LA PERSONALIDAD


Juan Rojo Moreno

                   La personalidad es algo muy complejo en cuanto que intervienen muchos factores que son muy difíciles de cuantificar para la elaboración de la misma: factores genético-temperamentales, culturales, ambientales (familia, amigos, relaciones sociales, escolares…) y compensaciones que se realizan en la infancia y en la adolescencia, etc. El campo de la psicología le ha dedicado múltiples manuales y estudios así como intentos de cuantificación mediante test o cuestionarios de personalidad como, por ejemplo, el 16 PF “dieciséis factores de personalidad”, el EPQ “Eysenck Personality Questionnaire” o el  cuestionario “Big Five” que valora las que considera cinco principales estructuras de la personalidad. Hay otros muchos cuestionarios muy conocidos como el MMPI, Test de Rorschach, TAT, etc.

Desde el punto de la psiquiatría nos hemos dedicado más a lo que antes se denominaba psicopatías y ahora, ampliado el concepto, Trastornos de Personalidad.

Ponerme a escribir sobre personalidad puede ser un atrevimiento ya que sobre este tema hay grandes eruditos en múltiples áreas afines y, quizá, especialmente en este campo, valdrían los palabras de Sullivan cuando dice: “es sumamente fácil aprender ciertas cosas en psiquiatría -es decir, llegar a un punto en que uno puede hablar sobre ellas- pero resulta extremadamente difícil conseguir que dos personas quieran decir exactamente lo mismo cuando hablan sobre lo que supuestamente han aprendido”.

Mi interés de ahora por este tema deriva (y se limita) desde las sugerencias que hizo el psiquiatra H. Stack Sullivan en su obra La Teoría Interpersonal de la Psiquiatría que se fundamenta en unas conferencias y notas que escribió en 1946 y 1947.[1]

Según Sullivan para entender la personalidad y los trastornos en la edad adulta es necesario conocer la “ruta evolutiva”, es decir, los más mínimos detalles de la infancia, preadolescencia y adolescencia. Para él, conocer el desarrollo de la personalidad es conocer el desarrollo de las posibilidades ocurridas en las relaciones interpersonales. Aboga claramente por la psiquiatría interpersonal y social.[2]

El primer factor que va a influir en el proceso de la personalidad desde la primera infancia es la ansiedad, que ya aparece en los primeros meses de vida (Sullivan, neopsicoanalista , no atribuye la ansiedad infantil ni al trauma del parto como hizo Otto Rank o a la libido freudiana  ni al pecho kleiniano, etc.). Considera que las perturbaciones emocionales de las personas significativas (madre, padre, cuidadora…) le originan ansiedad “primitiva” o temor al niño.[3] Aunque el cómo la ansiedad de la madre induce ansiedad en el niño no está claramente definido (hay muchas teorías, neuronas espejo, neurociencia cognitiva social –NCS-, etc.), pero sí que es un proceso empático.

Adelantemos algo: sería muy fácil, tras las explicaciones de Sullivan, que pensásemos en una pedagogía educacional hacia los padres y cuidadores. Mucho se ha escrito pero aún nadie ha conseguido un libro que sirva como “diccionario” para los familiares y la sociedad.

Es imposible que el niño no presente ansiedad en su modo de vivir prototáctico en el que no diferencia o distingue detalles insignificantes de experiencia sino sólo el patrón más allá de cuyo límite los hechos son significativamente distintos,  y para nuestro autor lo único que puede hacerse es que la madre deje de estar ansiosa.

Pero de nuevo he de poner atención en la “facilidad” con que hemos visto cómo profesionales de la salud culpabilizan a la madre (más frecuentemente que al padre) de los males psíquicos del hijo. Es fácil culpar y no valorar la complejidad del campo etiopatogénico.

La ansiedad va a ser el origen de que luego el niño presente comportamiento de ira o de furia: “la criatura ansiosa aterrada que puede ser descrita como gritona y pataleante”. ¿A veces no diagnosticaremos a niños de Trastorno Negativita Desafiante (TND) o  de Trastorno Explosivo Intermitente (TEI) (DSM-5) sin preguntarnos detalladamente sobre la biohistoria emocional del niño y de la familia? Es más fácil conocer un diagnóstico que conocer a un enfermo.

Será importante saber cómo el niño a medida que crece también elabora mecanismos de control y disminución de la ansiedad pues cada vez se va a estar más inmerso en estructuras culturales, y la cultura está basada en muchos principios contradictorios, siendo que es  “en la educación para la vida en la cultura que todos hemos experimentado una buena parte de nuestra ansiedad”, señala Sullivan.

De tal manera que ya en la edad juvenil la personalidad ha de equilibrarse en relación con la subordinación social  (o será un desadaptado) y al mismo tiempo con la acomodación social.[4]

Cuando nos encontramos en una cultura con niños con escolarización obligatoria aparecen nuevas figuras de autoridades como son los maestros, directores, educadores en el autobús, en el recreo, policía y también aparecen las “autoridades” en clase: los llamados “matones” o “populares” de un grupo o clan intraescolar. Por no hablar ya del Bullying y de otros tipos de aislamientos que aparecen en esta época evolutiva y de la formación de la personalidad. Como indica a este respecto Sullivan “parte de la increíble ganancia en capacidad de vivir procede de que uno encuentre un modo de sobrellevar la vida bajo los ejercicios episódicos y destructivos de autoridad de estos compañeros”.

Y además están la autoridades paternas, en plural, pues muchas veces están  en desacuerdo en el esquema educacional en esta época de cambio del niño y los padres, en un mundo cada vez más anómico, a menudo no tienen empatía pedagógica o están separados o divorciados, y el joven ya es capaz de buscar hendiduras entre ellos y aherrojar con sus deseos y voluntades.

De una forma u otra, si no quedan desadaptados y apartados, avanza la acomodación social. Aunque bien señala Sullivan cómo en esta etapa hay una “insensibilidad verdaderamente horrible hacia los sentimientos de valor personal de las otras personas por lo que los años de escuela son una época en la cual la regla es un grado de crudeza en las relaciones interpersonales que muy rara vez es igualado en la vida posterior”.

A partir de los 11 años ya se va a desarrollar una serie de etapas muy rápidas entrando en la segunda metamorfosis de Conrad (adolescencia). La personalidad (rasgos temperamentales que se han ido afianzando con el ambiente) ha estructurado un carácter emergente que obliga a tener en primer lugar un gran amigo/a del mismo sexo, en la preadolescencia o adolescencia inicial, y pronto rozando ya los 14-15 años ha de germinar la armonización social y el proyecto de vida que cuajará normalmente antes de los 19 años (excepto si se ha desarrollado una estructura infirme o insegura de la personalidad).

Época de posibles grandes desviaciones que pueden complicar el resto de la vida, pero también de una nueva (y quizá de las últimas) gran oportunidad de armonizarse con el ambiente y el sí mismo, con un proyecto específico. Jóvenes que hemos visto aislados, desestructurados e incluso con una muy baja autoestima, si consiguen armonizarse adecuadamente en la adolescencia pueden desarrollar un equilibrio de su personalidad que les permite una estabilidad para cuajar su proyecto vital en la adultez. Aquí el grupo, la pandilla, va a tener un papel fundamental, bien positivo que será armonizante e integrante, o bien negativo desestructurante y antisocial.

A menudo hemos encontrado en esta etapa jóvenes con una primera infancia aislada, esquizoide, casi “autística” con ningún o apenas un compañero con quien se ha relacionado y, entonces, posteriormente, la armonización de la etapa adolescente ha sido definitiva para su normalidad o enfermar posterior.

Hablar de adolescencia y personalidad nos obliga, para terminar, a nombrar algo sobre el impulso sexual. Aunque como se ha escrito tanto sobre esto, aquí solo vamos a seguir unas ideas desde las opiniones de Sullivan que no es en absoluto psicoanalista y por lo tanto está muy alejado de las ideas freudianas de la libido. Considera que en esta etapa improntan en el desarrollo de la personalidad unos patones que denomina:

1-Autifílico: en él no se ha producido el desarrollo preadolescente o de producirse éste ha sido desintegrado debido a un profundo rechazo y la persona ha sido devuelta a un estado anterior a la preadolescencia.

2- Isofílico: la persona isofílica no ha podido progresar más allá de la preadolescencia y continua considerando como apropiadas para su intimidad solamente a personas de su propio género.

3-Heterofílico: la persona heterofílica ha atravesado todo el periodo de la preadolescencia y está interesada en tener relaciones íntimas con personas del sexo opuesto.

