DEL YOISMO AL DEISMO


Materia sintiente y cerebro cuántico

Juan Rojo Moreno

         Suele escribirse una y otra vez (de tanto oírlo parece que tenga que ser verdad) que las leyes del mundo cuántico sirven solo para el micromundo, para lo infinitesimal, y las leyes de la física “clásica” para el resto. Eso ha de ser imposible. Ya en anteriores artículos he mantenido que nuestra vida cotidiana ha de ser entendida también como sintiente tanto de las fuerzas de lo micro como además de lo macro y de lo “supermacro” (lo cósmico).

Nuestro cuerpo, en definitiva, está formado por átomos, neutrones, electrones, quarks y demás partículas elementales entre las que el tiempo no tiene los parámetros de la física estándar y además pueden estar en forma de corpúsculo o en forma de onda y otras muchas características que han hecho que a algunas de estas partículas se les denomine con los nombres de “extraño”, “encanto” “fondo”, “arriba”, “abajo”.  Hay elementos en nuestro cuerpo, en nuestra persona, sobre los que no se sabe, por ejemplo, por qué la suma de las cargas de los quarks en un protón se corresponde exactamente con la del electrón (que es de signo opuesto). Los quarks pueden cambiar de tipo y a este cambio se le denomina “sabor”. También tienen color, cosa que no tiene nada que ver con la percepción de la frecuencia de la luz. Además se hipotetiza sobre la existencia de subestructuras de los quarks que serían los “preones”.

Creemos que lo que sentimos y vemos es “la realidad” pero nuestra cotidianidad está conformada por múltiples aferencias, muchas de las cuales aún no somos capaces de detectar. No solo desconocemos en el día a día la influencia de todos los mensajes paraverbales y estéticos de lo que nos rodea sino que además, por irnos al mundo del campo cuántico, 65.000 millones de neutrinos por centímetro cuadrado y por segundo provenientes del sol atraviesan sin modificación perceptible toda la masa de nuestro planeta y a nosotros ¿Esto nos afecta a cada uno de nosotros como seres cuántico y en definitiva a nuestra manera de ver y sentir la realidad?

Ciertamente algunas de estas partículas que forman parte de nuestro específico soma cuántico apenas duran “nada”: la partícula lambda dura 10-23 segundos…  pero tengamos en cuenta que estamos moviéndonos en niveles distemporales ¿cómo si no vamos a entender que el tiempo dentro aún del primer segundo tras el big-bang entre los 10-23 y los 10-4 segundos que duró la etapa hadrónica fuera decisivo para que hubiese universo? (antes se habían producido muchos más universos, unos envolventes a otros, entre 10-35 y 10-32 segundos, todo dentro del primer segundo). Menos mal que luego gracias a la génesis de leptones, que ya duró desde la diezmillonésima de segundo hasta veinte segundos a partir del instante cero, pudo seguir el universo evolucionando. Bueno, también gracias a que en la desintegración entre partículas y antipartículas sobraba un protón aproximadamente por cada mil millones de pares de protones y antiprotones (que se desintegraban) y así quedó disponible para formarse luego la materia y el mundo actual.

Cuando el psiquiatra C. G Jung habla del Inconsciente Colectivo o cuando el físico experto en física cuántica David Bohm habla de la relación no-local entre las partículas o de la realidad explícita e implícita, nos estamos moviendo en el mundo de las relaciones con o desde estas partículas que somos y en ese tiempo que también somos; así, por ejemplo “la teoría de Broglie-Bohm expresa que la no localidad y la velocidad de cualquier partícula depende del valor de la función de onda, la cual depende a su vez de la configuración global de la totalidad del universo”. Totalidad del universo que, por ahora, dentro de lo que conseguimos saber, solo supone el 5-10 % del mismo, pues de la llamada “materia oscura” no se sabe nada excepto que no es materia, tal como nosotros la entendemos, y que ocupa el 95% del universo y que tiene masa y poder de gravedad.

Por esto cuando hablo de mi Yo, de mi mí-mismo, de mi cuerpo y de mi conciencia, no es tan simple como decir que el cuerpo es materia y el cerebro neuronas que conectadas crean mi vivencia del mí mismo y que tengo la libertad de decidir lo que deseo hacer. Nuestros estados anímicos tan variables (que a veces achacamos al cambio de tiempo o a tener un “buen o mal día”), nuestra disposición, nuestras épocas más vitales y otras más apáticas ¿solo dependen -en general- de nuestra facilitación genética, temperamental y desarrollo biohistórico cultural? O hay que añadir a esto cómo estamos cada uno “observándonos” o modulando nuestro propio ser cuántico, del cual sabemos que se modifica solo con la observación. En este sentido Pribram y Bohm ya trabajaron en el entendimiento del cerebro como un holograma.

Porque al entender de los físicos G. Cohem-Tannoudji y M Spiro “la física cuántica ha modificado nuestra forma de pensar, nuestra relación con la realidad”, y lo ha hecho abriéndose a un campo mental en el cual “la materia, el espacio y el tiempo ya no como conceptos científicos sino como categorías gnoseológicas (que hay que conocer) se hallarán ontológicamente unificadas”. Veinte años antes había afirmado W. Heisenberg  que cuando en el curso histórico de la ciencia adviene una innovación verdaderamente fundamental, no solo se incrementa nuestro saber sino que además debe variar a la vez la estructura de nuestro pensamiento.[1]

Pedro Laín en su libro “Cuerpo y Alma” acude, para entender el sentido del hombre, a tres instancias sucesivas:

En primer lugar, a la concepción de reducción eidética de las notas esenciales de Husserl (aunque no lo nombra). Entonces cada cosa o ente, una vez eliminadas las notas accesorias, quedará definido por las que constituyen su idiosincrásica (y no más reducible) característica en sí.

Luego, en segundo lugar, aplica el concepto de sustantividad (o estructura) de Zubiri que lo entiende como el conjunto unitario, cíclico y clausurado de las notas que específica e individualmente caracteriza a algo. Por tanto se trata de una noción descriptiva y no de una construcción mental (como sería el concepto de sustancia). La sustantividad es el conjunto de notas constitucionales que  forman un sistema: todas ellas se hallan en mutua concatenación e interdependencia como resultado de su primaria unidad y son relativamente indisociables porque si una de ellas se separa de las restantes el sistema desaparece por desintegración, o da lugar a otro sistema; es una genuina combinación funcional. La nota actúa cada una en las demás y sobre el conjunto de ellas. Las notas constitucionales de una sustantividad, y por lo tanto de una estructura, son notas-de y se co-determinan, son codeterminadas por las restantes y codeterminadas ellas.

Y, en tercer lugar, aplica el concepto de emergencia: “hay una radical novedad en las propiedades sistemáticas de la estructura respecto de las que aisladamente poseen los elementos que la componen. Por consiguiente es imposible de predecir aquella partiendo del conocimiento de estos. Por todo esto la estructura es cualitativamente más que la suma de las partes que lo componen (cada estructura constituye un novum cualitativo). Las propiedades sistemáticas de una estructura lo son de la unitaria totalidad de las notas.

La palabra Kosmos en griego significa “Orden bien compuesto” y en este sentido P. Laín coincide con lo que expuse al principio del artículo en el sentido que cada una de las estructuras del cosmos (léase también el ser humano) es activa en sí misma, constitutivamente activa y “se articula con todas las restantes”.

Pero aparte de considerar esta posibilidad que aún no somos capaces de ordenar u organizar: ¿es esperable que una complicada evolución técnica y humana sea quien la facilite?

No está claro. Un suprasistema es más simple que la suma de los subsistemas que lo componen y tiene sobre ellos una jerarquía innovadora y reguladora, al decir de Laín. Y podemos ver fácilmente el ejemplo que ha supuesto internet en las comunicaciones: su creación fue muy simple y básica pero sobre algo básico se han modificado todas las concepciones de las estructuras comunicativas que hasta entonces había ¿Quién manda ahora cartas escritas por correo postal? ¿Y la comunicación en las empresas? ¿Y los modelos de expansión?, etc.

La aparición de un nuevo nivel estructural (en el que sintamos y manejemos el mundo micro y el macro en uno solo) es imposible de predecir desde las posibilidades inherentes del sistema actual. Pero una vez producido y desarrollado, podremos comprenderlo aunque no hayamos sido capaces de predecirlo: “En la dinámica del universo hay teleonomía (Monod), sentido inteligible a posteriori, mas no una teleología”.

Y ciertamente, en la evolución a veces han sido necesarios periodos largos pero en otras ocasiones el salto evolutivo se ha producido explosivamente: “la historia de la vida en la Tierra -ha escrito el biólogo Ager- es equiparable a la de la vida de un soldado en tiempo de guerra: largos periodos de aburrimiento entrecortados por breves periodos de terror”. Y  análogamente sabemos que tras periodos más o menos predecibles o tras un caos en lo establecido, emerge una nueva concepción (social, de pensamiento, vivencial, económica, etc.).[2] Siempre hay un tono global que une y equilibra al hombre en su historia, sociedad, biología y cultura. Tenemos que descubrir la participación en ese tono vital de nuestra materia cuántica interna y de la cósmica. En este sentido podemos adaptar el término que utiliza Laín: la necesidad de encontrar nuestra homeotonía.[3] La homeotonía no la podemos aún definir pero sabemos que es el camino unificador de la concepción física clásica y lo que aporta tanto Jung como Bohm y Pribram. Se hace entendible cuando Laín dice “la materia intelige sentientemente -o siente intelectivamente- en el hombre” porque abre las puertas a que el mí mismo se complete desde el máximo interior y desde el máximo exterior.

Y así también entendemos a Laín cuando escribe: la materia no debe ser vista como conjunto de corpúsculos masivos sometidos a la acción de energías varias, mecánica, térmica, eléctrica, etc., sino simplemente como dinamismo.

¿Y qué ley podemos aplicar a este dinamismo? Hasta ahora no podemos aplicar más que la ley de la probabilidad porque una homeotonía, –un tono estructurado, con base orgánica y en la que interactúan las leyes básicas de la física y química pero también las cuánticas-, solo podemos entenderlo análogamente como un sistema o “campo de probabilidad” (Eccles). Por esto señaló el físico Margenau (1984) que “en sistemas físicos tan complicados como el cerebro, las neuronas cuyos elementos constitutivos son suficientemente pequeños para que los gobiernen las leyes probabilísticas cuánticas, el órgano físico está siempre en situación de equilibrio para una multitud de cambios posibles, cada uno con una definida probabilidad”.

Los distintos autores, Arthur Koestler, Schrödinger, Eccles, Pinillos y Laín, cada uno a su manera vienen a apuntar a lo mismo: a la relación de complementariedad cuántica partícula-onda, lícitamente aplicada a nuestro cerebro para entender la emergencia mental.

Y además, siguiendo a Capra y Bohm, la física cuántica ha confirmado que una partícula elemental no puede ser rectamente conocida si no se la ve solidaria con el universo entero. Así, alcanzamos a intentar conocer la conexión microcosmos-macrocosmos aunque aún “la conciencia –escribe Schrödinger- es un singular cuyo plural se desconoce”.

La estructura, del cerebro y de todo el cuerpo humano como una unidad, es la base de la que parte Laín para aplicar a la sustantividad las leyes de la mecánica cuántica, pues sus elementos “resuenan”.

Laín incorpora e incluye a todo el cuerpo humano pues el cerebro codifica de forma simbólica las señales (mensajes-símbolos) que recibe de la visión, audición, tacto, datos de memoria etc.: “interviene el todo viviente del cuerpo, incluida su constitución individual y la huella biográfica que haya experimentado”, por lo que en el cerebro la función del sí mismo está incorporando activamente toda la sensorialidad global del organismo. Por esto Laín no habla de “mi cuerpo y yo” sino  de “mi cuerpo: yo”.

Con estas ideas, la unidad que se patentiza (el hombre) es una emergencia estructurada participativa. Microcosmos y macrocosmos forman parte identitaria de esta sustantividad.

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La física actual es, hoy en día, uno de los principales paradigmas de la filosofía humana pues  aboga, como decía Heisenberg, a la necesidad de una nueva mentalidad, en la que nos preparemos para asumir psíquicamente nuestra realidad actuante cuántica. Freud tuvo la genial idea de crear un método para conocer cómo la realidad inconsciente actuaba sobre la realidad global. ¿Quizá nos falte aún un nuevo “Freud” que encuentre el camino de interpretación de estas nuevas participaciones de nuestra global personalidad?

¿Deísmo?

¿Hemos estado todo el rato hablando de Deísmo?, o ¿de Religión? o ¿de Naturaleza? Cita Laín a P. Bonhomme quien dijo que “un deísta es un hombre a quien sobra fortaleza para ser cristiano y falta fortaleza para ser ateo”. El deísmo es la postura filosófica que acepta el conocimiento de la existencia y la naturaleza de Dios a través de la razón y la experiencia personal, en lugar de hacerlo a través de los elementos comunes de las religiones teístas como la revelación directa, la fe o la tradición. Se consideran deístas famosos a Aristóteles, Sócrates, Thomas Edison, Benjamín Franklin, Immanuel Kant, Leibniz o Montesquieu, por poner unos ejemplos. No así Laín que se manifiesta claramente cristiano. Quien lea lo anterior sabe que igual hemos estado también hablando de estructuralismo, de deísmo o de naturaleza, tal es la complejidad que los nuevos avances sobre el ser humano permiten a su propio perspectivismo. En nuestra exposición hemos visto como basándose en unos y otros cuando se integran los modelos actuales y la física actual, la filosofía sobre el hombre y sobre el mí mismo se acerca a la unión del sentido del Uno con el Todo y el camino evolutivo marca que la complejidad creciente ha de pasar por este salto nuevo de unificación. ¿Dónde estará en Uno, Dios, o el “sentido” o la física o la naturaleza? O incluso la Medicina.[4]

La realidad sobre esta cuestión es que a pesar de haber pasado casi 400 años aún es válida la sentencia de Pascal: “¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué motivo de contradicción, qué prodigio!”.

