que la psiquiatría ha tenido el dudoso honor de ser la única especialidad médica con un movimiento anti (anti-especialidad) (aquí). No existe ninguna anti-pediatría o anti-oftalmología, etc., Yo no estoy del todo de acuerdo con esto. Creo que la antipsiquiátrica hizo mucho más fuerte a la psiquiatría y la obligó a reformarse con conocimientos, fundamentalmente biológicos y neurobioquímicos, que han hecho prácticamente desaparecer esta corriente anti-, que ahora solo se manifiesta por grupos más o menos ideologizados pero sin capacidad de hacer un verdadero contraste a la evolución positiva de nuestra especialidad. No obstante, la antipsiquiatría obligó no solo a conocer aceleradamente la psiquiatría biológica y sus ramas sino también a tener en cuenta la individualidad del paciente, el desarrollo de la psiquiatría comunitaria, los tratamientos sistémicos, etc. Yo no veo dudoso el honor; creo que gracias a la antipsiquiatría nuestra especialidad ha crecido hacia un parangón que otras ramas no han hecho. Y en su evolución la familia no ha muerto, ha resucitado y cada vez más se tienen en cuenta las influencias de la Expresión Emocional de los familiares, el rol de cada uno de ellos y su inferencia en la enfermedad, y el sentido que ésta impone a toda la dinámica familiar. La familia, la religión, el sexo son, entre otros muchos factores, variables que se han demostrado protectoras y minimizadoras de la vulnerabilidad a enfermar y mejoradoras de la evolución de ciertos procesos patológicos, como, por ejemplo, es favorecedor el estar casado, tener pareja, tener apoyos y confidentes…

Tras superar, de hecho, la psiquiatría a su anti-, ha evolucionado -y lo está haciendo- en cuanto que desarrolla perspectivas genéticas, pero al mismo tiempo, a la vez, perspectivas sociales e individuales. Las aportaciones de la antipsiquiatría han obligado a espolear, más si cabe, a la misma psiquiatría para integrar a su opuesto, pero realmente no ha renunciado a conformarse con el mismo. Ahí está y estará su verdadera evolución. La psiquiatría cada vez intenta nuevas propuestas para sanar al enfermo, misión de todo médico; la antipsiquiatría que ha quedado, o sus restos, solo está en el no y el contra. Y realmente para ser anti algo es necesario, primero que nada, ser ese algo de lo que luego nos haremos anti-. Esa postura es la que da, para empezar, las bases de conocimiento.

La antipsiquiatría desencorsetó a la psiquiatría y ha influido en el hoy en día gracias al heterocliticismo de nuestra especialidad (que se nutre de otras muchas ciencias afines), por el que nos comunicamos vivamente entre psiquiatras que, por ejemplo, acentúan más el campo psicodinámico, o el biológico, o el fenomenológico, el psicopatológico, el social, o el sistémico etc. Y seguimos siendo todos psiquiatras en comunicación viva. Ahora la formación psiquiátrica puede matizarse de muchas maneras y ya no es válida aquella concepción de Cooper cuando dijo que los psiquiatras “debido a la preparación que han recibido tienden a convertirse en hombres idénticos vestidos con los mismos trajes a rayas, con las mismas expresiones de cordialidad, con el mismo torniquete en torno a sus cuellos…”.

Quizá, gracias a la antipsiquiatría también se abrió la facilidad a impregnarnos de interdisciplinariedad en nuestra formación mejorando cualitativamente nuestra especialidad. No, bien seguro estoy que no es dudoso el honor de que nuestra especialidad haya tenido en su historia una antipsiquiatría con pensadores como Cooper y Laing.

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No es posible comprender esta obra de Cooper sin leer en su última página la Dedicatoria, en la que dice: “mientras terminaba este libro `contra la familia´ pasé por una profunda crisis espiritual y corporal que equivalió a la experiencia renovadora de muerte y renacimiento de que he hablado en estas páginas. Quienes estuvieron conmigo y me cuidaron durante la peor parte de esa crisis con solicitud y dedicación inmensas fueron mi hermano Peter y mi cuñada Carol, con sus hijitas. Precisamente como debería hacerlo una autentica familia”.

