LA RAZÓN MÍSTICA


Juan Rojo Moreno

         Hablar a  la vez de razón y mística parece un contrasentido, pero estamos tan invadidos continuamente por la verdad científica y la razón contrastada, que es un aliento vivo cuando nos llega un libro como Mystic Topaz de Pilar Pedraza [1].

Cuando estaba leyendo este libro, de forma sincronística que diría C. G Jung, me llegaron dos variables informativas, en cierto modo opuestas, que son el contrapunto de lo que hoy quisiera comentar: por una parte coincide mientras leo Mystic Topaz  que emiten en un canal de televisión la película Stigmata dirigida por Rupert Wainwright en 1999, en la que el padre Andrew Kiernan (Gabriel Byrne) ex-científico y sacerdote jesuita investiga supuestos milagros.  Me llamó la atención cuando en la película se critica al sacerdote que estudia el caso diciendo que “no sabe aún si es un científico o un sacerdote”.  Por otra parte, un día antes, recibí un libro de mi especialidad que revisa y actualiza con gran profusión de detalles, sobre un apartado concreto, lo que hasta hoy la ciencia conoce en ese campo. Es un buen trabajo que intenta mostrar, en cierto modo, “las evidencias” científicas del enfermar.

¿Dónde se encuentra la razón de la realidad?

Es evidente que nadie lo sabe, pero Pilar Pedraza en Mystic Topaz nos aporta un contrapeso a esta realidad que creemos tan consabida y que no obstante nos perplejiza cuando profundizamos un poco más en nosotros, en el mundo y en el cosmos. Su relato ocurre en una tienda de gemas y productos esotéricos que realmente está situada en todas y en ninguna parte, pues tanto se localiza en el norte o el este de Italia como en Túnez o en la ciudad española de Valencia.  Su situación y las reseñas del contorno no son solo referencias para situar la acción, sino categorías de lo inesperado, de lo inubicado que supone la conexión mística. Porque en ella, en Mystic Topaz, no estamos solo con las cosas o frente a ellas, estamos en el mismo principio de indeterminación. Uno tras otro, en sus relatos, parece que nos encontremos con enigmas que pueden ser sorprendentes, pero al mismo tiempo, por otra parte, muchos de ellos, de tan conocidos y hablados ya no solo se conocen sino que se han hecho tópicos, más en cuanto que hoy en día con el mundo de la reproducción fantástica y comunicación, éstos, en cierto modo, han sido asimilados a la cultura habitual: los postersgeist, los “viajes” en estados de conciencia modificados, los fenómenos sincronísticos de C. G Jung, las meditaciones “orientales”, etc.

La posibilidad de esta realidad subintencional ya la comenté en ¿Cuán real es la realidad? (aquí).

¿Es posible vivir imbuido por el mundo esotérico, de los chacras y de la energía intencional que mueve nuestras vidas -que se  refleja en el Tarot, en las videncias, en los que tienen poderes, en la cábala, en el I Ging, etc.- y al mismo tiempo creer en la medicina científica, en la telefonía digital y en la transmisión de eventos mediante televisión?

Pues sí que es posible. Puedes ver a un indígena que tras hacer un rito para eliminar un espíritu maligno, a continuación toma un teléfono móvil para llamar a otra persona, y en el otro lado igual ves al más rancio de los científicos naturalísticos que ante un apuro vital tiene la esperanza, más o menos en el fondo, de que un “milagro” o una fuerza interna pueda salvar a un familiar muy cercano o a él mismo de la catástrofe inevitable. El mismo neurocirujano, el Dr. Eben Alexander, ante una experiencia significativa estando a ras de la muerte cambia su concepción científica naturalística de la existencia por otra muy diferente (aquí).  Pero seguro que no dejó de tener la certeza de que el coche que condujera le daría seguridad cuando circulaba, en base a los adelantos técnicos que sobre él se han aplicado.

En realidad vivimos entrelazados en los dos mundos y aún no hemos conseguido consolidar uno solo unitivo.

Uno de ellos, el técnico-científico, quiere explicar al hombre y la naturaleza sin acabar de conseguirlo. El otro, el místico, quiere dar sentido al hombre y al cosmos sin explicarlo, y sin acabar de lograrlo. Ambos consiguen avances significativos pero no totales ni definitivos. Ninguno consigue eliminar, -más allá del proceso en individuos concretos-, el terror, la desesperanza y la incertidumbre que el ser humano sigue encontrando cuando patentiza lo que hoy en día sigue siendo la  cotidiana “humanidad”.

Quizá, ambos mundos no sean más que escaparates diferentes de una sola tienda, y desde cada escaparate como dice Pilar Pedraza en su obra: tenemos que seguir viviendo y “la gente comprando esperanzas”.

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[1] Mystic Topaz. Pilar Pedraza. Editorial Valdemar, 2016.

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LAS PSEUDOCIENCIAS


Juan Rojo Moreno

         Los médicos se encuentran cómodos con los “datos y las evidencias”. La Organización Médica Colegial ha ido eliminando las secciones “pseudocientíficas” y en las diferentes universidades van desapareciendo los máster de estas perspectivas.

Complejo es el asunto. Le pregunté a un compañero psiquiatra de gran experiencia y asiduo a escribir también en sus blog si iba a reseñar algo sobre este tema y me dijo ¡no, es algo que está muy politizado!

Creo que no es necesario remarcar, una vez más, el gran avance que ha hecho la medicina gracias a los adelantos técnicos y al aplicar el método científico. Y esto nos lleva, como señala el psiquiatra Celso Arango a que: “dentro de un Sistema Nacional de Salud no podemos correr con los gastos que supone aplicar terapias que no están basadas en datos y que no están basadas en coste-eficiencia” (aquí).

Estoy en general de acuerdo con estos preceptos, pero ¿qué ha motivado esta nueva postura? Serán muchos los motivos, que seguro se me escapan, pero el intrusismo médico de estas alternativas o el extremismo de algunos profesionales es seguro que ha influido. Que Steve Jobs se tratase un cáncer de páncreas con zumos naturales (especialmente de naranja) en vez de operarse (era un tumor operable) o que se propugne la no vacunación de los niños, o que digan que se puede curar el cáncer con bicarbonato (el colegio de médicos de Barcelona tiene al menos 5 expedientes contra médicos por prescribir sólo terapias alternativas en cáncer /aquí/), etc., ha creado un movimiento médico importante en contra de estas terapias alternativas.

Pero debemos romper al menos una lanza a favor de las mismas (aun a riesgo de cometer un acto grave “político”). Si eliminamos de los colegios médicos a los profesionales titulados en medicina que desarrollan estas prácticas y si eliminamos de las universidades cualquier tipo de actividad realizada por profesionales médicos, justo estamos suprimiendo cauces de expresión y de control sobre estas alternativas y precisamente sobre profesionales cualificados a los que se les podrá exigir una responsabilidad en caso de negligencia. ¿Un médico con formación en terapia alternativa, pero que sigue siendo médico, tratará una pulmonía o un cólico renal solo con remedios “complementarios”? ¿O un cáncer, sin recomendar un tratamiento específico oncológico? Si lo hace y hay resultados negativos y consecuencias graves en el paciente, sobre ese profesional de la medicina los mismos colegios médicos y la legislación de las buenas prácticas de la medicina seguro que pueden actuar. ¿Pero qué pasará si desaparecidos estos profesionales del amparo institucional cierran sus consultas y entonces la gente angustiada a quien recurre es a ciertos hechiceros, charlatanes y demás gente no cualificada? Evidentemente, ante los resultados desastrosos en enfermedades importantes nadie podrá exigirles a esos cuentistas que “no han ejercido una práctica profesional adecuada” pues no son profesionales.

Este tema me lo comentaba una doctora en una reunión que tuvimos en Castellón hace unas semanas y ella dentro de su ejercicio de la medicina también practica algunas de las terapias alternativas. ¿Se va a prohibir en China la acupuntura cuando su medicina se haga más científica? ¿O  aún no es científica su medicina?

¿Es la ciencia tan exacta que, por ejemplo, todo lo que dicen los físicos se puede demostrar con la ciencia? Pues no, muchas de sus teorías sobre multiespacios, o la teoría de las cuerdas o de las Supercuerdas no son más que juegos matemáticos (complejos) pero  a los que no es posible aplicarles el método científico (experimental). Como ya indiqué en un artículo anterior sobre La Fantasía y la Ciencia (aquí), la teoría de las cuerdas (luego denominada de las Supercuerdas) (1974,1984), es una teoría especulativa que aspira a conciliar la mecánica cuántica con la teoría de la gravitación de Einstein (Relatividad General). En el libro de Richard Dawid (que tiene experiencia en física de altas energías y en filosofía) (aquí) se plantea claramente que esta formulación es el más claro ejemplo de las diversas teorías que no tienen respaldo experimental: las energías necesaria para la comprobación experimental de la mayoría de las versiones de la teoría trascienden de lejos las energías más altas de los aceleradores de partículas. Y por esto en 2006 ya Lee Smolin (citado por L. Alonso  en Investigación y Ciencia) escribió que la teoría de las cuerdas había fracasado a la hora de formular predicciones que pudieran someterse a prueba empírica.