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[1] Estas referencias están tomadas de Pedro Laín Entralgo. Cuerpo y Alma. Espasa Calpe, Madrid, 1991. Va a ser nuestra obra cifra de referencia.

[2] Laín hace referencia como ejemplo de la rapidez mutacional al caso de la mariposa moteada en Inglaterra que apareció en los alrededores de Manchester entre 1849 y 1850 como reacción a la industrialización de la comarca.

[3] Laín utiliza este término solo como referencia al tono equilibrante de los aparatos y sistemas orgánicos aunque nosotros ampliamos el concepto

[4] En el caso de las Ciencias de la Salud se nos abrirán nuevos caminos para entender y actuar sobre una nueva, real, práctica y unitiva Medicina Antropológica.

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LA FILOSOFÍA DEL VALOR


(religión y espiritualidad)

Juan Rojo Moreno

El libro de Bertrand Russel Por Qué No Soy Cristiano  (se trata de una compilación de diferentes ensayos y artículos referentes a la religión) expresa claramente su agnosticismo pero además nos puede ser de referencia para las ideas que separan  (o unen) espiritualidad y religión. [1]

Aunque esta obra nos sirva como cifra de referencia hay que tener en cuenta que cuando escribe estos artículos (1925-1954) el agnosticismo tenía fuerte controversia (hasta el punto que en el apéndice de la compilación se añade un relato exhaustivo de cómo Bertrand Russell no fue aceptado, por sus ideas religiosas, como profesor de Filosofía de la Universidad de la Ciudad de Nueva York en 1941). Quien quiera leer este libro lo tiene en pdf (aquí).

Como señala Yuval Noah Harari, la diferencia fundamental entre religión y espiritualidad está en que la primera exige acatar una norma mientras que la segunda es fundamentalmente un “viaje”, el viaje espiritual que se sale de la norma.[2]

Russell señala en el prefacio de su obra cómo todas las grandes religiones del mundo, budismo, hinduismo, cristianismo, el islam y el comunismo (podemos añadir el capitalismo), son a la vez falsas y dañinas. Considera que estas concepciones llevan a la rígida armadura “del dogma” y a rígidos sistemas.

Para Russell el miedo es el fundamento de la religión. Miedo a lo desconocido, a lo misterioso, a la derrota, a la muerte. Creo que tendríamos que añadir a este miedo también la incertidumbre. Para él debido a esto se produce el choque entre ciencia y religión, pues la ciencia puede aclararnos muchos de estos miedos que ha padecido eternamente la humanidad.

El problema, claro está, es que ahora transformemos la ciencia en una religión, en un dogma, que todo lo que dice ha de ser verdad y al final el pensamiento científico y su método vuelve a encasillarnos en un rígido sistema del cual esperamos la solución de todo. Antiguamente se esperaba que Dios nos salvase de las tormentas, de las plagas, del dolor y del sufrimiento, ahora todo el peso puede recaer en la ciencia que se transforma en una nueva religión.

Señala Y. N. Harari que la mayoría de los malentendidos entre ciencia y religión se derivan de las definiciones equivocadas de la religión: “la religión es cualquier historia de amplio espectro que confiere legitimidad superhumana a leyes, normas y valores. Legitiman las estructuras sociales asegurando que reflejan leyes superhumanas… Liberales, comunistas, y seguidores de otros credos modernos… todas las sociedades dicen a sus miembros que tienen que creer en alguna ley moral superhumana, y que infringir dicha ley acarreará una catástrofe”.

Bertrand Russell tiene su propia religión, que se estructura en el valor de la “naturaleza del hombre”. El problema que nos encontraremos es en poder definir qué es esa “naturaleza”. Para él, el impulso natural de la persona enérgica y decente  es tratar de hacer el bien, pero si se le priva de toda posibilidad de influir en los acontecimientos se verá desviada de su curso natural y decidirá que lo importante es ser bueno (1930).

Claro, que tendríamos que preguntarnos qué es lo que hace a una persona ser enérgica y decente y qué es hacer el bien. Todos estos conceptos han cambiado en los diferentes momentos históricos y además no dependemos de nosotros mismos para ser enérgicos,  decentes, o que se lo digan al psicoanálisis.

Sigue Russel señalando que no podemos admitir que captamos el sentido cósmico o, como lo denomina, “la filosofía de la naturaleza”, pues ésta no tiene que ser indebidamente terrestre. Dado un planeta tan diminuto como el nuestro en medio de tantas galaxias, sería absurdo deformar la filosofía de la naturaleza para producir resultados agradables sobre nosotros. El vitalismo como filosofía y el evolucionismo muestran en este respecto una falta de sentido de la proporción y de referencia lógica. Sigue nuestro autor apuntando que el optimismo y el pesimismo, como filosofías cósmicas, muestran el mismo humanismo ingenuo; el ancho mundo, tal como lo conocemos por la filosofía de la naturaleza no es bueno ni malo, ni se preocupa de hacernos felices ni desgraciados. Todas estas filosofías tienen su origen en el egocentrismo “y un poco de astronomía es la mejor manera de corregirlas”.[3]

Pero otra cosa es para nuestro autor de referencia la Filosofía del Valor. Ahí (recordándonos algo al perspectivismo de Ortega) todo se invierte: “todas las cosas reales o imaginarias son estimadas por nosotros… nosotros somos los últimos e irrefutables árbitros del valor y en el mundo de las valoraciones la naturaleza es solo una parte. En el mundo de los valores la naturaleza es neutra, ni buena ni mala, no merece admiración ni censura. Nosotros somos los creadores de valores y nuestros deseos son los que confieren valor… Nosotros somos los que tenemos que determinar la vida buena, no la naturaleza, ni siquiera la naturaleza personificada por Dios”.[4]

Claro, entiende nuestro autor que no es posible demostrar que su concepto de vida buena sea acertado para los demás (sí para el propio sujeto ya que para él es un fenómeno primario) y el criterio decisivo para Russell es que “la vida buena está inspirada por el amor y por el conocimiento” y ambos de forma unitiva son necesarios. Un médico ha de aunar conocimiento pero también benevolencia y si bien “el progreso de la medicina contribuye más a la salud de la comunidad que la filantropía mal informada” no obstante sigue siendo en el médico necesaria la benevolencia. Y en esto estoy completamente de acuerdo, un médico solo técnico puede cosificar al paciente y la medicina “personalizada” no solo ha de ser bioquímica y genética sino individualizada en cada paciente como ser histórico único. Pero aun estando de acuerdo con Russell, lo que veo difícil es que la alternativa a la  que considera “codificación” religiosa, al aherrojamiento normativo, sea que cada uno haga una Filosofía del Valor propio basada en su propio amor y conocimiento, y además partiendo del principio que todos somos por “naturaleza” buenos. ¿Y cómo sabemos qué es lo bueno? Pues según nuestro autor por el deseo que tengamos según lo que es más ampliamente deseado. Por lo tanto su Filosofía del Valor se sustenta en la Comunidad que será la que indique la flecha de fines “deseados” a los que todo el mundo aplicará amor y conocimiento.

Parece ingenuo. Pero Russell será lo que queramos menos ingenuo. Un buen analista de la conducta humana como él expresa ese deseo pero no deja de admitir que en la propia naturaleza humana hay una facilidad para actos dañinos y malos deseos. Los primeros los relaciona con la ignorancia y ahí considera que la solución está en aumentar la educación de los pueblos, de la humanidad, los conocimientos y la cultura.

Una humanidad más culta se plantea más la realidad de los actos dañinos; y podemos ver cómo en las sociedades avanzadas con educación obligatoria hay movimientos de cuidado de la naturaleza, leyes de protección de los animales y protección hacia los más desvalidos. Una vez superado el nivel básico de subsistencia (esto es primordial), el aumento de la formación cultural y del conocimiento ha de evolucionar también para valorizar la conciencia sintiente. ¿Dónde se plantean qué nivel de conciencia tienen los animales, las aves o algunos peces? Evidentemente no donde no esté superado el nivel básico de subsistencia.[5]

Un problema distinto considera Russell es el de los malos deseos. Aún en  nuestro nivel evolutivo sigue subsistiendo en el ser humano una cierta cantidad de malevolencia, una mala voluntad dirigida contra los enemigos particulares y un placer impersonal general por las desdichas de los otros. Tendremos más conocimientos que nuestros congéneres griegos pero los principios éticos y la naturaleza del valor transitivo no han mejorado significativamente en estos últimos 2.500 años.

Mejorar la seguridad, hacer desaparecer la envidia y mejorar la “naturaleza humana” ha de ser una constante que Russell considera puede realizarse a través de la ciencia “cuando hayamos descubierto hasta qué punto nuestro carácter depende de las condiciones fisiológicas podremos, en caso que lo deseemos, producir mucho más el tipo de ser humano que admiramos”. Bueno, ahora ya entraríamos en la manipulación genética o biotecnológica… un gran problema aún no resuelto. Pero al que se refiere nuestro autor al decir que “la naturaleza, incluso la humana, dejará de ser un dato absoluto; cada vez se convertirá en lo que ha hecho de ella la manipulación científica. La ciencia puede facilitar que nuestros nietos vivan una vida buena proporcionándoles conocimientos, dominio de sí mismos y caracteres que produzcan armonía en lugar de luchas… Cuando los hombres hayan adquirido el mismo dominio sobre sus pasiones que tienen ya sobre las fuerzas físicas del mundo exterior habremos conquistado nuestra libertad” [6].

He subrayado  en esta última frase “dominio sobre sus pasiones” pues en eso coincido plenamente. Se habla por cada vez más autores de diferentes ramas que el hombre tal como está actualmente, sin un “cambio” evolutivo (que no sabemos cómo será), no puede seguir indefinidamente. Hemos llegado al final de una etapa en la que hemos avanzado mucho, ya hemos conseguido conectarnos casi inmediatamente a nivel planetario, pero la evolución exige algo nuevo o el final. Hay quien piensa que la unión de la bio-nano-electrónica, bio-electro-genética, etc., conseguirán que sepamos más, conozcamos más rápidamente y ascendamos cualitativamente a otro nivel de conciencia, entre ellos recuerdo a Hawking escribir en este sentido.

Pero creo que  todo eso aunque nos puede hacer “más” de lo que ya somos, no obstante, a pesar de los avances técnicos tan significativos que hemos conseguido y continuamos alcanzando, sin embargo, seguimos siendo primitivamente pasionales. Y cuando un grupo social (grande o pequeño) libera cooperativamente sus pasiones tenemos las crueldades de la Primera y Segunda Guerra Mundial apenas hace 100 años (nada en tiempos evolutivos) o diariamente las masacres que ocurren en países africanos, asiáticos y, sin ir tan lejos, en menor escala, pero no en menor crueldad, en el día a día de nuestra sociedad “civilizada” en donde el maltrato y las agresiones a cualquiera que sea más débil o se manifieste o piense diferente puede ocurrir ipso facto. Aún vemos a miembros de la “clase política” que se supone que nos representan justificar agresiones cuando son contra adversarios y en cierto modo decir “que aunque no está bien pero se lo han buscado” y estos son los que representan a la sociedad.

Creo que el salto evolutivo en el control de las pasiones es fundamental (el salto gen-ético que ya comenté en otra ocasión del que también habló antes Ramón Muñoz) aunque no estoy tan seguro, como dice Russell, que la ciencia sea ella quien lo consiga modificando las condiciones fisiológicas.

Si no avanzamos por este camino, la ética y la moral quedan relegadas a dos conceptos ya manidos que quedan resumidos en la siguiente frase: la mayoría de la gente de los países civilizados no roba por considerarlo un pecado o -considera Russell- “el verdadero motivo es la probabilidad de castigo terrenal”.

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La Filosofía del Valor que sustenta Russell, solo cuajará como una nueva “religión”, como una moral interiorizada, cuando a través del camino gen-ético, el viaje individual (que hemos entendido como espiritual) nos una en una red cooperativa  en la que las pasiones serán una más de nuestras energías creativas y no disgregativas.

No es posible separar espiritualidad y religión como no se puede separar ética y moral. Pero no puede evolucionar la segunda de las variables sin antes haber pasado la primera. La religión necesita una nueva red ética cooperativa espiritual; pero esta última  se disolverá en simples “tendencias” individuales si no cuaja en una nueva moral, en una nueva norma, en una nueva religión. Pero no será una “religión” como las que han existido; en esta nueva norma asimilada en una la red ética cooperativa espiritual ha de movilizar a los individuos no solo por ideas o vivencias sino que en ella los seres humanos se integran en una “red de resonancia por similitud” .[7]

Señala Y.N Harari que “la búsqueda intransigente de la verdad es un viaje espiritual que raramente puede permanecer dentro de los confines de las instituciones religiosas o científicas”. Y completamente de acuerdo con él, en esta Filosofía del Valor no esperamos encontrar “La Verdad” sino una salto nuevo hasta una “mejor verdad” que la que ahora tenemos.