La isofilia es un periodo que  si oscila entre 2 y 3 años es una fase normal de todo desarrollo; pero esta fase puede continuar a través de toda la vida.

La homosexualidad y heterosexualidad está relacionada con la fase preadolescente y adolescente, el autosexual representa una fase anterior; el catasexual supone pasar más allá de los confines de la especie humana. Pero explicita claramente que: “respecto a esta formulación me agradaría que se comprendiera cuán fatuo resulta lanzar los adjetivos `heterosexual´, `homosexual´ o `narcisista´, con el propósito de clasificar a una persona. Tales clasificaciones no alcanzan ni remotamente para un pensar inteligente, son excesivamente burdas. Por ejemplo: hablar sobre homosexualidad como de un problema significa en realidad más o menos lo mismo que decir que la humanidad es un problema”.

El aspecto sentido del impulso sexual no puede ser eliminado de la personalidad, como tampoco puede serlo el hambre, pero pensar que se puede remediar una desviación de la personalidad por medios de remiendos en la vida sexual, es un craso error:

“Cuando un paciente acude a un psiquiatra por un problema sexual ha de verse algo más en estas personas. Con mucha frecuencia no es nada difícil encontrar algo mucho más grave que la dificultad sexual; y con mucha frecuencia también la dificultad sexual es remediada en el proceso de tratar los otros problemas”.

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[1] H. Stack Sullivan. La teoría Interpersonal de la Psiquiatría. Editorial Psique. Buenos Aires, 1974.

[2] Un resumen en 6 puntos de las ideas de Sullivan las hace María Diéguez Porres (2014): a) Popularizó el término “Interpersonal” en contraste con la visión intrapsíquica dominante en el psicoanálisis de la época. b) Para Sullivan, la necesidad de relaciones sociales no es secundaria a otras necesidades esenciales, sino la necesidad más importante y básica del individuo. c) La psicopatología es el estudio de las relaciones interpersonales. d) Un psiquiatra es fundamentalmente un experto en relaciones interpersonales. e) Una gran parte de los trastornos mentales son el resultado o son perpetuados por una comunicación inadecuada. f) Enfatiza que los actos humanos tienen sentido y deben ser entendidos desde su contexto interpersonal histórico o actual.

[3] Son especialmente conocidas  las tres formas de valorar la experiencia según Sullivan. Utilizó los términos “manera prototáctica, paratáctica y sintáctica”. La manera prototáctica se refiere a la primera y genuina forma de experimentar estados momentáneos. El niño en esta forma no tiene conciencia de sí como entidad separada del resto del mundo; “capta” estados anteriores y posteriores pero sin distinguirlos entre sí. En la manera paratáctica de captar la realidad ya diferencia partes pero no puede aún relacionarlas lógicamente no hay reflexión ni “pensamiento” en relación con las partes que se detectan. Cuando ya alcanza la manera sintáctica de la experiencia, el niño encuentra un significado “válido por consenso”. Estos significados han sido adquiridos en actividades de grupos, actividades interpersonales y experiencia social.

[4] Estamos considerando las etapas de desarrollo de manera que la infancia o niñez supone de 0-6 años (con 6-7 años se produce la primera metamorfosis de Conrad). La juventud sería desde los 6-7 años hasta los 11años en que empieza la preadolescencia o adolescencia temprana hasta los 14 años. A partir de los 15 y 19 la adolescencia media y la tardía, y a partir de los 20 la adultez.

La Organización Mundial de la Salud postula que la juventud comprende, en general, el rango de edad entre los 10 y los 28 años, aun cuando reconoce —por ejemplo— que puede haber «discrepancias entre la edad cronológica, la biológica y las etapas psicosociales del desarrollo», o también «grandes variaciones debidas a factores personales y ambientales».​ Abarca la pubertad o adolescencia inicial (de 10 a 14 años), la adolescencia media o tardía (de 15 a 19 años) y la juventud plena (de 20 a 28 años).

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LA CULTURA DE LA QUEJA


Juan Rojo Moreno

Epigrama del siglo dieciséis: “si la juventud supiera; si la ancianidad pudiera”.

Buzan y G. Segal se unen para escribir un libro en 1998 titulado “El futuro que viene” en el que se repasan de forma didáctica algunas directrices de nuestra historia y se hace un ensayo anticipatorio del futuro dentro de 500 y 5000 años. Ciertamente, explican que no es lo mismo “anticipar” que predecir. Ellos intentan anticipar el futuro, y la anticipación tiene siempre algo de lógica y razonamiento, y algo de intuición. La anticipación es una previsión no exenta de importante reflexión. Pero no es lo mismo que cuando se intenta predecir el futuro. En la predicción que es más sinónimo de adivinación y de profecía, el vuelo ya es libre. La profecía puede originar cierta o mucha admiración o, lo más frecuentemente, cierta risibilidad e hilaridad, como cuando, por poner uno de los más conocidos ejemplos, Thomas Watson, director de IBM dijo en 1943: “Creo que hay un mercado mundial para quizá cinco ordenadores”. [1]

Dice un anónimo que cada vez que la historia se repite aumenta su precio. Y algo de esto estamos viendo en el siglo XXI, un periodo de disconformidad, de “nueva” crisis, ahora con el precio del movimiento global y de la incertidumbre que se origina en la población “común” que se ve ajetreada por todas las fuerzas que intervienen y que nos vapulean. Todos quieren tener la razón y todos originan, con su mayor o menor acomplejada ineptitud, un estrés y desasosiego en la mayoría de las personas que solo desean vivir y trabajar. Las fuerzas del “todo” vapulean al individuo corriente.

Y no solo es una lucha ideológica o económica, realmente es una lucha por el poder (como siempre). Creo muy acertada la frase de George Orwell: “quien controla el pasado controla el futuro: quien controla el presente controla el pasado”.

Nuestra historia ha sido una carrera de obstáculos de supervivencia, pero podemos diferenciar dos periodos claramente separados: un antes y un después de que se tuviera la seguridad de poder “controlar” o doblegar la naturaleza.

A partir del siglo XV ocurren cinco cosas fundamentales: 1- Han aparecido en el siglo anterior las armas de fuego que elimina a los “imperios bárbaros” basados en la caballería. Además, señalan Buzan y Segal, 2- La aparición de un nuevo tipo de construcción política en Europa, el Estado Nacional (conciencia territorial, fronteras, gobierno, soberanía popular y ciudadanía), 3- el desarrollo de la sociedad industrial, la “revolución industrial” (posibilidad de consumo masivo, incorporación de fuentes de energía no humana ni animal), 4- la persistencia del conflicto dentro de Europa y 5- la expansión del poder y la población europea en ultramar.  Todo esto supuso la vivencia del dominio total en el  siglo XIX.

Un problema que subsiste y se ha ido patetizando más a medida que hemos mejorado los medios de producción y las condiciones de vida  ha sido el desarrollo desigual. Esto siempre ha existido desde que se conoce la civilización: ocurría en Egipto, Grecia, Roma, en la Edad Media y luego sigue en la Era Tecnotrópica. Hay una gran diferencia: ahora los medios de comunicación son globales, es posible saber lo que ocurre en casi cualquier parte del planeta y la mayoría de éste está comunicado no solo en información sino también en economía. Si la población en el planeta no se estabiliza cuando se encuentre pronto en los 12 o 13.000 millones (ahora 7.500) no va a ser posible frenar este patrón que como señalan Buzan y Segal “ha sido asombroso y prexistentemente desigual, en el tiempo y en el espacio”.

En el siguiente link “población mundial” y un “Contador de población/Reloj de población”  aquí .

Pero desde el siglo XIX los avances sobre el dominio de la tecnología han sido tan acelerados, y más aún en el XX  y lo que llevamos del XXI, que la concepción del mundo y del mismo hombre han mutado. La vivencia social de dominio sobre las cosas se realiza en el XIX y sobre el propio ser humano y su naturaleza en el XX (es fundamentalmente una vivencia pues seguimos sin saber qué o cuál es la naturaleza humana).

Uno de los problemas que tenemos ahora es que le evolución se desarrolla en una franja unilateral: hemos perdido posibilidades de contraste evolutivo. Esto quiere decir, señala Marshall Hodgson (citado por los autores de referencia) que ciertas trasformaciones han acelerado la historia, pues una vez que Europa abrió las puertas a la industrialización aceptó tasas mucho más altas de innovación y creó una distancia difícil de abreviar, alejándose occidente de otras civilizaciones y además con su pesada influencia impidió que aquellas civilizaciones desarrollaran su propio camino de evolución.