En definitiva, que no todo lo que  es “ciencia” realmente lo es.

En medicina y en psiquiatría necesitamos aplicar el método científico, pero no nos olvidemos que no todo lo que la ciencia nos diga de la medicina es la única verdad que se puede aplicar en nuestra profesión. Tratamos a seres humanos enfermos, no a robots ni a entidades independientes del ser humano llamadas “enfermedades”: no hay enfermedades sino enfermos”, decía Hipócrates y Marañón.

Se pregunta el Psiquiatra Celso Arango: “¿Cuál es el mejor predictor de que alguien que tenga un infarto de miocardio sobreviva o no? Que esté deprimido o no”. Cierto, esto parece muy psicosocial y además científico. Podemos estudiar los infartos y estudios estadísticos de supervivencia del infarto y padecer o no depresión. Y también en el caso que se dé tratamiento o no a la depresión o que sea grave o moderada, etc. Pero la ciencia no dice todo acerca del por qué las personas tienen depresión tras infartos y qué factores han actuado para que haya o no depresión y qué repercusión vivencial ha tenido el infarto como acontecimiento psicobiográfico individual. O cómo ha influido en su depresión la relación médico-paciente durante el infarto. ¿Iatrogenia? Muchos interrogantes de los cuales solo conseguimos arañar superficialmente algunas relaciones. Y la psicosomática solo consigue llegar metodológicamente al campo de las relaciones y tampoco nos explica mucho más de la enfermedad como acontecimiento unitivo humano.

La medicina de los humores  hipocráticos y galénicos duró miles de años y ahora se evidencia muy insuficiente, la física newtoniana se consideró absoluta y ahora solo relativa para lo macro (no para el mundo cuántico ni para otros muchos campos). La ciencia con su método actual prevalece hoy en día pero estoy seguro que dentro de “x” años habrá una nueva ciencia que supere a la actual. Que las organizaciones médicas nieguen a sus miembros cualificados utilizar métodos complementarios, para acercar la curación o a la mejoría, que no están probados completamente por el método científico, veremos con el tiempo si es acertado o no.

Pero quizá me estoy exponiendo a decir algo “políticamente arriesgado” así que: por supuesto la lucha total con la superchería y el intrusismo de charlatanes y demás que en nombre de “curar” o aliviar enfermedades se aprovechan del sufrimiento y la angustia de muchos pacientes para no más que sacarles el dinero mediante el engaño y darles falsas esperanzas, que en muchos enfermo va a ser, si cabe, siempre más dramático que la amarga verdad.

Quien quiera leer una opinión de dos médicos psiquiatras con master en psicoterapia integradora puede leer su artículo “Homeopatía, medicina alternativa y lo natural como destino”. Aquí.

 Una interesante aportación para reflexionar sobre  lo natural.

 

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LA MUERTE DE LA FAMILIA Y SU RESURRECCIÓN


Antipsiquiatría, paternidad y terapéutica

Juan Rojo Moreno

         El psiquiatra David Cooper escribió en 1971 el libro “la muerte de la familia”, perteneciente a la línea antipsiquiátrica y antisistema propia de la época que él y R.D. Laing representaron.[1] 

Más de 45 años después su obra nos sirve de referencia, aunque como es lógico algunas de sus suposiciones ya se han visto aguadas. Lo interesante, y que nos va a servir como cifra de referencia, no es solo su alegato contra la familia y el sistema, o sus esperanzas, exponiendo que frente a la “normalidad” está en el otro polo la salud y la locura o que en Cuba esperan abolir el dinero en diez años y todo el mundo podrá entrar en comercios y coger lo que necesite, sin pagar o tomar trenes y autobuses para viajar a cualquier parte sin comprar billetes…

Lo que más nos interesa son, quizá, las concepciones que mantuvo hace tanto tiempo y que ahora desde otra perspectiva (pero siendo la misma vasija) se plantean de nuevo. Nos interesa la concepción en sí, no la ideologización de la misma.

Ya adelantó Cooper el problema del significado de los roles familiares. “Palabras familiares” como padre o madre, hacen surgir una serie de connotaciones biológicas, de protección primaria, un papel social y una determinada realidad legal que pueden ser asumidas por otras personas: “ya no es necesario ni el padre ni la madre sino solo la maternidad y la paternidad”. Hoy en día la realidad social de la adopción, de la germinación mediante inseminación artificial o in vitro, del embarazo subrogado y con la legalización como “padres” de parejas o matrimonios del mismo sexo, todo esto da vigencia al anterior aserto de Cooper. [2]

Un niño podría tener hasta 5 o 6 “padres” si unimos las diferentes variables posibles.

Para nuestro autor, el fondo de la relación social es el clásico de la filosofía antigua,  de la moderna y de la religión cristiana: para amar a los demás es necesario amarse primero a sí mismo. No es posible la verdadera alteridad sin haber superado el egocentrismo. En ese sentido nombremos al menos a Dilthey, Jaspers y a Sartre. El primero señala cómo  la comprensión del sí mismo es previa y necesaria para la comprensión de la conexión histórica, y para toda la compresión del otro en general.[3] K. Jaspers, por su parte señala que Yo llego a ser mí mismo por el hecho de que en la reveladora contienda también el Otro llega a ser sí mismo. Yo sólo soy en comunicación con el otro. Si el otro no es en su hacer autónomamente él mismo, tampoco lo soy yo. La sumisión de obediencia del otro no me deja encontrarme a mí mismo.[4]

Sartre (1956) señala así mismo cómo en el momento que el otro existe, el mundo se me da como examinado, por lo que la presencia del otro tiene la función de revelar complejos de sentido que están ya dados.

Y en esta misma línea Cooper indica “para ser capaces de amar a otros hay que amarse suficientemente a uno mismo. Para poder amar a otro de sexo distinto, hay que amar `lo bastante´ a alguien del mismo”.

La terapéutica (therapeia) en unas de sus acepciones significa “servir” al otro, por lo que el servicio es esencial en la terapia.

Si unimos su idea de otredad y de terapéutica se comprende la propuesta que hizo en 1968 para una región de Cuba según la cual cualquiera que adoptara una actitud no habitual (por ejemplo que se quitara la ropa y se sentara en medio de la calle) debería ser acogido en casa de cualquier vecino de la localidad y sencillamente cuidado por personas que pudieran quedarse con él… así tendríamos la esperanza de evitar todo tipo de tratamiento psiquiátrico de las personas durante cinco años, atendiendo a la gente sin hospitalización.

Decía el Dr. Miguel Gutiérrez Fraile que la psiquiatría ha tenido el dudoso honor de ser la única especialidad médica con un movimiento anti (anti-especialidad) (aquí). No existe ninguna anti-pediatría o anti-oftalmología, etc., Yo no estoy del todo de acuerdo con esto. Creo que la antipsiquiátrica hizo mucho más fuerte a la psiquiatría y la obligó a reformarse con conocimientos, fundamentalmente biológicos y neurobioquímicos, que han hecho prácticamente desaparecer esta corriente anti-, que ahora solo se manifiesta por grupos más o menos ideologizados pero sin capacidad de hacer un verdadero contraste a la evolución positiva de nuestra especialidad. No obstante, la antipsiquiatría obligó no solo a conocer aceleradamente la psiquiatría biológica y sus ramas sino también a tener en cuenta la individualidad del paciente, el desarrollo de la psiquiatría comunitaria, los tratamientos sistémicos, etc. Yo no veo dudoso el honor; creo que gracias a la antipsiquiatría nuestra especialidad ha crecido hacia un parangón que otras ramas no han hecho. Y en su evolución la familia no ha muerto, ha resucitado y cada vez más se tienen en cuenta las influencias de la Expresión Emocional de los familiares, el rol de cada uno de ellos y su inferencia en la enfermedad, y el sentido que ésta impone a toda la dinámica familiar. La familia, la religión, el sexo son, entre otros muchos factores, variables que se han demostrado protectoras y minimizadoras de la vulnerabilidad a enfermar y mejoradoras de la evolución de ciertos procesos patológicos, como, por ejemplo, es favorecedor el estar casado, tener pareja, tener apoyos y confidentes…

Tras superar, de hecho, la psiquiatría a su anti-, ha evolucionado -y lo está haciendo- en cuanto que desarrolla perspectivas genéticas, pero al mismo tiempo, a la vez, perspectivas sociales e individuales. Las aportaciones de la antipsiquiatría han obligado a espolear, más si cabe, a la misma psiquiatría para integrar a su opuesto, pero realmente no ha renunciado a conformarse con el mismo. Ahí está y estará su verdadera evolución. La psiquiatría cada vez intenta nuevas propuestas para sanar al enfermo, misión de todo médico; la antipsiquiatría que ha quedado, o sus restos, solo está en el no y el contra. Y realmente para ser anti algo es necesario, primero que nada, ser ese algo de lo que luego nos haremos anti-. Esa postura es la que da, para empezar, las bases de conocimiento.

