EL HUMANISMO SOCIAL (RADICAL) DE ERICH FROMM Y LA TECNOLOGÍA


Juan Rojo Moreno

         Erich Fromm, significativo psicólogo social y humanista, se planteó en 1968 un tema que sigue siendo de gran actualidad. Es el problema de cómo nos está afectando la tecnología y si hay una posibilidad de desarrollar una humanismo social que impida que nos cosifique el desarrollo tecnotrópico o lo que él denomina la cibernetización  (neologismo hibridado de cibernética y automatización) en la que citando a Zbigniew Brzezinski: “millones de ciudadanos caerán  fácilmente dentro del radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas que explotarán de modo afectivo las técnicas de comunicación para manipular las emociones y el control de la razón”.

Estamos convirtiéndonos en una civilización de masas manipuladas cada vez a escala más grande, señala nuestro autor de referencia[1]

¿Hemos de producir gente enferma para tener una economía sana?

Este es un dilema que se plantea Fromm. Si bien en relación con las enfermedades en general estas sociedades aceleradas y “productivas” han conseguido más avances que las menos desarrolladas, pero al mismo tiempo es una constante que hablemos del siglo XX como del siglo de “la ansiedad y depresión” y del siglo XXI como el siglo de la “depresión” o incluso de “la depresión, epidemia del siglo XXI” y cosas así, refiriéndonos al importante impacto del estrés y de las manifestaciones psicosomáticas en esta sociedad tan productiva y que funciona por objetivos, pero que origina un daño significativo en la tan flamantemente llamada Salud Mental.

Hay quien dice que el mito del progreso indefinido se ha derrumbado, pero en nuestro inconsciente, y como mecanismo antiangustiante, las sociedades siguen creyendo en él: el futuro ha de resolverlo todo, las enfermedades que ahora no se curan, los problemas sociales, el caos climático… Como dice Fromm “… está la idolatría del `futuro´ y la posteridad mediante la cual la proyección del tiempo llevará a cabo lo que yo no puedo conseguir… los ídolos del futuro y de la posteridad realizarán algo sin que yo haga nada”.

Pero si bien el presente, en los grandes temas tiene este mecanismo compensatorio antiangustiante, el día a día, se ha transformado en los países civilizados en una continua lucha por la competitividad, aceleramiento continuo, lograr el futuro de la producción del mañana hoy mismo, y cuando se alcanzan pronto los objetivos propuestos esto quiere decir que eran pocos ambiciosos y se ponen otros más elevados. Como ya señaló John Stuart Mill: no me seduce los que piensan que “el estado normal de los seres humanos es luchar por estar adelante”.

Pero la megamáquina, señala Fromm, es el sistema social totalmente organizado en el que la sociedad como tal funciona como una máquina y los hombres como sus partes, y que se basa en la predictibilidad y el control.

Sería fácil criticar como idea (no voy a hablar ya de ideología) este concepto pero entre la primera Revolución Industrial, que sustituyó la fuerza bruta del animal y del hombre por la mecanización, y esta, actual, segunda Revolución Industrial tecnotrópica hay una gran diferencia. Ahora las clases trabajadoras tienen los mismos usos de los objetos que las clases dirigentes, viajan igual, conducen igual, tienen los mismos aparatos y además, excepto una escasísima minoría, los “dirigentes” son también trabajadores acelerados y obligados por objetivos y controlados por la producción y los resultados.

Por esto quizá agrada o conforma esta evolución digital, de redes, de Internet de aceleración, pues a todos nos llega por igual, a todos nos embulle en la dirección automatizada.

Y en 1968 (que no había ni Internet ni redes sociales planetarias) ya escribía Fromm: “si todos los datos privados se volviesen públicos las experiencias tenderían a ser más superficiales y parecidas… y  la gente se haría más accesible a la manipulación psicológica… apenas necesito decir que esta invasión de la privacía puede conducir a un control de los individuos más completo y acaso más devastador que el que hasta ahora han logrado probadamente los estados totalitarios”.

Ahora en el siglo XXI que estamos tan comunicados y que nuestros familiares, compañeros y amigos, están al lado conectados con WhatsApp con múltiples personas, aunque apenas hablen con el que tienen cerca ¿quizá el problema no sea de comunicación, ni de estar comunicados, sino de ser-comunicados? ¿Quién tiene tiempo para escuchar los problemas de los demás? ¡Ah sí, los psicólogos!

Quizá por esto tienen tanta audiencia los programas televisivos en los que se muestran sentimientos y dramas ajenos, así nuestras neuronas espejo  al menos vivencian cosas y sentimos que las vivenciamos, que seguimos vivos. Ya lo decía también de otra manera Fromm: “el ansia de drama en estos tiempo se manifiesta más genuinamente en la atracción por los accidentes, los crímenes y la violencia reales o de ficción… sea que se desarrollen directamente en la pantalla del televisor o que se lea en los periódicos”.

El humanismo social de Erich Fromm, como humanismo, se centra en el mejor desarrollo del sentido humano del “sistema hombre” pero no como hace el transhumanismo de J. Huxley (1927,1957)  y otros posteriores que esperan una evolución del ser humano en sí tras un salto evolutivo humano, no, el humanismo de Fromm es social y utópico.

Es utópico pues no solo busca cambios y mejoras sociales que le sean beneficiosas a las personas, sino que es “radical”. Exige que haya una modificación psicoespiritual en el hombre, que asuma todo un cambio profundo de la concepción de la sociedad. Nos recuerda a la sociedad de la película Demolition Man (1993)   de Sylvester Stallone y Wesley Snipes pero suprimiéndole las notas de “infantilismo” que esa sociedad avanzada presentaba.

En el cambio social que propugna Fromm la sociedad prácticamente es gubernamental y casi todo  es gratuito, la gente tiene mucho tiempo libre para dedicarlo a cosas lúdicas y creativas y no hay lucha por producir más y más.

En cierto modo hay una dinámica creativa pero también estática, los coches solo valen por su utilidad ¿para qué tener coches mejores si ya se ha llegado a los que son útiles para lo que se necesita? El trabajo es auténtico con la personalidad y si un grupo significativo no está de acuerdo con las decisiones de los superiores, entonces, plantean a éstos que hagan cambios de estrategia y tendrían que realizarlos, todo en bien de la mejora humana social. No rechaza la tecnología pero será programada para que los sistemas de Inteligencia Artificial (diríamos hoy) se centren, en base a su programación, en conseguir mejoras del sentido humano y no en la productividad o en cosas de “estar adelante”. No hay que preocuparse por la competitividad sino por hacer las cosas auténticas y habría un Salario o Ingreso Anual Garantizado para todo el mundo por el gobierno…

En la sociedad humanizada radical las personas ya no son un “caso” como ocurre en la burocratizada. Todo se programa también para que se subraye la persona  frente al “caso”.

En esto Fromm acierta en uno de los lamentos que muchas personas expresan y actualmente alzan la voz frente a la “cosificación” del individuo. Los sistemas clasificatorios en muchos campos médicos con tal de ser útiles para su manejo informático han suprimido la individualización de la persona que es la que está afecta de esa enfermedad, los sistemas bancarios nos contabilizan por …, la elección de personal en muchas empresas tienen en cuenta ya nuestros perfiles en redes, las decisiones sociales se hacen en base a curvas de probabilidad y también nos presentan las televisiones “casos” de personas con problemas o dificultades para llamar nuestra atención.

En referencia con los peligros del mal uso del Big Data al cosificarnos es muy interesante la aportación Cathy O´Neil, doctorada en Matemáticas por Harvard, y su obra Armas de Destrucción Matemática (ADM) que comenté aquí.

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Erich Fromm aquí, en La Evolución de la Esperanza, no solo analiza aspectos sociales y del hombre sino que vaticina cómo los avances en ordenadores y programación cibernética podrían ayudar al ser humano. Cierto que para estar escrito en 1968 y pensar que necesitaría un periodo de 20 años para que se produjese esa modificación psico-socio-espiritual no ha acertado mucho, pero aporta lo más importante: ideas.

La diferencia entre ideas  e ideologías es que éstas últimas “están formuladas para el consumo público. Las ideologías son `mercancías noéticas´ confeccionadas, que difunden la prensa, los oradores y los ideólogos para manipular a las masas… La gran oportunidad de los que desean fijar un nuevo rumbo estriba en el hecho de que tienen ideas, mientras que sus oponentes solo manejan ideologías gastadas”.