Un nuevo salto, pero ciertamente aún no sabemos si el viaje espiritual de la humanidad tiene fin en los tiempos… o no.[8]

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[1] Bertrand Russell. Por qué no soy Cristiano, Editorial Público, Biblioteca Pensamiento Crítico, 2010 (En 1927 Bertrand Russell dictó en Londres una conferencia bajo el título “Por qué no soy Cristiano”. Nuestra obra cita de referencia  es una compilación publicada por Paul Edwards en 1957, que incluye otros ensayos como Libertad en las Universidades y Nuestra ética sexual). En paréntesis indico en ocasiones la fecha en que hace determinado aserto. No hacemos un resumen de la obra sino que utilizamos algunas de sus ideas para desarrollar las nuestras.

[2] Yuval Noah Harari. Homo Deus. Breve Historia del mañana, Editorial Debate, 2016

[3] En 1936 Russell en “Sobrevivimos a la muerte” señala: El universo puede tener una finalidad, pero nada de lo que nosotros sabemos sugiere que, de ser así, ese propósito tenga alguna semejanza con los nuestros.

[4] Pertenece esta  última idea a su obra “Lo que creo”, 1925. (Podemos considerar, pues, que su conclusión esencial sigue la línea fenomenológica de Husserl y luego fundamentalmente de los valores de Scheler).

[5] También en su momento Julian Huxley cuando desarrolla sus ideas transhumanistas expresa la necesidad de que para alcanzar un nuevo “nivel” es necesario tener cubiertas esas necesidades básicas.

[6] Y en este sentido dice Russell: “en otro lugar he expresado (Ícaro) mi temor de que los hombres no sepan usar bien el poder derivado de la ciencia”.  Nosotros en artículos como “Hand  Connected” o en “Neurosis y paranoia en tecnohumanos y ciberhumanos” también hemos tratado este tema.

[7] Red de Resonancia por Similitud (RRS) es un concepto que hemos desarrollado junto a  Omar Lazarte. Ya anteriormente R Muñoz Soler  se refirió en múltiples ocasiones a la “resonancia por similitud”, como por ejemplo en “Egoencia”, en Tríada, Arcana ediciones, Buenos Aires, 2008.  Su obra se puede ver en http://www.ramonpmunozsoler.com.ar/

[8]Hace unos años un  viejo amigo psiquiatra de Valladolid, el Prof. Valentín Conde (que por circunstancias hace tiempo que no coincidimos), tras mandarle el libro de Ramón Muñoz Soler “Reversibilidad de Valores” me indicó, cuando coincidimos en un congreso, que “ahora se ha puesto de moda lo de los valores ¿me puedes explicar cómo está el asunto?”. Realmente no supe qué contestarle. Pues el que se “ponga de moda” suele ser más una aproximación pragmática de la ciencia-tecnología que busca nuevas formas para acomodarse a lo humano que una reflexión generalizada de cómo avanzar cooperativamente en una Filosofía del Valor. Si me volviese a preguntar lo mismo ahora seguiría sin saber cómo responder a esa “moda”. Pero  en la línea de lo escrito arriba diríamos con Ramón Muñoz Soler y Omar Lazarte que el nuevo salto evolutivo (que denomina R. Muñoz Egoencia) supondrá una perfecta individualidad, participante e integrada por similitud con los otros existencialmente egoentes. (Modificado de Pensador de Síntesis, Compendio de la vida y obra del doctor Ramón Muñoz Soler. Compendio realizado por Fabiana Mastrangelo, edita Victorioso, Buenos aires, 2013)

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NEUROSIS Y PARANOIA EN TECNOHUMANOS Y CIBERHUMANOS


Ingeniería Bio-tecno-genética, ansiedad y Creencias de Ortega

Juan Rojo Moreno

         Considera N.Y Harari en su obra Homo Deus que la evolución humana a un nuevo tipo de ser (más avanzado y diferente al sapiens) puede darse por tres caminos diferentes: bien por medio de la ingeniería biológica, la ingeniería ciborg o mediante la ingeniería de seres no orgánicos.[1]

En el caso de la bioingeniería se busca potenciar nuestras capacidades y una vez que podamos hacer intervención genética no solo corregir enfermedades sino -plantea Harari- ¿quién querría que su hijo padeciera autismo, discapacidad u obesidad? y si un test genético nos dice que nuestra hija va a ser hermosa e inteligente pero que padecerá depresión crónica ¿no querríamos liberarla de años de infelicidad mediante una intervención indolora en el tubo de ensayo?

En el caso de la ingeniería ciborg se fusionará el cuerpo con dispositivos no orgánicos (órganos artificiales, nanorobots…) que diagnosticarán, resolverán problemas orgánicos y repararán daños.

El problema de la bioética es de especial relevancia pues antes o después nos llegarán circunstancias semejantes. Si alguien consigue darle un “empujoncito”  a un niño sano para que tuviera un mejor sistema inmunitario o una memoria por encima de la media ¿no querríamos esto para nuestros hijos? ¿Admitiríamos entonces que los nuestros fueran de segunda clase? Y si nuestro país no lo hace pero sí se hace en otros países que tendrían mejores rendimientos en todos los campos ¿Admitiríamos pasar al subdesarrollo comparativo así como así?

Por esto, señala Harari: “las mismas tecnologías que pueden transformar a los humanos en dioses podrían hacer también que acabaran siendo irrelevantes, pues es probable que si los ordenadores nos muestran el camino para entender y superar la vejez y la muerte puede que sean tan potentes como para reemplazar a los humanos en cualquier tarea”.

Si el ser humano, en un tiempo no muy lejano, es bien potenciado biogenéticamente o mediante la relación interfaz bio-tecnología (ciborg) o con datos masivos (big data) cada vez vamos a tomar menos decisiones por nosotros mismos (hay menos divorcios en sociedades actuales que buscan matrimonios en base a todos los datos de las parejas que existen en redes sociales e internet -big data- que entre las parejas que se han elegido por coincidir vitalmente al azar)  y aparecerá un nuevo hombre potenciado de una u otra manera que “funcionará” por los datos o por la potenciación; solo tengamos en cuenta las cantidad de datos personales e íntimos que estamos dando a múltiples servidores (Google, Facebook, Microsoft, etc.) cuando admitimos diariamente programas en nuestro Smartphone, que tienen acceso a lo que leemos, decimos, pensamos y escribimos, a nuestras memoria virtual y a nuestros contactos y correos. Podemos no admitir eso en los diferentes programas que nos ofrecen pero entonces no podríamos utilizar los smartphones para casi nada. Solo por bajarnos una linterna ya cedemos una gran cantidad de datos de localización, imágenes…, si bien nos indican que los datos hasta ahora siguen siendo “confidenciales”.

Si miramos una por una las diferentes aplicaciones al final hemos cedido nuestra intimidad, entre unos y otros servicios, de forma completa.

Pero ahora tenemos que introducir obligatoriamente otros dos aspectos: la Paranoia y el concepto de Creencia de Ortega, que aunque en principio parece que no tienen nada que ver con lo anterior pero pronto veremos que sí.[2]

Para Ortega la vida “no es ni más ni menos lo que hacemos y lo que nos pasa”. El decir “yo soy yo y mis circunstancias” supone que Yo me siento y elijo o tolero las posibilidades en las que desarrollo mi vida. Por lo tanto Yo me siento como una posibilidad de desarrollarme. El hombre se tiene que hacer cargo de las circunstancias y desarrollar su razón vital, su misión vital.

Si considerásemos que una persona es vitalmente arrastrada por sus circunstancias de manera que el Yo se hace circunstancial y pierde la posibilidad de desarrollar un estilo vital propio nuevo adaptativo al futuro, quedando atrapado por las circunstancias bio-históricas, entonces, estará en una constante “angustia circunstancial” y aparecerá una enfermedad que denominamos Neurosis, generalmente, de ansiedad o angustia. Ahora se habla mucho del Trastorno de Ansiedad porque solo se tienen en cuenta los síntomas y no las circunstancias ni la vida del paciente. En la neurosis de ansiedad y angustia el Yo es fundamentalmente auto-circunstancial.

Un ciberhumano, un tecnohumano conectado para las decisiones con big-data (dataísmo) o, mejor, integrado en big-data ¿podrá ser neurótico? ¿Dónde empieza “su” biohistoria? ¿Cuáles serán “sus” circunstancias?

O a fuerza de no ser “neuróticos” -pues en ese caso las decisiones y la historia ya no las hace un Yo- ¿nos psicopatizaríamos? Y si algo hace daño a los demás, si algo sale mal: serán los datos, los algoritmos los que han de cambiarse, pero no Yo.

Pero Valenciano Gayá no va por  este camino. Siguiendo con Ortega, las vigencias, los usos, son los conocimientos, las estructuras que nos son dadas desde que nacemos. Señala Ortega que cuando un principio goza de vigencia histórica actúa como una disciplina objetiva, como un cauce sobreindividual donde cada uno se instala respetuoso, confiado y firme. Cada uno de nosotros tenemos que hacer la vida dentro de un mundo definido por un sistema de vigencias (usos, ideas, creencias, principios… que actúan sobre nosotros desde la sociedad, impersonalmente). Las vigencias me son impuestas y tengo que contar con ellas, quiera o no.

De la relación entre el yo circunstancial y las vigencias históricas surge nuestro sistema creencial. Las creencias -dice Ortega-  “no surgen en tal día y en tal hora dentro de nuestras vidas, no son pensamientos ni ocurrencias ni razonamientos. Cabe decir que no son ideas que tenemos sino ideas que somos. Con las creencias propiamente no hacemos nada, sino que simplemente estamos en ellas. No llegamos a ellas tras una faena de entendimiento sino que operan ya en  nuestro fondo cuando nos ponemos a pensar en algo”. A este modo de intervenir algo en nuestra vida sin que lo pensemos  lo llama “contar con ello” y este modo es el propio de nuestras efectivas creencias. Y sigue Ortega: “las auténticas creencias no se nos presentan como ideas. Son las creencias las que nos sostienen a nosotros. La creencia, precisamente porque no es una mera opinión, una idea, una teoría, es normalmente un hecho colectivo. No se cree normalmente por cuenta propia, sino junto con los demás, se cree en común. La creencia actúa como vigencia colectiva”.[3]

Por esto señala Julian Huxley que las creencias son herramientas esenciales de la mente humana: “nada más que herramientas, pero nada menos que esenciales”.[4]

Precisamente -señala Valenciano Gayá- el que nuestra interpretación del mundo sea “normal” depende de esa incorporación creencial de los modos de apresar e interpretar la realidad… El hombre tiene siempre una necesidad de interpretación, de significación de lo real, pero hace sus significaciones sobre la base de lo que ya han interpretado sucesivas generaciones y de un modo más inmediato la suya.

Del encuentro y contraste entre las creencias de las personas surge el pensamiento pues ha de resolver la duda que surge del choque de las mismas. Las creencias para que puedan ser compartidas y contrastadas han de ser intelectualizadas y transformadas en ideas, pero luego tras esa dialéctica la persona alcanza una nueva resultante creencial que le da firmeza. “Un firme suelo creencial deja margen a importantes cambios en la esfera ideológica sin que la persona pierda su estabilidad” señala L. Valenciano. Y en el fondo de ese interjuego entre ideas y creencias se realiza la perspectiva propia, única, del proyecto vital.

En el caso del paciente delirante paranoico se nos presenta dando significaciones al mundo, a las percepciones y vivencias que de él le llegan. Y sus interpretaciones son primarias (es decir que no las piensa, sino que las vivencia como reales y verdaderas desde el principio) y las puede defender con los argumentos lógicos necesarios. Y además son siempre amenazadoras y no las puede compartir con otras personas. Dos o más pacientes paranoicos que se junten no forman un grupo coincidente de ideas o creencias, no son vivencias transitivas, no son compartibles, incluso cada uno de ellos interpretará paranoicamente miradas, gestos o palabras de los otros paranoicos.

En estos pacientes se produce una fractura del sistema creencial (y no es posible crear uno nuevo) por lo que “desprovisto de las estructuras sociales que constituyen sus creencias se ven forzados a  significaciones propias que son amenazadoras y directamente afectantes”.  Pues, indica nuestro autor: las interpretaciones sobre la base de las creencias solo se hacen fanáticas cuando las hemos convertido en ideas, justamente cuando las hemos hecho más nuestras, pero… a la par, han perdido su auténtica estructura creencial.

Para Ortega la última esencia de las circunstancias no son las cosas sino que éstas son prágmatas (cosas prácticas) es decir, en última instancia las cosas no son solo cosas sino “importancias” (pues serán prácticas para nosotros siendo más o menos importantes). Pero en el paranoico predomina el aspecto subjetivo y solo éste reina en el mundo de los objetos, por lo que  las cosas, los objetos, el mundo, no van a ser, en definitiva, más que importancias autísticas, aislantes, cuya praxis es asocial.

Indica L. Valenciano que si el hombre se encuentra fuera de la vida normal-creencial todas sus relaciones con el mundo, sus ideas e interpretaciones sobre las cosas y los hombres, las conexiones y censuras entre ellas y con nosotros, se hace un problema pavoroso.

Y podemos decir que será  un problema angustiantemente enigmático, por lo que intentará encontrar un sentido lógico a esas vivencias amenazadoras, a esas significaciones del mundo que se refieren a él constantemente. Y por esto se encontrará aislado y, a falta de una base creencial compartida, no podrá hacer transitivas sus vivencias.