La antipsiquiatría desencorsetó a la psiquiatría y ha influido en el hoy en día gracias al heterocliticismo de nuestra especialidad (que se nutre de otras muchas ciencias afines), por el que nos comunicamos vivamente entre psiquiatras que, por ejemplo, acentúan más el campo psicodinámico, o el biológico, o el fenomenológico, el psicopatológico, el social, o el sistémico etc. Y seguimos siendo todos psiquiatras en comunicación viva. Ahora la formación psiquiátrica puede matizarse de muchas maneras y ya no es válida aquella concepción de Cooper cuando dijo que los psiquiatras “debido a la preparación que han recibido tienden a convertirse en hombres idénticos vestidos con los mismos trajes a rayas, con las mismas expresiones de cordialidad, con el mismo torniquete en torno a sus cuellos…”.

Quizá, gracias a la antipsiquiatría también se abrió la facilidad a impregnarnos de interdisciplinariedad en nuestra formación mejorando cualitativamente nuestra especialidad. No, bien seguro estoy que no es dudoso el honor de que nuestra especialidad haya tenido en su historia una antipsiquiatría con pensadores como Cooper y Laing.

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No es posible comprender esta obra de Cooper sin leer en su última página la Dedicatoria, en la que dice: “mientras terminaba este libro `contra la familia´ pasé por una profunda crisis espiritual y corporal que equivalió a la experiencia renovadora de muerte y renacimiento de que he hablado en estas páginas. Quienes estuvieron conmigo y me cuidaron durante la peor parte de esa crisis con solicitud y dedicación inmensas fueron mi hermano Peter y mi cuñada Carol, con sus hijitas. Precisamente como debería hacerlo una autentica familia”.

Cooper en su libro mata a la familia y en la última página la resucita. Y creo que en el siglo XXI una vez más y con un sentido diferente al que tendría en los siglos XIX y anteriores, la familia sigue viva; pero si ha resucitado en este trasiego habrá que conocer qué es ahora “una familia” y que es “un familiar”. No servirán los antiguos armazones de madera para los actuales barcos. Al fin y al cabo tendremos que identificar los nuevos odres para un vino viejo.

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[1] David Cooper. La muerte de la familia. Primera edición inglesa 1971. Editorial Ariel, Barcelona, 1976. En internet en Pdf, edición de 1986, aquí

[2] Cooper en su lenguaje directo expresa esta variable diciendo: limitarme a subrayar la vacuidad y el peligro que encierra el fetiche de la consanguinidad. La sangre es más espesa que el agua únicamente en el sentido de que es el torrente vivificante de una indudable estupidez social.

Hemos de tener en cuenta cuándo escribe esto Cooper (1971) y en qué estructura social (civilizada) lo escribe. Quien tenga interés puede conocer el sentido protector familiar de la consanguineidad en la antigüedad (hasta hace pocos siglos). ¿Aún hoy en día existe algo de esto? Depende de qué cultura social refiramos.

[3] Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental. Luis Martín Santos. Editorial Paz Montalvo, 1955)

[4] Karl Jaspers. Filosofía Tomo I. Ediciones de la Universidad de Puerto Rico. Revista de Occidente, Madrid, 1959

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HUMANISMO, CONECTIVISMO Y DATAISMO


Médicos, farmacéuticos y taxistas como algoritmos obsoletos

Juan Rojo Moreno

                  Deduce Y. N. Harari que en el ser humano no existe el libre albedrío pues en definitiva dependemos estructuralmente, tanto cognitiva como emocionalmente, de nuestro cerebro y por lo tanto de nuestro funcionamiento bioquímico. Como al alterar este funcionamiento neurobiológico se modifican y condicionan nuestros estados cognitivos y emocionales, entonces, no hay un verdadero “Yo” regidor de todo ni una libertad real sino solo ficticia: “si por libre albedrío se entiende la capacidad de actuar según nuestros deseos…, entonces sí, los humanos tienen libre albedrío al igual que los chimpancés, los perros y los loros. Cuando un loro quiere una galletita, come una galletita”.[1]

Aun así, y sin entrar de lleno en la discusión sobre el libre albedrío, no obstante, hay al menos una diferencia entre el loro y el humano. En el ser humano el desarrollo de la inteligencia ha ido pareja al desarrollo de la conciencia y éste cuando se come una galletita no solo cumple un deseo, sino que además tiene una idea de cómo se ha fabricado y además se la come por placer, por necesidad o a disgusto si está a régimen y es una galleta muy calórica. O incluso puede comerse la galletita sin tener un deseo especial biológico sino simplemente como acompañante placentero al té o al café. A todo esto el loro, que sepamos, no alcanza.

Y en este trasfondo encarna Harari para plantear una situación del próximo humanismo: la inteligencia puede en el futuro desgajarse de la conciencia. Para él la respuesta es clara: “la inteligencia es obligatoria, pero la conciencia es opcional”. ¿Es necesaria la conciencia para conducir un taxis o para construir automóviles en una fábrica? ¿Las impresoras 3D hará mejor las casas que los albañiles, y más baratas? ¿Cuántos agentes comerciales y de viajes necesitamos si podemos organizar casi todos nuestros viajes usando teléfonos, programas inteligentes y algoritmos?

E incluso en el caso del médico generalista o en algunas especialidades médicas cuyo diagnóstico se hace teniendo en cuenta determinados datos, unas observaciones y el historial del paciente ¿no será capaz de hacerlo un ente que sea capaz en muy poco tiempo, casi instantáneamente, de conocer toda la historia vital del paciente y a la vez estar conectado con el conocimiento de todas las enfermedades y con todas las publicaciones  en todas las revistas médicas? Y además no estar cansado, ni hambriento ni enfermo (en un ejemplo que refiere Harari, en un experimento, un algoritmo informático diagnosticó el 90 % de los casos de cáncer de pulmón que se le presentaron mientras que los médicos solo acertaron en el 50 %). Y esto es válido para los farmacéuticos (hay una farmacia en San Francisco de la que se encarga un único robot que canjeó el primer año 2 millones de recetas sin equivocarse una sola vez.) y también se ha abierto la primera cafetería robótica, asimismo en San Francisco, en 2017.

Claro que no es equiparable la práctica de la medicina con la actividad de una cafetería o con la expedición farmacéutica. Pero incluso en medicina, la denominada pragmática por Jores, ésta es la más accesible al recambio. No así aquella, por ahora, en la que sea necesario tener en cuenta no solo la historia vital del paciente sino la valoración de su historicidad. Pero hay ciertas especialidades que se han tecnificado tanto, se han pragmatizado tanto que serán las primeras en tener que demostrar mayor eficiencia cuando son realizadas por un humano que por un robot. La medicina basada solo en la eficiencia es la medicina más atrayente para los algoritmos no orgánicos. Y cuanto más especializada esté mejor (para el algoritmo).

Los humanos no mejorados serán completamente inútiles, refiere nuestro autor de referencia: ¿qué hacer con toda la gente superflua? Para Harari, los organismos son algoritmos y el ser humano es un conjunto de algoritmos orgánicos modelados por la selección natural a lo largo de millones de años. Hasta ahora los algoritmos no orgánicos no han conseguido superar en ciertas cosas a los orgánicos, por lo que se piensa que “siempre” quedará algo más allá del avance de los algoritmos no orgánicos. Esto puede no ser así por varios motivos entre los que hay que destacar que va todo tan rápido que la palabra “siempre” quizá signifique en realidad solo unas cuantas décadas y además no sabemos qué pasará con la interacción de algoritmos orgánicos-no orgánicos.

El nuevo transhumanismo ¿vendrá desde la potenciación o desde la compartición con los algoritmos no humanos? No lo sabemos realmente, pero dos preguntas son claras si consideramos una evolución potenciando la mente:

¿También evolucionará la conciencia alterista o el poder de la potenciación será solo hacia una inteligencia ego-sistémica?

¿El tecno-humanismo mejorará o degradará al ser humano tal como lo creemos conocer hasta hoy en día?

Muchos movimientos sociales que han aparecido en el mundo aparentan ir contra el establishment y querer dar una “nueva” solución a la dinámica universal, planetaria y social o, a veces, se centran en un estado o país concreto. En realidad se nutren, en buena medida, del descontento y de la perplejidad que en esta sociedad de la comunicación gran número de habitantes tienen ante un futuro que subraya la comunicación pero no la individuación, que potencia los sistemas pero no a los individuos, que se preocupa por el futuro global pero no por el particular. Ante esto, estas propuestas quieren ser el nuevo establishment, diciendo que ellos no lo son, que ellos son la solución, la utopía, el Ello de Freud, lo que deseamos. En definitiva lo que están movilizando es un algoritmo social que resuena con otro biológico: el algoritmo de la seguridad vital, biológica, personal.

Y esto, al fin y al cabo, no es más que biología pues, como señala Harari, cuando los biólogos llegaron a la conclusión de que los organismos son algoritmos, entonces, desmantelaron el muro que separaba lo orgánico de lo inorgánico y transfirieron la autoridad de los individuos humanos a los algoritmos conectados en red (y de aquí la importancia en todos estos movimientos de las redes sociales) y de ahí el valor de los datos de la Red.