Cooper en su libro mata a la familia y en la última página la resucita. Y creo que en el siglo XXI una vez más y con un sentido diferente al que tendría en los siglos XIX y anteriores, la familia sigue viva; pero si ha resucitado en este trasiego habrá que conocer qué es ahora “una familia” y que es “un familiar”. No servirán los antiguos armazones de madera para los actuales barcos. Al fin y al cabo tendremos que identificar los nuevos odres para un vino viejo.

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[1] David Cooper. La muerte de la familia. Primera edición inglesa 1971. Editorial Ariel, Barcelona, 1976. En internet en Pdf, edición de 1986, aquí

[2] Cooper en su lenguaje directo expresa esta variable diciendo: limitarme a subrayar la vacuidad y el peligro que encierra el fetiche de la consanguinidad. La sangre es más espesa que el agua únicamente en el sentido de que es el torrente vivificante de una indudable estupidez social.

Hemos de tener en cuenta cuándo escribe esto Cooper (1971) y en qué estructura social (civilizada) lo escribe. Quien tenga interés puede conocer el sentido protector familiar de la consanguineidad en la antigüedad (hasta hace pocos siglos). ¿Aún hoy en día existe algo de esto? Depende de qué cultura social refiramos.

[3] Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental. Luis Martín Santos. Editorial Paz Montalvo, 1955)

[4] Karl Jaspers. Filosofía Tomo I. Ediciones de la Universidad de Puerto Rico. Revista de Occidente, Madrid, 1959

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HUMANISMO, CONECTIVISMO Y DATAISMO


Médicos, farmacéuticos y taxistas como algoritmos obsoletos

Juan Rojo Moreno

                  Deduce Y. N. Harari que en el ser humano no existe el libre albedrío pues en definitiva dependemos estructuralmente, tanto cognitiva como emocionalmente, de nuestro cerebro y por lo tanto de nuestro funcionamiento bioquímico. Como al alterar este funcionamiento neurobiológico se modifican y condicionan nuestros estados cognitivos y emocionales, entonces, no hay un verdadero “Yo” regidor de todo ni una libertad real sino solo ficticia: “si por libre albedrío se entiende la capacidad de actuar según nuestros deseos…, entonces sí, los humanos tienen libre albedrío al igual que los chimpancés, los perros y los loros. Cuando un loro quiere una galletita, come una galletita”.[1]

Aun así, y sin entrar de lleno en la discusión sobre el libre albedrío, no obstante, hay al menos una diferencia entre el loro y el humano. En el ser humano el desarrollo de la inteligencia ha ido pareja al desarrollo de la conciencia y éste cuando se come una galletita no solo cumple un deseo, sino que además tiene una idea de cómo se ha fabricado y además se la come por placer, por necesidad o a disgusto si está a régimen y es una galleta muy calórica. O incluso puede comerse la galletita sin tener un deseo especial biológico sino simplemente como acompañante placentero al té o al café. A todo esto el loro, que sepamos, no alcanza.

Y en este trasfondo encarna Harari para plantear una situación del próximo humanismo: la inteligencia puede en el futuro desgajarse de la conciencia. Para él la respuesta es clara: “la inteligencia es obligatoria, pero la conciencia es opcional”. ¿Es necesaria la conciencia para conducir un taxis o para construir automóviles en una fábrica? ¿Las impresoras 3D hará mejor las casas que los albañiles, y más baratas? ¿Cuántos agentes comerciales y de viajes necesitamos si podemos organizar casi todos nuestros viajes usando teléfonos, programas inteligentes y algoritmos?

E incluso en el caso del médico generalista o en algunas especialidades médicas cuyo diagnóstico se hace teniendo en cuenta determinados datos, unas observaciones y el historial del paciente ¿no será capaz de hacerlo un ente que sea capaz en muy poco tiempo, casi instantáneamente, de conocer toda la historia vital del paciente y a la vez estar conectado con el conocimiento de todas las enfermedades y con todas las publicaciones  en todas las revistas médicas? Y además no estar cansado, ni hambriento ni enfermo (en un ejemplo que refiere Harari, en un experimento, un algoritmo informático diagnosticó el 90 % de los casos de cáncer de pulmón que se le presentaron mientras que los médicos solo acertaron en el 50 %). Y esto es válido para los farmacéuticos (hay una farmacia en San Francisco de la que se encarga un único robot que canjeó el primer año 2 millones de recetas sin equivocarse una sola vez.) y también se ha abierto la primera cafetería robótica, asimismo en San Francisco, en 2017.