Por esto Cherterton ha dicho que “el loco no es un hombre que ha pedido su razón; lo ha perdido todo excepto la razón”. Y a esto añade L. Valenciano Gayá: no ha perdido su razón lógica, intelectual, lo que ha pedido es su razón histórica.

O, usando términos de Michael Tomasello,  ha perdido la Inteligencia Cultural, es decir, la especial capacidad de la cognición humana de detectar la intencionalidad en los demás y además de ser capaces de colaborar. [5]

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En base a lo expuesto ¿es posible el salto del Homo a un tecnohumano, a un ciberhumano sin sistema creencial? ¿O solo lo será virtualmente engañado como el ejemplo “Matrix”? Porque si todos vamos a estar potenciados, si todos vamos a estar conectados a big-data y desaparecidos de nuestra mismidad ¿seremos todos iguales? O ¿la matriz de datos hará diferencias? Si la matriz de datos va a ser la estructura creencial ¿el ser humano sin conciencia dejará que haya niveles o se rebelará? Pero si se rebela ya tendrá conciencia. ¿Será entonces un paranoico?

Quizá, como indica Harari, todas estas situaciones hipotéticas no nos dan la seguridad de saber realmente cómo será el mundo en 2050 ni mucho menos en 2100, pero lo que sí es seguro es que está cambiando muy rápidamente.

Y cierto, acabo de oír la noticia que en Japón van a sustituir a 34 empleados de una empresa aseguradora (Fokoku Mutual Life Insurance) por robots o Inteligencia Artificial y van a recuperar su inversión en menos de dos años. La noticia insiste “cerca de la mitad de todos los trabajos del país podrán ser realizados por Inteligencia Artificial en 2035”.

Como señala Harari ¿Cuál será el impacto político de una enorme clase nueva de personas inútiles desde el punto de vista económico? ¿Qué hacer con toda la gente superflua? Esta “clase inútil” -dice- no solo estará desempleada: será inempleable.

Como él también dice, son temas para pensar.

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[1] En este artículo tendremos dos obras cifras de referencia. Una será Homos Deus de Yuval Noah Harari, Editorial Debate, 2016

[2] La segunda obra cifra de referencia que vamos a tener en cuenta es el Discurso de Ingreso del Dr. Luis Valenciano Gayá a la Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia, titulado “El Delirio Paranoide y la Razón Vital”, 1960.

[3] José Ortega y Gasset. Ideas y Creencias. Ed. Espasa Calpe. 1940. Un comentario y un link al ensayo de Ortega en http://www.lasangredelleonverde.com/analisis-del-ensayo-qideas-y-creenciasq-de-ortega-y-gasset/

[4] Julian Huxley. Religión sin revelación. Editorial Sudamericana, 1967

[5] M. Tormasello. Citado por Edward O. Wilson en “La Conquista social de la tierra”. Editorial Debate, 2012. Utilicé esta obra de referencia en “El Gen Cultural

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LA SINCRONICIDAD


Nivel desplegado, cuántico e inteligencia objetiva

Juan Rojo Moreno

                   Releer un libro pasados unos años tiene en cierto modo su gracia pues compruebas como han cambiado tus intereses, sobre todo cuando tienes la costumbre de subrayarlo. Podemos leer muchos libros dos o más veces a lo largo de nuestra vida y en esta ocasión nos reencontramos con el Libro de F. David Peat “Sincronicidad”.[1]

A estas alturas que ya he escrito sobre temas parecidos coincido con la mayoría de los postulados que en esta obra se expresan y aunque su primera edición en inglés es de 1987, la línea filosófica y científica sigue siendo plenamente vigente en la actualidad. Como ya he comentado alguna vez, los físicos -David Peat lo es- son quizá los más creativos filósofos de nuestros tiempos.

La teoría cuántica ha sido el soporte que nos obliga a cambiar la comprensión de lo que entendemos por naturaleza y realidad, pues partimos del principio de que no podemos observar sin ser participantes (todo lo observado se modifica por el mero hecho de ser observado) “el universo es un universo de participación”.

Pero a pesar de esto y de que China ya ha enviado al espacio el primer “satélite cuántico”, seguimos funcionando en nuestro mundo cotidiano como si la realidad fuese tal como nos la muestra la física clásica “y sugiere que cada situación adversa de la vida se puede analizar como una `problema´ aislado con una solución o método correspondiente”.

Lo que ocurre es que en medio de esta vida más o menos organizada y mecanicista aparecen una serie de sucesos y momentos que son completamente inexplicables o que superan la simple casualidad.

Un primer elemento importante en la sincronicidad es que el suceso tiene un significado especial para quien  lo vivencia. Estamos en el rio viendo unas truchas y pensamos en un familiar con el que hemos pasado, hace años, temporadas en ese rio también atendiendo a estos peces. Comentamos con nuestro acompañante que nuestro familiar gozaría de ver estas truchas  y en ese momento te llama el familiar que está a cientos de kilómetros de distancia. Puede ser una coincidencia, pero lo vivencias con una relación que tiene para ti significado. Todo se ha unido en un segundo. Se ha producido una “casualidad” sincronística. Es decir una simultaneidad a-causal: “las sincronicidades actúan como espejo de los procesos internos de la mente y toman la forma de manifestaciones exteriores de transformaciones interiores, dotadas fuertemente de significado”. C. Jung definió la sincronicidad como la “coincidencia en el tiempo de dos o más sucesos no relacionados causalmente que tienen el mismo significado”.

¿Conectamos con algún sentido significativo más allá del mundo natural mecánico?

Veamos que incluso dentro del mundo cuántico se producen movimientos acausales. Así W. Pauli propuso que a nivel cuántico toda la naturaleza entabla una danza abstracta. Unas partículas (electrones, protones, neutrones, neutrinos…) forman un grupo que entablan una danza asimétrica, mientras que otro grupo (mesones, fotones) entablan una danza simétrica. En el primer caso se mantienen siempre las partículas con la misma energía apartadas las unas de las otras. Esta separación o exclusión de las partículas no se origina por ninguna fuerza que actúe sobre ellas sino que se origina en la antigeometría del movimiento abstracto de las partículas como conjunto. Este descubrimiento de Pauli significa la existencia de un patrón abstracto que se oculta detrás de la materia atómica y que determina su movimiento de un modo acausal.

La sincronicidad implica “una conjunción de lo individual y lo global, y surge de algún principio más profundo que une los elementos en un patrón fundamental” (y el principio de extinción de Pauli muestra como hay un “principio conector acausal” que no está presente en ningún lugar concreto sino en la globalidad).

Un segundo aspecto importante de la sincronicidad es el significado (relación de las parte con el todo) que patentiza la conexión entre distintos niveles de la materia.

La frecuencia de sincronicidades es mayor cuando la persona se encuentra en circunstancias especiales de su vida, nacimientos, problemas personales, cambios profesionales… “es como si esta reestructuración interna produjese resonancias externas o como si una explosión de energía mental se propagase hacia fuera en el mundo físico”.

Para entender la acausalidad hay que tener en cuenta que al investigar la causalidad “en condiciones límites” se ha descubierto que “todo causa todo lo demás”. El universo está en un baño constante de cambios frecuente y “cada volumen de espacio nada en un baño fluctuante de radiación, partículas entrantes, gravedad… la naturaleza es algo parecido a un bailarín de ballet, pues el significado de sus gestos está contenido en el movimiento total” por lo que no nos podemos nunca aislar completamente de la influencia del todo. La causalidad es una idealización. Los conceptos de flujo total y campo total son necesarios para entender los sistemas. Y así la teoría de Hamilton-Jacobi considera que el mundo se compone de ondas de interacción de modo que el movimiento surge del funcionamiento complejo total de estas ondas: “en un océano, la aparición de cualquier ola no es tanto un fenómeno `mecánico’ como la expresión total de olas pequeñas que vienen de todas partes del océano”.

La causalidad y la sincronicidad no son contradictorias sino percepciones dobles de la misma realidad fundamental, señala David Peat.[2]

Y los consecuentes descubrimientos apuntan en este sentido. Así por ejemplo el descubrimiento por Ilya Prigogine de que al llegar a un punto crítico un sistema que se encuentra en absoluto caos, entonces, hay un cambio en el caos existente surgiendo y creándose un nuevo orden. Es para Ilya Prigogine “un cambio espectacular” (por ejemplo, el orden que aparece en el agua que hemos estado calentado progresivamente, cuando empieza la ebullición). Surge “el significado” del comportamiento caótico y esto supone, señala David Peat, que cada nueva estructura es expresión de un todo más amplio “que podría implicar al universo entero”.

Porque por el significado (la relación de la parte con el todo) los distintos niveles que entendemos de la materia han de estar conectados.[3]

Así: Un primer nivel (que tomamos como referencia)  es el de la apariencia cotidiana de la materia, el mundo físico habitual, sobre el que el observador actúa de forma imparcial (llamémosle nivel “clásico”).

Debajo de este nivel se encuentran los procesos cuánticos (segundo nivel): simetrías y principios de ordenamiento. En este nivel ya no podemos aprender directamente de sus elementos. Por ejemplo, no podemos ver el electrón, el protón o el neutrino sino que se deducen por sus huellas y referencias matemáticas y físicas.

Debajo del nivel cuántico hay indicios de un tercer nivel, no material, de simetría y orden.

Además cada nivel ha de estar coparticipando de los otros niveles. Así el nivel cuántico depende del nivel clásico para sus definiciones y para cualquier medición que se realice “por lo que los niveles `superiores´ condicionan a los inferiores que pueden contener inesperadas y nuevas formas de comportamiento”. Y los niveles cuánticos influyen decisivamente en los niveles superiores.

Paralelamente tenemos una sinonimia con la mente: Tenemos un primer nivel con la  conciencia (con la estructura cerebral, orgánica y metabólica). Cuando exploramos más allá de este nivel entramos  en lo que denominó C. Jung el inconsciente colectivo (segundo nivel) que ya no está reglado por la lógica o los referentes personales o biológicos sino que es “objetivo” al pertenecer a toda la humanidad y se manifiesta por significados simbólicos y, tal como comentábamos con el electrón, el protón o el neutrino, los contenidos del inconsciente colectivo no se pueden ver directamente sino a través de sus huellas que aparecen en mitos, sueños, fantasías, arte, etc. Y, luego, al igual que el tercer nivel que hemos comentado antes, se plantea David Peat si debajo del nivel de inconsciente colectivo no habrá simplemente “materia de la mente” sino un tercer nivel que va más allá de la mente; nivel en el que ya no se aplicaría la división entre mente y materia (es lo que denomina inteligencia objetiva). Así como los niveles más profundos de la materia están íntimamente conectados con los superiores, hay que entender que las regiones más profundas del inconsciente colectivo dependen hasta cierto punto de la actividad consciente y están condicionados por ella, y también por la sociedad y cultura (nuestra conciencia no solo está en el cerebro sino en el mundo y en la neurocultura).

Por isomorfismo de los dos aspectos antes mencionados podemos entender que como todo es unitivo, el Primer Nivel, consciente, social, cerebral, metabólico, corporal y cultural, desde la referencia mecanicista (clásica) y de las “grandes concepciones” actúa influyendo (conformando) el nivel cuántico y al inconsciente colectivo (Segundo Nivel) y este al Tercer Nivel: “a la conciencia le es posible actuar sobre el inconsciente colectivo y cambiarlo a través de percepciones, penetraciones (insights) y reflexiones. La inspiración fluye en la mente de un artista desde sus profundidades colectivas y a la luz de la conciencia este material se moldea y se trabaja. Transformado en mármol, pintura, lenguaje o danza se convierte en un acto del mundo exterior que también podrá actuar, modificar o añadir, en el inconsciente colectivo oculto”. Pero también hay coparticipación entre cada uno de los niveles “inferiores”, entre ellos, y sobre el nivel desplegado y explicitado (en un amplio sentido pues incluyo cultura y sociedad). Sobre el Segundo o Tercer Nivel ha de influir el nivel cósmico y, por la misma correspondencia unitiva, de alguna manera la unidad del “nosotros” también ha de tener su influencia (coparticipación) activa cósmica.

Como señala David Peat “en lugar de reducirse la naturaleza a lo material, el concepto de la materia se ha extendido hasta regiones de una intangibilidad infinita”. Y esto no solo es por el descubrimiento de conformaciones subyacentes que dan una nueva visión que supera la clásica mecanicista que se expansionó en los últimos 500 años, sino porque además se ha introducido la variable “significado”, es decir, la realidad de entender con un nuevo fundamento las partes como un todo.

La idea de un campo activo de información “que se revela en las estructuras de la naturaleza y de la materia que tiene infinitos niveles de sutileza, sugiere que el orden integro de la naturaleza puede ser más complejo de lo que se suponía”.

Siguiendo los conceptos del físico David Bohm se llega con otras palabras a la misma conclusión. Este autor considera que el mundo real que vemos es un orden “explicado” pero que en el fondo hay un segundo orden “implicado” que es el que sustenta y origina el primero, externo, que conocemos. Además habría detrás del orden implicado un orden superimplicado capaz de “percibir” los órdenes del mundo y después utilizar esta información de un modo activo. “El nivel material (externo) es percibido por el nivel mental que actúa recíprocamente sobre el desplegamiento del lado material. De este modo la `información activa´ dentro del nivel más profundo cambia constantemente reflejando la dinámica de las relaciones dentro del nivel explicado”. Se establece así un flujo mutuo entre los órdenes mentales y materiales de la naturaleza que son, en un sentido más profundo, esencialmente indivisibles.