Por esto, cuando se intenta anticipar el futuro se hace muy complicado, aunque lo intenta la ciencia ficción y nos da miles de posibilidades en base a los conocimientos que han aparecido y van saliendo (originando nuevos tipos o estilos de ficciones) con su correspondiente porcentaje de imaginación. Algo parecido se podía haber hecho en los años 30 y 40 del siglo XX si no hubiera habido tanta guerra, pero ¿alguien anticipó internet? La respuesta es NO.

Y así, en la anticipación que hacen Buzan y Segal en 1998 pueden adelantar el multiculturalismo, el avance de la sociedad “global”, la cuestión social y económica China, etc. ¿Pero pudieron a finales de siglo XX vislumbrar el derrumbamiento de los Estados en Oriente Medio y el problema global que se ha originado con el yihadismo, el terrorismo, el autodenominado “Estado Islámico” y la oleada incontrolable de refugiados y emigrantes? La respuesta también es NO.

Si queremos anticipar algo de los próximos 100 años (exceptuando catástrofes globales como la era glacial que ha de venir, el meteorito que nos destruye…) no queda más remedio que enfrentarnos a la realidad de que el multiculturalismo supone un choque de civilizaciones (aunque esto no nos guste y no sea políticamente correcto decirlo).

El término multiculturalismo lo acuñó el gobierno anglófono canadiense para referirse a una nueva política de finales de 1960, pero el uso actual más generalizado suele entenderse como el reconocimiento de la coexistencia de grupos culturales diferentes, dentro de un mismo estado nacional.[2]

Se ha querido enfatizar que el problema del multiculturalismo no es un enfrentamiento de civilizaciones y por eso se ha hablado más de “alianza de civilizaciones”. Pero no ha sido más que un enfático interés positivo.

Tengamos en cuenta que se define Civilización (RAE) como el “Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana. La civilización china, occidental…”

Y el problema aparece cuando una “sociedad humana” junta costumbres y saberes históricos que son muy difíciles de conciliar. La tendencia al final es a que una de las estructuras expulse a la otra, la obligue, o la fagocite. El problema es cuál será la menoscabada.[3]

Ahora que tenemos en Europa el gran problema de la emigración y asilados masivos, de tantas personas destrozadas y sus países arruinados física y económicamente ¿aunque se acabe la guerra que hay en estos países van a volver en masa a sus ruinas? ¿Va a ser posible devolver a sus países a estos emigrantes que sin oficio competitivo ni conocimiento del idioma del país al que llegan se juegan la vida y su máxima alegría, hasta euforia, es conseguir pisar un suelo occidental?

¿Quién no se queja actualmente con lo que tiene o de lo que hay?

Quizá sea propio de la actual planetociedad la cultura de la queja, pues operamos constantemente con la realidad pero no somos capaces de crear una imagen del mundo[4].

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         ¿Se resolverá la cultura de la queja, con la anticipación de Buzan y Segal de un Mondo Cultura en el que toda la sociedad se unifica bajo directrices económicas y sociales globales para evitar la hecatombe de la humanidad? El Mondo Cultura es un mundo complicado y multicultural donde las culturas se interpenetran y hasta cierto punto se confunden. Pero como ellos dicen: la diversidad necesita ser contenida dentro de un marco de normas. ¿Seremos capaces de crear un nuevo marco de normas “de la diversidad”?

Sin que se desarrolle una “cultura común”, señala Buzan: la mezcla cultural será demasiado explosiva para mantenerse.

 ¿O será la tecnología la que nos permita dejar de quejarnos?

Difícil lo veo mirando a 500 años. Me conformo con anticipar que a 50 años este problema nos puede originar una disociación social planetaria. Disociación entre lo intelectualizado y lo viscienciado. Y seguiremos quejándonos, casi seguro.

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[1] Barry Buzan y Gerald Segal. El futuro que viene. Editorial Adres Bello, 1999 (edición inglesa en 1998). Nos va a servir de cifra de referencia.

[2] Sobre el multiculturalismo ya escribí  en este artículo en el que comentaba: “Realmente, la fricción no se encuentra entre culturas o entre religiones o en la sanidad. El roce se encuentra en que la evolución humana, tan comunicada actualmente, ha originado un choque entre el paradigma científico tecnotrópico y el paradigma “visciencial”. Las visciencias se producen mediante la intelectualización de las vivencias. Hoy en día las vivencias se intelectualizan ayudadas con el acceso a la información global que es un acicate para que las ideas y “pensamientos” que se adquieren originen una verdadera emergencia”. En este sentido Buzan y Segal comentan: “Si hay una amenaza a Occidente, ésta tiene un origen más interno, en las dudas acerca de su capacidad de manejar las consecuencias sociales de la aplicación de sus propias ideas”.

[3] Y se redoblan las manifestaciones en el campo del multiculturalismo. Así Rey de Bélgica aboga por multiculturalismo en discurso del día nacional (21 de Julio de 2017) http://www.criticajalisco.com/rey-de-belgica-aboga-por-multiculturalismo-en-discurso-del-dia-nacional/ y también reaparecen vía redes sociales, ahora, la noticia del rechazo al multiculturalismo de Holanda  desde 2011 http://blogs.periodistadigital.com/totalitarismo.php/2011/06/23/los-paises-bajos-abandonaran-el-multicul   . Y podríamos seguir con el “Brexit” http://theprisma.co.uk/es/2017/03/13/brexit-y-el-multiculturalismo/   y otros países más.

[4] La expresión “cultura de la queja” es de Robert Hughes (citado por Buzan y Segal) fundamentalmente para los países ricos.

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LOS TRANSHUMANISMOS


(Tecnotivismo posthumanista)

Juan Rojo Moreno

 

El prefijo “trans” significa tanto a-través-de como  al-otro-lado. El término Transhumanismo fue acuñado por Julian Huxley en 1927 en Religión sin Revelación (y en 1957 en Nuevos Odres para Vino Nuevo) y ha sido el fundamento de una corriente que ha seguido la idea de que puede haber una salto evolutivo humano a modo de “complejidad creciente de la conciencia”, que diría Teilhard de Chardin, apareciendo una nueva manera de concebir el sentido del mundo y del cosmos, mejorando el Ser de nuestra especie. En este sentido se han pronunciado muchos autores, y al menos señalar entre nosotros a M. Rojo Sierra y su obra El Hombre Cósmico [1] o a  José Luis San Miguel cuando habla de la “Rebelión de la Conciencia”[2]. Podríamos nombrar más autores, pero incluso muchos españoles que hablan del “transhumanismo” prefieren nombrar antes a los de otras naciones que a los que han escrito en lengua hispánica.

Una nueva evolución humana sin que haya un aumento de la complejidad-conciencia no es fácil de entender si queremos conservar la estructura de nuestra propia historicidad.

Pero claro, con el tiempo se han ido desarrollando otras formas de entender el transhumanismo, quizá más “al día” de lo que ahora se lleva con los avances tecnológicos y aparecen muchas concepciones desde esta palabra o se desarrolla el posthumanismo (término acuñado -1977- por Ihab Hassan).

Entonces ya la técnica entra en juego y ese tecnohumanismo propio de las películas de ciencia ficción se desarrolla en las mentes filosóficas para dilucidar qué hay de positivo en ello y realizable en un tiempo cercano. Desde esta perspectiva el libro de Antonio Diéguez denominado Transhumanismo (la búsqueda tecnológica del mejoramiento humano) valora aspectos diferentes.[3]

En cierto modo el libro anterior de Y.N. Harari “Homo Deus” ha sido un gran éxito planteando una posible y relativamente cercana revolución tecnológica mundial y en definitiva una revolución humana.[4] Y señala Diéguez como la antropología, como ciencia teórica, comienza a tener su propia ingeniería asociada como hace ya tiempo la tienen la física, la química y una parte de la biología.

Si los avances de la física cambiaron radicalmente la manera de comprender el mundo y el cosmos durante el siglo XX, los avances de la biología y el biomejoramiento humano transformará la cosmovisión durante este siglo XXI.

¿Cómo puede esto producirse?

De forma general, la idea de este tecnotivismo humanista es la expresada por More en 2013: “el transhumanismo va mucho más allá del humanismo tanto en medios como en fines. Los transhumanistas quieren aplicar la tecnología y la superación de los límites impuestos por nuestra herencia biológica y genética. Aplicando la tecnología a nosotros mismos podremos llegar a ser algo que no podamos describir como humanos; podemos llegar a ser posthumanos”[5]

Realmente hay tres líneas fundamentales:

1- Una primera línea es la que considera que desaparecerán los humanos y la tecnología los convertirá en organismos postbiológicos, de manera que la mente unida a la evolución tecnotrópica originará un ser superior, pero ya más que humano. Parte de las obras de ciencia ficción van en este sentido: volcado de la mente en una máquina

2- Una segunda línea es la que entiende que se puede producir una potenciación tipo Cyborg de nuestro organismo, originando humanos con capacidades ahora insospechadas.