Claro que no es equiparable la práctica de la medicina con la actividad de una cafetería o con la expedición farmacéutica. Pero incluso en medicina, la denominada pragmática por Jores, ésta es la más accesible al recambio. No así aquella, por ahora, en la que sea necesario tener en cuenta no solo la historia vital del paciente sino la valoración de su historicidad. Pero hay ciertas especialidades que se han tecnificado tanto, se han pragmatizado tanto que serán las primeras en tener que demostrar mayor eficiencia cuando son realizadas por un humano que por un robot. La medicina basada solo en la eficiencia es la medicina más atrayente para los algoritmos no orgánicos. Y cuanto más especializada esté mejor (para el algoritmo).

Los humanos no mejorados serán completamente inútiles, refiere nuestro autor de referencia: ¿qué hacer con toda la gente superflua? Para Harari, los organismos son algoritmos y el ser humano es un conjunto de algoritmos orgánicos modelados por la selección natural a lo largo de millones de años. Hasta ahora los algoritmos no orgánicos no han conseguido superar en ciertas cosas a los orgánicos, por lo que se piensa que “siempre” quedará algo más allá del avance de los algoritmos no orgánicos. Esto puede no ser así por varios motivos entre los que hay que destacar que va todo tan rápido que la palabra “siempre” quizá signifique en realidad solo unas cuantas décadas y además no sabemos qué pasará con la interacción de algoritmos orgánicos-no orgánicos.

El nuevo transhumanismo ¿vendrá desde la potenciación o desde la compartición con los algoritmos no humanos? No lo sabemos realmente, pero dos preguntas son claras si consideramos una evolución potenciando la mente:

¿También evolucionará la conciencia alterista o el poder de la potenciación será solo hacia una inteligencia ego-sistémica?

¿El tecno-humanismo mejorará o degradará al ser humano tal como lo creemos conocer hasta hoy en día?

Muchos movimientos sociales que han aparecido en el mundo aparentan ir contra el establishment y querer dar una “nueva” solución a la dinámica universal, planetaria y social o, a veces, se centran en un estado o país concreto. En realidad se nutren, en buena medida, del descontento y de la perplejidad que en esta sociedad de la comunicación gran número de habitantes tienen ante un futuro que subraya la comunicación pero no la individuación, que potencia los sistemas pero no a los individuos, que se preocupa por el futuro global pero no por el particular. Ante esto, estas propuestas quieren ser el nuevo establishment, diciendo que ellos no lo son, que ellos son la solución, la utopía, el Ello de Freud, lo que deseamos. En definitiva lo que están movilizando es un algoritmo social que resuena con otro biológico: el algoritmo de la seguridad vital, biológica, personal.

Y esto, al fin y al cabo, no es más que biología pues, como señala Harari, cuando los biólogos llegaron a la conclusión de que los organismos son algoritmos, entonces, desmantelaron el muro que separaba lo orgánico de lo inorgánico y transfirieron la autoridad de los individuos humanos a los algoritmos conectados en red (y de aquí la importancia en todos estos movimientos de las redes sociales) y de ahí el valor de los datos de la Red.

Justo, el dataísmo da un paso más en la tecno-revolución: sostiene que el universo consiste en flujos de datos y considera que las mismas leyes se aplican a los algoritmos bioquímicos como a los electrónicos. De esta manera los algoritmos electrónicos podrían llegar a descifrar los bioquímicos y superarlos. Señala Harari como el dataísmo invierte la pirámide tradicional del conocimiento que hasta ahora era: datos-información-conocimiento- creatividad (sabiduría); pero los humanos ya no son capaces de procesar tantos datos y en este caso los algoritmos informáticos serán los encargados de procesar datos individuales, sociales, planetarios, etc. Toda la especie humana sería un único sistema de procesamiento de datos y el valor supremo es el llamado “flujo de la información” y el método, el camino para alcanzar este nivel, es por supuesto conectar “todo” al sistema. Conectar el cuerpo mediante los avances en tecnología médica, y de la información de nuestro estado corporal, conectar las casas, los ordenadores a la red, los coches, los frigoríficos, todo. Todas las Cosas y toda la naturaleza (dataísmo y conectivismo).

Esto supondría la libertad de la información, pero señala Harari: “no debemos confundirla con la libertad de expresión, ésta se concedió a los humanos…, la libertad de información, en cambio no se concede a los humanos. Se concede a la información”.