Para no alargar aquí más el texto, en nota al pie pongo la explicación que hace David Peat según los cánones de Bohm.[4]

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         Todo nuestro organismo funcionando según un significado: si tenemos una infección no es algo local o solo del sistema inmunológico; hemos de tener en cuenta el significado de la estructura del germen, el significado del patrón de enfermedad. El significado del organismo entero, de cada uno de nosotros, es “su actividad inteligente coordinada durante la buena salud”, por lo que, al entender de David Peat, la enfermedad evoluciona por una degeneración o ruptura del significado y así se entendería que ante situaciones de estrés se hayan descrito mayor número de enfermedades físicas y psíquicas. Pero además entendamos el significado no solo en el organismo y su funcionamiento sino también con la información activa que entre los diferentes niveles se produce.

Solo una última pregunta: si tenemos todo este potencial ¿por qué las sincronicidades no están constantemente en nuestro día a día, y no utilizamos todo nuestro poder creador que proviene de la información activa de los diferentes niveles? La respuesta de David Peat es que en la evolución del hombre éste ha desarrollado un “sí mismo” que se ha aislado más y más de la participación con la naturaleza, un “sí mismo” atrapado en el orden sucesivo del tiempo. Pero esto ya sería otro tema.

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[1] F. David Peat. Sincronicidad (puente entre mente y materia). Editorial Kairós, Barcelona, 1989. Va a ser nuestra obra cifra de referencia. Este libro está en internet en http://www.arteuna.com/talleres/lab/peat-f-david-sincronicidad-puente-entre-mente-y-materia.pdf

[2] David Peat pone un ejemplo con el comportamiento del moho del cieno (Slime molds) y también con el comportamiento de los metales, para señalar la unificación real del mundo cuántico y del mundo “material” externo: En los metales, por ejemplo, los electrones, parte de ellos, están como nube de electrones cuasi-independientes. Si se aumenta la energía, por ejemplo el calor, cuando llega el punto crítico, entonces, el caos electrónico que ha aparecido con ese aumento energético, de repente se transforma en un comportamiento colectivo como un conjunto que se llama “vibraciones del plasma” habiendo a la vez movimientos fortuitos de electrones y participación simultánea. En otras palabras, dentro del movimiento caótico fortuito existe un orden global de modo que la causalidad y el orden se encuentran íntimamente relacionados. Ahora supongamos que se enfría el metal, en ciertos metales al alcanzar una temperatura crítica el comportamiento cambia y desparece toda resistencia eléctrica; el metal se transforma repentinamente en un superconductor. La superconductividad surge de un tipo de orden cooperativo y colectivo: los electrones funcionan de un modo sutil que permite los movimientos cohesivos de la corriente eléctrica, actuando el sistema como un conjunto. Ya, ahora, el resultado es un estado cuántico cohesivo, una  función de onda superconductora que se mide en metros. Hemos pasado de la medición cuántica a la medición de los números “grandes” de la vida cotidiana.

[3] Las conexiones entre los diferentes niveles que se expone a continuación los desarrolla ampliamente y en diferentes capítulos David Peat en nuestra obra de referencia y, aunque resumiéndolos, muchas veces los he extraído literalmente de ahí (creo que por este camino tendremos que avanzar antes o después, pero será un camino obligado en la evolución humana, pues seguimos siendo como una palabra a la que le falta una letra. En este sentido ya escribí en  el artículo sobre Multiculturalismo https://juanrojomoreno.wordpress.com/2016/11/19/multiculturalismo/ )

[4] David Bohm postula un nuevo potencial cuántico que a diferencia de las otras fuerzas de la naturaleza, es sutil de forma y no disminuye con la distancia. La interpretación causal de Bohm sugiere que la materia tiene órdenes y que la información desempeña un papel formativo activo (“información activa”), de modo que una partícula elemental individual está vinculada por medio del potencial cuántico al universo entero. Para él, las partículas elementales surgen de un campo cuántico global y el plegamiento o desplegamiento de este potencial cuántico va a ser guiado o informado por un potencial supercuántico, entendiendo así que la estructura interna de las partículas elementales puede ser de complejidad ilimitada pues son en esencia expresión del universo entero (no hay razón para pensar que en el nivel supercuántico se acaben los niveles de sutileza). Dado que la mente y la materia surgen de un espectro común de orden, es posible extender más este concepto de orden implicado para incluir un segundo orden implicado y sugerir que el movimiento global contiene niveles plegados más profundos y niveles incluso más sutiles de organización. Esto plantea la posibilidad de que la dinámica y estructuración del orden implicado mismo surjan de un segundo orden implicado más profundo. De este modo las formas explicadas de la naturaleza son sostenidas por el movimiento continuo del orden implicado, pero estas formas explicadas proporcionan información al segundo orden implicado que da forma al primer orden implicado. El universo explicado actúa  también siendo parte del contenido de la información activa dentro del segundo orden implicado, que es la fuente de todas las formas explicadas de la naturaleza (y este movimiento de los órdenes implicados y explicados no tiene por qué detenerse en el segundo orden implicado sino que puede extenderse indefinidamente hasta órdenes más profundos e incluso más sutiles). En el caso del cerebro los niveles explicados incluyen los procesos electroquímicos específicos que llevan información y tienen un significado determinado. Los segundos niveles implicados más profundos y otros niveles más allá provocan el desplegamiento de información activa dentro de los procesos nerviosos y pueden alternativamente ser condicionados o informados por ellos. De este modo resulta una serie de niveles entrelazados de significado, información y procesos electroquímicos. Lo material y lo mental, soma y psique, ya no son órdenes distintos de experiencia, sino que se funden dentro de una serie de niveles entrelazados y en su desplegamiento aparecen como “la materia densa” y “la materia sutil”.

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HAND CONNECTED


(“conectados con la mano”)

Inmortalidad, Felicidad y “Divinidad”

Juan Rojo Moreno

El libro de Y. N. Harari “Homo Deus” es atrevidamente interesante y nos va a servir como cita de referencia pues el autor es resonante con una corriente cada vez más intensa que se plantea “qué tipo de ser humano” va a venir en un futuro más o menos cercano.[1] Este planteamiento sería uno más de los que agrada leer pero hay que subrayar ciertos aspectos interesantes que encara.

Un aspecto viene en el sentido que ya planteó Julian Huxley con sus ideas transhumanistas: la evolución humana necesita que se haya superado el umbral mínimo de supervivencia. Plantearnos un evolucionismo hacia un “nuevo hombre” cuando estamos preocupados por sobrevivir alimentariamente no es posible; toda la energía se dedica a la sobrevivencia. Y.N. Harari de forma parecida se plantea que si el ser humano ya ha conseguido (más o menos) controlar el hambre, la peste (infecciones masivas destructivas) y la guerra ¿Qué vamos a hacer con nosotros?

Pero tengamos en cuenta que estamos en plena disonancia histórica. Por una parte antes del descubrimiento de la penicilina (1928 y comercialización a partir de 1940) los cuadros infecciosos hacían estragos no solamente por la mortalidad infantil sino también con las bajas por heridas en guerras y con las diferentes pandemias, como por ejemplo en la llamada Gripe Española que en 1918 afectó a un tercio de la población mundial y mató cerca de 100 millones de personas. Y estamos hablando de un tiempo transcurrido hasta nuestros días deumbral un siglo. Pero también en un tiempo tan breve han habido guerras entre diversos países europeos, países occidentales y otros orientales y dentro de la misma Latinoamérica en el siglo XX han tenido guerras países como Perú, Surinam Argentina (frente a Reino Unido), el Salvador, Guatemala, Cuba, etc.

Y por otro lado es solo a partir de 1980 que empieza efectivamente internet y sobre todo las famosas “www” a partir de 1990, es decir apenas veinte-treinta años. Cierto, los jóvenes de 20 o menos años han aprendido a escribir con las tablets u otros utensilios parecidos a diferencia de los que tenemos significativamente más edad que aprendimos a escribir con las “máquinas de escribir” y muchos tenían que ir a hacer un curso a una academia para aprender mecanografía o a manejarse con cierta soltura con esas máquinas.

Estamos realmente hablando de tan pequeño lapsus temporal que si bien cuando comparamos con hace 150-300 o más años los datos de avance en salud, educación y seguridad son espectaculares, no obstante aún no hemos eliminado realmente las guerras, ni el hambre ni las infecciones, como podemos comprobar con solo darnos un paseo por nuestro planeta.

Pero en los países más avanzados en los que sí que, de forma general, no hay gran dificultad en superar el umbral biológico de subsistencia, la medicina no solo es curativa sino también preventiva y han cesado las guerras entre nosotros (¿quién concebiría ahora una guerra entre Portugal y España o entre Alemania y Dinamarca o Reúno Unido?). En estos lugares podemos plantearnos ¿Qué haremos los humanos si todo el planeta estuviese igual? Creo que así la pregunta reformulada es más correcta[2].

El mundo virtual y de la comunicación nos invade como antiguamente lo hacían las plagas. Hoy cuando alguien te dice que no usa un teléfono móvil te quedas extrañado, como pensando que pueda tener alguna anomalía, es como decirte que no tiene televisión en casa. Nos hemos acostumbrado tanto a los datos y a la información que cada nuevo Smartphone tiene más potencia y velocidad que un ordenador de hace solo 4-5 años. Y si no es así pues lo será el año próximo (los distintos artículos que he leído ya consideran al Smartphone por velocidad, acceso, prestaciones, etc., más “potente” que los PC). En definitiva tenemos todo el mundo de la conexión, de los datos, de la tecnotropía, en la mano. Como ya señalé en un pie de página anteriormente (en 2011) estamos completamente hand-connected (mano-conectados).[3]

La evolución histórica ha supuesto que pasáramos de ser primitivamente cazadores-recolectores (usando las manos como fuente primaria) a luego con la agricultura y la ganadería facilitándose un segundo paso que permitió la organización en grupos mayores (aún prevalecía el uso manual) y luego con la escritura y la moneda se rompe la barrera abriéndose el mundo de la interconexión entre los grupos humanos apareciendo como fundamento el “mundo de la materia”. Considera Harari que ahora hemos pasado del mundo de la materia al del conocimiento.

Por supuesto estoy completamente de acuerdo, pero hay que matizar algo: el conocimiento está llegando “a la gente” ahora no a través de libros ni de PC, sino ahora de nuevo a través de la mano: “mano-conectados”. La radio, la televisión, el PC y el ordenador portátil fueron los primeros pasos de conexión a “todo” pero ahora con los móviles hasta en las reuniones, en las comidas y en las esperas de las paradas del autobús o metro cada individuo mira su mano, mejor, mira su móvil en la mano. La gran revolución de los datos será cuando se supere la velocidad de la mano y sea la voz o el pensamiento el que nos permita acceder rápidamente a los mismos, a la conexión global.

Inmortalidad y Felicidad

         Cierto, cada vez salen más y más expertos, sobre todo referenciando a Silicon Valley, que nos auguran no solo vivir hasta los 125 años (que al parecer es el límite biológico natural) sino el poder vivir con los “arreglos” necesarios, 200 o 300 años o eternamente. Alguna entrevista he visto de personas acreditadas sobre esto  que vienen a decir que el que quiera morirá “cuando quiera” y el que no, no morirá, cumpliendo así la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dice que tenemos derecho “a la vida” (y punto). No dice que tengamos derecho a vivir hasta los 89 o 96 años.

La enfermedad se considera cada vez más como un “simple” problema técnico. Así A. Jores (1967) ya valoró como que la Medicina Pragmática (formulada científico-naturalmente) supone la curación como en un taller de reparaciones y un profesional convencido de la perfección de la técnica. Exige un profesional formado científicamente y adquieren gran relevancia las exploraciones, las radiografías y las pruebas “objetivas”. El especialista se hace más impersonal en la práctica y el paciente se acerca cada vez más a ser “un caso”. El profesional no sabrá nada de la biografía del paciente, solo algo de su historia clínica, y se prefiere que el paciente se conduzca de modo pasivo y que se pliegue a las prescripciones.

Ya es conocida, pues, la visión de ir al médico como a un taller de reparaciones y que lo que no se cura es porque “técnicamente” aún no se conoce el remedio, pero la investigación y la ciencia lo aportará antes o después. La última epidemia del Ébola fue fundamentalmente criticada por la lentitud en actuar de la OMS y de los países civilizados en poner los remedios técnicos para curarla y/o detenerla. Debido a su alta letalidad originó una alarma planetaria y esto teniendo en cuenta que los casos a nivel mundial no han llegado a 25.000. Es evidente que el conocimiento científico y médico actual ha sido mucho más eficaz que las plegarias que se realizaron en los tiempos de la peste negra o de la gripe española.

Con todo esto la idea que sigue habiendo en los centros de investigación más innovadores es que se podrá llegar no a la inmortalidad sino, como señala Harari, a la amortalidad. Aun pudiendo vivir biológicamente cientos de años se podría morir por un accidente.