En estas dos líneas se ha de superar el límite que separa lo humano de la maquina (llamando “Singularidad” al momento de la fusión ser humano-máquina). Sus esperanzas están puestas en la computación cuántica que hasta ahora ha dado leves resultados.

En la línea de esta interesante idea ya escribí en “Momento evolutivo de la enfermedad psíquica y su curación “…entendiendo que el tiempo también sea accesible desde el mundo no lineal, esto supone ya no solo una intuición como vivencia difusa sino una intuición-pragmática…. Con el futuro encarnado en el presente, el tiempo ya no será lineal, sino conformante de una imagen (tiempo imaginario) del futuro en el presente…Y ¿por qué camino puede llegar el ser humano a hacer efectiva y pragmática esta intuición? Pienso que ha de ser a través del pasaje del nivel subatómico, del mundo cuántico. La intuición efectiva del futuro no lineal tiene un sedero de contacto con el  macrocosmos, con nuestra realidad empírica”.[6]

Los que apoyan esta línea consideran que toda nuestra personalidad y nuestras vivencias se acoplarían, en una especie de “yoísmo”, en la unión materia/humano, por el camino de las leyes cuánticas (que realmente no conocemos).

Pero podemos adelantar uno de los problemas que han aparecido con estas directrices que consideran que los conocimientos aportados por la cibernética, por el dataísmo y el Big Data, nos harán más inteligentes: el problema que surge es, como señala Diéguez, que si bien se ha avanzado mucho en la bioética, estamos todavía lejos de una tecnoética madura.

3- La tercera línea considera el mejoramiento humano estimulando ciertos instrumentos de nuestras  capacidades.

Cada una de estas líneas tiene sus dificultades y por supuesto sus seguidores, pero hay un aspecto que no se suele tener en cuenta. Se confunde frecuentemente la inteligencia con el talento. Es cierto que para medir lo que llamamos coloquialmente “inteligencia”, mediante cuestionarios que nos aportan un cociente intelectual, lo que estamos realmente midiendo son capacidades instrumentales de memoria, organización, espacialidad, etc. Y parece que si aumentamos estas capacidades, entonces, aumentaría nuestra “inteligencia”. Esto es falso considerado de forma directa. Hace un tiempo la persona que tenía el record mundial de mayor cociente intelectual era una mujer “magnífica secretaria” en su trabajo -y seguro que lo era-. Evidentemente una mejora de instrumentos facilita la siembra del aprendizaje y su velocidad ¿pero por esto ya son esas personas más inteligentes? La inteligencia exige la unión de un buen talento y una inspiración o creatividad. Cuanto mejor estén nuestros instrumentos mentales puede que prenda mejor una idea creativa, pero eso no es seguro. Muchas ideas geniales han surgido en momento de fantasía y sueños en personas preparadas pero no significativamente talentosas.

Si mejoramos la memoria, la capacidad de visión o audición o la capacidad de relación cognitiva ¿seremos más inteligentes? No obligatoriamente. Pero, evidentemente, si una nación llegara a poder hacer eso en todos sus habitantes ¿Qué otra nación o familia no lo querría para sus hijos? se pregunta en este sentido Y. N. Harari .

En España para acceder a la Universidad hay que hacer un examen de Selectividad que es común en todo el Estado. Se tienen en cuenta las notas de los dos últimos años escolares (Bachillerato) y las notas de las diferentes partes del examen propio de selectividad que dura dos días. Muchos años hay quien saca un 10, es decir, la máxima nota, sin un fallo, en todas las  asignaturas de los dos años de Bachillerato y en todos los exámenes de Selectivo. Uno de estos alumnos decía, “método de estudio: ninguno, esfuerzo y sacrificio”, y una alumna asegura que todo es fruto del trabajo constante.

¿Un robot conseguiría algo semejante? Es posible. ¿Jóvenes potenciados, cerebralmente biomejorados, podrían también conseguir lo mismo? También es posible. ¿Esto quiere decir que sean genios, estables emocionalmente y superinteligentes en el futuro? La respuesta será: no obligatoriamente. [7]

Su desarrollo intelectual futuro dependerá de muchos condicionantes biopsicosociales, culturales, históricos y personales. Algunos llegarán a lo más alto de sus profesiones y desarrollo humano, y otros caerán en lo más profundo de sus contradicciones emocionales. Como todo el mundo.[8]

Como también plantea Diéguez, no es seguro que el potenciamiento de recursos cerebrales te haga más sensible respecto al sufrimiento humano y en el caso de los implantes cerebrales tipo Cyborg se pregunta, así mismo, ¿qué grado de mecanización haría falta para que dejara esa persona de ser algo ligado emocional y biográficamente a su origen humano? Y muchos autores se preguntan  también ¿dónde está el límite de la responsabilidad de la persona como tal ya que muchas decisiones las tomaría en base a los datos y algoritmos u otros patrones tecnológicos?

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         La tecnología está ayudándonos para mantener nuestro “ritmo” de crecimiento y desarrollo que parece deseable pues todo el mundo quiere adquirirlo. Pero ahora estamos en el mundo deslumbrante de lo cuantitativo: cada vez hay “más”. Más velocidad tecnológica, más capacidad de computación, más ahorro energético en las nuevas investigaciones en microprocesadores, televisores más planos, teléfonos con más capacidades, etc. Ya ha pasado la humanidad por esos periodos de “masismo” hasta llegar incluso a finales de siglo XIX a creer que todo estaba inventado.

La tecnología debe ayudar a resolver  aun muchos de los problemas humanos que tenemos y que siguen originando gran sufrimiento. Con su avance esperamos que no solo se curen enfermedades sino que algunas desaparezcan. La biogenética, el biomejoramiento, todo lo “bio”, quizá ahora tenga tiempo de relevo. Pero también deberá ser, como ha ocurrido anteriormente, la plataforma de algo nuevo.  Quizá de una nueva forma de concebir el planeta, y al propio ser humano. El Transhumanismo original deberá reconfigurarse con estos tecnotivismos humanistas si quiere alcanzar una meta global y no solo una potenciación parcial o una idealización tecnotrópica que los mismos investigadores en este campo suelen considerar ilusoria.

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[1] M. Rojo Sierra. El hombre cósmico (aportación al transhumanismo de Julian Huxley). Edita Promolibro, Valencia, 1999. Resumen en http://clinicaprofesor-rojo.es/images/librohombrecosmico.pdf

[2] José Luis San Miguel de Pablos. La Rebelión de la consciencia. Editorial Kairós, 2014. Comentario a partir de esta obra en https://juanrojomoreno.wordpress.com/2015/07/11/inteligencia-estrategica/

[3] A. Diéguez. Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano. Herder, Barcelona, 2017.

[4] Yuval Noah Harari. Homo Deus. Breve historia del mañana. Editorial Debate, 2016.

[5] M. More 2013. The transhumanist reader (citado por Diéguez)

[6] Coincide que cae en mis manos ahora el libro del psiquiatra C. G Jung “Psicología y Educación” (Editorial Paidós) en el que ya en 1949 escribía: “Este encuentro entre la física atómica y la psicología significa para esta última la incalculable ventaja de ofrecernos la sospecha de la posibilidad de hallar un punto de Arquímedes también para la psicología. En efecto el mundo atómico de la microfísica ostenta rasgos cuyo parentesco con lo psíquico ha sido advertido por los físicos. Aquí, en apariencia, se nos presenta, cuanto menos, la insinuación de la factibilidad de lograr una “representación” del proceso psíquico en un medio distinto: en el de la microfísica de la materia. (Jung concurrió intensamente con el premio Nobel de física W. Pauli)

[7] Señala C. G Jung en Psicología y Educación (obra citada): El talento no constituye un valor en sí mismo; solo lo es si el resto de la personalidad es susceptible de seguirlo en forma ventajosamente aprovechable. El talento es posible obstaculizarlo, dañarlo, pervertirlo, ayudarlo, desarrollarlo y perfeccionarlo. El genio es una “rarísima avia”, un Fénix, y no puede contarse con su aparición.

