AMPLITUD, ESPECIALIZACION Y PSIQUIATRIA


(el triunfo de lo general)

Juan Rojo Moreno

          En medicina nos vamos a encontrar con los “generalistas” como son los médicos de Atención Primaria y los Internistas, y luego un número amplio de especialidades.

Cierto que cada especialidad conecta con otras aunque sea de una forma “suave” pero no va ser raro que especialistas en digestivo se relacionen con endocrinología, también con campos genéticos y lo mismo otorrinolaringología también con inmunología, etc., pero igualmente también están relacionados con factores externos, alimentación, tipo de vida, estrés, clima (incluso hay una “Psiquiatría Climática” en auge), microbiota, factores sociales, aislamiento y un lago etcétera pues somos seres humanos que estamos en el mundo y en la naturaleza (aunque parezca a veces que estamos en contra).

Pero Psiquiatría es una especialidad, valga la redundancia “especial”.  Al no tener tantas pruebas “objetivas de evidencia” como los otros campos (análisis, radiografías, Tac…) parece ser que seamos “menos” y por esto en una entrevista que tuve este año al ser invitado por Paloma Hornos en “Crecer” Alegría y Salud Mental – Gestión Emocional (gestionemocional.com) y que compartí con Inés López-Ibor, esta última ya nombraba como la psiquiatría era la “cenicienta” de la medicina.  Ya dijo esto mismo en 2017 el psiquiatra Celso Arango: “Muchas veces nos quejamos que somos la Cenicienta y en parte lo tenemos ganado porque nos hemos intentado diferenciar del resto de la Medicina (aquí)

En este sentido se han manifestado varios profesionales y existen anécdotas, pongamos solo un par de ellas.

Por una parte, señala José Guimón que los perjuicios negativos contra el psiquiatra se originan en buena parte por el temor a que actúe como detective no deseado que indague en nuestras propias partes locas.

Por otra en un chiste de Mel, el profesor está explicando a los futuros médicos como deberán en el futuro luchar para mantenerse al corriente en los conocimientos a través de su participación en programas y exámenes de educación médica continuada. Ira (la protagonista) pregunta con curiosidad infantil: y si fracasamos en esos programas ¿se nos degradará a psiquiatras? (R. Grinker, 1982).

Y de aquí viene una definición que se ha dado de los psiquiatras: “La psiquiatría es la preocupación de los psiquiatras; es todo ese confuso conglomerado de ideas e impresiones, de magia, misticismo e información, de vanidades y extravagancias, de conceptos y preconceptos y de palabrerío hueco”.

Esto es quizá porque a veces se ha confundido la psiquiatría, que es una ciencia médica, con que los psiquiatras “tratamos la vida”. Los psiquiatras no tratamos a la población y a la vida en general, sino a los enfermos de esa población. Ya dijo Ajuriaguerra en 1983: “la psicocracia no es nuestra meta”. Nosotros no queremos psiquiatrizar la vida. Los psiquiatras no curamos “la vida” y sus problemas sino solo enfermedades (y cuando podemos, que no es siempre).

Por esto ya hablé de “La psiquiatría de la población o tratar enfermedades de la vida” (aquí)

En la población general hay mucha gente anómala que, por ejemplo, coge un fusil y se lía a tiros en una escuela o estrella un avión de pasajeros, y no son enfermos psíquicos sino anómalos humanos. Como decía F. Leuret (1797-1851): “cuando yo examino todas las ideas de los hombres, los absurdos que ellos pueden decir y sus ideas más extravagantes, quedo como avergonzado y me parece que nuestros enfermos (psíquicos) están a menudo menos locos que sus semejantes”.

Pues bien, en este sentido, el libro de David Epstein “Amplitud” (Range) nos sirve como referencia[1], aunque los conceptos que aquí vamos a utilizar no coinciden exactamente con los que expresa en el libro, sino que extraigo solo algunos a propósito.