Cierto, si reflexionamos un poco en lo que nos llega en nuestros días, en este siglo XXI, estamos sobresaturados de información (la mayoría banal) y de ideologías que quieren venderse y se disfrazan como “ideas” para aparentar más verdad y menos parcialidad.

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[1] Erich Fromm. La revolución de la esperanza. Fondo de Cultura Económica, México 1970 (primera edición en ingles en 1968) va a ser nuestra obra de referencia.

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LAS GRANDES PREGUNTAS


PSIQUIATRÍA Y  EL ÁREA DE SUCESOS

Juan Rojo Moreno

         La administración del legado de Stephen Hawking publicó a título póstumo en 2018 el último libro en que trabajaba el conocido físico teórico: Breves Respuestas a las Grandes Preguntas.[1] No vamos a hacer un artículo sobre sus propuestas desde la física y su cosmovisión pues el libro es muy entendible para el público interesado, pero algunas de sus aportaciones nos son válidas para hacernos también interesantes preguntas, aunque quizá no tengamos claras respuestas, en medicina y en este caso en psiquiatría.

Haremos un paralelismo entre lo que ocurre en el cosmos y su equivalente en la enfermedad mental.

Cuando una persona tiene una enfermedad mental lo que más llama la atención son sus síntomas. Unos se llaman síntomas homónimos (en la ansiedad o en la depresión) porque las personas sana puede decir que también “en pequeño” o en menor cantidad o calidad los padece. Pero la realidad es que si bien una persona sana a veces ha podido estar nerviosa o triste, no obstante, en las personas con enfermedad ansiosa o depresiva esa ansiedad, esa tensión, esa rumiación o ese desánimo o pérdida de ilusión o repercusión emocional de las cosas que le rodean, no tiene comparación con lo que siente una persona sana. De ahí la incomprensión hacia estos pacientes.

Los pacientes que padecen síntomas heterónimos (fundamentalmente en las psicosis) delirios o alucinaciones sufren de vivencias que las personas sanas no suelen tener “un poquito”. Nadie sano tiene “un poquito” de delirio de Sosias o de Capgras en el que se vivencia que han sustituido a tus padres o familiares por otras personas o seres. De ahí que estos pacientes sean los más estigmatizados

Bien, esto es lo que más llama la atención de los pacientes, pero muchas veces no nos damos cuenta que cuanto más enfermo se encuentra un paciente más aumenta la afección que tiene la familia, más se afecta la convivencia y la relación con ellos cada vez es más complicada (vamos a llamar a esta relación el área del horizonte de sucesos o área de sucesos). Cuanto más se afecte la relación, cuanto más se afecte al trabajo y las relaciones con la sociedad, mayor va ser lo caótico de esa convivencia o de esa área del horizonte de sucesos.

Por supuesto si algún otro familiar sufre de alguna enfermedad psíquica o de inestabilidad emocional no se suman las dos áreas de sucesos, es decir los dos campos convivenciales sino que el conjunto va a ser mucho mayor que la suma individual de cada uno de ellos.

Es cierto que existen las Asociaciones de Familiares de Enfermos Mentales (AFEM), pero muchas veces nos preocupamos en psiquiatría más de curar los síntomas de la enfermedad y no damos tiempo en nuestras consultas a valorar bien cuál es el caos y la carga de trabajo que existe en el entorno familiar o convivencial, que puede ser muy elevada y las dificultades de comunicación que hay en esa área del horizonte de sucesos

En cierto modo Hawking dice algo así cuando habla de los agujeros negros: “el área de la superficie del horizonte de sucesos -el borde de un agujero negro- tiene la propiedad de que siempre aumenta cuando materia o radicación adicionales caen en él. Además si dos agujeros negros chocan y se fusionan en un único agujero negro, el área del horizonte de sucesos del agujero negro resultante debe ser mayor que la suma de las áreas de los horizontes de sucesos de los agujeros negros originales”.

La relación entre los pacientes y su entorno, los amigos, los familiares y los intentos por aguantar trabajando, cuando aún se mantienen en el puesto de trabajo, no está exenta de la información y de los esfuerzos para mantener la comunicación. Pero si bien puede no faltar en muchos casos los ensayos comunicativos, estos no son muy útiles. La información y la comunicación que intenta el paciente no se realiza con la fluidez de una interrelación normal El fondo de los ensayos comunicativos tiene una estructura caótica, no porque el paciente sea caótico sino porque el espacio de contacto, el área del horizonte de suceso, es caótico.

Y algo semejante dice Hawking en relación con los agujeros negros: “hallé que los agujeros negros emitían partículas y esa emisión era exactamente la que se necesita para identificar el área del horizonte de sucesos del agujero negro con su entropía. La entropía es una medida del desorden de un sistema”.

Otra cuestión que se plantea Hawking es si existe Dios. En resumen, el problema es que hay cosas que pueden aparecer de la nada -considera que el Big-Bang apareció de la nada- y es conocido como los protones en el mundo cuántico, y también otras partículas, no siguen las leyes del mundo macro y pueden aparecer de la nada, existir un rato y volver a desparecer “a la nada” y volver a aparecer en otro lugar.[2]

Nuestro desconocimiento sobre cómo funciona realmente el mundo cuántico es algo parecido a lo que ocurre en medicina que cuando nos preguntamos el porqué de una enfermedad o del porqué no hay respuesta a un tratamiento. Cuando llegamos al tercer porqué del porqué ya suele terminarse con que “es así”, es la constitución, es una disposición, etc. Y en psiquiatría estamos más o menos igual.

Conocemos cosas de los neurotransmisores cerebrales pero en cada paciente no sabemos cómo están esos neurotransmisores en concreto ni sabemos las causas. Sabemos más sobre la serotonina y sobre la dopamina y cómo actúan los fármacos antidepresivos serotoninérgicos y los antipsicóticos sobre la dopamina que realmente qué les pasa a los pacientes depresivos o psicóticos. Sabemos más sobre los medicamentos y su función que sobre qué les ocurre realmente a los neurotransmisores de cada paciente.

Cuando tengo un paciente depresivo delante y le prescribo un antidepresivo y en quince días se ha recuperado espectacularmente, puedo apuntar qué condiciones tenía ese paciente y luego cuando viene otro semejante darle el mismo antidepresivo, pero de forma directa en la mayoría de las ocasiones no funciona. El Profesor Rojo Sierra, que fue catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Valencia, recogió múltiples casos de pacientes  depresivos y ansiosos “típicos” y que habían respondido muy bien a la combinación de algunos psicofármacos y también valoró sus circunstancias psicosociales. Cuando otro paciente tenía las mismas características psicopatológicas y forma de empezar el cuadro y factores equivalentes utilizaba la misma unión de psicofármacos y pronto dejó de hacerlo: ¡no funcionaba! Cada paciente es un novum y, como el protón, los síntomas aparecen en muchos cuadros endógenos “de la nada” (sin relación con causa externa) y les damos una medicación y al igual que la partícula, desaparece la enfermedad (a la nada) o igual, sin que sepamos por qué, vuelve a aparecer recurrente al cabo de un tiempo “de la nada”.[3]

Me parece que un importante avance en el tratamiento de nuestras  enfermedades psiquiátricas se hará mediante un salto no ya solo cuantitativo, de nuevas medicaciones, sino cualitativo cuando descubramos cómo el mundo cuántico está actuando con nuestra salud y en nuestra enfermedad. Estoy convencido que hay una conexión entre estos dos mundos, macro y micro (que son uno mismo aunque conozcamos menos el micro) y que la salud y la enfermedad están relacionadas con el equilibro o el caos entre ellos. Tendremos que descubrir leyes de esta interacción fundamental, que aún no conocemos, y además como dicen Hawking: “una ley no es una ley si solo se cumple a veces”.

En medicina ocurre en cierto modo como en física. Las leyes grandes las conocemos. En medicina los tratamientos y los pronósticos los conocemos pero el Principio de Incertidumbre o de indeterminación (Heisenberg) sigue existiendo en cada acto médico.

En el caso de la física, señala Hawking cómo el que no existiera la necesidad de aplicar este principio de incertidumbre es el gran desafío que aún no ha resuelto.

También en Ciencias de la Salud eso quisiera la denominada “medicina de la evidencia” o de las pruebas, pero al igual que ocurre en física aún no se ha resuelto.