[8] Dice Diéguez: “No podemos tenerlo todo a la vez; no todo mejoramiento posible es compatible con cualquier otro. Si queremos aumentar nuestra inteligencia, es muy probable que tengamos que incrementar el metabolismo de nuestro cerebro haciendo que este consuma aún más energía de la que ya consume (20% de las calorías diarias). Esto nos obligaría a comer alimentos más nutritivos o a mejorar nuestros productos nutritivos, lo cual a su vez pudiera no ser compatible con el deseo de mejorar nuestro disfrute de la comida o con el deseo de mejorar el medioambiente”.

No estoy de acuerdo con esto, como en el caso de los ejemplos que hemos puesto de los estudiantes “10”. ¿Acaso estos estudiantes comen diferente o hacen una vida rara nutritiva o fuerzan con su actitud el medioambiente? Creo que en su composición Diéguez se aleja mucho de la posibilidad unitiva o emergentista. Quizá para él, el reduccionismo, localizacionismo o agregadurismo le son necesarios en esta antropotécnica (término de Sloterdijk que aporta el mismo Diéguez).

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PSICOLOGÍA DE LA EVOLUCIÓN DEL HOMBRE


Juan Rojo Moreno

Ouspensky (filósofo y escritor) dictó 5 conferencias en Londres (1934) que las fue retocando hasta su publicación en 1950 (tres años después de su fallecimiento en 1947; la introducción la escribió en 1945) con el nombre de  Psicología de la Posible Evolución del Hombre [1].

Se plantea Ouspensky una importante diferencia entre la psicología “científica” que estudia al hombre tal como lo encuentra y otra psicología que estudia al hombre desde el punto de vista de su posible evolución.

Por esto llega a dar cuatro definiciones de psicología:

1- La psicología es el estudio de los principios, leyes  y hechos relativos a la posible evolución del hombre.

2- Psicología es el estudio de uno mismo. Pues uno de los mayores obstáculos del hombre es su ignorancia de sí mismo y la ilusoria convicción de conocerse, al menos en cierta medida, y de poder describirse él mismo, cuando en realidad no se conoce en absoluto.

3-  La psicología es el estudio de la mentira. El hombre no sabe que evolución le es posible ni en qué punto de ella se halla actualmente, y se atribuye rasgos que pertenecen a fases superiores de la evolución. Él no puede estudiarse, siendo incapaz de distinguir entre lo imaginario y lo real en sí. Mentir quiere decir deformar o, en ciertos casos, disimular la verdad o lo que se cree es la verdad. No podemos conocer la verdad pero podemos simular que la conocemos. Y eso es mentir. La mentira llena nuestra vida entera -señala Ouspensky. La gente finge saber de todo pero en realidad casi nada sabe “y cada vez que habla de algo que ignora como si lo supiera, miente. Por consiguiente, el estudio de la mentira se torna de capital importancia en psicología”.

4- La psicología es el estudio de un nuevo lenguaje. Y ese nuevo lenguaje es la lengua universal que los hombres se esfuerzan a veces por descubrir o inventar. Es universal en el mismo sentido que lo son los símbolos matemáticos. Jaspers hablaría de lenguaje “cifrado” y Ouspensky dice “no conocéis aún sino unas pocas  palabras de ese lenguaje, pero ya os dan la posibilidad de pensar y de hablar con más precisión de lo que os lo permite el lenguaje ordinario, aun si usáis terminologías y nomenclaturas científicas o filosóficas”[2]

Ouspensky se interesa, más que  por el análisis de los fenómenos de la psique humana, por las fuerzas ocultas del hombre pero no fue un psicoanalista [3] sino que desarrolla un humanismo o misticismo fuertemente influenciado por su maestro George Gurdjieff .

La evolución del hombre no se ha producido de una manera automática (está Ouspensky muy en contra del mecanicismo y del hombre-máquina) sino que ha sido necesario el esfuerzo consciente del propio hombre. El esfuerzo dirige los pasos evolutivos pues “la evolución del hombre significará el desarrollo de ciertas cualidades y características interiores que habitualmente permanecen embrionarias y que no pueden desarrollarse por sí solas”.

Uno de los problemas evolutivos actuales, desde esta perspectiva, es que estamos tan mecanizados, tan atentos a los valores exteriores y cosas del mundo que no estamos desarrollando de forma  intensa fuerzas internas evolutivas: “sin esfuerzo la evolución es imposible; sin ayuda es igualmente imposible; la evolución es una cuestión de esfuerzo personal”.

El esfuerzo también es considerado fundamental en el desarrollo de la conciencia por C. G Jung cuando señala: “Al estudiar la historia del desarrollo humano nos vemos constantemente impresionados ante la comprobación de que con el desarrollo mental corre pareja una ampliación del campo de la conciencia, así como que cada paso de avance representa una conquista sobremanera dolorosa y penosa. [4]

Entra nuestro autor de referencia de forma directa en una cuestión que ahora muchos científicos, filósofos y divulgadores frecuentemente lo hacen de forma mucho más “light”: no todos los hombres pueden desarrollarse y evolucionar. Estamos acostumbrados a leer cada vez más  libros y artículos que nos prometen estimulación cerebral, datos que nos van a ayudar a controlar todo, prótesis orgánicas, desaparición de enfermedades por conocimiento genético (y/o manipulación). Pero si estimulamos la memoria ¿todo el mundo recibirá el mismo estímulo o seguirá habiendo mejores y peores estimulados? Si estimulamos la capacidad cognitiva ¿habrá quien maneje mejor y otros peor esa estimulación?

Quizá Y. N Harari (Homo Deus)[5] es uno de los que más ponen en claro el problema de las personas que, según él, serán “económicamente inútiles”, y algunos autores que escriben sobre transhumanismo también se plantean: ¿la estimulación cerebral o la superinteligencia nos hará más felices, más sociales o humanamente mejores?

Para Ouspensky muchos no evolucionarán simplemente porque no lo desean. Para el desarrollo, para la evolución, es condición necesaria que el hombre no se conforme con su estado presente “deben sentir un gran interés o deseo por el estado nuevo desconocido que debe aportar el cambio”.

El hombre, dice nuestro autor, no solo no se conoce sino que “no conoce siquiera hasta qué punto no se conoce”. Es una máquina, una marioneta tirada aquí y allá por hilos invisibles. Por esto puede estar contento con cómo se encuentra pues no conoce que su libre albedrío es completamente condicionado.

Algo semejante escribe en 1957 López Ibor cuando señala que la vida actual se halla sometida a la ley del rendimiento. El hombre vale, gana y se cotiza según rinde, por lo que la ley de la vida non depende tanto de lo que realmente se es. El hombre renuncia así paulatinamente a su carácter de persona para caer en la uniformidad de la máquina.[6]

Aunque el hombre tiene una oportunidad, según Ouspensky: puede saber que es una máquina y si se da plena cuenta de ello puede hallar los medios de cesar de ser una máquina.

Y para esto un primer paso fundamental es el asumir la otredad, la alteridad: “saber que él no es uno, sino que es muchos”. En este punto Ouspensky enlaza con toda la filosofía del yo-a través-del-otro, que viene del antiguo misticismo oriental y entre los europeos nombrar al menos al psiquiatra y filósofo K. Jaspers y a Ortega y Gasset. No en vano, como señalamos al principio, el maestro de Ouspensky fue George Gurdjieff que desarrolló su doctrina basándose en múltiples orígenes y en diversas tradiciones tales como el budismo, sufismo, hinduismo y cristianismo ortodoxo oriental.

El hombre centrado en sí mismo que no se conoce a través de la alteridad sigue enfrascado frecuentemente en emociones negativas y, muy a menudo, orgulloso de su identificación y de la consideración. La identificación es un hecho curioso por el que “se identifica” con todo: con lo que dice, con lo que sabe, con lo que cree, con lo que desea o no desea, “si el hombre pudiera liberarse de la identificación, se liberaría de muchas de las manifestaciones inútiles y estúpidas”. La consideración, entiende Ouspensky, significa que el hombre necesita constantemente “ser considerado” y se preocupa constantemente de lo que los demás piensan y valoran de él.

Para un hombre mecánico, en relación con las emociones negativas (fastidio, irritación, envidia, temor, etc.) basadas en la identificación y en la consideración, entiende Ouspensky que la cosa más difícil de admitir es que ni las propias ni las de los demás tienen el menor valor y que no contienen nada de noble ni de bello.