Decía que la Psiquiatría es una especialidad “especial” pues no solo tenemos relaciones con los mismos campos que el resto de la Medicina (inmunología, genética, mundo circundante, estilos de vida, alimentación, etc.) sino que al ser una ciencia heteróclita (al decir de J.J. López Ibor) contactamos muy estrechamente con especialidades afines como neurología, sociología, psicología, antropología, filosofía, biología, genética… sin que seamos especialista en ninguna de ellas. Pero por esto mismo podemos encontrarnos con muchos compañeros que se “ladean” más hacia uno de estos campos como por ejemplo la neurología, neurotransmisión receptores, o por otro lado la sociología, psicología, fenomenología o antropología, y todos somos psiquiatras igualmente y ejercemos igual de dignamente la profesión. Por esto existen sociedades de Psiquiatría, Psiquiatría biológica, Psiquiatría legal, forense, Sociedad de Psiquiatría y Neurología de la infancia y adolescencia, Sociedad española de neuropsiquiatría, etcétera.

En psiquiatría (como en otros campos de la medicina) podemos encontrar psiquiatras “generalistas” y psiquiatras más especializados en uno de estos aspectos.

Señala Epstein que descubrió que los expertos más cualificados pueden tener tal estrechez de miras que cuanta más experiencia tienen, peores resultados obtienen a pesar de que se muestran más confiados… la superespecialización puede llevar a la tragedia colectiva, aun cuando cada uno tome una decisión razonable dentro de su nicho.

El psiquiatra, si quiere, puede formarse en diferentes campos afines que le ayuden a comprender en cada caso concreto un enfermo concreto y en unos casos utilizar modelos biológicos, en otros psicológicos y en otros existenciales o sociales, pero como complemento o perspectiva de su labor médica.  En este sentido será un especialista generalista.

Cuando se repite mucho una actividad concreta y se avanza rápidamente se habla de un entorno “bueno” (como ocurre en el ajedrez, el golf…) pero en el caso de los entornos, que Hogarth llamó “malos”, las reglas del juego no suelen ser equitativas ni claras o son incompletas.

Si en psiquiatría queremos transformar todo el abanico de conocimientos que es la conducta humana y la enfermedad (entorno malo) en un entorno bueno, lo que hacemos, entonces, es diagnosticar con esquemas de clasificaciones y rápidamente dar un fármaco, eludiendo así la complejidad del enfermar.

Pero debemos, pensando en el futuro, tener en cuenta que si lo que hacemos se puede codificar (algoritmos, arboles de decisión…) y programar en un ordenador, éste lo hará mejor que yo.

Al igual que ocurrió con los aguadores que llevaban el agua a principio del siglo XX a las casas e hicieron una huelga pues estaban en contra de la canalización del agua, y acabaron desapareciendo, hay profesiones de conducción de vehículos y algunas ramas de la medicina que están tan agradablemente flotando en los descubrimientos técnicos que se les va proporcionando que no se plantean cuando serán ellos mismo innecesarios si no aprenden, no solo nuevas tácticas (en tácticas nos ganan los ordenadores) sino nuevas estrategias a más largo plazo.

Los llamados “centauros” son los equipos humanos/máquinas que ganan cuando los humanos saben decirle a la maquina qué es lo que tienen que computar. Como señala Gray Marcus, profesor de Psicología y Neurología: “en un mundo limitado los humanos no tienen mucho que aportar, en los problemas complejos del mundo aún ganamos a las máquinas”.

El tenis comparado con el golf es más dinámico, pero sigue estando dentro de un sector “bueno” comparado con, por ejemplo, una sala de emergencias de un hospital donde los profesionales no saben de entrada cual es el problema del paciente que va a llegar.