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[1] Stephen Hawking. Breves respuestas a las grandes preguntas. Editorial Crítica, 2018

[2] Para Hawking preguntarse si Dios ha creado el universo no tiene sentido pues antes del Big Bang el tiempo no existía y por lo tanto no había un tiempo en que Dios pudiera hacer el universo. Aunque, como curiosidad, según el obispo Ussher, el libro del Génesis sitúa el principio del tiempo en el atardecer del 22 de octubre de 4004 a.C a las 6 de la tarde.

[3] Conozco el trabajo personal que hizo M. Rojo Sierra en este campo y sus ensayos ya que fue mi padre y maestro.

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LOS SANOS ENFERMOS. LA PARADOJA DE LA SALUD


Juan Rojo Moreno

         No es lo mismo estar clínicamente enfermo que tener una enfermedad controlada y que no dé síntomas o tener riesgos a tener una enfermedad. La sociedad moderna actual tiene la mejor salud que nunca ha habido en la historia de la humanidad, pero aun así todo el mundo sufre de algún factor de riesgo: insomnio, riesgo cardiovascular (colesterol elevado, sobrepeso, hipertensión…), osteopenia, osteoporosis…

Señala A. Ortiz cómo la demostración de un incremento espectacular de la expectativa de vida en los países desarrollados se corresponde con una vivencia atemorizada del vivir, pues a todo se teme, al comer, al sexo, a tomar el sol, a los alimentos, a los contaminantes urbanos… la buena salud produce mala salud paradójicamente: es el fenómeno de la “paradoja de la salud”.[1]

Todo esto lleva a un incremento del consumo de bienes y preventivos sanitarios, de manera que parafarmacias y equipos “para la salud” son constantemente consumidos y demandados por la población general. Es tan “bueno” hacer footing (jogging) o running (que no es lo mismo) que los traumatólogos están encontrando problemas en rodillas y caderas en jóvenes o maduros que antes solo aparecían con edades más avanzadas. Aquí un traumatólogo opina sobre “la cadera del corredor

Por todo esto hoy en día tenemos tratamientos o ayudas para casi todo: para la felicidad, para no aumentar de peso, la fertilidad, para mantenernos jóvenes, para la apariencia corporal, para la madurez, para la sexualidad o para mayor o mejor placer.

Y sobre muchas de estas cosas se hacen pruebas biológicas e incluso se llevan relojes que controlan lo que dormimos, nuestro pulso y cada vez más parámetros biológicos. Pero señala A. Ortiz cómo la biometría en muchas ocasiones desacredita al profesional clínico frente al profesional “científico” pues parece que el escuchar al paciente, la exploración, el tranquilizar, la intervención moderada y prudente, sean obsoletos y poco científicos. El aparataje de la biometría deslumbra a profesionales y a pacientes, y la equivocación con precisión (de las pruebas) parece más científica que el acierto por aproximación.

Uno de los problemas que tenemos en psiquiatría es cuando tras un exhaustivo análisis del paciente tenemos que decirle que “no tiene nada patológico”. Cierto, que el que viene como posible paciente sufre por algún motivo, un problema familiar, un estrés laboral, o conflictos vitales, pero su sufrimiento -que no negamos ni lo ponemos en duda- no puede ser calificado como un trastorno de ansiedad, una depresión o, en resumen, una enfermedad.

En ocasiones el protopaciente (que aún no ha llegado a ser paciente) viene remitido desde una atención primaria y acude más o menos concienciado de que el psiquiatra le dará una cura a su sufrimiento, en otras ocasiones es él mismo el que ha pedido la entrevista.

En nuestro medio, señala A. Ortiz, se ha descrito que una cuarta parte de los pacientes derivados desde atención primaria al centro de salud mental no presentan ningún trastorno psíquico diagnosticable y la mitad de ellos ya tenían pautados psicofármacos.

Suele ser más costoso y supone más esfuerzo mental y de persuasión, en muchas ocasiones, explicarle a un “paciente” que no está enfermo y que entendemos su sufrimiento, pero que no hay que realizar un tratamiento médico ni farmacológico ni psicoterápico, que, al contrario, fácilmente encasillarlo en una categoría clasificatoria internacional (DSM o CIE) y prescribir un tratamiento del tipo que sea.

A veces cuando le decimos que está “sano”, aunque preocupado o con problemas importantes, la persona tiene la sensación que estamos como despidiéndola y no dándole todos los recursos necesarios para tratar su sufrimiento-“enfermedad”. Y si no es enfermedad sí es al menos un “trastorno” que eso diría la clasificación internacional.

En ocasiones si no lo derivas “al menos” para que sea valorado por el equipo psicológico del Centro de Salud Mental es fácil que cambie de psiquiatra o puede que incluso te ponga una queja para pedir una nueva valoración de su sufrimiento. Más aún si desde atención primaria ya lo dirigen específicamente para que le hagan “tratamiento psicológico”.[2]

Márquez y Meneu (citado  por A. Ortiz) señalan cinco agentes que han favorecido esta necesidad de tratar profesionalmente la vida en general:

1- La industria farmacéutica y las empresas sanitarias.

2- La población.

La libertad y la elección múltiple (de trabajo, de residencia, de modo de vida, de conformación familiar…) está asociada a la pérdida de referentes culturales, familiares, institucionales y de actividades rituales que daban cuenta del trayecto vital y del intercambio generacional. En el mundo occidental, una explicación médica o psicológica respaldada por un profesional “experto” es la alternativa que ha sustituido a los significados culturales y que otorga a los ciudadanos una extraordinaria capacidad de “enfermar”.

3- Los medios de comunicación.

4- Las instituciones políticas de gobierno.

5- Los profesionales.

El estado de bienestar amplió el objeto de la psiquiatría y de la psicología creando un optimismo terapéutico, pero puso la semilla para que la demanda en salud mental experimentase un incremento y una transformación hacia solicitudes de ayuda experta para problemas cotidianos. Además las clasificaciones  internacionales hablan del “espectro” de las enfermedades con lo que se amplía el margen “espacial” surgiendo los trastornos subumbrales y entidades que no cumplen criterios de enfermedad, pero como se acercan ya está justificado para algunos profesionales intervenir en ellas.

También ahora estamos con los estados “prodrómicos” (es decir antes que se produzca la enfermedad) y así se habla riesgo o pródromo de las psicosis y las psicosis agudas se han trasformado en “primeros episodios psicóticos” indicando que luego vendrán los segundos, terceros…

No obstante, como ya comenté en otro artículo “De la psicosis vengo a la psicosis voy”   dado que solo un 20% de los pacientes con un primer episodio psicótico no tendrá una recaída psicótica en un plazo de 5 años, y dado que una primera recaída se acompañará de otra en más del 80% de los casos, todo esto nos anima a seguir apoyando la importancia de un diagnóstico de sujetos en riesgo real de padecer psicosis y por supuesto de tratarlos lo más pronto posible.

Pero un gran problema son los falsos positivos: es decir, tratar como “posible persona de riesgo de psicosis” a alguien que no lo es. ¿Vamos a esperar a ver qué pasa? Eso no es un buen consejo sobre todo si está teniendo algunas dificultades en su proyecto de integración social. Pero por otra parte en los falsos positivos incluimos bajo un diagnóstico de “posible riesgo de psicosis” a quien no lo es y desde luego es un diagnóstico o pre-diagnóstico especialmente significativo. Y otro problema que no está resuelto ¿durante cuánto tiempo? Decir como indica en el DSM 5 que estamos ante un Síndrome de Psicosis Atenuado (F28) puede ser bastante controvertido.

Por esto último, dado también que no podemos identificar claramente a estos potenciales pacientes hay que ser cautos a la hora de aplicar una sistemática estricta, pues como señala R. Segarra es necesario “abrir un espacio de reflexión, alejado de lugares comunes y de discursos encorsetados, cuyo origen no siempre es inocente ni inocuo”.[3]

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El “derecho a la salud” se ha recogido en numerosas cartas magnas internacionales durante el siglo XX, en muchas de ellas como un derecho fundamental, en otras como un “principio rector de la política social y económica”. Y en este sentido la enfermedad se está considerando como una especie de fracaso de los avances socio-culturales-científicos.

Ya hablamos anteriormente de la “Psiquiatría de la población o tratar enfermedades de la vida” (aquí)  e igualmente Billieux (2015) señala la sobrepatologización del comportamiento cotidiano. [4]

Lo malo será, pues, que también llegue a considerarse como derecho fundamental el no tener sufrimiento. Cuanto más compleja se va haciendo la realización humana más difícil parece ser o alcanzar la existencia del ingenuo vivir cotidiano.