Lo más extraño y fantástico de las emociones negativas es que la gente las adora. Su único aspecto bueno es que  siendo perfectamente inútiles, pueden ser destruidas sin perjuicio alguno. Y cuando esto ocurre llega un momento en que el hombre debe sacrificar su sufrimiento. Esto es quizá lo más difícil pues en realidad las personas sacrifican todo antes que sus emociones negativas: “no existe placer ni goce que el hombre no esté dispuesto a sacrificar por razones fútiles, pero jamás sacrificará su sufrimiento, […] ya que el hombre espera siempre algo del sacrificio de sus placeres, pero nada espera del sacrificio de su sufrimiento”.

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Hemos tenido oportunidad de escribir anteriormente sobre otras perspectivas que interesan la evolución humana, el tecnohumanismo, la biomejoración, etc. Con Ouspensky volvemos a retomar el camino del esfuerzo personal y de la superación para la propia evolución, y de nuevo nos introduce en niveles de conciencia y complejidad-conciencia. Y, ¡cómo no! en la lucha contra la superficialidad del Ser. Ya no podemos alargarnos pero en su última conferencia se adentra en la diferencia entre el ser y el saber y el desarrollo unilateral y parcial que aparece cuando se identifica la evolución solo con el saber.

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[1] P. D Ouspensky. The Psychology of Man’s Possible Evolution. New York: Hedgehog Press, 1950. (la edición que utilizo es la Argentina de 1965- 4ª edición-,  Piscología de la posible evolución del hombre, Hachette). Está en  castellano accesible en https://drive.google.com/file/d/0Bz7L2Pl4PvsYblZBSHNZNk9aRDA/view en inglés en  http://www.holybooks.com/wp-content/uploads/Ouspensky-The-Psychology-of-Mans-Possible-Evolution.pdf

[2] Para Ouspensky la división de la palabra “hombre” en siete palabras: hombre 1, hombre 2, hombre 3,4,5,6 y 7, con todo lo que de esto deriva, es un ejemplo de este lenguaje nuevo. Habla del hombre Nº 1 que es el hombre físico (predominio del centro instintivo o el motor), el hombre Nº 2 es el hombre emocional, el hombre Nº 3 es el hombre intelectual. Todos los hombres nacen 1,2 o 3 y no pueden alcanzar categorías superiores si no es pasando por escuelas (algún maestro o guía)

El hombre Nº 4 no ha nacido tal. Es el producto de una cultura de escuela (formación guiada). Difiere del hombre 1,2 o 3 por el conocimiento que posee de sí mismo, por la comprensión de su propia situación. En él la idea de su desarrollo se ha tornado más importante que todos sus demás intereses. El hombre Nº 5 ha adquirido la unidad y la conciencia de sí. El hombre Nº 6 ha adquirido la conciencia objetiva. El hombre Nº 7 ha alcanzado cuanto un hombre puede alcanzar: tiene un Yo permanente y una voluntad libre

[3] Para Ouspensky son expresiones erróneas, términos equivocados, las de subconsciente o pensamiento subconsciente. Nada es subconsciente de manera permanente, por la razón de que nada es consciente tampoco de manera permanente y no existe “pensamiento consciente”. Los dos únicos estados de conciencia en los que vive el hombre son el sueño y el sueño despierto.

[4] C. G. Jung. Psicología y Educación. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1949.

[5] Yuval Noah Harari. Homo Deus. Breve historia del mañana. Editorial Debate, 2016

[6] J.J. López Ibor. Mesura y desmesura en la educación  (1957). En discurso a los universitarios españoles. Biblioteca del pensamiento actual, Segunda edición aumentada, Ediciones Rialp, Madrid, 1957.

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MEDICINA GENERAL Y SUS ESPECIALIDADES


Juan Rojo Moreno

Juan José López Ibor en 1937 publica “Discursos a los Universitarios Españoles” y lo reedita en 1957. Pasados 20 años, en la reedición de la obra, señala: “me ruboriza un poco, incluso, el estilo patético de algunas páginas y cierta veta grandilocuente de otras que me son sustancialmente extrañas”.[1]

Pero al mismo tiempo indica que patetismo y grandilocuencia aparte, hay muchas ideas que 20 años después conservan su vigencia. Y esto es lo que nos interesa ahora ya en el siglo XXI al releer esta obra habiendo pasado ahora al menos 80 años desde su primera publicación, pues llama la atención como siguen siendo vigentes muchas de las cosas que dijo entonces, que nos sirven como reflexión.

La especialización en Medicina

 Los avances han obligado a especializarnos, más aún, si cabe, a medida que estos se van produciendo. A veces incluso dentro de la misma especialidad hay super-especialistas o sub-especialidades. ¿Dónde está el límite en el que el médico pierde la visión global y sólo utiliza la perspectiva técnica superespecializada?

No podemos valorarlo como bueno o malo, a veces es necesario (¿?). Pongo los interrogantes. ¿Dejamos la medicina general solo para los generalistas? ¿Es normal que un especialista, por poner un ejemplo un psiquiatra, no sepa poner una inyección intramuscular? Podrá aducir que en el ejercicio habitual de su profesión no ha de realizarlo, o igualmente un dermatólogo tratar o tener que diagnosticar un síndrome raro hematológico que no dé síntomas dérmicos. Pero ¿y la reacción global de la persona al diagnóstico? ¿Y la vivencia de enfermedad? ¿Seguro que tampoco va a dar síntomas dermatológicos?

Por supuesto, creo que no podemos ser todos los médicos especialistas de todo, pero no debemos abandonarnos en nuestra especialidad y dejar de formar parte del cuerpo de aprendizaje común que la medicina te obliga toda la vida. La formación médica no acaba cuando terminamos los años de preparación universitaria ni cuando terminamos la especialidad, continua indefinidamente incluso cuando el médico se ha jubilado ¿o dejará de asistir el médico jubilado a un accidentado pues ya está jubilado?

López Ibor señala en este sentido cómo la Universidad debe luchar contra los peligros de la disgregación del hombre que, en su ámbito, están representados por el especialismo y la entrega, sin medida, a la técnica. El fondo que el médico, sea cual sea su desarrollo profesional, ha aprendido y sigue desarrollando es lo importante: “la formula no es que el estudiante de anatomía oiga un curso de filosofía. Toda ciencia, por particular que sea, posee un substrato en el que se apoya y por el que establece sus conexiones con las demás. El secreto pedagógico está en hacer aparente y sustancioso ese substrato”.

En estos tiempos, dice López Ibor -se refiere a 1937 y veremos que puede parecer hoy-, “el peligro de los estudiantes actuales, su `deformación profesional´ es que buscan el aprendizaje inmediato, a veces, ni siquiera el aprendizaje útil para después, sino el que presta una utilidad inmediata: la de servir para prepararse al examen”. Estoy seguro que muchos estudiantes actuales de medicina y los recién terminados de ésta Licenciatura o Grado lo entenderán perfectamente.

Nos preguntamos, con cierta razón lógica, qué fortaleza psicológica y vocacional hay que tener para tras atravesar, durante los 6 años de formación universitaria, esa “carrera” tremenda de créditos y competitividad, y luego un nuevo examen para guerrear con o “contra” los compañeros para una plaza de especialidad y luego tras hacer la especialidad, de nuevo, para conseguir, en una nueva oposición, que la plaza tenga una estabilidad. Nos preguntamos, insisto, cuando eso llega tras más de 10 o 15 años de inseguridad y tensión (10 contando la especialidad y pongamos 5 como mínimo para conseguir una seguridad estable en la plaza) ¿Cuánto queda de la fuerza vocacional para que el médico siga aprendiendo no solo de  su especialidad que ya domina suficientemente sino del substrato general de  toda la cultura médica?

No tengo la respuesta, pero sé que nuestra profesión es muy vocacional pues muchos de los que hacen esta dura travesía siguen siendo muy buenos médicos interesados no solo en las enfermedades sino en la globalidad de los hombres enfermos. Aunque entendamos a los que naufragan en esta concepción y desarrollan otra, quizá, más práxica vital.

La ciencia, la técnica, la velocidad.

El avance en nuestras capacidades de predicción, y los conocimientos sobre las causas, dice López Ibor, ha puesto en nuestras manos un poder nuevo: el conocer, como poder (frente al conocer como perfección). Fausto se lamenta: “¡Ay, filosofía, jurisprudencia y medicina y, por mi desgracia, también teología! Todo lo he estudiado a fondo, con una tenacidad ardiente y heme aquí, pobre loco y soy tan cuerdo como antes”.