Muchas veces se exige a los nuevos médicos (Médicos Internos Residentes- MIR-) que empiezan una especialidad, que “aprendan rápido”, sin tener en cuenta, como señala Epstein, que “el mejor aprendizaje ha de ser lento y que, a menudo, hacerlo mal ahora es esencial para hacerlo bien más tarde… [aunque entendemos que] es tan contraintuitivo que engaña a los propios alumnos tanto respecto a sus progresos como a las habilidades de los profesores”.

Un capítulo del libro de Epstein se titula “Engañados por la especialización”. Refiere nuestro autor como el físico y matemático Freeman Dyson decía que se necesitan “sapos enfocados y pájaros visionarios”, “los pájaros vuelan alto, se deleitan con conceptos que unifican nuestro pensamiento y juntan distintos problemas de diferentes lugares, los sapos viven en el fango y solo ven las flores que crecen cerca, se deleitan en los detalles y resuelven los problemas de  una sola vez”, “es estúpido afirmar que lo pájaros son mejores que los sapos porque miran más lejos o que los sapos son mejores porque miran con más profundidad”. El mundo es tanto amplio como profundo: “necesitamos pájaros y sapos trabajando al unísono para explorarlo”. La preocupación de Dyson es que la ciencia está llenándose incrementalmente de sapos cada vez más especializados y por lo tanto incapaces de cambiar como hace la ciencia.

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La medicina avanza “sin parar”, como el mismo mundo, y ha de digerir los distintos avances que desde otras ciencias (informáticas, históricas e incluso paramédicas o también paleontológicas… por poner unos ejemplos) ayuden a prevenir las enfermedades o sanar las que ya se han instaurado. Pero quizá no sea del todo recomendable que nos difuminemos en todos los avances si minimizamos la realidad esencial de nuestra profesión: el enfermo es el principal foco de atención como ser humano sufriente. No hay solo enfermedades, hay seres humanos que padecen enfermedades. Al igual que la psiquiatría se nutre de muchas ciencias afines, en general toda la medicina ha de nutrirse de los avances que sean capaces de digerir tantos los “sapos” como los “pájaros” y entre ellos también ser capaces de complementarse e instruirse mutuamente pues la principal concepción es que todos somos médicos para los enfermos.

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[1] Epstein D. Amplitud (Range). Por qué los generalistas triunfan en un mundo especializado. Editorial Empresa Activa, 2020

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VIVIENDO Y MURIENDO O SIN MORIR


Juan Rojo Moreno

Jordi Ibáñez Fanés publica en 2020 “Morir o no morir. Un dilema moderno”, obra muy sugestiva y que desde luego recomiendo y que en este caso nos va a servir como referencia (pero no es un resumen de la misma)[1].

Creo que son especialmente interesantes dos aspectos que plantea:

En primer lugar, la posibilidad que nos da la tecnología actual de “plantearse”, por lo menos, el que se llegue a que la “muerte natural” no sea un punto inexorable.

 Hace 50 años no era planteable de una manera razonada desde la tecnología sino solo como ciencia ficción.

La llegada del “otro mundo” sería -señala Ibáñez- el advenimiento de un suave utopismo tecnológico, feminista, solidario, comprometido con las tareas de cuidado y solidaridad.

Muchas utopías lo son porque en algún momento de la historia personal o universal, se ha estado cerca de “alcanzar” ese punto deseable que se considera cercano a la perfección. Por esto la RAE define la utopía como doctrina o sistema ideales que parecen de muy difícil realización, y también como representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.

Pensamos que el avance tecnológico y la bondad universal que mejoró de manera significativa en los últimos decenios del XX y en los primeros años del XXI iba a seguir de forma indefinida. Ya señalaba Bertrand Russell[2] que “hay dos maneras de escribir sobre el futuro: la utópica y la científica. La científica trata de descubrir lo probable; la utópica expone lo que le gustaría al autor”, pero muchas cosas que eran utópicas solo hace treinta años ahora se ven al menos probables.