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[1]   Alberto Ortiz Lobo. Hacia una Psiquiatría Crítica. Grupo 5, 2013

[2] Señala A. Ortiz en la obra mencionada: La indicación de no-tratamiento se fundamenta en la ética de la negativa, que no es otra cosa que decir “no” de forma fundamentada y con actitud psicoterapéutica (Kuehlein, 2010). El punto de partida de la indicación de no-tratamiento es que consideramos que esto es lo mejor para el paciente, es una decisión puramente clínica. No podemos hacer una indicación de no-tratamiento si lo que ocurre es que hay falta de tiempo, de formación, de recursos, o por cualquier otro motivo y por supuesto no puede ser nunca una herramienta que ejecute el recorte de prestaciones sanitarias necesarias para los ciudadanos.

[3] R Segarra (Dir.): “Abordaje integral de las fases iniciales de las psicosis”. Una visión crítica. Editorial Médica Panamericana, Madrid, 2013.

[4] Billieux, J., Maurage, P., Lopez-Fernandez, O., Kuss, D. J., & Griffiths, M. D. (2015). Can disordered mobile phone use be considered a behavioral addiction? An update on current evidence and a comprehensive model for future research. Current Addiction Reports, 2(2), 156–162.

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RASGOS DE PERSONALIDAD Y VOCACIÓN EN MEDICINA


ESCUDO UNIVERSIDAD

Universidad de Valencia. Facultad de Medicina y Odontología

Trabajo fin de grado. Curso 2018/2019. 1º Convocatoria

Autor: Evgeny Tarasenko Ivantsiv

Tutor: Dr. Juan Rojo Moreno

(trabajo resumido. Para ver el trabajo completo aquí o aquí )

Las diferencias en la forma de la enseñanza médica influyen en el estudiante: si la facultad es pública o privada, el tamaño de los diferentes departamentos y su intensidad de investigación, la antigüedad de esta, el tamaño de sus clases, la promoción de diferentes especialidades dentro de esta facultad (Susan D. Block, 1998). Además como cita Michael E. Withcomb, (1992) existen facultades con una producción de especialistas en atención primaria más alta que otras. Pugno et als. (2000) han demostrado que los graduados médicos que provienen de universidades públicas eligen 2 veces más la especialidad de atención primaria que los que provienen de universidades privadas. La facultad de medicina presenta una amplia gama de profesores que imparten diferentes asignaturas. La existencia de un profesor consejero puede jugar un papel determinante en las fases finales de la toma de decisión.

Currículum: El programa de las diferentes facultades es muy variado pero como demostró Campos-Outcalt y Senf (1999), aquellas facultades que introducían  rotatorios obligatorios de atención primaria  influían positivamente en la  toma  de decisión en esta especialidad. En los estudios de Martini et al. (1994), queda reflejado que el 40% de los estudiantes eligen su especialidad en los años de rotación clínica. Y un 42% del alumnado consideraba estos rotatorios como experiencias influyentes a la hora de tomar la decisión.

Factores externos que afectan al estudiante: …La socialización. Esto hace referencia a la influencia del entorno, de los compañeros y de los profesores. Cabe recalcar que esta socialización hace que el estudiante sufra una evolución a lo largo de sus años de carrera. Esto se puede traducir en que una percepción positiva por una especialidad a priori, puede cambiar a lo largo de los años (Lynch et als. 1998). Además Zinn et al. (2001), hablan de una desaparición de la orientación hacia la atención primaria conforme el alumno avanza de curso en curso hacia la residencia.

Necesidades por satisfacer: Juega un papel importante el concepto de autorrealización, difícil de definir en algunas ocasiones. Fincher et al. (1992), descubrió que aquellos estudiantes que elegían atención primaria estaban influidos por un deseo de mantener puertas abiertas para una futura especialización y un deseo de atención longitudinal con los pacientes. Aparte de un deseo de contacto mayor con el paciente, un deseo de servir a la población y tratar diferentes tipos de problemas. Por el contrario, aquellos que querían especialidades diferentes estaban influidos con un deseo de recompensa económica, una percepción del estilo de vida y el prestigio social.

Percepción de la especialidad en cuestión:

Ray Dorsey habla de que la decisión del futuro especialista es tomada en función de cómo es el “estilo de vida de la especialidad” que va a ejercer. Este estilo de vida es definido por el autor como el tiempo personal libre para la práctica de requerimientos de ocio, familia, aspiraciones vocacionales y control de las horas semanales totales empleadas en responsabilidades profesionales. Es decir, estaríamos hablando del tiempo libre que queda para actividades independientes de la práctica médica.

Mediante esta definición valoró, dentro de las diferentes especialidades 3 aspectos fundamentales: ingresos promedio, horas a la semana, años de formación de la especialidad.

El estudio clasificó las especialidades dentro de 2 grupos, especialidades con estilos de vida “controlables”: anestesiología, dermatología, medicina de urgencias, neurología, oftalmología, otorrinolaringología, patología, psiquiatría, radiología. Y especialidades con estilos de vida “incontrolables”: medicina de familia, medicina interna, obstetricia y ginecología, cirugía general, cirugía ortopédica, pediatría y urología. Esta diferencia entre “controlable” e “incontrolable” radica en las horas de trabajo semanales, los años de residencia y los ingresos.

La conclusión a la que llega este autor es que desde el año 1996 hasta el año 2002, en EEUU se produjo un incremento de especialistas dentro del grupo de “estilos de vida controlable” a costa de un descenso de las especialidades con “estilos de vida incontrolables” aumentando desde un 37% a un 55%.

Estos resultados se pueden completar con los obtenidos por Dale A. Newton (2005), que no sólo habla del “estilo de vida de la especialidad” como un factor de tiempo libre controlable o no controlable sino que pone especial atención al factor de los ingresos. Así pues su estudio analizó a 1334 estudiantes de cuarto curso entre los años 1998 y 2004. Estos valoraban, puntuando en una escala del 1 al 4, las diferentes especialidades en función de ingresos y estilo de vida. De esta forma las diferentes especialidades quedan clasificadas en 3 categorías, “amigables”, “intermedias” y “horribles”.

Las especialidades que puntuaron con estilos de vida “amigables” fueron radiología, medicina de urgencias, oftalmológica, anestesiología, urología, dermatología, otorrinolaringología y medicina física y rehabilitación. Por el contrario las especialidades valoradas con estilo de vida “horribles” fueron cirugía general y ginecología y obstetricia. Las demás especialidades, psiquiatría, medicina de familia, neurología, pediatría, medicina interna, cirugía plástica y ortopedia quedan clasificadas en un grupo intermedio.

Desde 1998 hasta 2004 tanto el estilo de vida de la especialidad como los ingresos se han convertido en un factor muy importante. Cuando comparamos estas dos variables entre si podemos observar que hay especialidades que son elegidas por el predominio de uno sobre el otro. Así los estudiantes que eligieron el grupo de especialidades amigables valoraron más el estilo de vida que los ingresos. Por contraposición, las especialidades en las que se valoran primero los ingresos abarcan el grupo de especialidades denominadas como “horribles” (cirugía general y ginecología) y otras como cirugía plástica y ortopedia, que quedan en el grupo de especialidades “intermedias”.

Podemos crear  una tabla que abarcaría dos categorías claras, “controlables-amigable” y “no controlable-horrible” en la que los dos estudios concuerdan. Existe una discordancia en una única especialidad, urología que sería no controlable pero amigable. Y el resto de especialidades que no se muestran en la tabla quedaría en una categoría de especialidades intermedias.

Controlables-AmigablesAnestesiología, Dermatología, Medicina de urgencias, Oftalmología, Radiología y Otorrinolaringología.
No Controlables-HorriblesCirugía general y Ginecología y Obstetricia
No Controlable- AmigableUrología

La conclusión última de esta comparación es que un factor importante a la hora de escoger la futura residencia y que ha hecho desplazar muchas especialidades en favor de otras es la combinación del salario, el estilo de vida y las horas libre para aspectos no relacionados con la medicina.

Personalidad y la elección de la especialidad:

¿Por qué los estudiantes de medicina eligieron estudiar Medicina?