Justo, el dataísmo da un paso más en la tecno-revolución: sostiene que el universo consiste en flujos de datos y considera que las mismas leyes se aplican a los algoritmos bioquímicos como a los electrónicos. De esta manera los algoritmos electrónicos podrían llegar a descifrar los bioquímicos y superarlos. Señala Harari como el dataísmo invierte la pirámide tradicional del conocimiento que hasta ahora era: datos-información-conocimiento- creatividad (sabiduría); pero los humanos ya no son capaces de procesar tantos datos y en este caso los algoritmos informáticos serán los encargados de procesar datos individuales, sociales, planetarios, etc. Toda la especie humana sería un único sistema de procesamiento de datos y el valor supremo es el llamado “flujo de la información” y el método, el camino para alcanzar este nivel, es por supuesto conectar “todo” al sistema. Conectar el cuerpo mediante los avances en tecnología médica, y de la información de nuestro estado corporal, conectar las casas, los ordenadores a la red, los coches, los frigoríficos, todo. Todas las Cosas y toda la naturaleza (dataísmo y conectivismo).

Esto supondría la libertad de la información, pero señala Harari: “no debemos confundirla con la libertad de expresión, ésta se concedió a los humanos…, la libertad de información, en cambio no se concede a los humanos. Se concede a la información”.

La libertad de información se está convirtiendo paso a paso en una creencia orteguiana, se da por hecha, imprescindible y autogestionable y solo en los lugares extremistas no existe. Pero para el dataísmo no hay otro camino más que “liberar datos”, compartir datos. No habría posibilidad de “existir” profesionalmente, socialmente, si no se está compartiendo e interviniendo en el “flujo de datos”. Formar parte de este flujo es formar parte de una gran familia mucho mayor, universal, y cualquier comentario o aportación puede ser vista, seleccionada en cualquier parte del planeta, valorada y compartida. Las experiencias ya no van a tener valor por ocurrir en nuestro interior, sino por ser compartidas, porque les guste a otros.  La nueva consigna -según Harari- dice: “sí experimentas algo, regístralo. Si registras algo, súbelo. Si subes algo, compártelo”.

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A finales del siglo XIX se pensaba que ya estaba todo inventado, pero vinieron en el Siglo XX  las Grandes Guerras Mundiales por lo que, en general, tenemos una sensación de los primeros 50 años de ese siglo no muy halagüeña, y también nuevos descubrimientos que cambiaron la concepción del mundo. Pero luego parece que todo mejoró planetizándose las relaciones, creándose la ONU, los derechos humanos, los conciertos intra e intercontinentales e Internet. Todo parecía ir hacia el comercio y al estado “mundial” cuando empezado el siglo XXI no solo recibimos datos e información sino que más bien ahora “sudamos” información y datos. Ves una tertulia televisiva y te llenan de datos (que no sirven para casi nada) y al día siguiente y al otro y al otro la misma tertulia ocupa horas y horas y vuelven a aportar datos sobre lo mismo que tampoco suelen servir para mucho. Bueno, sí sirve para “estar informados” y sobre todo para movilizar emociones. Para el dataísmo las emociones no son más que expresión de un algoritmo antiguo, obsoleto.

No sabemos cómo evolucionará todo pero por ahora lo que más dificulta la comunicación es exactamente esto: dos personas, y cada una argumenta su postura con múltiples datos pero que están en el fondo emocionalmente en desacuerdo con la interpretación de los mismos. Y al final no hay comunicación sino solo “información” mutua. Se oyen mutuamente y se ponen o no el “me gusta” o “ya no me gusta”.

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[1] Yuval Noah Harari. Homo Deus. Breve historia del mañana. Editorial Debate, 2016. Va a ser nuestra obra cifra de referencia.

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DESDE LOS PENSAMIENTOS SOBRE LA RELIGIÓN DE BLAS PASCAL


Pensamiento, Razón, Religión, Fe, Caridad

Juan Rojo Moreno

Cayó en mis manos el libro “Pensamientos sobre la religión” de Blas Pascal (edición de 1859) y sugiere muy interesantes ideas y reflexiones. Pero como son abundantes las referencias accesibles en internet sobre las distintas reflexiones filosóficas y religiosas de Pascal he iniciado el título de este artículo con “desde los pensamientos…” pues nos va a servir de referencia esta obra pero no es nuestra intención hacer un resumen de la misma.[1] Y debemos para comenzar entender que esta obra póstuma de Pascal que se editó por el interés de familiares y amigos en 1670 está escrita y por lo tanto imbuida de la época correspondiente.[2] En Pdf la edición de 1790 en Internet aquí .

Para Pascal estar ciertos en Dios y en la eternidad es el camino recto y dudar sobre esto, reflexionando, es aceptable, mas no el que duda y no reflexiona: “es, pues seguramente un gran mal estar en duda; pero es, al menos un deber indispensable buscar cuando se está en duda; y aquel que no busca es a la vez muy desgraciado y muy injusto… y cuando su alegría y su vanidad toman pie precisamente en tal estado, no encuentro yo palabras para calificar a tan extravagante criatura”.

Sobre este aspecto será reiterativo Pascal y hoy en día deberíamos preguntarnos hasta donde llega el cultivo sobre la reflexión del sentido espiritual. Es seguro que todo  joven ya cercano a la adultez se lo habrá planteado alguna vez, porque es innato del ser humano la reflexión sobre el sí mismo y sobre el sentido del mundo, pero ¿cuánto dificulta el mundo tecnotrópico y acelerado, audiovisual y tan cambiante, el momento repetido de reflexión y del contraste sereno? En este sentido ya Pascal decía “nada es tan importante al hombre como su estado; nada le es tan temible como la eternidad; y así el hecho de que se encuentren hombres tan indiferentes a la pérdida de su estado y al peligro de una eternidad de miserias, no es natural… y este mismo hombre que pasa los días y las noches en la desesperación por la pérdida de su empleo o por alguna ofensa imaginaria a su honor, es el mismo que sin inquietud y sin emoción, sabe que va  a perder todo a su muerte”.

Pongamos nosotros ahora el acento en la realidad de nuestra existencia inauténtica y cómo nos agarramos angustiosamente a los problemas de la cotidianeidad que hacen de nuestro pequeño mundo circundante un cosmos de agobios y circunstancialidad que a veces no nos deja mirar más profundamente sobre nuestra realidad vital ¿o es que ahora la angustia existencial es fácil de desterrar con tan diversas ocupaciones? Y en este sentido también opina Pascal: “pretenden los que dicen tal, darnos mucho gusto, cuando nos cuentan que nuestra alma no es más que un poco de viento y de humo, y así nos lo cuentan con un tono  de voz satisfecho y alegre. ¿Es esta una cosa, pues, que puede decirse con contento? ¿No es al contrario una cosa que debiera decirse tristemente, como la cosa más triste que existe en el mundo?”. Y continua más adelante ¿nos darán luz en este punto los filósofos que nos proponen por único bien los bienes que ya están en nosotros mismos? ¿Reside ahí el verdadero bien? ¿Han encontrado remedio a nuestros males? Igualando el hombre a Dios ¿se cura el presumir vanidoso de los hombres?

¿Existe Dios?[3]

Pascal es en este sentido dualista “nuestra alma es echada en el cuerpo, en que ella encuentra número, tiempo y dimensión”, pero al igual que conocemos que hay un infinito y desconocemos su naturaleza (no podemos saber si el último número del infinito es par o impar) pues igualmente no podemos conocer  ni la existencia ni la naturaleza de Dios: “porque no tiene extensión ni límites… si hay Dios es infinitamente incomprensible puesto que no teniendo ni parte ni limites no tiene ninguna relación con nosotros; somos pues incapaces de conocer cómo es, ni si es siendo así. ¿Quién censura, pues a los cristianos si no pueden darnos la razón de su creencia, cuando lo que ellos profesan es precisamente una religión que no pude dar razón?”

Por lo tanto la razón nada puede decir sobre la existencia de Dios. Pero ya no estaríamos en la discusión de la razón sino en la de la creencia, y en ella o se cree o no se cree. Aquí Pascal es pragmático en su convicción: es una apuesta y si apostamos cuando de lo que se trata es “de una eternidad de vida y ventura que se puede ganar” no se puede dudar y es mejor arriesgarnos en “jugar” a favor de la “infinidad de vida infinitamente dichosa” y aunque tengamos que renunciar a la razón vale la pena “mejor que arriesgar la vida en su ganancia infinita”.

Acordémonos  de  Manuel Azaña, Mitterrand y Tierno Galván. Ya lo decía un familiar antepasado “yo quiero la extremaunción por si acaso” (y era un creyente devoto).

Y en este sentido insiste Pascal “Y en nuestra proporción tiene una fuerza infinita, cuando se trata de arriesgar lo infinito en un juego en el que hay iguales posibilidades de ganar y de perder, y en el que lo que se gana es el infinito”.