La libertad de información se está convirtiendo paso a paso en una creencia orteguiana, se da por hecha, imprescindible y autogestionable y solo en los lugares extremistas no existe. Pero para el dataísmo no hay otro camino más que “liberar datos”, compartir datos. No habría posibilidad de “existir” profesionalmente, socialmente, si no se está compartiendo e interviniendo en el “flujo de datos”. Formar parte de este flujo es formar parte de una gran familia mucho mayor, universal, y cualquier comentario o aportación puede ser vista, seleccionada en cualquier parte del planeta, valorada y compartida. Las experiencias ya no van a tener valor por ocurrir en nuestro interior, sino por ser compartidas, porque les guste a otros.  La nueva consigna -según Harari- dice: “sí experimentas algo, regístralo. Si registras algo, súbelo. Si subes algo, compártelo”.

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A finales del siglo XIX se pensaba que ya estaba todo inventado, pero vinieron en el Siglo XX  las Grandes Guerras Mundiales por lo que, en general, tenemos una sensación de los primeros 50 años de ese siglo no muy halagüeña, y también nuevos descubrimientos que cambiaron la concepción del mundo. Pero luego parece que todo mejoró planetizándose las relaciones, creándose la ONU, los derechos humanos, los conciertos intra e intercontinentales e Internet. Todo parecía ir hacia el comercio y al estado “mundial” cuando empezado el siglo XXI no solo recibimos datos e información sino que más bien ahora “sudamos” información y datos. Ves una tertulia televisiva y te llenan de datos (que no sirven para casi nada) y al día siguiente y al otro y al otro la misma tertulia ocupa horas y horas y vuelven a aportar datos sobre lo mismo que tampoco suelen servir para mucho. Bueno, sí sirve para “estar informados” y sobre todo para movilizar emociones. Para el dataísmo las emociones no son más que expresión de un algoritmo antiguo, obsoleto.

No sabemos cómo evolucionará todo pero por ahora lo que más dificulta la comunicación es exactamente esto: dos personas, y cada una argumenta su postura con múltiples datos pero que están en el fondo emocionalmente en desacuerdo con la interpretación de los mismos. Y al final no hay comunicación sino solo “información” mutua. Se oyen mutuamente y se ponen o no el “me gusta” o “ya no me gusta”.

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[1] Yuval Noah Harari. Homo Deus. Breve historia del mañana. Editorial Debate, 2016. Va a ser nuestra obra cifra de referencia.

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DESDE LOS PENSAMIENTOS SOBRE LA RELIGIÓN DE BLAS PASCAL


Pensamiento, Razón, Religión, Fe, Caridad

Juan Rojo Moreno

Cayó en mis manos el libro “Pensamientos sobre la religión” de Blas Pascal (edición de 1859) y sugiere muy interesantes ideas y reflexiones. Pero como son abundantes las referencias accesibles en internet sobre las distintas reflexiones filosóficas y religiosas de Pascal he iniciado el título de este artículo con “desde los pensamientos…” pues nos va a servir de referencia esta obra pero no es nuestra intención hacer un resumen de la misma.[1] Y debemos para comenzar entender que esta obra póstuma de Pascal que se editó por el interés de familiares y amigos en 1670 está escrita y por lo tanto imbuida de la época correspondiente.[2] En Pdf la edición de 1790 en Internet aquí .

Para Pascal estar ciertos en Dios y en la eternidad es el camino recto y dudar sobre esto, reflexionando, es aceptable, mas no el que duda y no reflexiona: “es, pues seguramente un gran mal estar en duda; pero es, al menos un deber indispensable buscar cuando se está en duda; y aquel que no busca es a la vez muy desgraciado y muy injusto… y cuando su alegría y su vanidad toman pie precisamente en tal estado, no encuentro yo palabras para calificar a tan extravagante criatura”.

Sobre este aspecto será reiterativo Pascal y hoy en día deberíamos preguntarnos hasta donde llega el cultivo sobre la reflexión del sentido espiritual. Es seguro que todo  joven ya cercano a la adultez se lo habrá planteado alguna vez, porque es innato del ser humano la reflexión sobre el sí mismo y sobre el sentido del mundo, pero ¿cuánto dificulta el mundo tecnotrópico y acelerado, audiovisual y tan cambiante, el momento repetido de reflexión y del contraste sereno? En este sentido ya Pascal decía “nada es tan importante al hombre como su estado; nada le es tan temible como la eternidad; y así el hecho de que se encuentren hombres tan indiferentes a la pérdida de su estado y al peligro de una eternidad de miserias, no es natural… y este mismo hombre que pasa los días y las noches en la desesperación por la pérdida de su empleo o por alguna ofensa imaginaria a su honor, es el mismo que sin inquietud y sin emoción, sabe que va  a perder todo a su muerte”.