En estas casi tres décadas del XXI hemos podido ver como una ideología fanática casi consigue crujir a los países democráticos, y a otros no tanto, que han tenido que hacer grandes esfuerzos para terminar con el poder del autodenominado “estado islámico”, luego una pandemia casi acaba con las economías y los proyectos de medio mundo, y luego la tecnología permite que “a distancia” países como Rusia o China puedan “conquistar” zonas terrestres que consideran de su propiedad.

 Todo por el bien de la tecnología. Es evidente que si Ucrania hubiese tenido un poder tecnológico, y se entiende que también armamentístico, mayor que Rusia, nunca habría sido invadida por ésta y destrozada a tabula rasa.

El progreso, siempre el progreso, ahora tecnológico, ¿Pero qué meta tiene el progreso? No se puede definir ni sabemos si es deseable o no, por su propia indefinición. ¿Es el saber la meta del progreso? ¿Y qué ocurrirá cuando ya se sepa todo o cuando ya no se pueda saber más?, ¿Y cuándo nuestros recursos para la investigación se hayan agotado o los instrumentos para la investigación hayan alcanzado el límite de la perfección ya insuperable? No podemos demostrar que es imposible llegar al punto en que nuestro conocimiento no sea capaz de avanzar más. Y puede que entonces estemos en la situación de “perfectibilidad”, y ésta sea completamente insatisfactoria. La idea del Progreso humano, al igual que la de la Providencia o la de la Inmortalidad personal, es una idea verdadera o falsa y a semejanza de aquellas -dice Bury- no puede probarse su verdad o falsedad. Creer en el progreso exige un acto de fe. Fe en que el progreso continuará indefinidamente[3]. (Para ampliar este tema ver aquí)

Señala Ibáñez que “en nuestra peculiar modernidad, las únicas revoluciones que parecen prevalecer en el horizonte son las tecnológicas y las biomédicas, así como la lucha por la supervivencia en un hipotético apocalipsis medioambiental” [que dicho sea de paso cada vez lo vemos más cerca]. En relación con esta última no hay más que ver los incendios “como nunca” y también “como no se habían visto antes” inundaciones, sequía en México, en Centroeuropa y hasta un “mini sunami” en el Puerto de Santa María (Cádiz, España) que ha inundado repentinamente la playa arrastrando todo lo que había.

Desde luego no hay que salvar al planeta, que él mismo sabe salvarse, lo que hay que salvar es quizá a la mitad de la raza humana (si no a más) que sean capaz de sobrevivir en el planeta que se haya autodefendido o autorregulado. Si solo con el problema de los cereales ucranianos y del gas ruso ya está medio mundo temblando… veremos cuando no sean países sino el planeta quien haga temblar a la humanidad.

Para terminar este primer apartado traemos la cita que hace J. Ibáñez de Peter Thiel “el gran reto del futuro no pasa por la globalización, sino por la tecnología” lo cual se traduce -señala Ibáñez- en que el gran reto del futuro no es lograr lo imposible, que el crecimiento y el bienestar sean globalmente sostenible, equitativos y que toda la humanidad pueda vivir con estándares de bienestar propios del mundo desarrollado, sino cómo lograr que la tecnología permita resolver los problemas y los conflictos. Y así en este camino el sueño tecnológico es también la abolición de la muerte como hecho natural, de manera que el modo o momento de morir sea una cuestión tecnológica, de estatus social, de nivel cultural y económico.

Es decir que la tecnología permita una longevidad “sana” de cientos de años, aunque como indica Ibáñez (comentando las ideas del politólogo Francis Fukuyama) en este mundo “poshumano” consecuencia de la revolución tecnológica ¿es creíble que se alcance la posibilidad real de vivir edades bíblicas con una excelente calidad de vida y que esté al alcance de todo el mundo? O ¿habría una población con derecho a la longevidad y otra obligada a una esperanza de vida ordinaria? Entendiendo la senescencia como una enfermedad más ¿sería solo una medicina de lujo para ricos? [¿y ciertos políticos?, podríamos añadir].