Pero no se puede conocer a Dios sin conocerse a sí mismo y esto supone un acto de humildad que exige conocer lo peor de cada uno, pues para conocer lo divino primero hay que conocer lo más mísero humano. “Uno no puede formarse una fisonomía del conjunto sino acordando todas las contradicciones; y no basta seguir una serie de cualidades que se acuerdan sin conciliarlas con las contrarias”.  Entronca ahí Pascal con el interiorismo de las filosofías orientales y luego 300 años más adelante, ya con una metódica científica,  con Sigmund Freud y sobre todo con C. G Jung (este último con su concepto de “sombra” y proceso de individuación)  que realizan el camino de equilibrio personal a partir de las profundidades renegadas desde la conciencia; en el caso de Freud muy alejado de concepciones religiosas, en el caso de Jung más cercano e interesado por los misterios místicos, la sincronicidad, los mitos y sentido del hombre en el cosmos (conectado íntimamente con el físico innovador en el mundo cuántico Wolfang Pauli). En este sentido señala Pascal como “es tan dañino para el hombre conocer a Dios sin conocer su propia miseria, como conocer su miseria sin conocer a  Dios”.

El Pensamiento, la Razón y la Religión

         Ya en un artículo anterior hablamos del Yoismo al Deísmo pero es importante tener en cuenta que cuando escribe sobre esto Pascal aún no había nacido Kant que representando el criticismo, y desde sus Criticas de la Razón pura, de la Razón práctica y del Juicio,  investigó la estructura misma de la razón de la ética y de la teología. Evidentemente, Pascal hombre genial y que dedicó gran parte de su vida (y casi en exclusiva los últimos 9 años de sus 39 vividos) a las reflexión religiosa y al cuido de los pobres, su gran obsesión, no pudo contrastar ni perspectivizar su concepción con las ideas de Kant (nacido en 1724). Pero ha sido una constante en la historia de las religiones, y por su tendencia universalista en el caso de la cristiana, el que se haya creado una tensión frecuente e intensa entre razón y fe. Ya anteriormente señalamos que Pascal aclaraba que el cristianismo no era una religión de la razón, pero ahora matiza estos conceptos cuando señala que “si todo se somete a la razón nuestra religión no tendría nada de misterioso ni de sobrenatural. Si se choca con los principios de la razón, nuestra religión es absurda y ridícula”. Solo matizar aquí un detalle: evidentemente la religión por definición ha de ser sobrenatural ¿pero también misteriosa? O más concretamente ¿Cuánto de menos misteriosa debe llegar a ser la religión sin que deje de ser religión? Esta cuestión tendrán que resolverla los profesionales de la misma si no quieren perder paulatinamente resonancia en la gente, los pueblos y la humanidad.

Porque a día de hoy ya en el siglo XXI  decir que “la fe dice, en verdad, lo que los sentidos no dicen, pero no lo contrario. Está por encima, no en contra” si bien será muy cierto, no obstante, no es suficiente y ha de actualizar el lenguaje y ciertamente no lo ha hecho.

La fe es consustancial con la idea de Pascal y así se plantea qué tiene que hacer aquellos que buscan tenerla pero no la encuentran. Entonces señala el camino que es el de disminuir la excesiva reflexión, el excesivo pensar, (la capacidad de poner la mente en blanco en la filosofía Oriental o en Sri Aurobindo). Sin llegar a estos preceptos orientales sí que indica que el camino es simplificar los razonamientos y la filosofía superficial: el embrutecimiento. “Queréis ir a la fe y no conocéis el camino de ello; aprended de los que han estado ligados como vosotros y que ahora apuestan toda su fortuna; son gente que conoce el camino que queréis seguir y que han curado del mal que queréis curar. Seguid la manera como ellos han comenzado; el medio ha consistido en hacerlo todo como si creyeran, tomando agua bendita, haciendo decir misas, etc. Naturalmente esto mismo os hará creer y os embrutecerá. [4]

Y por esto valora en la fe y la religión que las gentes sencillas pueden alcanzar el mismo nivel que las más cultas, aunque las primeras apenas tengan conocimiento de las profecías (son los embrutecidos, que es un camino para llegar a la fe), no obstante, van a ser menos útiles para convencer a un infiel: “reconozco que uno de estos cristianos que creen sin pruebas no podrá convencer a un  infiel y quedará ante él corto de razones. Pero los que conocen las pruebas de la religión probarán sin dificultad que este fiel es realmente inspirado por Dios aunque él no sepa demostrarlo”.

En definitiva, que la elevada capacidad de razonar no es imprescindible para el cristiano pues la religión no es razonante y no llegamos a la religión por la razón, pero sí es útil. La religión, insiste  Pascal, no es contraria a la razón, mas “si uno se equivoca al creer que la religión cristiana es verdadera, no tiene mucho que perder ¡pero qué desgracia equivocarse al creerla falsa!”. Pascal siempre tan pragmático.

FE, CARIDAD

Si algo caracterizó a Pascal fue su inquebrantable fe y su caridad. La caridad la ejerció hacia los pobre de manera tan exhaustiva que como indica su hermana en el epílogo de la obra de referencia[5] los años desde los 30 hasta los 35 de su vida los pasó “trabajando continuamente por Dios, por el prójimo y por sí mismo, procurando perfeccionarse en más y en cierta manera puede decirse que ya no vivió más después, pues los 4 años siguientes no fueron ya sino un continuo languidecer […] tenía un amor tan grande a la pobreza que siempre le era presente… y le llevaba a amar a los pobres con tanta ternura que jamás rehusó limosna aunque fuera privándose él de lo necesario porque tenía pocos bienes y sus enfermedades le obligaban a gastos que sobrepasaban sus rentas … y a veces llegó esto a tal extremo que se vio reducido a tomar dinero con interés por haber dado a los pobres todo el que él tenía, y no querer después importunar a sus amigos”.

Porque para Pascal la caridad como tercera virtud teologal es un bien divino que hay que abonar y así teniendo en cuenta este sentido trascendente de la caridad es como se puede entender cuando dice: “el único objeto de la Escritura es la caridad”.[6]  Y en este sentido señala: “todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus reinos no valen lo que el menor de los entendimientos; porque éste conocerá de aquellos y se conocerá a sí mismo; y los cuerpos nada. Todos los cuerpos juntos, y todos los entendimientos juntos, y todas las producciones, no valen lo que el menor movimiento de la caridad; porque ella es de orden infinitamente más elevado. De todos los cuerpos juntos no sería posible hacer salir un solo pensamiento; esto es imposible, y de otro orden. De todos los cuerpos y entendimientos juntos, no se sabría hacer salir ni un solo movimiento de verdadera caridad; esto es imposible y de otro orden”.

Y luchó hasta el final de sus días por un ascetismo sin afectación de las pasiones mundanas aunque suponía una constante tensión pues como él decía “hay una guerra intestina del hombre entre la razón y las pasiones: podría gozar de alguna paz, si tuviese la razón sin pasiones… si tuviese las pasiones sin razón: Pero teniendo una y otra no puede quedar sin guerra y así está siempre dividido, contrario a sí mismo”

La fe de Pascal, sin necesidad de la razón, teologal (como la caridad que practicó) fue recogida por Miguel de Unamuno en San Manuel Bueno mártir en el que el discapacitado del pueblo Blasillo (en homenaje a Blas) supone esta fe pura, la fe del carbonero, la fe del “embrutecido”.

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         Como ya indiqué en la literatura y en Internet es bastante fácil encontrar muchas referencias de Pascal, quizá uno de los pensadores sobre quien más se ha escrito. Fue un avanzado en plantear la discusión entre razón y fe, ciencia y religión. Puede que sea poco lo que aquí aportemos, pero como decía el propio Pascal: el menor movimiento importa a toda la naturaleza; el mar entero cambia por una piedra. Así, en la gracia, la menor acción importa por sus consecuencias en el todo. Todo, pues, es importante.

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[1] Blas Pascal. Pensamientos sobre la religión. Colección “Christus” nº 20, Editorial Difusión, S. A, Buenos Aires, 1859. (va a ser nuestra obra cita de referencia).

[2] Al parecer  las ediciones anteriores a la que he leído son las de 1670, 1679, 1790 y 1844. Luego en el siglo XX ha habido varias re-ediciones.

[3] Este capítulo se titula “De cómo es más ventajoso creer lo que enseña la religión cristiana” pero el primer subtitulo va cambiando con las diferentes ediciones; en la usada por mí (1859) y en la de 1670 se subtitula “Infinito. Nada”, en la de 1779 se subtitula “de cómo es difícil demostrar la existencia de Dios por las luces naturales; pero que lo más seguro es creerla”. Vemos como se afianza la idea de qué es lo más “ventajoso o lo más seguro”.

[4]  Os embrutecerá: “vous abêtira”. (Montaigne había dicho antes que Pascal “il nous faut abestir pour nous assagir”). En Pascal “habêtir” no debe ser tomado al pie de la letra sino en la profundidad del sentido cristiano. Es una palabra filosófica que es usada contra las declaraciones de la filosofía superficial y contra los excesos de la devoción abusiva (Nota de  M. Faugère en la edición de 1844).