El hombre moderno se angustia porque no puede parar. A veces se  siente acelerado, pero… si para, si se detiene, se considera que está en retroceso, “el hombre de hoy ha inventado la técnica, pero la técnica tiende a deshumanizar al hombre”.  Se siguen amontonando más y más hechos y conocimientos, pero no  hay un nuevo sentido para estos. Y lo importante de los conocimientos técnicos no es al fin y al cabo más que la eficacia. Eficacia y eficiencia dos términos tan usados hoy en día en todas las estructuras administrativas y, cómo no, también en el mundo de la salud. La diferencia entre eficacia y eficiencia ( aquí )

Han aumentado, y siguen aumentando, de tal manera los conocimientos que han de ser aprendidos por los universitarios que no puede prestarse tiempo a que su formación cultural se amplíe al unísono que la profesional: la idea es que la universidad proporcione titulados formados en ciencia y técnica. El ideal sería, al entender de nuestro autor de referencia, que no se estudien realidades distintas, sino una sola realidad desde  un punto de vista distinto: “no hay que estudiar toda la realidad del mundo en una célula, sino una célula como si en ella estuviese reflejada toda la realidad del  mundo. El estudio no pierde así en agudeza. Gana, en cambio, en jerarquía y perspectiva.”

Ante el espectáculo -sigue López Ibor- de unos programas hipertróficos, de unos alumnos ajetreados de una clase a otra, sin reposo intelectual alguno, Ortega levantó el principio de la economía de la enseñanza: no exigir el esfuerzo máximo al alumno (que con menos esfuerzo se consiga mejores resultados) y que el profesor controlase sus impulsos de convertir su enseñanza en un teratoma injertado en las inteligencias de sus alumnos. Pero frente  a esta economía que propone Ortega y frente al tópico de la cultura general, López Ibor propone la realidad de una cultura selectiva. La cultura no es una misión exclusiva de la Universidad pero saber seleccionar las relaciones necesarias entre la cultura médica y la cultura general será beneficioso para el alumnado y frenará que cada disciplina se convierta en una montaña ingente o en una silueta inerme según la grande o escasa vitalidad de quien la profese.

La velocidad en la aparición de nuevos datos crea un problema en relación con las clases universitarias. No todos los años aparecen grandes innovaciones en un tema docente que sea necesario estar cambiando.

Cierto, hay quienes les gusta añadir más y más datos nuevos a cada clase de manera que para el alumno parece que cada tema es un gigantesco universo de datos importantísimos. En estos casos se  intenta transformar al alumno en una biblioteca andante. No es adecuado. La estructura de cada tema suele mantenerse firme durante algún tiempo y la didáctica exige que se sepa qué vale la pena añadir o eliminar para no hacer un vasto tratado de cada apartado y de cada especialidad. Es buena experiencia después de haber dictado una serie de años unos temas dejar de hacerlo y explicar otros. Cuando se vuelve a los primeros no solo ha de revisarlos sino que también puede ver cómo lo han explicado otros profesores, y se enriquece el contraste de lo que puede ser importante, no para el profesor sino fundamentalmente para el alumno. Esto hace más vivido y personal la dicción de clases.

Fichte en 1807 ya planteó la tesis que el profesor de Universidad debe saber algo que no está en los libros. Esto, señala López Ibor, no quiere decir que cada profesor tenga que poseer una parcela propia de verdad sino que al conocimiento científico hay que adherirle un coeficiente de vitalidad.

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En esta velocidad de la técnica nos encontramos ¿en crisis?

Señala en 1957 López Ibor que “con frecuencia se alude a la crisis del hombre moderno; pero el hombre ha estado muchas veces en crisis y, por lo tanto, la crisis en la vida histórica, como la crisis en la vida individual, no son acontecimientos anómalos. A diferencia de las anteriores, la crisis actual se caracteriza porque el hombre moderno no barrunta cuál es su destino inmediato. En otras crisis históricas al mismo tiempo que se desmoronaban una serie de valores y empalidecían unos esquemas de vida, nacían otros. Ahora no ocurre así. El hombre siente la insuficiencia de las ideas políticas, sociales, económicas, etc., pero si bien palpa y sufre su fracaso, no vislumbra, a diferencia de lo que ha ocurrido en otras crisis históricas, nuevos horizontes. Esta falta de idea de lo que va a venir es lo que engendra el nihilismo de los tiempos presentes”.

Parece ser que los “tiempos presentes” de 1957 son semejantes a los actuales ya en el siglo XXI.  Hemos seguido avanzando en la ciencia y la técnica de manera que “ciencia quiere decir para el hombre de nuestros días, progreso y técnica. Apenas se concibe otra forma de sabiduría que la de poseer los secretos de la naturaleza para operar sobre ellos”.

Ya no es concebible un avance sin técnica y sin ciencia. Pero no todo es técnica y ciencia como bien sabe cualquier médico generalista o especializado que diariamente patentiza la relación médico-paciente. Como dijo Kekulé 25 años después de su famoso sueño:

“Aprendamos a soñar, caballeros, así podremos encontrar la verdad, pero guardémonos de publicar nuestros sueños hasta que han sido probados por entender el despertar “.

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[1] J.J. López Ibor. Discurso a los universitarios españoles. Biblioteca del pensamiento actual, Segunda edición aumentada, Ediciones Rialp, Madrid, 1957.

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LA RAZÓN MÍSTICA


Juan Rojo Moreno

         Hablar a  la vez de razón y mística parece un contrasentido, pero estamos tan invadidos continuamente por la verdad científica y la razón contrastada, que es un aliento vivo cuando nos llega un libro como Mystic Topaz de Pilar Pedraza [1].

Cuando estaba leyendo este libro, de forma sincronística que diría C. G Jung, me llegaron dos variables informativas, en cierto modo opuestas, que son el contrapunto de lo que hoy quisiera comentar: por una parte coincide mientras leo Mystic Topaz  que emiten en un canal de televisión la película Stigmata dirigida por Rupert Wainwright en 1999, en la que el padre Andrew Kiernan (Gabriel Byrne) ex-científico y sacerdote jesuita investiga supuestos milagros.  Me llamó la atención cuando en la película se critica al sacerdote que estudia el caso diciendo que “no sabe aún si es un científico o un sacerdote”.  Por otra parte, un día antes, recibí un libro de mi especialidad que revisa y actualiza con gran profusión de detalles, sobre un apartado concreto, lo que hasta hoy la ciencia conoce en ese campo. Es un buen trabajo que intenta mostrar, en cierto modo, “las evidencias” científicas del enfermar.

¿Dónde se encuentra la razón de la realidad?

Es evidente que nadie lo sabe, pero Pilar Pedraza en Mystic Topaz nos aporta un contrapeso a esta realidad que creemos tan consabida y que no obstante nos perplejiza cuando profundizamos un poco más en nosotros, en el mundo y en el cosmos. Su relato ocurre en una tienda de gemas y productos esotéricos que realmente está situada en todas y en ninguna parte, pues tanto se localiza en el norte o el este de Italia como en Túnez o en la ciudad española de Valencia.  Su situación y las reseñas del contorno no son solo referencias para situar la acción, sino categorías de lo inesperado, de lo inubicado que supone la conexión mística. Porque en ella, en Mystic Topaz, no estamos solo con las cosas o frente a ellas, estamos en el mismo principio de indeterminación. Uno tras otro, en sus relatos, parece que nos encontremos con enigmas que pueden ser sorprendentes, pero al mismo tiempo, por otra parte, muchos de ellos, de tan conocidos y hablados ya no solo se conocen sino que se han hecho tópicos, más en cuanto que hoy en día con el mundo de la reproducción fantástica y comunicación, éstos, en cierto modo, han sido asimilados a la cultura habitual: los postersgeist, los “viajes” en estados de conciencia modificados, los fenómenos sincronísticos de C. G Jung, las meditaciones “orientales”, etc.

La posibilidad de esta realidad subintencional ya la comenté en ¿Cuán real es la realidad? (aquí).

¿Es posible vivir imbuido por el mundo esotérico, de los chacras y de la energía intencional que mueve nuestras vidas -que se  refleja en el Tarot, en las videncias, en los que tienen poderes, en la cábala, en el I Ging, etc.- y al mismo tiempo creer en la medicina científica, en la telefonía digital y en la transmisión de eventos mediante televisión?