Un estudio realizado por Marisol Soria en la Universidad de Zaragoza (2006) a estudiantes de segundo curso de medicina trató de resolver esta cuestión. Este estudio analizó la respuesta de 105 estudiantes a una serie de preguntas respecto a su toma de decisión a la hora de elegir la carrera. Fueron analizados, aparte de las características sociodemográficas, etapas en la toma de decisión, factores influyentes, patrones de selección que han seguido los estudiantes y finalmente un motivo de la decisión final. Las conclusiones son muy características pues el 60% de los encuestados pensó en  estudiar medicina por primera vez antes de los 14 años y la decisión definitiva fue tomada por el 40% aproximadamente a los 16 años. El 60% restante la tomó entre los 17-18 años.

También cabe destacar la presencia de un factor influyente en el 70% de los encuestados, siendo el más relevante la presión familiar. Por último analizando el motivo de la decisión, el 68% afirmó que el motivo era altruista y un 25% destacó un motivo intelectual.

Entendiendo un poco el perfil del alumno que entra a la carrera de Medicina se puede adentrar en el estudio ya más profundo de su personalidad y su posterior elección de la especialidad. De esta forma J. Rojo-Moreno en la Universidad de Valencia estudió, entre los años 1988 y 1993 un total de 1484 estudiantes. Este estudio pretendía relacionar diferentes perfiles psicológicos, a la vez que las diferencias de sexo con la elección de una especialidad concreta. En este estudio se analizó: Características socio demográficas (edad, sexo, estado civil). Las conclusiones las podemos abarcar en 2 grandes bloques.

Por un lado una influencia clara del sexo a la hora de elegir especialidad. De tal forma que las mujeres suelen optar por especialidades como ginecología-obstetricia, pediatría y medicina de familia. Los varones suelen decantarse por traumatología y las especialidades comprendidas por la opción de otras.

También una diferencias significativa de personalidad entre ambos sexos siendo ellas más afectuosas, conscientes, emprendedoras, astutas y controladas mientras que sus compañeros varones fueron más duros, suspicaces, prácticos, rebeldes y autosuficientes.

El otro bloque abarca las diferencias encontradas entre las distintas personalidades y la elección de la especialidad. De esta forma se clasificaron a los estudiantes en 4 grupos de personalidad:

Primer grupo: que comprende medicina interna y cirugía y otras especialidades que corresponde a un patrón general.

Segundo grupo: que corresponde a psiquiatría, que presenta alta puntuación en sensibilidad emocional e imaginación autística.

Tercer grupo: que presenta a estudiantes de traumatología, con una tendencia a puntuar bajo en factores “duro-tierno” y “práctico imaginativo”.

Cuarto grupo: que tiene las especialidades de pediatría, ginecología-obstetricia y especialidades sensoriales. Estas especialidades obtuvieron altas puntuaciones en afectividad y bajas en suspicacia y practicidad.

Los estudiantes más afectuosos, confiados y prácticos tienden a elegir ginecología-obstetricia, pediatría y especialidades sensoriales. Los estudiantes más  imaginativos y sensibles suelen preferir psiquiatría y aquellos que se definen como duros  y  prácticos se decantan más por traumatología. Finalmente medicina interna y cirugía es elegida por estudiantes sin características de personalidad específicas.

Objetivos del trabajo.

En el presente trabajo se plantea analizar diferentes aspectos de los estudiantes de medicina y su elección vocacional de especialidad, haciendo especial hincapié en el nivel que tienen estos de neuroticismo. Utilizando la definición Hans Jürgen Eysenck en su análisis dimensional de la personalidad, neurótico sería aquel individuo que presenta un sistema nervioso lábil y sobrereactivo. Una persona que reacciona demasiado intensamente y demasiado persistentemente ante estímulos externos demasiados fuertes (1960). Así pues, una persona normal tendría un bajo nivel de neuroticismo. Por el contrario, un alto nivel de neuroticismo, si se acompaña de introversión podría dar lugar a trastornos de ansiedad, obsesión y depresión, y si se acompaña de extraversión podría dar a neurosis histérica y a personalidades psicopáticas.

Hipótesis:

En un estudio realizado en 1988-1993 en la misma población, estudiantes de medicina de la universidad de Valencia, J. Rojo-Moreno demostró que había una diferencia entre ambos sexos y diferencias de personalidad a la hora de hacer una elección vocacional de la especialidad. Con el actual estudio se pretende verificar dichas diferencias, centrando el interés en el neuroticismo.

Por otro lado, este trabajo se enfoca en 2 sub-poblaciones, estudiantes de segundo curso y estudiantes de cuarto curso. Estos últimos, de cuarto curso, tienen una visión de la medicina algo más precisa. Ya han cursado algunas asignaturas clínicas y han tenido algún trato con el paciente. Es lógico pensar que puede haber alguna diferencia en la preferencia de la especialidad.

Material y métodos:

La población estudiada fueron estudiantes de la Facultad de Medicina de Valencia (España) que cursaban segundo y cuarto de carrera en el año 2018. No se aplicó ningún criterio de inclusión o exclusión ya que se pretendía enfocar el estudio a toda la población de estudiantes.

Se agruparon las diferentes especialidades en las siguientes 8 categorías: 1: Cirugía general y sus subespecialidades.2: Medicina general y medicina interna con sus subespecialidades. 3: Ginecología y Obstetricia.4: Pediatría.5: Psiquiatría. 6: Traumatología. 7: Especialidades sensoriales (Oftalmología, Otorrinolaringología y Dermatología). 8: Especialidades de apoyo (Anatomía patológica, Radiología, Microbiología).

Para valorar el grado de neuroticismo se utilizó el test EPI forma B adaptado para estudiantes, escogiendo aquellas preguntas que exclusivamente valoraban el neuroticismo.

Resultados:

De las 8 especialidades que se podía elegir 2 obtuvieron el mismo porcentaje de elección: 24,4% (61 alumnos) cirugía general y sus subespecialidades y medicina general y medicina interna con sus subespecialidades, las siguientes especialidad por orden de preferencia fueron: pediatría con un 16,4% (41 alumnos), psiquiatría 14,4% (36 alumnos), ginecología y obstetricia 6% (15 alumnos), traumatología 6% (15 alumnos), especialidades de apoyo 4,4% (11 alumnos) y especialidades sensoriales 4% (10 alumnos).

Tendencia neurótica:

El porcentaje de individuos que eligen Psiquiatría es claramente mayor en el grupo de individuos con tendencia neurótica frente al grupo de estabilidad emocional (16,1% contra 9,6%)

Tendencia a la estabilidad emocional:

El porcentaje de individuos que eligen Medicina General es claramente mayor en el grupo de individuos con estabilidad emocional frente al grupo de tendencia neurótica (32,7% contra 15,3%)

El resto de especialidades no tienen una diferencia en frecuencia significativa evidente.

Para comprobar si esta diferencia es estadísticamente significativa se ha calculado una prueba de X2 con su tamaño del efecto asociado, dada la naturaleza cualitativa de las variables.

Del  total  de  individuos  que  escogen  Medicina  General,  un  65,4%  presentan  tendencia  a  la estabilidad emocional mientas que un 34,6% presentan tendencia neurótica.

Del total de individuos que escogen Psiquiatría, un 65,5% presentan tendencia neurótica mientras que un 34,5% presentan tendencia a la estabilidad emocional.

Conclusiones:

  • Existen diferencias estadísticamente significativas comparando la tendencia al neuroticismo y los sexos, interpretando estas diferencias como que los hombres tienden a una estabilidad emocional mayor que las mujeres.
  • No existen diferencias estadísticamente significativas entre el sexo, curso, tendencia neurótica o estabilidad emocional y la elección de la especialidad.

Analizando la asociación entre la tendencia neurótica de dos especialidades en particular, Medicina General y Psiquiatría, sí aparecen diferencias estadísticamente significativas. Los individuos con tendencia neurótica escogieron más Psiquiatría y los individuos con más estabilidad emocional escogieron más Medicina General.

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BIO-TECNO-HUMANOS. ¿EVOLUCIÓN O MUERTE?


(evolución humana y tecnología)

Juan Rojo Moreno

         En otras ocasiones he hablado sobre tecnohumanos y ciberhumanos pero leyendo el libro póstumo de Stephen Hawking Breves Respuestas a las Grandes Preguntas el planteamiento se hace más cruel o si queremos más explícitamente realista.[1]

         Nuestra evolución actual es neurocultural (sobre el yo neurocultural ya hablé aquí ) y la realidad es que la información útil en nuestros genes es algo así como de cien mil millones de bits y en este sentido señala Hawking en el ser humano se puede transmitir la información de aproximadamente cincuenta libros de Harry Potter, pero en una gran biblioteca puede haber hasta cinco millones de libros y la información transmitida por libros o por internet es hasta cien mil veces mayor que en el ADN.