[5] Vida de Blas Pascal, Por Mme Périer (Giberta Pascal). Aporta sus comentarios sobre la vida de Blas Pascal al final del libro.

[6] En la nota de M Havet que hace en la edición del libro de Pascal consta: “aquí es tomada, y en otros pasajes, en su sentido teológico más elevado; es la tercera virtud teologal; el amor de Dios, puro de cualquier pensamiento terrestre”.

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LA MEDICINA IMPUGNADA


Juan Rojo Moreno

         El médico francés Guy Caro, perteneciente en su momento al Partido Socialista Unificado (PSU) escribió un libro en 1969 “La médecine en question” (La medicina cuestionada) que fue publicado en castellano en 1972 con el título de La Medicina Impugnada.[1] No vamos a hacer un comentario de la obra que escrita e influida decididamente por las circunstancias de la medicina francesa de la época y de los acontecimientos de mayo del 1968 quizá sea fundamentalmente un espejo histórico, que se puede entender en aquel momento cuando escribe: “los notables  resultados alcanzados en política sanitaria en Cuba o en Vietnam del Norte son un buen ejemplo: los médicos cubanos o norvietnamitas son los artesanos junto con los restantes trabajadores, de esta política sanitaria caracterizada principalmente por la calidad de la educación popular …, porque viven en una sociedad que se ha desalineado en parte del lastre de ciertas motivaciones, como la apetencia  de dinero o de poder, reduciendo su importancia”.

Pero más allá de valorar el  momento histórico en que está escrito, las características propias de la medicina francesa o la ideología de su autor, este libro motiva interesantes reflexiones muy válidas aun habiendo pasado casi 50 años tras su publicación.

Valora el autor las virtudes e inconveniente de una medicina liberal (secreto profesional, libre elección de médico, libertad de prescripción) y la afronta a una medicina institucionalizada. En aquella época había serios enfrentamientos entre ambos conceptos (en Francia) de ejercer la medicina, pero hoy en día, si generalizamos a Europa, ya están fundamentalmente diluidos (aunque siempre exista el discordante). Lo interesante no es entrar en esta distinción sino en algunas concepciones que arbitra como son el “secreto médico absoluto”, el trato con el paciente (relación médico-enfermo) y el tiempo de dedicación del médico al paciente.

El secreto médico sigue en el fondo de la profesión siendo un asunto de discusión. Irnos simplemente a las leyes que existen al respecto no elude que el médico siga teniendo sus dificultades para saber qué hacer en determinados momentos. ¿Qué ocurre cuando un paciente mayor de edad  te dice que consume drogas pero explícitamente no quiere que conste en una historia clínica electrónica/informática ni que se lo comentes a un familiar que luego puede entrar a la visita médica? Puede que este dato explique claramente el comportamiento en el seno familiar y que la familia entienda mejor así qué es lo que le pasa al paciente; pero si explícitamente te dice que no se lo digas a los familiares ¿qué hacer?

Y por otra parte el problema de las historias informatizadas. En los servicios de salud públicos otros médicos tienen acceso a las historias de los pacientes (puede que accedan porque el paciente los visite por una gripe, pero pueden conocer sin problema toda la información que hay del psiquiatra, y de cualquier otro especialista) y por supuesto los inspectores médicos y si el juez solicita una copia completa de la historia médica. Recuerdo el comentario de un psiquiatra que me dijo que en el apartado que tienen estos sistemas para “datos confidenciales” había inventado un lenguaje propio (como hemos hecho muchos en la infancia) para escribir ahí la información “sensible” (sirva este ejemplo como referencia de la preocupación real que hay en medicina y particularmente en psiquiatría en relación con estas confidencias). No será raro que en algún momento del desarrollo profesional el médico, y quizá más a menudo el psiquiatra, se plantee si puede escribir ese dato en la historia dependiendo de quién va a tener la posibilidad de acceder a la misma. En más de una separación o divorcio de parejas estos aspectos se han tenido en cuenta a nivel judicial y en más de una ocasión, ahora que desaparecen las historias de papel y todas serán informatizadas, el psiquiatra y muchos otros médicos se plantearán si la memoria del profesional será tan útil y potente para poder acordarse de los diversos pacientes asociados a ciertas informaciones significativas que no son escritas.  El problema está sobre la mesa y así en el caso de NHS (sistema público ingles) muchos médicos de atención primaria se negaron a que las compañías de seguros pudieran acceder a los datos de los pacientes y en España se  ha publicado que el proyecto VISC+ supone que el gobierno de Cataluña venderá los datos de los pacientes de la sanidad pública a empresas privadas.

Cierto, ahora las legislaciones no admiten el “secreto médico absoluto”, valga por ejemplo la declaración obligatoria de las enfermedades infecto-contagiosas, pero en otros muchos casos, ya lo planteaba en cierto modo G. de Ren: si hay enfrentamiento ¿hay que conceder preferencia a los intereses del individuo o a los de la sociedad? (léase en vez de sociedad, también, la familia, la pareja, las instituciones etc.).[2]

La relación médico-enfermo es así mismo muy importante y mucho se ha escrito sobre ella, y podemos entresacar la obra clásica de P. Laín “La Relación Médico-Enfermo”  (en pdf aqui),  pero es necesario tener en cuenta que el médico también llega a la consulta en ocasiones, cansado, medio enfermo o con problemas familiares o de diversa índole; claro esto también le ocurre al fontanero o al taxista, por poner unos ejemplos, pero ambos podrán realizar bien su trabajo reparador o conductor sin tener que mediar de forma significativa la relación interpersonal. En el médico ésta es imprescindible. La amabilidad -señala G. Caro- sean cuales sean sus motivos es generalmente preferible en un médico al mal humor.  En alguna ocasión ya estudiamos variables de personalidad en relación con la especialidad deseada en estudiantes de medicina  (artículo aquí) y en algunas universidades privadas en EEUU  se realizan cuestionarios entre los que se incluyen ciertas habilidades mínimas que se consideran necesarias para la profesión médica. Pero tengamos en cuenta al menos 5 factores que pueden intervenir en una mala relación médico-paciente sobre todo en el caso de la medicina institucionalizada:

1- Pérdida de control sobre el acto médico. El entorno, el tiempo y el número de pacientes puede hacer que el médico no tenga el control que considera adecuado para realizar bien el acto médico. La noción de “medicina humana” -señala G. Caro- se refiere a la calidad psicológica de la relación médico-enfermo…, exige ante todo suficiente tiempo para escuchar sus palabras, analizar el significado de sus trastornos y de su comportamiento, es decir, captar el sentido real de su demanda.

2- Igualitarismo profesional. A veces aparece desmotivación, pues varios profesionales son considerados igualmente, independientemente que realicen la relación médico-paciente más o menos empática, dediquen más o menos tiempo, etc.

3- Desafección institucional. Cuando la institución sanitaria o contratadora dirige y controla la actividad médica en base a objetivos y necesidades que no son puramente las propias de la profesión médica (control de gasto, objetivos estadísticos, finalidad de altas laborales, etc.). En muchos casos los profesionales de la medicina que no tienen un contrato fijo, sino que ha de ser renovado constantemente, son significativamente más presionados para alcanzar estos objetivos -que realizan- aunque en el fondo les origine esta desafección institucional.

4- Despersonalización estructural. El profesional médico entonces es considerado como un trabajador más al igual que lo puede ser un electricista. Ha de cumplir con su horario, sus citas y ya está. Entonces el “equipo” diluye la individualidad profesional. Pero éste profesional, “diluido”, se sentirá inauténtico y por lo tanto solo aparentemente comprometido

5- La ruptura del círculo intencional positivo: institución -profesional- paciente- institución…

Y es en este sentido que G. Caro entiende que la independencia profesional exige la ausencia de presiones ejercidas sobre el médico (por un individuo, un organismo, un funcionario, o bien una institución, incluso… un principio) que son susceptibles o bien de privarlo de los medios que el médico considere más adecuados para prevenir y para curar, o bien de incitarlo a hacer algo diferente a lo que para eso se necesitaría.

Curiosamente en el trabajo de Guy Caro el que prevaleciera una medicina liberal que por sus características hacía que algunos médicos dedicasen poco tiempo a la relación con el paciente siendo más fácil recetar un medicamento que hablar con él, lleva a que la queja de este autor sea sobre todo para este colectivo y considera que no ocurriría así en el caso de una medicina institucionalizada: “la receta sustituye una conversación que debería ser larga: el médico que debe actuar aprisa… Ciertos médicos, al lado de una sala de espera atiborrada, apenas tienen tiempo de escuchar y no siempre de examinar a sus enfermos. Una receta llena de garabatos y `el siguiente´”. Ahora, en nuestra época la queja es al contrario, la de menor tiempo de dedicación en algunos casos de la medicina institucionalizada. De todas formas la existencia de un buen “ambiente de equipo laboral” suele ser una de las mejores vacunas para evitar la actividad mecanicista de la relación médico-paciente. Cuando existen estos buenos equipos de trabajo los profesionales se encuentra realizando su labor con mayor calidad y los pacientes reciben una mejor sanidad. En caso contrario se pueden maquillar las encuestas de satisfacción pero antes o después aparece la realidad que siempre es contundente.