¿Quieres la Inmortalidad o por lo menos la Amortalidad? Creo que de entrada sin pensárselo mucho todo el mundo diría sí. Ya K. Jaspers se planteaba esta cuestión en relación con la filosofía del Ser[4] y de forma conjunta teólogos, biólogos y filósofos realizaron conferencias con el título “El Hombre y la Inmortalidad” en 1964 sin llegar a ninguna conclusión significativa.[5] Pero aún a la espera de que la investigación nos de la sorpresa ¿deberemos seguir pensando, como señala Bury, que tanto la idea del Progreso Indefinido al igual que la de la Providencia o la de la Inmortalidad no pueden probarse su verdad o falsedad y que exigen un acto de fe? [6]

En el caso de la alquimia china con la preparación del oro se obtenía la “droga de la inmortalidad” y ahora queriendo trasformar la biología en datos manejables, como ocurre en informática, se podría conseguir esta interacción bio-tecnológica que permitiera la potenciación de la naturaleza humana más allá de lo programado. En eso se está. Y lo cierto es que cuando podamos generar órganos y tejidos, o regenerarlos, a partir de algoritmos y datos personalizados, como dice Harari: “si la ciencia hace progresos importantes en la guerra contra la muerte, la batalla real pasará de los laboratorios a los parlamentos, a los tribunales, a la calle”.

Podríamos pensar que el tener acceso a la inmortalidad esto nos dará la felicidad, aunque nada absoluto, per se, ha hecho feliz hasta ahora al ser humano. El aumento del PIB en los países avanzados ha mejorado las condiciones de vida pero no ha mejorado los “índices de felicidad”. Por ejemplo, ha mejorado la prosperidad pero han aumentado sus índices de suicidio. Y los niveles subjetivos de bienestar no cambian en estos países avanzados cuando se les compara con cómo estaban hace 60 años.

Uno de los grandes problemas para adquirir la felicidad es que no es lo mismo que adquirir placer. Se pueden tener sensaciones placenteras de forma muy diversa. Algunas de ellas nos liberan endorfinas que son las sustancias propias del “bienestar” en el cerebro. Como ocurre cuando se hacen deportes de riesgo, en las relaciones sexuales, o al conseguir un éxito. Pero esto puede tenernos contentos un rato, un día, una temporada, pero no por ello sentirnos más felices. Para conseguir la felicidad -apunta Harari- “los humanos necesitan desacelerar la búsqueda de sensaciones placenteras, no acelerarla… el segundo proyecto del siglo XXI, garantizar la felicidad global, implicará remodelar al Homo sapiens para que pueda gozar del placer perpetuo”. Bueno, según este autor es una cuestión bioquímica. Creo que por ahí van los tiros de la sociedad del consumo. El otro día estando viendo las noticias, entre las personas que me acompañaban había dos jóvenes de alrededor de 20 años que apenas hacían caso de las crónicas hasta que llegó una: el salón o feria de informática y nuevas tecnología (o algo así) mostraba que ya está casi al alcance que podamos controlar la casa, el coche, el frigorífico, todo mediante datos y computadores que “harán todo”. Esto sí que les interesó. Por lo menos su “sentido” de felicidad está mediatizado por el mundo de los datos y de la red informática que les libere de tiempo y les de seguridad. Pero ¿cómo ocuparán el tiempo? ¿Inmersos en nuevas estructuras kinéticas de datos y más datos?

Según Y.N. Harari la evolución seguirá uno de estos tres caminos: ingeniería biológica, ingeniería ciborg o ingeniería de seres no orgánicos. En cualquiera de esos casos se podría conseguir la inmortalidad o la felicidad pero solo a consta que desaparezca la conciencia. La conciencia no puede ser datificada y por ahora no tiene viso de poder ser algoritmizada

Bertrand Russell cree que es posible la felicidad, y son factores que la favorecen el entusiasmo, el afecto, la familia, el trabajo, los intereses personales, el esfuerzo y la resignación.[7] Esto no tiene especial interés en la ingeniería biológica, ciborg…Pero quizá es porque Russell ha sido un hombre del siglo XX y no del XXI. El tiempo lo dirá.

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[1] Yuval Noah Harari. Homo Deus. Breve historia del mañana. Editorial Debate, 2016. En el sentido del planteamiento del “tipo humano” que ha de venir serían incontables los autores que ya hablan o han hablado de esto; entre ellos  nombrar a A. Toffler, E. O Wilson, M. Minsky,  M. Rojo Sierra, P. Muñoz Soler, J. Huxley, M. Houllebecq, E. Laszlo, J.L San Miguel de Pablos, J. León (entre otros muchísimos).

[2] Y.N.Harari en su revisión sobre las muertes por violencia señala cómo mientras que en las sociedades agrícolas la violencia humana originaba el 15 por ciento de todas las muertes, en el siglo XX solo causó el 5 por ciento y en el siglo XXI es solo responsable del uno por ciento de la mortalidad global; mata más la diabetes que la violencia. Pero habría que apostillar que no es lo mismo pasearse y vivir en un país como Islandia o Dinamarca o hacerlo en Colombia o Venezuela. Por no nombrar los países que tienen “situación de conflicto armado o guerra”.

[3] En página 39, pie de página http://clinicaprofesor-rojo.es/images/librohombrecosmico.pdf

[4] Karl Jaspers. Filosofía.Tomo II. Ediciones de la Universidad de Puerto Rico. Revista de Occidente. Madrid, 1959.

[5] El Hombre y la Inmortalidad. Norbert M. Luyten (Orden de los Predicadores, teología católica); Adolphe Portmann (biólogo); Karl. Jaspers (médico y filósofo) y Kark. Barth (teología protestante)

Este libro de Ediciones Troquel, Buenos Aires, 1964, corresponde a 4 conferencias pronunciadas en la radio en Alemania sobre este tema.

[6] John Bury. La Idea del Progreso. Alianza Editorial, Madrid, 1971. Sobre esto ya escribí “Injusticia y progreso. Las tres humanidades” https://juanrojomoreno.wordpress.com/2015/09/25/injusticia-y-progreso-las-tres-humanidades/

[7] Bertrand Russell. La conquista de la Felicidad. Selecciones Austral. Espasa Calpe. S.A, 1978 (primera edición 1930).. Escribí un artículo sobre esto denominado “Felicidad. Filosofía del sentido común” https://juanrojomoreno.wordpress.com/2014/03/22/la-felicidad-filosofia-del-sentido-comun/

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PASEANDO CON LA MUERTE


¿Vivir sano hasta los 125 años? ¿Eutanasia?

Juan Rojo Moreno

Un amigo me recomendó el libro del Dr. Domingo García-Sabell “Paseo alrededor de la muerte” y ciertamente presenta una aguda perspectiva fenoménica y reflexiva del problema. [1]   Señala este autor que se trata de rodear la muerte pues ésta es impenetrable y nadie puede definirla. Muchos filósofos -y actualmente también físicos- se han planteado el problema de la muerte (recordemos entre ellos a Heidegger, Sartre o Jaspers) mas el planteamiento de la muerte solo es posible por su ausencia: “la muerte es una presencia que es ausencia”. Todo lo que se escribe sobre la muerte solo es útil para ayudarnos a defendernos, psicológica, emocional o racionalmente de la fatalidad que ésta supone. Hablar de la muerte es, más que ello en sí, hablar de lo que rodea la muerte y de cómo defendernos de ella. Como no podemos hablar realmente de la muerte, y  los sustitutos son solo rodeos, es por lo que la vivencia que el ser humano tiene desde su juventud es fundamentalmente  de “eternidad”. Se defiende de la muerte pensando que eso es algo que a otros les llega pero a él puede que no, o prefiere ni pensarlo o si lo piensa mejor desecharlo pronto. Porque hablar de fatalidades es fundamentalmente vivenciar angustia. Si le damos forma, imagen o caricatura entonces la cosificamos y podemos intentar defendernos mejor.

La sociología inglesa, por ejemplo en Geoffrey Gorer, afirmó que el gran tabú del siglo XX era la muerte, pero ahora en el siglo XXI tenemos que preguntarnos si el tabú principal no es, así mismo, la vejez, la senescencia, la vejencia (los llamados también Adultos Mayores). La muerte es tabú porque supone una desconexión, pero la vejez es casi peor pues supone un aislamiento, un desvalimiento, una separación. El mundo actual está saturado de mensajes que valorizan la persona que es intervencionista proactiva, dinámica, resolutiva y sobre todo adaptativa. Quien no cumpla con esto ya está fuera del juego de la vida. La vejez no supone obligadamente dejar de ser todo esto pero quizá de “otra manera” y esa otra manera no es hasta ahora concebible al ser entendida la vejencia como periodo de decadencia. No se valora el perspectivismo sino solo el activismo. Pero un activismo que debe ser muy representativo, muy escenificante, y la vejez pierde escena y pierde capacidad de representatividad.

Quizá esto sea debido, como señala García-Sabell, a que en nuestro tiempo se vive diariamente el contraste humillante entre las facilidades técnicas y los desvalimientos del pensamiento; el poderío de las máquinas no va parejo con el poderío del conocer, y de ahí que hoy sea fácil auscultar en la gente de los países civilizados un cansancio por la larga búsqueda de lo problemático y misterioso y una favorable acogida de todo lo que resulte sencillo, esquemático y lineal. El irracionalismo contemporáneo es consecuencia de ese cansancio existencial.

Un hombre que está muriéndose precisa morir, así como un hombre que está durmiéndose precisa dormir, y llega un tiempo en que resistir es un error, además de ser inútil (escritor Alsop)[2]. El problema con la vejez es que tenemos que alcanzar un envejecimiento natural sin que la patología sea lo que  la defina y, entonces, diremos igualmente que una persona envejeciendo precisa tener su vejez que no debe ser postrera sino la continuidad del ciclo vital. Esto lo plantea García-Sabell preguntándose: ¿hay una auténtica fisiología de la muerte, lo que podría llamarse una muerte “normal” por agotamiento universal, o el acabamiento del sujeto resulta indefectiblemente de un suceso patológico, la secuela de una afección clínica bien delimitada? ¿De dónde viene el acabamiento del continuum vital? ¿Del organismo autónomo o de las agresiones a que ese organismo está continuamente expuesto?

Aún no tenemos la respuesta a estas preguntas pero estudios genéticos puede que, más pronto que tarde, den alguna solución. De todas maneras para ser viejos hay una condición necesaria aunque parezca banal: hay que tener años. Un joven con arterioesclerosis precoz será viejo circulatoriamente pero no estará en el continuum vital de la vejencia. Y si en ese continuum vital la vejencia es una realidad somática originaria y natural no debemos negar la posibilidad de que exista así mismo una muerte natural.[3]

¿Cómo entender entonces una disminución en cantidad y calidad de las funciones orgánicas, propias de la vejez, sin una organicidad así mismo propia de esta situación? ¿Se llegaría a la muerte natural completamente sanos? Desprendiéndonos de ficciones científicas, a día de hoy no es esperable llegar a los 125 años con salud sin encontrar rastros de vejencia en los diferentes órganos corporales, pero hay que tener en cuenta fundamentalmente dos variables. Primera, que el envejecimiento no es uniforme en todo el organismo; parece que nuestro reloj genético tiene diferentes ritmos y así no es raro encontrar a personas de 90 años con un sistema cardiopulmonar en aceptables condiciones pero con una demencia o una importante deficiencia funcional renal. Otras veces nos encontramos a personas de estas edades que se mueven con admirable agilidad, mas un día tras un movimiento extraño aparecen dolores por todas partes e invalidez: claro que las pruebas indican una grave osteoporosis, pero ¿no existía esta afección 6 meses antes? Esto nos lleva a la segunda variable: el equilibrio. Recuerdo a pacientes nonagenarios y centenarios que los he visto activos un año y en condiciones muy buenas “para su edad” y al año siguiente ya no han vuelto a la visita. Un resfriado, una caída o cualquier otra patología muchas veces, en apariencia, menor ha desencadenado una descompensación global y su muerte. Esto ha sido estudiado por múltiples médicos que han encontrado en personas centenarias que disfrutaban de una envidiable salud y que han fallecido por una gripe o una lesión, y en la autopsia se encontró (casos de Vischer y Rouler, 1952) “arterioesclerosis generalizada, especialmente avanzada en la aorta abdominal y en las extremidades inferiores, con trombosis de ambas femorales, poplíteas y tibiales, enfisema pulmonar crónico”.

Se habla de los genes relacionados con la juventud y la vejez, pero lo que no sabemos es si genética o epigenéticamente somos capaces de activar un “gen de la compensación, del equilibrio”. El problema no es, muchas veces, cuanto peso tenemos en cada platillo de la balanza sino si ambos platillos están equilibrados. ¿Qué nivel de homeotonía tenemos cada uno? Laín Entralgo entiende que al igual que se habla de homeostasis (desde Cannon) no es impertinente hablar de homeotonía (alguna clase de fuerza o vigor) como condición de la normalidad funcional del organismo en su conjunto y de sus órganos.[4]

El problema de la vejez no es la muerte. El problema es la soledad, el aislamiento y la agonía. Los viejos sanos pueden combatir estos tres aspectos, no así cuando se produce el desequilibrio. Quizá la solución venga por varios caminos. La técnica busca la solución en la genética y el positivismo naturalístico pragmático en la epigenética. Otro camino aún no trillado es el de la vivencia del tiempo. Sabemos que el tiempo no existe como tal sino que lo que existe es una vivencia del mismo. Por esto el tiempo se puede parar y en condiciones físicas extremas incluso teóricamente retroceder. Muchos pacientes padecen vivencias de alteraciones del tiempo vivenciado y así mismo ocurre en personas que agonizan y también en los que estuvieron en campos de concentración. Como dice V. Frankl la permanencia en el campo de concentración podía ser considerada como provisional, pero era una provisionalidad sin final. De ahí la especial vivencia del tiempo. Como en el agónico consciente, señala García-Sabell, se trata de una vivencia deformada en la que el tiempo parece, por un lado que se alarga inacabablemente, pero por otro que se encoge hacia el futuro de un modo intolerable.