Un video representativo de esto (hay actualmente muchos)  es éste sobre “la muerte de la muerte” de José Cordeiro (aquí).

En segundo lugar, el planteamiento de qué hacer con los ancianos ya lo dijo en (2013) el ministro japonés de finanzas Taro Aso.

 Pidió a los ancianos “que se den prisa y se mueran” para así aliviar la carga fiscal que originan por su atención médica: “clamó contra las unidades de reanimación y los tratamientos para prolongar la vida”, según el diario The Guardian, que le cita explicando que le sentaría mal que le ayudaran a prolongar su vida, más si cabe sabiendo que ese tratamiento lo paga el Estado. Taro Aso, ministro japonés, sobre los ancianos: «¡Que se den prisa y se mueran!» (telecinco.es).

Ciertamente China pasó de tener una población de 400 millones a principios del siglo XX a una de1.300 millones a final de ese siglo y la política del hijo único abandonada en 2015 (instaurada en 1979) ha hecho que sea una población envejecida. Es muy interesante leer el análisis que hace “Mohorte “ en este artículo : “De dónde surgió la política de hijo único en China y qué consecuencias ha tenido” (aquí) y también se puede ver en Wikipedia “política del hijo único”  (aquí).

Quizá no llegue el problema a tanto si se para el crecimiento exponencial de la población, pero imaginemos que en vez de 7.800 millones de habitantes, ahora, somos 14.000 millones y hay pocos recursos para mantener un “aceptable” progreso social (aquí se puede ver un contador constantemente actualizado de la población mundial ¿sobrarían los ancianos como propone Taro Aso? Quizá los chinos hayan conseguido con una dictadura y su política de “hijo único” frenar su crecimiento exponencial, pero qué haríamos en sociedades que no se transformen en dictaduras autocráticas?

 No puedo desarrollar mucho el tema sin repetir una y otra vez las frases de J. Ibáñez, por lo que este apartado va a ser corto y solo voy a entrecomillar un par de párrafos del autor que indican claramente cuál es el problema, y que desarrolla magistralmente.

Señala Ibáñez: “pocos ancianos soportarían un chantaje moral que confrontase su obstinación en seguir viviendo con la merma de recursos para el futuro de sus nietos, por ejemplo, y menos aún si esa presión se hiciera desde estándares morales asumidos y bien vistos por la sociedad o la comunidad, no solamente por la familia ¿es algo demasiado monstruoso para que pueda suceder?”

Y también comenta: “¿Acaso no podría considerarse una forma de “respeto” el convencer a los mayores de que ya les ha llegado la hora de partir y ayudarles a ello? Pensar históricamente se rige por principios y valores en permanente mutación”.

Recomiendo sobremanera leer esta obra de Jordi Ibáñez Fanés, profesor del departamento de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra.

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[1] Ibáñez Fanés J. Morir o no morir. Un dilema moderno. Anagrama editor, 2020

[2] Bertrand Russell. Ciencia, filosofía y política. Ensayos sin optimismo. Editorial Aguilar, 1968.

[3]  John Bury. La Idea del Progreso. Alianza Editorial, Madrid, 1971.

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Alegría y Salud Mental


«CRECER» es un Programa de Libertad FM presentado por Paloma Hornos galardonado con el premio EXCELENCIA EDUCATIVA 2021 como “El mejor programa de radio sobre Educación” y reconocido por ASEDEM (Asociación Española de Educación Emocional) por su contribución a la educación.

En cada programa nos invitan a explorar el maravilloso mundo de la educación y las relaciones humanas.

Indica Paloma Hornos que en sus programas hablaremos de padres e hijos, de docentes y alumnos, de adultos y niños, de relaciones humanas a través de entrevistas, mesas de debate, recomendaciones de libros, proyectos solidarios…todos ellos con un denominador común: la preocupación por nuestro bienestar.