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Han pasado casi 50 años y la técnica ha avanzado una barbaridad y la medicina pragmática ha mejorado muy significativamente, pero la “medicina  humana” a la que se refiere G. Caro sigue adoleciendo del mismo problema que ya he mencionado en alguna ocasión anterior: la falta de esa “pastilla antigua” que es el tiempo de dedicación al paciente que nos ayuda a mejorar la calidad asistencial y a mejorar y personalizar nuestros diagnósticos.

Aún en nuestro siglo XXI una estudiante de medicina de Valencia (ahora ya médico) escribía: “Como alguna vez  me han dicho en estos cuatro años que llevo estudiando medicina, para ser buenos profesionales deberemos modificar nuestro carácter. Los médicos no debemos cosificar a nuestros pacientes, pues normalmente, y es la experiencia que he tenido, los especialistas se olvidan de que sus pacientes son personas y los tratan como cosas (pasan de ser personas a cosas). La última vez que recurrí a la ayuda de  un especialista, concretamente digestivo, me llevé una muy mala impresión. Entré a la consulta muy asustada susurrando un casi imperceptible “Hola, buenos días…” y la única respuesta que obtuve fue un brusco  “adelante” algo que realmente no me esperaba. Tal vez, tan solo esté equivocada, y el médico tuvo un mal día, pero la opinión que tenía al salir de la consulta deja mucho que desear. Imaginad el chasco que me llevé para acabar, finalmente, discutiendo con mi pobre madre, la cual me había acompañado a la visita con el digestivo. Le dije entre gritos que nunca sería un médico así, que en un futuro cuando ejerciese la profesión por la que tanto aposté y sacrifiqué, siempre trataría a cada uno de mis pacientes con más o menos respeto, pero siempre les dedicaría una lacónica mirada, una pequeña complicidad que los dejase sanos mentalmente, independientemente de los males físicos que tuviesen. ¿Dónde queda entonces la bondad y la moral del médico? Posiblemente esto sea algo que piense ahora, cuando todavía estoy en el largo camino que me conducirá a la cumbre, cuando todavía ni siquiera he llegado al ecuador de mis estudios y pienso como un paciente, clamando a los cuatro vientos lo que haría si fuese médico, pues sería lo que a mí como paciente me interesaría” (publicado aquí).

Tiempo de dedicación y contacto interpersonal, claves que no pueden desaparecer por más y más que la ciencia avance, pues como señala Thomas Herbert “toda ciencia es, esencialmente, ciencia de la ideología de la que se ha diferenciado”.

Y la ideología en Medicina nunca puede ser sin la persona, sin el ser humano.

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[1] Guy Caro. La Medicina Impugnada. La práctica social de la medicina en la sociedad capitalista. Editorial Laia, Barcelona, 1977 (2º ed.), va a ser nuestra obra cifra de referencia.

[2] G. de Ren “Saint-Luc”, Septiembre de 1965, núm. 8 (citado por Guy Caro).

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DEL YOISMO AL DEISMO


Materia sintiente y cerebro cuántico

Juan Rojo Moreno

         Suele escribirse una y otra vez (de tanto oírlo parece que tenga que ser verdad) que las leyes del mundo cuántico sirven solo para el micromundo, para lo infinitesimal, y las leyes de la física “clásica” para el resto. Eso ha de ser imposible. Ya en anteriores artículos he mantenido que nuestra vida cotidiana ha de ser entendida también como sintiente tanto de las fuerzas de lo micro como además de lo macro y de lo “supermacro” (lo cósmico).

Nuestro cuerpo, en definitiva, está formado por átomos, neutrones, electrones, quarks y demás partículas elementales entre las que el tiempo no tiene los parámetros de la física estándar y además pueden estar en forma de corpúsculo o en forma de onda y otras muchas características que han hecho que a algunas de estas partículas se les denomine con los nombres de “extraño”, “encanto” “fondo”, “arriba”, “abajo”.  Hay elementos en nuestro cuerpo, en nuestra persona, sobre los que no se sabe, por ejemplo, por qué la suma de las cargas de los quarks en un protón se corresponde exactamente con la del electrón (que es de signo opuesto). Los quarks pueden cambiar de tipo y a este cambio se le denomina “sabor”. También tienen color, cosa que no tiene nada que ver con la percepción de la frecuencia de la luz. Además se hipotetiza sobre la existencia de subestructuras de los quarks que serían los “preones”.

Creemos que lo que sentimos y vemos es “la realidad” pero nuestra cotidianidad está conformada por múltiples aferencias, muchas de las cuales aún no somos capaces de detectar. No solo desconocemos en el día a día la influencia de todos los mensajes paraverbales y estéticos de lo que nos rodea sino que además, por irnos al mundo del campo cuántico, 65.000 millones de neutrinos por centímetro cuadrado y por segundo provenientes del sol atraviesan sin modificación perceptible toda la masa de nuestro planeta y a nosotros ¿Esto nos afecta a cada uno de nosotros como seres cuántico y en definitiva a nuestra manera de ver y sentir la realidad?

Ciertamente algunas de estas partículas que forman parte de nuestro específico soma cuántico apenas duran “nada”: la partícula lambda dura 10-23 segundos…  pero tengamos en cuenta que estamos moviéndonos en niveles distemporales ¿cómo si no vamos a entender que el tiempo dentro aún del primer segundo tras el big-bang entre los 10-23 y los 10-4 segundos que duró la etapa hadrónica fuera decisivo para que hubiese universo? (antes se habían producido muchos más universos, unos envolventes a otros, entre 10-35 y 10-32 segundos, todo dentro del primer segundo). Menos mal que luego gracias a la génesis de leptones, que ya duró desde la diezmillonésima de segundo hasta veinte segundos a partir del instante cero, pudo seguir el universo evolucionando. Bueno, también gracias a que en la desintegración entre partículas y antipartículas sobraba un protón aproximadamente por cada mil millones de pares de protones y antiprotones (que se desintegraban) y así quedó disponible para formarse luego la materia y el mundo actual.

Cuando el psiquiatra C. G Jung habla del Inconsciente Colectivo o cuando el físico experto en física cuántica David Bohm habla de la relación no-local entre las partículas o de la realidad explícita e implícita, nos estamos moviendo en el mundo de las relaciones con o desde estas partículas que somos y en ese tiempo que también somos; así, por ejemplo “la teoría de Broglie-Bohm expresa que la no localidad y la velocidad de cualquier partícula depende del valor de la función de onda, la cual depende a su vez de la configuración global de la totalidad del universo”. Totalidad del universo que, por ahora, dentro de lo que conseguimos saber, solo supone el 5-10 % del mismo, pues de la llamada “materia oscura” no se sabe nada excepto que no es materia, tal como nosotros la entendemos, y que ocupa el 95% del universo y que tiene masa y poder de gravedad.

Por esto cuando hablo de mi Yo, de mi mí-mismo, de mi cuerpo y de mi conciencia, no es tan simple como decir que el cuerpo es materia y el cerebro neuronas que conectadas crean mi vivencia del mí mismo y que tengo la libertad de decidir lo que deseo hacer. Nuestros estados anímicos tan variables (que a veces achacamos al cambio de tiempo o a tener un “buen o mal día”), nuestra disposición, nuestras épocas más vitales y otras más apáticas ¿solo dependen -en general- de nuestra facilitación genética, temperamental y desarrollo biohistórico cultural? O hay que añadir a esto cómo estamos cada uno “observándonos” o modulando nuestro propio ser cuántico, del cual sabemos que se modifica solo con la observación. En este sentido Pribram y Bohm ya trabajaron en el entendimiento del cerebro como un holograma.

Porque al entender de los físicos G. Cohem-Tannoudji y M Spiro “la física cuántica ha modificado nuestra forma de pensar, nuestra relación con la realidad”, y lo ha hecho abriéndose a un campo mental en el cual “la materia, el espacio y el tiempo ya no como conceptos científicos sino como categorías gnoseológicas (que hay que conocer) se hallarán ontológicamente unificadas”. Veinte años antes había afirmado W. Heisenberg  que cuando en el curso histórico de la ciencia adviene una innovación verdaderamente fundamental, no solo se incrementa nuestro saber sino que además debe variar a la vez la estructura de nuestro pensamiento.[1]

Pedro Laín en su libro “Cuerpo y Alma” acude, para entender el sentido del hombre, a tres instancias sucesivas:

En primer lugar, a la concepción de reducción eidética de las notas esenciales de Husserl (aunque no lo nombra). Entonces cada cosa o ente, una vez eliminadas las notas accesorias, quedará definido por las que constituyen su idiosincrásica (y no más reducible) característica en sí.