         Nuestra evolución biológica es muy lenta y necesita miles y cientos de miles de años para que se noten cambios significativos, mientras que en el mundo de la comunicación de internet, de las redes sociales, en el mundo en el que en nuestra cultura aceptamos creencias, modelos y los transmitimos a las generaciones cercanas, esto supone que en pocos miles de años hemos evolucionado mucho por información externa y nuestra evolución ya no solo es genética sino neurocultural.

Por esto dice Hawking: “algunas personas usarían el término `evolución´ solo para el material genético transmitido internamente pero somos más que nuestros genes… puede que no seamos inherentemente más fuertes o más inteligentes que nuestros antepasados cavernícolas pero lo que nos distingue de ellos es el conocimiento que hemos acumulado durante los últimos 10.000 años y sobre todo durante los últimos 300… creo que es legítimo tener una visión más amplia e incluir la información trasmitida externamente así como también la del ADN, en la evolución de la especie humana”.

         Otro problema es valorar qué beneficios (más allá de los que el progreso ha originado en la mejora de las condiciones de vida en buena parte de la humanidad) ha tenido el ser humano en valores y en “humanidad” cuando se ha ido produciendo esta avalancha de información interconectada. Vemos cómo es fácil “manejar” la información y crearnos creencias que, como señalaba Ortega y Gasset, no son ya pensadas y razonadas sino asumidas como verdades o asimiladas como ciertas.

En 1968 Erich Fromm citaba a Zbigniew Brzezinski: “en la sociedad tecnotrópica el rumbo lo marcará la suma del apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerá fácilmente dentro del radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más recientes de comunicación para manipular las emociones y controlar la razón”[2]

En todas las épocas de la historia ha habido personas que han desarrollado una mayor sensibilidad interhumana y mayor sensibilidad en comprender la alteridad, pero al mismo tiempo han existido los que solo han realizado el esfuerzo de adaptarse a las exigencias de su tiempo concreto y han seguido las directrices que su stand adaptativo les exigía. ¿Ha cambiado esto con la intercomunicabilidad? ¿O solo se ha mejorado que los influjos y los “influencer” puedan ser más globales y no solo en el terreno o espacio en que se habita?

La información nos desborda, la tecnología cada vez nos controla más pero parece que nos agrade esta situación de dependencia. En el siglo XVIII se dijo que había un hombre que había leído todos los libros escritos, hoy en día es imposible estar siquiera “al día” de la información diaria.

Pero el problema sigue igual en nuestro desequilibrio entre la avalancha de información y creación de creencias por una parte y nuestro bagaje de instintos arcaicos por otra, y por esto Hawking señala como un peligro sigue siendo que “todavía tenemos los instintos y especialmente los impulsos agresivos que tuvimos en los días del hombre de las cavernas”.

Cuando más a prueba se ponen nuestros impulsos agresivos es cuando hay conflictos sociales, o armados. Miremos nuestra sociedades modernas y la violencia que aparece en manifestaciones y cuando se plantean conflictos diversos. Si hubiese, -que parece impensable-, un conflicto armado entre nuestros países “civilizados” qué pronto nos daríamos cuenta que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Ya ocurrió en los primeros años del siglo XX y en 1914 la sociedad moderna pensaba que no se iban a repetir las “antiguas” guerra entre países: ¡equivocación! Pues pronto vino la Primera y la Segunda Guerra Mundial además de las guerras de Vietnam, etc. en donde la crueldad humana alcanzó sobre la población civil límites anteriormente nunca alcanzados.

La solución que entiende Hawking ha de sobrevenir es la corrección genética, la biomejoración: “modificando tanto la inteligencia como los instintos, por ejemplo el de la agresividad”.

No es que Hawking esté a favor o en contra de esto, es que considera que es imparable. Y todos nos podemos preguntar: si se consigue que nuestros hijos tuvieran mejor memoria o fueran genéticamente más resistentes a enfermedades ¿nos opondríamos? Podemos decir que sí, pero ¿y si un país lo hace con todos los recién nacidos? Entonces ese país tendría una población superior en general al resto de la humanidad ¿se opondrían los otros países? o cuando hubiera un segundo país que lo hiciera ¿no aparecería pronto un tercer país? Estamos hablando de países, pero imaginemos esto mismo en relación a colectivos. ¿No dividiría a la sociedad y a la humanidad entre los mejorados y los no mejorados? Hawking ya señala que surgirían problemas políticos importantes con los humanos no mejorados pero a la vez aparecería una carrera para estar más mejorado.

Quizá en el fondo a todos nos gustaría el biomejoramiento, pero al mismo tiempo frente a este posible ideal aparece el miedo del hombre por el hombre y de lo que es capaz de hacer contra sí mismo y contra los demás.

Esto lo prevé Hawking como una significativa posibilidad si no se suicida antes la humanidad y hace inhabitable el planeta, sin que él defienda o no la ingeniería genética. Pero sería como compensar en la balanza el plato de la tremenda y compleja información (externa) con un nuevo ADN evolucionado en complejidad (interno). Entonces la evolución neurocultural se equilibraría ganando exponencialmente en potencia.

Es una forma, señala nuestro autor, para que podamos contrarrestar a nivel biológico el gran avance de los sistemas electrónicos y de Inteligencia Artificial.

¿Nos sobrepasará la Inteligencia Artificial? Se pregunta así mismo Stephen Hawking. Da igual que pensemos en 100 años o en 200 o en 500, a la velocidad que se está desarrollando la computación cuántica (y lo que ha de venir) la Inteligencia Artificial (IA) está creando su propia historia y cuando miramos mucho tiempo la historia del hombre “seamos sinceros, es sobre todo la historia de la estupidez”.

 El riesgo  real de la IA, señala nuestro autor, no es su maldad sino la competencia: “una IA superinteligente será extremadamente buena en el logro de sus objetivos, y si estos objetivos no van en la dirección de los nuestros tendremos problemas”.

Acaba Hawking el capítulo sobre Inteligencia Artificial diciendo que “nuestro futuro es una carrera entre el poder creciente de nuestra tecnología y la sabiduría con que la usemos. Asegurémonos de que gane la sabiduría”.


Ya anteriormente hablé sobre Humanismo, Conectivismo y Dataísmo (aquí)  y uno tras otro autores nos están previniendo de este problema. La primera Revolución Industrial sustituyó la fuerza viva (de los animales y del ser humano) por la mecánica. Obligó a adaptaciones y desaparecieron ciertas profesiones, pero se crearon muchos puestos de trabajo industrializados. La actual segunda Revolución Industrial, la Tecnológica, la de los datos, la de la comunicación y la Inteligencia Artificial, también hará desaparecer profesiones pero necesitará menos gente para los trabajos en un planeta que sigue creciendo en miles de millones de personas (7.700 millones ahora) (un reloj de población mundial en tiempo real aquí) y será de 9.900 millones en 2050.

Si no aparece una energía nueva, o de fusión u otra, o un descubrimiento revolucionario, o por otra parte si no suicidamos a la humanidad en el planeta, entonces, o “gana la sabiduría” como señala Hawking o siguiendo con nuestra historia de estupidez la humanidad evolucionará  cruelmente disonante.[3]

Pero como dice el Eclesiastés 9:4 “Aún hay esperanza para todo aquel   que está entre los vivos”.



[1] Stephen Hawking. Breves respuestas a las grandes preguntas. Editorial Crítica, 2018

[2] Erich Fromm. La revolución de la esperanza. Editorial Fondo de Cultura Económica, México 1968 (primera edición en español, 1970)

[3] Para quien tenga interés, otros artículos que he desarrollado sobre estos temas han sido “Hand Connected” (aquí) , “Neurosis y paranoia en tecnohumanos y ciberhumanos” (aquí)  o cuestionando la bondad del Big Data “El hombre matematizado” (aquí)

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NORMALIDAD Y ANORMALIDAD PSÍQUICA


(Y LA MEDICACIÓN) 

Juan Rojo Moreno

Me recomendaron el libro del psiquiatra Alberto Ortiz Lobo Hacia una Psiquiatría Crítica que he leído con significativo interés y nos induce a reflexiones interesantes.[1]

         Nos invita a la reflexión sobre la normalidad y anormalidad  psíquica. Pero uno de los problemas que han surgido, y que ha señalado reiteradamente el psiquiatra de Castellón  Paco Traver, es la confusión con el término “Salud Mental”. En la historia de la psiquiatría lo que se ha intentado curar han sido enfermedades psíquicas. Por lo tanto es irrenunciable nuestra concepción médica (la misma palabra psique-iatría, significa etimológicamente médico de la psique).