Pongamos nosotros ahora el acento en la realidad de nuestra existencia inauténtica y cómo nos agarramos angustiosamente a los problemas de la cotidianeidad que hacen de nuestro pequeño mundo circundante un cosmos de agobios y circunstancialidad que a veces no nos deja mirar más profundamente sobre nuestra realidad vital ¿o es que ahora la angustia existencial es fácil de desterrar con tan diversas ocupaciones? Y en este sentido también opina Pascal: “pretenden los que dicen tal, darnos mucho gusto, cuando nos cuentan que nuestra alma no es más que un poco de viento y de humo, y así nos lo cuentan con un tono  de voz satisfecho y alegre. ¿Es esta una cosa, pues, que puede decirse con contento? ¿No es al contrario una cosa que debiera decirse tristemente, como la cosa más triste que existe en el mundo?”. Y continua más adelante ¿nos darán luz en este punto los filósofos que nos proponen por único bien los bienes que ya están en nosotros mismos? ¿Reside ahí el verdadero bien? ¿Han encontrado remedio a nuestros males? Igualando el hombre a Dios ¿se cura el presumir vanidoso de los hombres?

¿Existe Dios?[3]

Pascal es en este sentido dualista “nuestra alma es echada en el cuerpo, en que ella encuentra número, tiempo y dimensión”, pero al igual que conocemos que hay un infinito y desconocemos su naturaleza (no podemos saber si el último número del infinito es par o impar) pues igualmente no podemos conocer  ni la existencia ni la naturaleza de Dios: “porque no tiene extensión ni límites… si hay Dios es infinitamente incomprensible puesto que no teniendo ni parte ni limites no tiene ninguna relación con nosotros; somos pues incapaces de conocer cómo es, ni si es siendo así. ¿Quién censura, pues a los cristianos si no pueden darnos la razón de su creencia, cuando lo que ellos profesan es precisamente una religión que no pude dar razón?”

Por lo tanto la razón nada puede decir sobre la existencia de Dios. Pero ya no estaríamos en la discusión de la razón sino en la de la creencia, y en ella o se cree o no se cree. Aquí Pascal es pragmático en su convicción: es una apuesta y si apostamos cuando de lo que se trata es “de una eternidad de vida y ventura que se puede ganar” no se puede dudar y es mejor arriesgarnos en “jugar” a favor de la “infinidad de vida infinitamente dichosa” y aunque tengamos que renunciar a la razón vale la pena “mejor que arriesgar la vida en su ganancia infinita”.

Acordémonos  de  Manuel Azaña, Mitterrand y Tierno Galván. Ya lo decía un familiar antepasado “yo quiero la extremaunción por si acaso” (y era un creyente devoto).

Y en este sentido insiste Pascal “Y en nuestra proporción tiene una fuerza infinita, cuando se trata de arriesgar lo infinito en un juego en el que hay iguales posibilidades de ganar y de perder, y en el que lo que se gana es el infinito”.

Pero no se puede conocer a Dios sin conocerse a sí mismo y esto supone un acto de humildad que exige conocer lo peor de cada uno, pues para conocer lo divino primero hay que conocer lo más mísero humano. “Uno no puede formarse una fisonomía del conjunto sino acordando todas las contradicciones; y no basta seguir una serie de cualidades que se acuerdan sin conciliarlas con las contrarias”.  Entronca ahí Pascal con el interiorismo de las filosofías orientales y luego 300 años más adelante, ya con una metódica científica,  con Sigmund Freud y sobre todo con C. G Jung (este último con su concepto de “sombra” y proceso de individuación)  que realizan el camino de equilibrio personal a partir de las profundidades renegadas desde la conciencia; en el caso de Freud muy alejado de concepciones religiosas, en el caso de Jung más cercano e interesado por los misterios místicos, la sincronicidad, los mitos y sentido del hombre en el cosmos (conectado íntimamente con el físico innovador en el mundo cuántico Wolfang Pauli). En este sentido señala Pascal como “es tan dañino para el hombre conocer a Dios sin conocer su propia miseria, como conocer su miseria sin conocer a  Dios”.