Gestión Emocional nació para ayudar a mejorar tu vida y enseñar a gestionar tus emociones, esas que influyen en tus acciones y decisiones. Cuentas conmigo -señala Hornos- para mejorar tu salud emocional y fortalecer tu autoestima.
Te ayudo a librarte del estrés, de la ansiedad, de miedos y de cualquier emoción que limite tu vida o tu toma de decisiones.

Paloma Hornos es psicoterapeuta, especializada en Inteligencia Emocional y en herramientas para la gestión de las emociones. Creadora del MÉTODO LOOSESTRÉS© para la gestión del estrés.

Además de su dilatado Curriculum, como experta en Inteligencia Emocional, además de dirigir el gabinete de coaching emocional, «Gestión Emocional» imparte programas de formación en diversas instituciones  en España y Latinoamérica.

Cuentas conmigo -apunta- para mejorar tu salud emocional y fortalecer tu autoestima. Te ayudo a librarte del estrés, de la ansiedad, de miedos y de cualquier emoción que limite tu vida o tu toma de decisiones.

En el programa del 31 de Julio y 1 de Agosto «Alegría y Salud Mental», señala Paloma Hornos que la salud mental y emocional es tanto ó más importante que la salud física.

El dolor emocional es, probablemente, menos dramático que el dolor físico, pero es más común y también más difícil de soportar. Por eso en este nuevo episodio de CRECER vamos a adentrarnos en los territorios de la mente y sus fantasmas.

En este programa me realizó una interesante entrevista y a continuación pongo el enlace del Podcast para quien tenga interés en oírla: (aquí) y también abajo.

En los primeros 25 minutos me hace la entrevista y en los siguientes 25 a la Dra. López Ibor

Espero que haya sido de interés para los que hayan oído el Podcast.

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PSIQUIATRÍA COTIDIANA. BIOGRAFÍA Y CUERPO EN UNA PSIQUIATRÍA PERSONALIZADA


Hemos publicado en 2022 este libro de cual presento aquí el Prefacio y un resumen

Podemos ver sus características en Pirámide: https://edicionespiramide.es/libro.php?id=7068257

También un video de presentación en el siguiente QR

Esta obra tiene un contenido atrevido y poco frecuente. En ella se defiende que el psiquiatra debe comprender la historia personal de cada paciente, para poder aplicar el mejor tratamiento, siendo este personalizado. Defiende que la psiquiatría debería prepararse para que aparezca una cordura creativa que haga que la medicina, manteniendo su modelo físico-natural, retome los valores de la medicina antropológica, donde el paciente ya no será solo un objeto que reparar. Es decir, no tendrá solo una patología o solo una enfermedad, sino también una historia personal. Esto permitirá a la psiquiatría aplicar al paciente el mejor tratamiento individualizado. La enfermedad no será comprendida psicológicamente o explicada biológicamente, sino que ambas cosas lo serán a la vez como persona enferma. En el libro se tratan, de forma muy documentada, aspectos fundamentales y necesarios para abordar los tratamientos psiquiátricos y, desde un conocimiento amplio y formación multidisciplinar del autor, se presentan numerosos ejemplos reales. Así, en el capítulo tres se realiza una interesante incursión al mundo de los big data para una psiquiatría del futuro, aunque también advierte de sus peligros si esta tecnología es mal utilizada. En el capítulo 4 se insiste en la importancia de la exploración médica somática y neurológica en psiquiatría presentando numerosos ejemplos clínicos que avalan esta defensa. También, en sucesivos capítulos se busca responder a preguntas sobre la realidad y la verdad de las vivencias del enfermo mental, sobre el tratamiento psiquiátrico a través del diagnóstico: ¿Cómo se llega a ese diagnóstico? ¿Qué es la fuerza eficaz de las vivencias? ¿Cómo influye para el tratamiento el temperamento y el carácter o valorar el proyecto vital? ¿Qué habilidades debe tener un psicoterapeuta? La obra es una herramienta útil y práctica, escrita en un lenguaje sencillo y accesible, documentada y llena de ejemplos reales. (cont.)