Pues sí que es posible. Puedes ver a un indígena que tras hacer un rito para eliminar un espíritu maligno, a continuación toma un teléfono móvil para llamar a otra persona, y en el otro lado igual ves al más rancio de los científicos naturalísticos que ante un apuro vital tiene la esperanza, más o menos en el fondo, de que un “milagro” o una fuerza interna pueda salvar a un familiar muy cercano o a él mismo de la catástrofe inevitable. El mismo neurocirujano, el Dr. Eben Alexander, ante una experiencia significativa estando a ras de la muerte cambia su concepción científica naturalística de la existencia por otra muy diferente (aquí).  Pero seguro que no dejó de tener la certeza de que el coche que condujera le daría seguridad cuando circulaba, en base a los adelantos técnicos que sobre él se han aplicado.

En realidad vivimos entrelazados en los dos mundos y aún no hemos conseguido consolidar uno solo unitivo.

Uno de ellos, el técnico-científico, quiere explicar al hombre y la naturaleza sin acabar de conseguirlo. El otro, el místico, quiere dar sentido al hombre y al cosmos sin explicarlo, y sin acabar de lograrlo. Ambos consiguen avances significativos pero no totales ni definitivos. Ninguno consigue eliminar, -más allá del proceso en individuos concretos-, el terror, la desesperanza y la incertidumbre que el ser humano sigue encontrando cuando patentiza lo que hoy en día sigue siendo la  cotidiana “humanidad”.

Quizá, ambos mundos no sean más que escaparates diferentes de una sola tienda, y desde cada escaparate como dice Pilar Pedraza en su obra: tenemos que seguir viviendo y “la gente comprando esperanzas”.

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[1] Mystic Topaz. Pilar Pedraza. Editorial Valdemar, 2016.

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LAS PSEUDOCIENCIAS


Juan Rojo Moreno

         Los médicos se encuentran cómodos con los “datos y las evidencias”. La Organización Médica Colegial ha ido eliminando las secciones “pseudocientíficas” y en las diferentes universidades van desapareciendo los máster de estas perspectivas.

Complejo es el asunto. Le pregunté a un compañero psiquiatra de gran experiencia y asiduo a escribir también en sus blog si iba a reseñar algo sobre este tema y me dijo ¡no, es algo que está muy politizado!

Creo que no es necesario remarcar, una vez más, el gran avance que ha hecho la medicina gracias a los adelantos técnicos y al aplicar el método científico. Y esto nos lleva, como señala el psiquiatra Celso Arango a que: “dentro de un Sistema Nacional de Salud no podemos correr con los gastos que supone aplicar terapias que no están basadas en datos y que no están basadas en coste-eficiencia” (aquí).

Estoy en general de acuerdo con estos preceptos, pero ¿qué ha motivado esta nueva postura? Serán muchos los motivos, que seguro se me escapan, pero el intrusismo médico de estas alternativas o el extremismo de algunos profesionales es seguro que ha influido. Que Steve Jobs se tratase un cáncer de páncreas con zumos naturales (especialmente de naranja) en vez de operarse (era un tumor operable) o que se propugne la no vacunación de los niños, o que digan que se puede curar el cáncer con bicarbonato (el colegio de médicos de Barcelona tiene al menos 5 expedientes contra médicos por prescribir sólo terapias alternativas en cáncer /aquí/), etc., ha creado un movimiento médico importante en contra de estas terapias alternativas.

Pero debemos romper al menos una lanza a favor de las mismas (aun a riesgo de cometer un acto grave “político”). Si eliminamos de los colegios médicos a los profesionales titulados en medicina que desarrollan estas prácticas y si eliminamos de las universidades cualquier tipo de actividad realizada por profesionales médicos, justo estamos suprimiendo cauces de expresión y de control sobre estas alternativas y precisamente sobre profesionales cualificados a los que se les podrá exigir una responsabilidad en caso de negligencia. ¿Un médico con formación en terapia alternativa, pero que sigue siendo médico, tratará una pulmonía o un cólico renal solo con remedios “complementarios”? ¿O un cáncer, sin recomendar un tratamiento específico oncológico? Si lo hace y hay resultados negativos y consecuencias graves en el paciente, sobre ese profesional de la medicina los mismos colegios médicos y la legislación de las buenas prácticas de la medicina seguro que pueden actuar. ¿Pero qué pasará si desaparecidos estos profesionales del amparo institucional cierran sus consultas y entonces la gente angustiada a quien recurre es a ciertos hechiceros, charlatanes y demás gente no cualificada? Evidentemente, ante los resultados desastrosos en enfermedades importantes nadie podrá exigirles a esos cuentistas que “no han ejercido una práctica profesional adecuada” pues no son profesionales.

Este tema me lo comentaba una doctora en una reunión que tuvimos en Castellón hace unas semanas y ella dentro de su ejercicio de la medicina también practica algunas de las terapias alternativas. ¿Se va a prohibir en China la acupuntura cuando su medicina se haga más científica? ¿O  aún no es científica su medicina?

¿Es la ciencia tan exacta que, por ejemplo, todo lo que dicen los físicos se puede demostrar con la ciencia? Pues no, muchas de sus teorías sobre multiespacios, o la teoría de las cuerdas o de las Supercuerdas no son más que juegos matemáticos (complejos) pero  a los que no es posible aplicarles el método científico (experimental). Como ya indiqué en un artículo anterior sobre La Fantasía y la Ciencia (aquí), la teoría de las cuerdas (luego denominada de las Supercuerdas) (1974,1984), es una teoría especulativa que aspira a conciliar la mecánica cuántica con la teoría de la gravitación de Einstein (Relatividad General). En el libro de Richard Dawid (que tiene experiencia en física de altas energías y en filosofía) (aquí) se plantea claramente que esta formulación es el más claro ejemplo de las diversas teorías que no tienen respaldo experimental: las energías necesaria para la comprobación experimental de la mayoría de las versiones de la teoría trascienden de lejos las energías más altas de los aceleradores de partículas. Y por esto en 2006 ya Lee Smolin (citado por L. Alonso  en Investigación y Ciencia) escribió que la teoría de las cuerdas había fracasado a la hora de formular predicciones que pudieran someterse a prueba empírica.

En definitiva, que no todo lo que  es “ciencia” realmente lo es.

En medicina y en psiquiatría necesitamos aplicar el método científico, pero no nos olvidemos que no todo lo que la ciencia nos diga de la medicina es la única verdad que se puede aplicar en nuestra profesión. Tratamos a seres humanos enfermos, no a robots ni a entidades independientes del ser humano llamadas “enfermedades”: no hay enfermedades sino enfermos”, decía Hipócrates y Marañón.

Se pregunta el Psiquiatra Celso Arango: “¿Cuál es el mejor predictor de que alguien que tenga un infarto de miocardio sobreviva o no? Que esté deprimido o no”. Cierto, esto parece muy psicosocial y además científico. Podemos estudiar los infartos y estudios estadísticos de supervivencia del infarto y padecer o no depresión. Y también en el caso que se dé tratamiento o no a la depresión o que sea grave o moderada, etc. Pero la ciencia no dice todo acerca del por qué las personas tienen depresión tras infartos y qué factores han actuado para que haya o no depresión y qué repercusión vivencial ha tenido el infarto como acontecimiento psicobiográfico individual. O cómo ha influido en su depresión la relación médico-paciente durante el infarto. ¿Iatrogenia? Muchos interrogantes de los cuales solo conseguimos arañar superficialmente algunas relaciones. Y la psicosomática solo consigue llegar metodológicamente al campo de las relaciones y tampoco nos explica mucho más de la enfermedad como acontecimiento unitivo humano.

La medicina de los humores  hipocráticos y galénicos duró miles de años y ahora se evidencia muy insuficiente, la física newtoniana se consideró absoluta y ahora solo relativa para lo macro (no para el mundo cuántico ni para otros muchos campos). La ciencia con su método actual prevalece hoy en día pero estoy seguro que dentro de “x” años habrá una nueva ciencia que supere a la actual. Que las organizaciones médicas nieguen a sus miembros cualificados utilizar métodos complementarios, para acercar la curación o a la mejoría, que no están probados completamente por el método científico, veremos con el tiempo si es acertado o no.

Pero quizá me estoy exponiendo a decir algo “políticamente arriesgado” así que: por supuesto la lucha total con la superchería y el intrusismo de charlatanes y demás que en nombre de “curar” o aliviar enfermedades se aprovechan del sufrimiento y la angustia de muchos pacientes para no más que sacarles el dinero mediante el engaño y darles falsas esperanzas, que en muchos enfermo va a ser, si cabe, siempre más dramático que la amarga verdad.

Quien quiera leer una opinión de dos médicos psiquiatras con master en psicoterapia integradora puede leer su artículo “Homeopatía, medicina alternativa y lo natural como destino”. Aquí.

 Una interesante aportación para reflexionar sobre  lo natural.

 

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