A. Ortiz plantea que el hecho de separar “enfermos” de “normales” favorece el estigma y la discriminación y que el uso que él hace del término psiquiatría no solo se refiere a los términos médicos sino al conjunto de las prácticas  que confluyen en la Salud Mental (psicología clínica, enfermería, intervención social, rehabilitación).

Más allá de su posicionamiento, la realidad es que las clasificaciones internacionales (DSM y CIE) han aumentado progresivamente el listado de “trastornos” mentales y si bien pueden ser muy útiles en epidemiología o para conocer ciertos modelos, han eliminado la palabra “enfermedad” de sus códigos y han facilitado que al cumplirse unos “criterios” ya se pueda medicar muchos más estados mentales y también a nivel de psicología tratar con distintas psicoterapias “alteraciones” que así mismo van a tener un código de trastorno mental.  

Como señala  Enrique Echeburúa (2014): “No deja de ser significativo, por ejemplo, que la primera edición del DSM contenía 106 trastornos mentales y que la actual (DSM-5, 2013) recoja 216 (Sandín, 2013). Con cada nueva edición los posibles trastornos mentales siempre aumentan, pero nunca se reducen. No parece razonable pensar que en el plazo de 60 años los trastornos mentales se hayan multiplicado por dos (Ezama, Alonso y Fontanil, 2010). Por ello, hay que estar precavido ante la ampliación de supuestos nuevos diagnósticos clínicos que incorpora el DSM-5: el trastorno disfórico premenstrual, el trastorno de estado de ánimo disruptivo y no regulado, el duelo patológico o el trastorno neurocognitivo leve, por citar algunos de los más llamativos”.[2]

El problema del término Salud Mental es que no sabemos bien definir en que consiste esta “salud” y por lo tanto la Salud Mental no está bien definida en la población supuestamente sana. ¿Debemos en los Centros de Salud Mental tratar solo a los enfermos mentales o también a los sanos mentales para que no pierdan su Salud Mental? Al fin y al cabo los centros son de “Salud Mental”.

Quizá por esto A. Ortiz señala cómo “a través de los medios de comunicación los profesionales promocionan con éxito la importancia de estas disciplinas, no ya en el tratamiento de los trastornos mentales sino en el afrontamiento de la vida cotidiana de cualquier persona”

Ya en un artículo anterior tratamos sobre “Psiquiatría de la población o tratar enfermedades de la vida” (aquí). /

         Señala el psiquiatra Manuel Desviat, en la Presentación a nuestra obra de referencia, que si convertimos solo “el síntoma en falla neurológica… si el contenido de la alucinación y el delirio no tiene sentido biográfico, si la tristeza tiene su base originaria en un desequilibrio de los neurotransmisores…” la sobremedicación de muchos de los acontecimientos vitales ha hecho, al igual que la necesidad de recurrir a consejos profesionales psicológicos, que nos preguntemos cuán escuálido debe ser el porcentaje  de sanos mentalmente que existe, según estos parámetros, en la población general.

         Uno de los problemas de esta sobremedicación de la vida viene dado porque no hacemos un diagnostico individual de cada paciente integrándolo en su totalidad biográfica. Pero para eso ya no podríamos hablar de “trastornos” (ese horrible palabro, me dijo en una ocasión el Prof. Valentín Conde) sino de enfermedades. Y eso significa algo muy importante: tener que dedicar más tiempo a cada paciente para hacer un diagnóstico individualizado no solo de su clínica y su evolución sino del sentido biográfico que la enfermedad tiene en él. Tiempo de dedicación al paciente… otro gran problema en esta sociedad tecnotrópica y acelerada.[3]

         Otro problema que se plantea es que parece, para algunos, que muchas especialidades médicas son “científicas” y la psiquiatría no. Es un error. Ninguna especialidad médica ni la medicina en general es stricto sensu  científica.

¡Soy un científico! Dice categóricamente Stephen Hawking en su última obra (póstuma)[4]. Y ciertamente Hawking era un físico teórico y no le quedaba más remedio que ser un científico. Pero los médicos utilizamos la ciencia porque nos da actualmente mejores resultados para curar las enfermedades que otros métodos que han existido, pero no solo la ciencia es lo que interviene en la curación, hacemos uso de ella pero no somos científicos. Los dermatólogos, médicos internistas, oftalmólogos, traumatólogos… tratan con personas enfermas, no con trastornos o enfermedades que son padecidas por entes, sino por personas y tienen sus repercusiones personales, emocionales, familiares, y sociales, al igual que ocurre en psiquiatría. Que tengan más pruebas complementarias en muchas especialidades que en psiquiatría, la llamada medicina de la evidencia o de las pruebas, no supone que los enfermos no sigan siendo personas sufrientes.

En estos tiempos ha habido un cierto movimiento exagerado en considerar “solo” la medicina de la evidencia. Cierto que  se ha remarcado esta tendencia en cierto modo “oficialista” como réplica a los abusos de la superchería y aprovechamiento inmoral de personas no cualificadas que han tratado enfermedades como el cáncer con falsos y engañosos “remedios” (el otro día pude ver a un agricultor que vende una pócima para tratar el autismo). Cierto, un penduleo de tanta pseudociencia lleva luego al contrario por la medicina oficial.

Pero de ahí a considerar solo la ciencia y sus aportaciones como la única información para tratar al ser humano enfermo también es una exageración. Como señala A. Ortiz: “la psiquiatría debe huir de las pseudociencias que son tan proclives a colonizar el campo de los problemas mentales en la medida en que precisamente la ciencia no puede dar respuestas contundentes. Pero la alternativa no puede ser caer en un cientismo que otorgue valor de verdad a presunciones basadas en premisas que no se pueden aplicar a la complejidad de lo humano”. Pues, como señala Double (2002), aunque las explicaciones biológicas puedan ser importantes…eliminar el significado personal de los problemas y sus orígenes psicológicos y sociales no ayuda a comprender la acción personal del sujeto.

—————

         Los psiquiatras obligatoriamente al ser médicos tratamos pacientes enfermos psíquicos. Cierto, que no tenemos muchas pruebas complementarias (o de la llamada evidencia), cierto, también, que necesitamos trabajar, dada las características de la enfermedad psíquica, en equipos multidisciplinares con psicólogos, enfermería, asistentes sociales, etc. y cierto, asimismo, que la medicina y por lo tanto la psiquiatría “científica” no cura todas las enfermedades ni nos aclara la etiología (por eso se habla de multifactores) y el por qué determinada persona en concreto pueden padecerlas.

Y cierto, además,  que tenemos que diferenciar, ya que somos médicos, entre los enfermos psíquicos y las personas sanas. Y estoy convencido que en aquellos casos dudosos de enfermedad-salud en un paciente concreto, con tiempo suficiente de dedicación al paciente, con un análisis fino biográfico  y evolutivo, teniendo en cuenta también sus factores psicosociales y culturales, se nos aclararían en muchos de estos pacientes /sanos si son en realidad eso: enfermos o no. Atención Primaria y los Centros de Salud Mental también tienen que hacerse expertos en diferenciar estos casos.

Aunque, para terminar, también es cierto que las clasificaciones DSM y CIE internacionales  no es que ayuden mucho (y menos el nuevo DSM 5) en este menester de diferenciar en individualizar cuando hay o no “Salud Mental”.



[1] Alberto Ortiz Lobo. Hacia una psiquiatría critica. Grupo 5, 2013. Nos sirve como obra de referencia pero no hacemos un resumen alguno sino que obtenemos algunas referencias que nos han interesado.

[2] Enrique Echeburúa, Karmele Salaberría y Marisol Cruz-Sáez. Aportaciones y Limitaciones del DSM-5 desde la Psicología Clínica. Ter. Psicol. vol.32 no.1 Santiago abr. 2014.

[3] Sociedad Kinética, acelerada en la que los médicos de primera atención al paciente (atención primaria) “claman” para que el sistema les deje un tiempo de “10 minutos” de dedicación por paciente.