El Pensamiento, la Razón y la Religión

         Ya en un artículo anterior hablamos del Yoismo al Deísmo pero es importante tener en cuenta que cuando escribe sobre esto Pascal aún no había nacido Kant que representando el criticismo, y desde sus Criticas de la Razón pura, de la Razón práctica y del Juicio,  investigó la estructura misma de la razón de la ética y de la teología. Evidentemente, Pascal hombre genial y que dedicó gran parte de su vida (y casi en exclusiva los últimos 9 años de sus 39 vividos) a las reflexión religiosa y al cuido de los pobres, su gran obsesión, no pudo contrastar ni perspectivizar su concepción con las ideas de Kant (nacido en 1724). Pero ha sido una constante en la historia de las religiones, y por su tendencia universalista en el caso de la cristiana, el que se haya creado una tensión frecuente e intensa entre razón y fe. Ya anteriormente señalamos que Pascal aclaraba que el cristianismo no era una religión de la razón, pero ahora matiza estos conceptos cuando señala que “si todo se somete a la razón nuestra religión no tendría nada de misterioso ni de sobrenatural. Si se choca con los principios de la razón, nuestra religión es absurda y ridícula”. Solo matizar aquí un detalle: evidentemente la religión por definición ha de ser sobrenatural ¿pero también misteriosa? O más concretamente ¿Cuánto de menos misteriosa debe llegar a ser la religión sin que deje de ser religión? Esta cuestión tendrán que resolverla los profesionales de la misma si no quieren perder paulatinamente resonancia en la gente, los pueblos y la humanidad.

Porque a día de hoy ya en el siglo XXI  decir que “la fe dice, en verdad, lo que los sentidos no dicen, pero no lo contrario. Está por encima, no en contra” si bien será muy cierto, no obstante, no es suficiente y ha de actualizar el lenguaje y ciertamente no lo ha hecho.

La fe es consustancial con la idea de Pascal y así se plantea qué tiene que hacer aquellos que buscan tenerla pero no la encuentran. Entonces señala el camino que es el de disminuir la excesiva reflexión, el excesivo pensar, (la capacidad de poner la mente en blanco en la filosofía Oriental o en Sri Aurobindo). Sin llegar a estos preceptos orientales sí que indica que el camino es simplificar los razonamientos y la filosofía superficial: el embrutecimiento. “Queréis ir a la fe y no conocéis el camino de ello; aprended de los que han estado ligados como vosotros y que ahora apuestan toda su fortuna; son gente que conoce el camino que queréis seguir y que han curado del mal que queréis curar. Seguid la manera como ellos han comenzado; el medio ha consistido en hacerlo todo como si creyeran, tomando agua bendita, haciendo decir misas, etc. Naturalmente esto mismo os hará creer y os embrutecerá. [4]

Y por esto valora en la fe y la religión que las gentes sencillas pueden alcanzar el mismo nivel que las más cultas, aunque las primeras apenas tengan conocimiento de las profecías (son los embrutecidos, que es un camino para llegar a la fe), no obstante, van a ser menos útiles para convencer a un infiel: “reconozco que uno de estos cristianos que creen sin pruebas no podrá convencer a un  infiel y quedará ante él corto de razones. Pero los que conocen las pruebas de la religión probarán sin dificultad que este fiel es realmente inspirado por Dios aunque él no sepa demostrarlo”.

En definitiva, que la elevada capacidad de razonar no es imprescindible para el cristiano pues la religión no es razonante y no llegamos a la religión por la razón, pero sí es útil. La religión, insiste  Pascal, no es contraria a la razón, mas “si uno se equivoca al creer que la religión cristiana es verdadera, no tiene mucho que perder ¡pero qué desgracia equivocarse al creerla falsa!”. Pascal siempre tan pragmático.