En el periodo de la decathexis (periodo final) la intervención médica puede abrir, en el futuro, una acción sobre el tiempo vivido. El sufrimiento sin tiempo vivenciado, alargado o acortado o distorsionado, tendrá que ser valorado cuando podamos actuar sobre esta variable. Llama la atención cuantos estudios hay para sedar a los pacientes terminales y la falta absoluta de estudios sobre la vivencia del tiempo y su actuación sobre ella en estos pacientes.

¿Eutanasia?

La eutanasia es un verdadero lio. Todo el mundo debe estar de acuerdo con ella teniendo en cuenta su concepción antigua: felici vel honesta mori. La muerte tranquila, paulatina, la muerte hermosa, sin sufrimiento. Y en la que el médico aplicaba su “arte” para conducirla.

No obstante, el problema es que han ido apareciendo más y más clases de eutanasias y como señala García-Sabell (y cita a Usener) nacieron las clasificaciones y con ellas paradójicamente las confusiones. Fuimos víctimas del lenguaje y el “lenguaje piensa por nosotros”, la palabra eutanasia se puso a andar y, de esta manera, habló por ella misma. Ya Bacon habló de una eutanasia exterior, lo que hacía entender que había una eutanasia interior, luego se pasó de pensar en facilitar la muerte y acortar la vida cuando no tiene sentido o es intolerable y desde 1974 con el eslogan “muerte con dignidad” se desarrollan las ideas de una eutanasia pasiva (no prestar auxilios) y una activa (“mercy killing” o muerte por compasión). También se habla de una eutanasia lenta (slow euthanasia) en los ancianos que se prolongan sus achaques durante años en centros, y la eutanasia social e incluso se ha realizado la eutanasia racial. Cada “forma” de eutanasia origina debates religiosos, sociales, morales y legales. Y se desarrollan sobre una misma cuestión debates sutiles sin fin, siendo, al final, que cuanto más se profundiza la confusión es lo predominante. Nuestro autor de referencia plantea una dificultad añadida que no suele ser frecuente en el análisis general: “consiste en el momento dramático en que agotadas todas las posibilidades terapéuticas el médico reduce o anula las medicaciones específicas e introduce los calmantes. Mas éstos no son absolutamente inofensivos, también ellos de alguna manera aceleran lenta, imperceptiblemente, el final. Y como el clínico nunca llega al nihilismo terapéutico  absoluto y los familiares exigen angustiosamente que se haga algo, el médico movido por razones humanitarias, muy respetables, prodiga de estas sustancias. He aquí la eutanasia de todos los días, la eutanasia cotidiana que no tiene publicidad. Nos movemos -acaba este párrafo el autor de referencia- dentro de la agonía, en un terreno sumamente resbaladizo, sumamente discutible”.

Con un nombre u otro, la realidad es que cada vez más alargamos la vida, conseguimos más ancianos con mejor calidad de vida pero por otra parte estamos en muchos casos, al decir de nuestro autor, cultivando agonías.

La cuestión de la eutanasia nos lleva directamente a otro problema como es el de las personas que son mantenidas artificialmente en sus funciones cardio-respiratorias sin posibilidad de recuperación del individuo. En este sentido es muy clara la opinión de García-Sabell que pongo literal: “El cadáver es el gran fracaso de la medicina. Alguien falleció, y ese alguien falleció porque nosotros no fuimos capaces de evitar que muriese. La ciencia positiva está inerme ante muchos morbos. Tiene bastante sentido revelador el llamar muerte parcial al aniquilamiento de la persona humana con conservación asistida de las funciones respiratoria y circulatoria. El semicadaver es un sustituto. Sustituye la vida sin asumirla del todo y sustituye la muerte sin descartarla del todo. Es la sustitución accidental del fracaso operativo de la Medicina. En el semicadaver triunfa, de momento, la eficacia de la técnica y triunfa justamente porque antes perdió la lucha con la dolencia”.

Cuando desparece el otro, amigo, familiar, esté o no el cuerpo asistido, lo sentimos en la intimidad porque en el recuerdo que nos queda hay dos características: la primera es que rebautizamos a la persona (“la muerte tiene potencial bautismal”) pues ya no es ella en sí sino la imagen que nos ha quedado; imagen y sentimiento del pasado que lo podemos actualizar al presente pero nuca al futuro. En segundo lugar, el otro, como alteridad, ha desaparecido, no puede ya formar más un “nosotros” una nostridad compartida. Y por esto sentimos tanto su muerte pues en esa nostridad que tuvimos, al fallecer se ha llevado una parte de nosotros. Yo soy yo y mis circunstancias decía Ortega y realmente entre las circunstancias también está que yo soy porque los demás existen, porque soy para los demás. Ser, sin alteridad es un autismo estéril. Nosotros en el recuerdo nos llevamos una parte del otro pero también el fallecido se lleva una parte de mi singularidad. Singularidad que con los más íntimos es más auténtica y por esto más sentida la falta, la muerte, de los más cercanos.

Unas últimas palabras acerca del diagnóstico.

Las aportaciones de la psiquiatra E. Kubler-Ross (1926-2004) sobre las fases y modos de enfrentarse a los diagnósticos de enfermedad fatal o terminal se pueden resumir en: Fase de choque “traumatismo tanático”, Fase de negación, Fase de cólera, Fase de la depresión, Fase del trato con la dolencia, Fase de aceptación y Fase de la ruptura de la comunicación (la decathexis) (la decathexis es el décimo estadio de la agonía según la medicina griega. En realidad la fase última. Como en el sistema moderno solo se admiten, en general, siete, se conserva el prefijo “deca”, diez, como equivalente de la fase final.

Aparte de la magnífica contribución de esta psiquiatra que ayudó tanto a la corriente “por una muerte digna” (aunque nunca formó parte del movimiento de cuidados paliativos) hay una tendencia actual a decirle al paciente rápidamente y con claridad su enfermedad y el pronóstico (malo) que puede tener. Independientemente de las ventajas o inconvenientes que tenga esto al tomarse como regla general y no individualizarse la realidad del “momento” diagnóstico, García-Sabell aporta un matiz que es importante y que deberíamos tener en cuenta en cada caso, y más ahora que tanto se habla de la medicina “personalizada” (aunque muchas veces en ésta se olvida las características personales humanas del enfermo). El matiz que aporta este autor es que aunque la agonía siempre se ha considerado como el camino que lleva a la muerte, no obstante, existe una agonía larga que comienza en el momento del diagnóstico que para ciertos pacientes “aunque la situación no sea clásicamente agónica, es decir de postración, la agonía [que sufren tras el diagnóstico] es ya la muerte. La muerte definitiva” [antropológica, existencial].

El diagnóstico no es solo un bit informativo (técnico); es un bit humano, muchas veces encarnado de vida o muerte. Y una medicina personalizada no solo ha de exigir un tratamiento personalizado sino también un diagnóstico, a todos los niveles, individual, personal y por lo tanto biohistórico.

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[1] Domingo García-Sabell. Paseo alrededor de la muerte. Alianza Editorial, Madrid, 1999. Va ser nuestra obra cifra de referencia.

[2] Escritor Alsop, citado por Domingo García-Sabell

[3] Un estudio publicado en la revista Nature indica que de forma “natural” el ser humano no puede vivir más de 125 años. Otra cosa serán las mejoras por actuación  o manipulación sobre nuestra naturaleza.

http://www.nature.com/nature/journal/v538/n7624/full/nature19793.html

Y también tengamos en cuenta lo poco preparados que están muchos países para médicamente afrontar esta vejencia como se puede ver, por ejemplo en el artículo “El hospital ignora la vejez” http://www.diariomedico.com/2016/12/05/area-profesional/sanidad/el-hospital-ignora-la-vejez

[4] Pedro Laín Entralgo. Cuerpo y alma. Espasa Calpe, 1991. Igualmente recoge un término de Waddington: homeorresis (reo: correr fluir) que estaría más indicado utilizar en nuestro caso del “equilibrio” de la salud en la vejez. Con todo esto nos podemos preguntar: ¿Cuál es el nivel de homeotonía que tenemos cada uno? ¿cómo se desarrolla en nuestra vejencia la homeorresis? ¿Podemos influir genética o epigenéticamente en ambas variables para una vejez saludable y equilibrada?

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ENFERMEDAD MENTAL Y SUFRIMIENTO


Juan Rojo Moreno

         La primera edición en castellano de la obra de Hans Selye “Stress” (1954) tiene como primer subtítulo “sufrimiento” y como segundo “tratado sobre el Síndrome General de Adaptación y las Enfermedades de Adaptación”.[1]

El sufrimiento aparece así vinculado a la vida  siendo que ésta siempre permanece en una continua situación adaptativa. Claro, que cuando abarcamos el campo de la enfermedad mental parece lógico entender que el sufrimiento va a ser mayor, en primer lugar por tratarse de una enfermedad y, en segundo lugar, porque el aspecto mental o psíquico está muy especialmente relacionado con la adaptación.

Cuando indagamos en los buscadores de internet “psicópatas asesinos” hay más de 4000 resultados y solo con Psicópatas tenemos 933.000 resultados.

Pero llama la atención que cuando indagamos en la relación  sufrimiento-enfermedad mental o psíquica, apenas aparece un número pequeño de manera directa. Si entrecomillamos “sufrimiento y enfermedad psíquica” nos aparecen 3 resultados, en el caso de que utilicemos esa relación con “enfermedad mental” aparecen 6 resultados y si escribimos “sufrimiento de la enfermedad mental” tenemos 19 resultados.

Y la mayoría, de las pocas referencias existentes, son testimonios de los propios pacientes psíquicos, algunos de los cuales han hecho su propio blog [2] o, en casos aislados de algún capítulo de libros de medicina general, aparece una página dedicada al sufrimiento  y enfermedad mental. La CEI (Conferencia Episcopal Italiana, 2004) para la Jornada Mundial del Enfermos, alude a una reflexión particular “en relación al sufrimiento y enfermedad psíquica, que con bastante frecuencia se mantiene al margen porque no se comprenden y son embarazantes”.

Curiosamente, cuando introducimos estos términos en inglés “Suffering and mental illness” (también entrecomillados) aparecen 200.000 resultados en la búsqueda. Demasiada diferencia  para que se  deba solo a un diferente acceso a internet entre la población hispanoparlante y la angloparlante.

Decía en 1996 J. Bobes que los especialistas en psiquiatría no podíamos iniciar el siglo XXI sin conocer sistemáticamente el nivel de calidad de vida así como el nivel de discapacidad de nuestros pacientes (2b).

No soy muy optimista en que se haya cumplido ese “sistemáticamente” a día de hoy.

He revisado más de veinte Tratados y Manuales de psiquiatría, desde 1963 hasta 2015, desde el más reciente (Sinopsis de Psiquiatría, Kaplan y Sadock 2015) de EEUU, hasta antiguos Manuales y Compendios de Psiquiatría (R. Cavanagh 1963, Th. Spoerri 1965, H. Ey 1965 y Weitbrecht 1970) y diversos tratados de diferentes años y países. [3]

No me cabe duda que en todos estos Tratados de Psiquiatría que he revisado, en sus páginas, se haga alguna mención al sufrimiento de alguna de las patologías psíquicas, pero en el índice alfabético solo en tres de ellos he encontrado una referencia explícita y, curiosamente, los tres son ya antiguos. Uno es el Tratado de Psiquiatría de CH.K. Hofling (1965) que hace referencia al sufrimiento psíquico en los desajustes conyugales. De una manera más directa H.J. Weitbrecht (1970) en su Manual de Psiquiatría ya habla de Sufrimiento y Enfermedad, explicando como el sufrimiento de por sí no es suficiente para definir un diagnóstico y señala: “una persona que según el equívoco uso del lenguaje está `enferma´ de nostalgia, de amor desdeñado o de ambición insatisfecha sufre muchísimo pero sin embargo solo está `enferma´ metafóricamente. Empezamos a navegar conceptualmente cuando tomamos el sufrimiento de un estado como criterio para decidir enfermo o no enfermo. Un paralítico general alegre y expansivo sufre tan poco de la enfermedad destructora de su personalidad como un maniaco placentero. Si en raros casos excepcionales se habla de que determinada reacción de la personalidad (neurosis) tiene `valor de enfermedad´, no hay que entenderlo literalmente pues el sufrimiento o la perturbación únicamente quiere caracterizar la extraordinaria proporción de la reacción anormal y sus consecuencias”.

Desde el punto de vista psicoanalítico K. Horney (1937) observó que los conflictos que presentan las personas neuróticas son diferentes de los conflictos normales. En el neurótico “la necesidad de cada movimiento en una dirección contradice inmediatamente la desesperación de un movimiento que impulsa en otra dirección y revela la absoluta incompatibilidad de las posibilidades”. En estos pacientes, dice Horney, hay sufrimiento en virtud del hecho de verse impulsados en direcciones divergentes y el sufrimiento puede ser un medio para expresar acusaciones o una técnica para manipular a otra persona.

Solo un tratado de psiquiatría más actual incluye el sufrimiento en su índice cuando define la enfermedad mental : “Sin aludir a la etiología, una definición general operativa del trastorno mental podría ser: el conjunto de síntomas que comportan sufrimiento subjetivo e interfieren notablemente en la vida del sujeto o suponen una ruptura biográfica con pérdida objetiva de las coordenadas de la realidad así como trastornos del comportamiento no clínicos que conllevan importantes conflictos en la relación interpersonal y/o social” (J. Vallejo Ruiloba, 2005).