Sociedad kinética de la que dice Abad Carretero: “la cultura kinética es la de la actualidad, la del presente, en la que se sorprende el vivir inmediato del sujeto. La cultura kinética es cultura del instante, evita grandes esfuerzos mentales, suministra hechos que ocurren en cualquier punto del planeta y podemos entender su crecimiento exponencial, porque se acomoda a la visciencia del sujeto, predominando el sentido, no la razón, y en la existencia de este sentido se apoyan los que manejan los resortes de la cultura kinética”.

[4] Stephen Hawking. Breves respuestas a las grandes preguntas. Editorial Crítica, 2018.

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EL HOMBRE DESEQUILIBRADO


Juan Rojo Moreno

Dice M. F. Sciacca que cuando ha estado pensando sobre la “condición humana” le ha resultado en esencia “desequibrada”. [1]  

         Lo que va a mantener en su obra Sciacca es fundamentalmente la importancia del hombre espiritual.  Frente al predominio de la racionalidad, o del impulso o del voluntarismo o de la pasión o de diferentes actividades, en el acto espiritual encuentra el equilibrio de todas ellas.

         Para llegar a sus conclusiones primero ha de definir la esencia del hombre y sin nombrar a Husserl y su fenomenología al final llega a la conclusión que haciendo una reducción de las impresiones del mundo llegamos a la conciencia.

Con la conciencia como fondo puedo preguntarme sobre mí mismo y decir sin dificultad que “yo soy” y entonces Sciacca entra en el entendimiento de los existencialistas que supone al admitir que Yo soy es hacer referencia al Ser. A partir de aquí ya podríamos alargarnos en distinguir el Ser de Heidegger que es una referencia que ilumina a las personas (que son da-sein, es decir, concreciones del ser) o al Ser en Jaspers que diferencia entre el Ser-en sí mismo y el ser-aquí (el mundo), etc. Pero Sciacca no entra en esas diferencias. Entiende al igual que los existencialistas que no es posible tener un concepto del Ser: “el Ser como concepto es el ser gnoseológico (esencia o naturaleza del conocimiento no un conocimiento particular). El Absoluto (o Dios) es el Existente o el Ser. Y el autoconocimiento implica la intuición del ser.

         Aquí Sciacca no comparte las tesis de la inmanencia que considera que todo el sentido está en el hombre y quisiera alejarse del existencialismo que concibe que el ser es la Nada. Pero en esto solo encontramos una  diferencia de palabras como cuando los budistas hablan del Vacío. Da igual que digamos que el ser es la Nada (pues nada podemos decir de él sino solo de sus concreciones) (Heidegger) o cifras-aquí (Jaspers) que decir que es el Absoluto-Existente que no podemos concebirlo sino solo acercarnos a una Idea intuitiva que no se puede concretar (aunque sea) que mantiene Sciacca.

         Es interesante como introduce la importancia de los valores en  nuestros actos (ahora han vuelto a recobrar impronta la psicología de los valores). El hombre -señala Sciacca- dirige su actividad hacia finalidades. Lograr un fin quiere decir encarnar un valor, es decir que en nuestros actos haya la presencia del valor que queremos realizar, por lo que el significado del acto no está en el acto mismo sino en el valor que se encarna en él y que el acto manifiesta y por el cual tiene significado: luego el significado no está en la subjetividad del acto, sino en la objetividad del valor que substancia el acto.

De ahí que la personalidad de un hombre no sea ninguno de sus actos tomados separadamente ni siquiera la unión de todos ellos: el valor o los valores es quien unifica los actos y los vuelve todos testimonios del hombre. Cuando se logra captar -sigue Sciacca- este centro estimulador y unificador entonces “se comprende” a una persona y se capta su personalidad.

         Por lo tanto podemos así entender que cuando comprendemos a una persona lo que estamos asimilando es su estructura valorativa, la que ejerce en sus actos y finalidades y por lo tanto la que define su concepción del mundo. Por esto tenemos más afinidades por ciertas personas que nos son sensiblemente cercanas pues la coincidencia de su concepción del mundo y la nuestra tiene buena resonancia. No así con otras personas que a su vez  comparten su concepción con otras diferentes.

La estratificación de valores es la que nos agrupa a movernos entre personalidades afines y metas afines que se mantiene en el tiempo (y no solo ocasionalmente cuando es solo un fin concreto en el que coincidimos).

         Para Sciacca, la verdadera “enfermedad” del hombre y su desequilibrio está en esto que hemos nombrado: comprenderse (conocer su valores que le mueven a sus fines) es descubrir la propia vocación,  y resulta que su “debilidad” es su vocación fundamental de Ser.

El hombre se encuentra que no puede aspirar a la plenitud de ser que es irrealizable en lo finito y se siente que está en el mundo sin haber sido hecho para el mundo. [2]

——————————

         Leer a Michele Federico Sciacca que fue Profesor de Filosofía Teorética en la Universidad de Génova y no hacer hincapié en su concepto de inteligencia moral y en su opinión sobre la muerte y la trascendencia sería dejar un cimiento fundamental de su concepción.

Para él, esperar un progreso espiritual y moral originado solo por el Estado y la política es esperar lo imposible. Es nuestra persona moral la que puede mejorar la vida bio-social-política y no viceversa: el progreso espiritual es interior, la política y el Estado son, al contrario, exteriores; más aún, si no están dirigidos por hombres que posean como tales una personalidad moral, son órganos de corrupción.

Aquellos que sostienen que los hombres pueden mejorarse moralmente mediante la vida social identificada con la vida del Estado o política confunden “razón ética” e “inteligencia moral”.

Cualquier forma de sociedad puede ser útil al hombre en su proceso de hacerse persona, y de ahí deriva que la finalidad de la sociedad misma es, en definitiva, la persona. Por otra parte, ya que el hacerse persona es promover otras [pues la persona supera al individuo promoviendo y creciendo en la alteridad], todo acto “personal”, en este sentido, es un acto social [en el que por la alteridad] están unidos en la actuación de valores, que los trascienden en cuanto individuos y en cuanto personas.

         En relación con la muerte señala que existiendo espíritu y cuerpo, “para el espíritu es innatural que el cuerpo no muera, pero es innatural que él, el espíritu, muera. La muerte natural es solo la del cuerpo (conforme a su naturaleza) y esa naturalidad es necesaria para que el espíritu cumpla a sí mismo”

El espíritu tiene pues un proyecto trascendente de manera que “para que el proyecto del espíritu, iniciado y actuado en la vida terrenal se cumpla, es necesario que esta vida terrenal se vuelva cero y por lo tanto improyectable; pero es esta imposibilidad en el tiempo [del cuerpo] que vuelve posible el cumplimiento del proyecto… la ausencia del futuro temporal es la condición de la presencia del futuro extratemporal”.

         El futuro extratemporal del espíritu será por lo tanto ahistórico pues la perfección plena del hombre como espíritu no es realizable dentro del orden de la naturaleza y del orden histórico.

Por lo tanto, señala nuestro autor, el espíritu es acto inmortal. El hombre es creado para la perfección que es propia a su naturaleza espiritual, pero no puede realizar tal perfección por sí solo y en consecuencia está llamado a perfeccionarse a sí mismo, es decir, a hacerse persona en la prueba de la vida temporal. Pero también es creado en cuanto a espíritu para una perfección superhistórica y por eso mismo es inmortal por su esencia, pero de esta perfección no es él la causa inmanente: el hombre no puede dar Dios a sí mismo.

La repugnancia a la muerte que se considera muy natural, no es sentida por el espíritu, sino por el cuerpo. La muerte no repugna al espíritu por esencia ya que le es ajena.



[1] M. F. Sciacca. El hombre, este desequilibrado. Editorial Luis Miracle, Barcelona, 1958. Va a ser nuestra obra cifra de referencia.

[2] Cuando Sciacca escribe literalmente que el hombre es ontológicamente “desequilibrado” es cuando en él se contrapone su cuerpo que es limitante y finito frente a su pensamiento que le confiere la capacidad infinita de pensar, de sentir y de querer, y por consiguiente la infinitud espiritual. Por lo tanto el hombre en sus componentes ontológicos es síntesis primitiva de finito e infinito: la condición humana es sui generis única pues no es finita ni infinita y al mismo tiempo finita e infinita. La condición humana es “dramática”. El hombre es ontológicamente “desequilibrado”.

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