FE, CARIDAD

Si algo caracterizó a Pascal fue su inquebrantable fe y su caridad. La caridad la ejerció hacia los pobre de manera tan exhaustiva que como indica su hermana en el epílogo de la obra de referencia[5] los años desde los 30 hasta los 35 de su vida los pasó “trabajando continuamente por Dios, por el prójimo y por sí mismo, procurando perfeccionarse en más y en cierta manera puede decirse que ya no vivió más después, pues los 4 años siguientes no fueron ya sino un continuo languidecer […] tenía un amor tan grande a la pobreza que siempre le era presente… y le llevaba a amar a los pobres con tanta ternura que jamás rehusó limosna aunque fuera privándose él de lo necesario porque tenía pocos bienes y sus enfermedades le obligaban a gastos que sobrepasaban sus rentas … y a veces llegó esto a tal extremo que se vio reducido a tomar dinero con interés por haber dado a los pobres todo el que él tenía, y no querer después importunar a sus amigos”.

Porque para Pascal la caridad como tercera virtud teologal es un bien divino que hay que abonar y así teniendo en cuenta este sentido trascendente de la caridad es como se puede entender cuando dice: “el único objeto de la Escritura es la caridad”.[6]  Y en este sentido señala: “todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus reinos no valen lo que el menor de los entendimientos; porque éste conocerá de aquellos y se conocerá a sí mismo; y los cuerpos nada. Todos los cuerpos juntos, y todos los entendimientos juntos, y todas las producciones, no valen lo que el menor movimiento de la caridad; porque ella es de orden infinitamente más elevado. De todos los cuerpos juntos no sería posible hacer salir un solo pensamiento; esto es imposible, y de otro orden. De todos los cuerpos y entendimientos juntos, no se sabría hacer salir ni un solo movimiento de verdadera caridad; esto es imposible y de otro orden”.

Y luchó hasta el final de sus días por un ascetismo sin afectación de las pasiones mundanas aunque suponía una constante tensión pues como él decía “hay una guerra intestina del hombre entre la razón y las pasiones: podría gozar de alguna paz, si tuviese la razón sin pasiones… si tuviese las pasiones sin razón: Pero teniendo una y otra no puede quedar sin guerra y así está siempre dividido, contrario a sí mismo”

La fe de Pascal, sin necesidad de la razón, teologal (como la caridad que practicó) fue recogida por Miguel de Unamuno en San Manuel Bueno mártir en el que el discapacitado del pueblo Blasillo (en homenaje a Blas) supone esta fe pura, la fe del carbonero, la fe del “embrutecido”.

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         Como ya indiqué en la literatura y en Internet es bastante fácil encontrar muchas referencias de Pascal, quizá uno de los pensadores sobre quien más se ha escrito. Fue un avanzado en plantear la discusión entre razón y fe, ciencia y religión. Puede que sea poco lo que aquí aportemos, pero como decía el propio Pascal: el menor movimiento importa a toda la naturaleza; el mar entero cambia por una piedra. Así, en la gracia, la menor acción importa por sus consecuencias en el todo. Todo, pues, es importante.

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[1] Blas Pascal. Pensamientos sobre la religión. Colección “Christus” nº 20, Editorial Difusión, S. A, Buenos Aires, 1859. (va a ser nuestra obra cita de referencia).

[2] Al parecer  las ediciones anteriores a la que he leído son las de 1670, 1679, 1790 y 1844. Luego en el siglo XX ha habido varias re-ediciones.

[3] Este capítulo se titula “De cómo es más ventajoso creer lo que enseña la religión cristiana” pero el primer subtitulo va cambiando con las diferentes ediciones; en la usada por mí (1859) y en la de 1670 se subtitula “Infinito. Nada”, en la de 1779 se subtitula “de cómo es difícil demostrar la existencia de Dios por las luces naturales; pero que lo más seguro es creerla”. Vemos como se afianza la idea de qué es lo más “ventajoso o lo más seguro”.

[4]  Os embrutecerá: “vous abêtira”. (Montaigne había dicho antes que Pascal “il nous faut abestir pour nous assagir”). En Pascal “habêtir” no debe ser tomado al pie de la letra sino en la profundidad del sentido cristiano. Es una palabra filosófica que es usada contra las declaraciones de la filosofía superficial y contra los excesos de la devoción abusiva (Nota de  M. Faugère en la edición de 1844).

[5] Vida de Blas Pascal, Por Mme Périer (Giberta Pascal). Aporta sus comentarios sobre la vida de Blas Pascal al final del libro.

[6] En la nota de M Havet que hace en la edición del libro de Pascal consta: “aquí es tomada, y en otros pasajes, en su sentido teológico más elevado; es la tercera virtud teologal; el amor de Dios, puro de cualquier pensamiento terrestre”.

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