Luego, en segundo lugar, aplica el concepto de sustantividad (o estructura) de Zubiri que lo entiende como el conjunto unitario, cíclico y clausurado de las notas que específica e individualmente caracteriza a algo. Por tanto se trata de una noción descriptiva y no de una construcción mental (como sería el concepto de sustancia). La sustantividad es el conjunto de notas constitucionales que  forman un sistema: todas ellas se hallan en mutua concatenación e interdependencia como resultado de su primaria unidad y son relativamente indisociables porque si una de ellas se separa de las restantes el sistema desaparece por desintegración, o da lugar a otro sistema; es una genuina combinación funcional. La nota actúa cada una en las demás y sobre el conjunto de ellas. Las notas constitucionales de una sustantividad, y por lo tanto de una estructura, son notas-de y se co-determinan, son codeterminadas por las restantes y codeterminadas ellas.

Y, en tercer lugar, aplica el concepto de emergencia: “hay una radical novedad en las propiedades sistemáticas de la estructura respecto de las que aisladamente poseen los elementos que la componen. Por consiguiente es imposible de predecir aquella partiendo del conocimiento de estos. Por todo esto la estructura es cualitativamente más que la suma de las partes que lo componen (cada estructura constituye un novum cualitativo). Las propiedades sistemáticas de una estructura lo son de la unitaria totalidad de las notas.

La palabra Kosmos en griego significa “Orden bien compuesto” y en este sentido P. Laín coincide con lo que expuse al principio del artículo en el sentido que cada una de las estructuras del cosmos (léase también el ser humano) es activa en sí misma, constitutivamente activa y “se articula con todas las restantes”.

Pero aparte de considerar esta posibilidad que aún no somos capaces de ordenar u organizar: ¿es esperable que una complicada evolución técnica y humana sea quien la facilite?

No está claro. Un suprasistema es más simple que la suma de los subsistemas que lo componen y tiene sobre ellos una jerarquía innovadora y reguladora, al decir de Laín. Y podemos ver fácilmente el ejemplo que ha supuesto internet en las comunicaciones: su creación fue muy simple y básica pero sobre algo básico se han modificado todas las concepciones de las estructuras comunicativas que hasta entonces había ¿Quién manda ahora cartas escritas por correo postal? ¿Y la comunicación en las empresas? ¿Y los modelos de expansión?, etc.

La aparición de un nuevo nivel estructural (en el que sintamos y manejemos el mundo micro y el macro en uno solo) es imposible de predecir desde las posibilidades inherentes del sistema actual. Pero una vez producido y desarrollado, podremos comprenderlo aunque no hayamos sido capaces de predecirlo: “En la dinámica del universo hay teleonomía (Monod), sentido inteligible a posteriori, mas no una teleología”.

Y ciertamente, en la evolución a veces han sido necesarios periodos largos pero en otras ocasiones el salto evolutivo se ha producido explosivamente: “la historia de la vida en la Tierra -ha escrito el biólogo Ager- es equiparable a la de la vida de un soldado en tiempo de guerra: largos periodos de aburrimiento entrecortados por breves periodos de terror”. Y  análogamente sabemos que tras periodos más o menos predecibles o tras un caos en lo establecido, emerge una nueva concepción (social, de pensamiento, vivencial, económica, etc.).[2] Siempre hay un tono global que une y equilibra al hombre en su historia, sociedad, biología y cultura. Tenemos que descubrir la participación en ese tono vital de nuestra materia cuántica interna y de la cósmica. En este sentido podemos adaptar el término que utiliza Laín: la necesidad de encontrar nuestra homeotonía.[3] La homeotonía no la podemos aún definir pero sabemos que es el camino unificador de la concepción física clásica y lo que aporta tanto Jung como Bohm y Pribram. Se hace entendible cuando Laín dice “la materia intelige sentientemente -o siente intelectivamente- en el hombre” porque abre las puertas a que el mí mismo se complete desde el máximo interior y desde el máximo exterior.

Y así también entendemos a Laín cuando escribe: la materia no debe ser vista como conjunto de corpúsculos masivos sometidos a la acción de energías varias, mecánica, térmica, eléctrica, etc., sino simplemente como dinamismo.

¿Y qué ley podemos aplicar a este dinamismo? Hasta ahora no podemos aplicar más que la ley de la probabilidad porque una homeotonía, –un tono estructurado, con base orgánica y en la que interactúan las leyes básicas de la física y química pero también las cuánticas-, solo podemos entenderlo análogamente como un sistema o “campo de probabilidad” (Eccles). Por esto señaló el físico Margenau (1984) que “en sistemas físicos tan complicados como el cerebro, las neuronas cuyos elementos constitutivos son suficientemente pequeños para que los gobiernen las leyes probabilísticas cuánticas, el órgano físico está siempre en situación de equilibrio para una multitud de cambios posibles, cada uno con una definida probabilidad”.

Los distintos autores, Arthur Koestler, Schrödinger, Eccles, Pinillos y Laín, cada uno a su manera vienen a apuntar a lo mismo: a la relación de complementariedad cuántica partícula-onda, lícitamente aplicada a nuestro cerebro para entender la emergencia mental.

Y además, siguiendo a Capra y Bohm, la física cuántica ha confirmado que una partícula elemental no puede ser rectamente conocida si no se la ve solidaria con el universo entero. Así, alcanzamos a intentar conocer la conexión microcosmos-macrocosmos aunque aún “la conciencia –escribe Schrödinger- es un singular cuyo plural se desconoce”.

La estructura, del cerebro y de todo el cuerpo humano como una unidad, es la base de la que parte Laín para aplicar a la sustantividad las leyes de la mecánica cuántica, pues sus elementos “resuenan”.

Laín incorpora e incluye a todo el cuerpo humano pues el cerebro codifica de forma simbólica las señales (mensajes-símbolos) que recibe de la visión, audición, tacto, datos de memoria etc.: “interviene el todo viviente del cuerpo, incluida su constitución individual y la huella biográfica que haya experimentado”, por lo que en el cerebro la función del sí mismo está incorporando activamente toda la sensorialidad global del organismo. Por esto Laín no habla de “mi cuerpo y yo” sino  de “mi cuerpo: yo”.

Con estas ideas, la unidad que se patentiza (el hombre) es una emergencia estructurada participativa. Microcosmos y macrocosmos forman parte identitaria de esta sustantividad.

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La física actual es, hoy en día, uno de los principales paradigmas de la filosofía humana pues  aboga, como decía Heisenberg, a la necesidad de una nueva mentalidad, en la que nos preparemos para asumir psíquicamente nuestra realidad actuante cuántica. Freud tuvo la genial idea de crear un método para conocer cómo la realidad inconsciente actuaba sobre la realidad global. ¿Quizá nos falte aún un nuevo “Freud” que encuentre el camino de interpretación de estas nuevas participaciones de nuestra global personalidad?

¿Deísmo?

¿Hemos estado todo el rato hablando de Deísmo?, o ¿de Religión? o ¿de Naturaleza? Cita Laín a P. Bonhomme quien dijo que “un deísta es un hombre a quien sobra fortaleza para ser cristiano y falta fortaleza para ser ateo”. El deísmo es la postura filosófica que acepta el conocimiento de la existencia y la naturaleza de Dios a través de la razón y la experiencia personal, en lugar de hacerlo a través de los elementos comunes de las religiones teístas como la revelación directa, la fe o la tradición. Se consideran deístas famosos a Aristóteles, Sócrates, Thomas Edison, Benjamín Franklin, Immanuel Kant, Leibniz o Montesquieu, por poner unos ejemplos. No así Laín que se manifiesta claramente cristiano. Quien lea lo anterior sabe que igual hemos estado también hablando de estructuralismo, de deísmo o de naturaleza, tal es la complejidad que los nuevos avances sobre el ser humano permiten a su propio perspectivismo. En nuestra exposición hemos visto como basándose en unos y otros cuando se integran los modelos actuales y la física actual, la filosofía sobre el hombre y sobre el mí mismo se acerca a la unión del sentido del Uno con el Todo y el camino evolutivo marca que la complejidad creciente ha de pasar por este salto nuevo de unificación. ¿Dónde estará en Uno, Dios, o el “sentido” o la física o la naturaleza? O incluso la Medicina.[4]

La realidad sobre esta cuestión es que a pesar de haber pasado casi 400 años aún es válida la sentencia de Pascal: “¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué motivo de contradicción, qué prodigio!”.

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[1] Estas referencias están tomadas de Pedro Laín Entralgo. Cuerpo y Alma. Espasa Calpe, Madrid, 1991. Va a ser nuestra obra cifra de referencia.

[2] Laín hace referencia como ejemplo de la rapidez mutacional al caso de la mariposa moteada en Inglaterra que apareció en los alrededores de Manchester entre 1849 y 1850 como reacción a la industrialización de la comarca.

[3] Laín utiliza este término solo como referencia al tono equilibrante de los aparatos y sistemas orgánicos aunque nosotros ampliamos el concepto

[4] En el caso de las Ciencias de la Salud se nos abrirán nuevos caminos para entender y actuar sobre una nueva, real, práctica y unitiva Medicina Antropológica.

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