Por todo esto es necesario que hagamos una referencia explícita a esta importante realidad del sufrimiento en la enfermedad mental que voy a esquematizar en varios apartados que vienen marcados por las características MAD (Marginación, Aislamiento, Disregulación).

1- El sufrimiento del enfermo psíquico.

Es más conocido el sufrimiento que padecen los enfermos depresivos, menos el que padece los enfermos ansiosos y menos aun cuando hablamos de los pacientes delirantes. En conjunto podemos entender, grosso modo, los síntomas dentro de dos categorías. Primera: síntomas primarios o secundarios, segunda: síntomas homónimos o heterónimos. Estos conceptos son importantes para concebir el sufrimiento del paciente mental:

Síntomas primarios y secundarios. Síntomas homónimos y heterónimos.

Los síntomas primarios significan que son vivencias específicas de la enfermedad. De esta manera no es lo mismo que una persona por aburrimiento no disfrute de algo, a que una persona con depresión padezca anhedonia (del griego “falta de” hedoné, “placer”, es la incapacidad para experimentar placer, la pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades). En el caso de la persona sana la falta de disfrute es secundaria a su estado de aburrimiento o que no le gusta estar donde está, en el caso de la depresión la anhedonia es primaria, es decir, propia de la enfermedad. En las psicosis los pacientes padecen ideas delirantes primarias y por lo tanto es imposible convencerles que no son “reales” pues las vivencian así por su propia enfermedad. W. Mayer Gross (1889-1961) psiquiatra alemán, que por ser judío ejerció la parte más productiva de su vida en UK, utilizó el término “primario” para considerar a estos síntomas al mismo tiempo como típicos y originarios, y distinguió entre síntomas primarios y secundarios: así cuando una alucinación provoca que el paciente desarrolle una explicación delirante de la misma (por ejemplo, una alucinación olfativa que tiene el paciente y entonces desarrolla el delirio que le quieren envenenar) el síntoma primario es la alucinación y el delirio “que le quieren envenenar” es secundario.

Por su parte Karl Kleist (1879-1960) distingue entre síntomas homónimos y heterónimos. Los homónimos son aquellos que la persona sana puede empatizar o revivir. Una persona sana puede decir que ha estado alguna vez triste, con ansiedad, alguna vez no ha tenido disposición para hacer las cosas o poca capacidad de disfrute. Estos son síntomas que se dan en la depresión y en trastornos de ansiedad y una persona sana puede decir que “de alguna forma los ha tenido también”. De aquí viene el mal entendido que algunas personas sanas consideren que la enfermedad ansiosa es solo “un problema de control” y la enfermedad depresiva “solo un problema de voluntad” pues ellos han podido controlarse sus nervios y con su voluntad superar sus tristezas y adversidades. Pura incultura, claro, pero que se entiende por esta vivencia de homonimia. No han caído en la cuenta que las vivencias en los trastorno de ansiedad y en la enfermedad depresiva, por ser una enfermedad, de forma primaria están impidiendo el normal desarrollo vital, cognitivo, social, laboral y en definitiva existencial del paciente.

Por su parte el concepto de síntoma heterónimo hace referencia a que no pueden ser revividos por la persona sana: no se puede revivir por un sano un delirio de hechizamiento o envenenamiento o un delirio de control o persecución o un delirio de sosias (tus padres han sido cambiados por otros que tienen la misma forma pero no son ellos). Las alucinaciones no se pueden revivir ¿Quién puede revivir alucinaciones dialogadas en su cabeza? Nadie sano tiene “un poquito de alucinación acústica o visual”. Debido a la extrañeza de estos síntomas heterónimos, que fundamentalmente aparecen en los cuadros psicóticos, es por lo que estos pacientes han sido más marginados, temidos y estigmatizados. Y sobre todo más que por extrañarse de sus vivencias por lo inesperadas que pueden parecer ser sus expresiones o conductas.

Una vez explicado esto, podemos entender el sufrimiento del paciente psiquiátrico no solo por lo que padece en sí, sino además:

a) Por la incomprensión de los demás de su enfermedad.

b) Por la imposibilidad de desarrollar una transitividad (comunicación viva) de su ser y estar en el mundo con los demás.

c) En el caso de las enfermedades con síntomas homónimos el sufrimiento está muy relacionado con la incapacidad de transitar:

  • en el caso de los depresivos con una vitalidad suficiente como para poder “funcionar”, compartir, convivir.
  • en el caso de los pacientes angustiosos y ansiosos con un sosiego suficiente que no les haga disregulados, emocionalmente inseguros, relacionalmente inestables, corporalmente inciertos.

El paciente enfermo mental con síntomas homónimos sufre con sus síntomas y por la imposibilidad de mantener la relación transitiva con los demás.

d) En el caso de las enfermedades con síntomas heterónimos (psicosis, delirios, esquizofrenia) el paciente pierde su “stand”, su conexión comprensible por los demás. Los delirios y alucinaciones le alejan del mundo consensuado. Su sufrimiento está muy relacionado con la extrañeza, con el aislamiento, con la imposición. El sufrimiento del paciente paranoide que siente las autorreferencias cuando en al autobús nota que le miran y/o murmuran de él, o del que está seguro que en su casa los vecinos le controlan o espían mediante “ondas electromagnéticas” o están organizados para fastidiarle, no es un sufrimiento por las vivencias sino por la imposición de los demás en su mundo, por la intromisión en su intimidad, por la imposibilidad de comunicación, ni siquiera misericorde, que puede originar en la familia y cercanos el depresivo o el ansioso.

Marginado, Aislado, Disregulado (MAD) el sufrimiento del enfermo mental no es una elaboración, no es secundario, sino que es constitutivo de la dificultad de mantenerse coherente con los demás en el mundo compartido.

Y el sufrimiento, como señala H. Selye (1954), “debe despertar la urgente necesidad de ayuda”.

1.2- El sufrimiento en el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

En psiquiatría cada enfermo tiene su particularidad pues no solo es importante en él la clínica, sus síntomas el grupo diagnóstico (enfermedad ansiosa, depresiva, trastorno de personalidad, psicosis…) sino también su evolución e historio-biografía. Pero sin entrar en particularidades de cada uno de los diferentes apartados, sí he querido traer a colación específicamente el grupo de los Trastornos de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) porque como señala  el Dr. Russell Barkley (2010), el TDAH es algo más que un problema de atención. [4]

Señala este autor cómo el mayor problema que se ha tenido como grupo a la hora de convencer al público en general  en relación con el déficit de estos niños, al compararlo con el autismo, la esquizofrenia o cualquier otro trastorno… es el propio nombre en sí mismo. Es trivial.  ¿TDAH? Para muchos no es más que un problema de atención.  Parte de la razón de que el nombre de este trastorno esté tan denostado por los medios es porque el nombre está mal puesto. Este es un trastorno del desarrollo, de la auto regulación, no de la atención. Referirse al TDAH como inatención –sigue R. Barkley-  es como referirse al autismo como palmotear y hablar raro. Esos son los síntomas más obvios de un fallo en el desarrollo de la habilidad para relacionarse con otros como humanos. Y eso es lo que es el autismo en realidad. El resto, son solo un conjunto de síntomas más superficiales. Uno de los descubrimientos más profundos de la investigación sobre TDAH es que es un trastorno neuro-genético. Y entonces tenemos que aceptar lo que implica. Si el TDAH es un trastorno de auto regulación, entonces, ésta es de origen neuro-genético. Esto supone una conclusión filosóficamente profunda.  Gran parte del manejo del comportamiento no depende de cómo se es educado sino de las dotes neuro-genéticas. Así que me gustaría -sigue Barkley- que los padres entendieran algo que la mayoría de la gente no entiende: el auto control no es aprendido. No es el resultado de vuestra educación o de lo buenos que fueron vuestros padres. Y eso es muy sorprendente. Que nuestra capacidad para regularnos a nosotros mismos es un rasgo neuro-biológico, no un fenómeno socialmente aprendido que simplemente cogiste de tus padres.

Barkley expone muy bien, en pocas palabras, el problema con esta enfermedad. La dificultad para ser diagnosticados, para entender a estos pacientes más allá de lo que es el movimiento corporal (hiperactividad) o dificultad de rendimientos (atención) y la perplejidad de padres y profesores.

El sufrimiento de los niños TDAH es muchas veces por inadaptación pero en la mayoría de las ocasiones no de ellos sino del ámbito escolar, del familiar que no sabe qué hacer, cómo actuar, cómo adaptarlos a las necesidades estructuradas. Otra cosa es en el Adulto. Cada vez se pone más el acento en la existencia de esta patología no solo en la infancia sino como un continuum vital. La comprensión de esta enfermedad en adultos, paradójicamente, puede que dé más cuerpo de existencia a la misma enfermedad infantil. Entonces no será “solo” una enfermedad del movimiento o de la atención sino una enfermedad vital que pueda afectar a todos los periodos del desarrollo humano si no se trata en cualquiera de sus estadios.

El problema del TDAH adulto es también el aislamiento y cuando buscamos en internet “sufrimiento y TDAH” nos aporta “cero” resultados. Y solo empieza a cambiar un poco cuando buscamos en inglés: con “Suffering and adhd” aporta solo una referencia, y cuando buscamos “adhd and Suffering” obtenemos 5 resultados (aunque se obtienen 26, solo 5 hacen referencia a sufrimiento las otras son que “sufren ansiedad, depresión etc.).

En inglés ADHD (Attention Deficit Hyperactivity Disorder), cuando buscamos esta palabra sola (“adhd”) obtenemos 57.700.000 reseñas mientras que la misma en castellano (TDAH) nos aporta solo 4.340.000 reseñas.

En el adulto es posible trabajar sobre la modelización del comportamiento, conducta y recursos. Sobre el sí-mismo. Como ejemplo, en el blog de Linda Walker: “ADHD Adult, You Are Not Alone  (Paciente adulto con TDAH, no estás solo) se resume bastante bien el complejo intencional que hay  en este sentido ante esta enfermedad.[5]

Esta autora es una Entrenadora Certificada en pacientes TDAH adultos (Certified ADHD Coach) siendo que su marido y su hija también tienen esta enfermedad.  Con su formación certificada ayuda a los adultos con TDAH a superar los desafíos especiales que tienen tanto en el trabajo como en casa. Como Entrenadora de adultos TDAH considera que en cierto modo están “obligados a tener éxito” (recuerda a la Voluntoterapia de O. Rank[6]).

El  cerebro del genio creativo funciona de forma diferente, por lo que  los adultos con TDAH son raramente productivos si utilizan las estrategias y herramientas que no están diseñadas para sus mentes creativas: “Eres un genio creativo imaginativo, y juntos vamos a canalizar tu energía increíble, a mejorar tu enfoque y activar una acción decisiva en tu vida profesional y personal”, señala L. Walker.

Esta autora en sus páginas insiste en el sufrimiento de muchos de estos pacientes porque al no existir pruebas como análisis, radiografías o TAC para mostrar la enfermedad, cuesta que sean considerados enfermos y “no pueden salir de la oscuridad”. Igualmente explica que tampoco se usan estas pruebas para el diagnóstico del resfriado común y se hace de forma determinante en millones de personas cada año.

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En definitiva, si no conseguimos en el abordaje  a las enfermedades mentales encajar el modelo médico con el psico-volitivo y cambiar la perspectiva adaptacional, el sufrimiento no va a ser solo del paciente, también del médico, de la familia, de la sociedad. Estos son otros apartados que quería desarrollar pero tendrá que ser otra ocasión.

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[1] La edición española  de Stress de Hans Selye es una refundición de las dos obras fundamentales de este autor Stress y First Annual Report On Stress. Editorial Científico Medica, Madrid, 1954.

[2] Como en el caso de  http://ura-sevilla.blogspot.com.es/2013/04/el-sufrimiento-del-enfermo-mental.html

[3]  Solo por nombrar algunos directores o autores de estos Tratados  de Psiquiatría que he revisado de diversos países: italiano P. Pancheri (1974) francés (Th. Lemperière (1979) Colombiano C. Gómez Rastrepo (2002) españoles, Alonso Fernández (1968), A. Seva (1979), D. Barcia (2000), F. Ortuño (2010), T. Palomo (2009), C. Ruiz Ogara y JJ López Ibor (1982), etc. y con diversos autores de diferentes países  como Gelder, López Ibor y Andreasen (2003).

[4] http://www.fundacioncadah.org/web/articulo/dr-russell-barkley-tdah-mas-que-un-problema-de-atencion.html

[5] http://coachlindawalker.com/adhd-adult-you-are-not-alone/

[6] La intervención de Otto Rank supone focalizar el trabajo terapéutico en los conflictos  presentes  del sujeto y  no en el pasado infantil. Papel activo frente a su destino. Desde su óptica el sujeto será considerado un sujeto  sufriente y no un  sujeto a merced de sus pulsiones. La voluntad como un impulso positivo colocado al servicio del yo.  En F. Balbuena Rivera. La terapia de la voluntad de Otto Rank, una ruptura con el modelo freudiano.  Revista  de Historia  de la Psicología 2001,  Vol. 22, nº 3-4, pp.  271-273. https://www.google.es/search?q=sfcb11628de7748e1.jimcontent.com&rlz=1I7PLXB_esES635&gws_rd=cr&ei=YiE5WJPoMsLwaMyHgXg

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