INDICE

Prólogo. Las clasificaciones internacionales DSM y CIE, ¿Cuánto detectan realmente del enfermo mental? La importancia en psiquiatría de conocer la vida del paciente. El diagnóstico y tratamiento psiquiátrico y big data. La exploración médica somática y neurológica en psiquiatría. La realidad y verdad de las vivencias del enfermo mental. La medicina personalizada. La medicina personalizada como medicina antropológica y antropofórica. El tratamiento psiquiátrico a través del diagnóstico. El amor y la técnica en los tratamientos psiquiátricos. Sobre psicoterapia. La percepción corporal (eidosoma).

PREFACIO

La psiquiatría es una ciencia heteróclita (al decir de López Ibor), lo que significa que si bien siempre seguimos siendo médicos (de ahí la parte iatría que significa médico), no obstante nos nutrimos de ramas muy afines como son la psicología, la antropología, la bioquí­mica, la farmacología, la genética…, aunque no somos en ningún caso profesionales especializados en estas ramas afines, ni somos psi­cólogos ni antropólogos, etc.

La motivación para escribir este libro ha sido tanto aportar in­formación como formación, en un lenguaje accesible, para médicos, psicólogos y así mismo para cualquier persona del mundo de las ciencias de la salud, y también para quien esté interesado en el ser humano y su enfermedad.

¿Pero sobre qué quiero formar e informar? Fundamentalmente sobre lo que hacemos en psiquiatría o lo que, en muchos casos, de­biéramos hacer. No es válido que un paciente vaya al psiquiatra y le cuente sus síntomas, y poco más, y se le recete un medicamento. In­cluso por el abuso de esta simplificación del acto médico se ha que­rido retomar conceptos antiguos propios de la «antipsiquiatría» (una corriente de los años sesenta que prácticamente ha desaparecido) creando una «nueva» corriente que se llama la «nueva psiquiatría» que en definitiva no son más que «nuevos odres para vino añejo», es decir, actualizan lo que ya es muy conocido, aunque aparece ahora como crítica a esta postura simple de escuchar algo al paciente y automáticamente recetarle.

Todo esto confunde mucho a las personas interesadas por las en­fermedades mentales y por lo que hacemos los psiquiatras.

Cierto es que nos nutrimos de los avances técnicos y bioquímicos que se conocen, cada vez más, sobre la enfermedad mental, pero de­bido a que no tenemos pruebas analíticas, ni radiografías, TAC o resonancia magnética que confirmen nuestros diagnósticos, estamos obligados a hacer una medicina personalizada, biografiada, cono­ciendo no solo desde cuándo se padece la enfermedad sino, además, qué supone la enfermedad para la persona y cuál es la estructura de su vida que ha podido facilitar o por el contrario compensar la en­fermedad mental. La psiquiatría supone comprender la historia par­ticular de cada paciente para poder aplicarle el mejor tratamiento personalizado. La psiquiatría bien aplicada supone conocer en el pa­ciente su estructura neurocultural.

Como indica Barcia (1979): «la medicina se encuentra sometida a dos realidades, la de la ciencia y la realidad del hombre individual», y en este sentido señala López Ibor (1966): «contentarse con conocer los cuadros clínicos tal como se hallan descritos en los libros y tratar de clasificar los enfermos con un único propósito nosológico (conocer sus características), es renunciar a la comprensión vital de cada caso. La experiencia clínica consiste en la singularización en la comprensión del enfermo. Esta es la psiquiatría que no está en los libros…, esta es la psiquiatría que está en la médula de los verdaderos psiquiatras».

No solo tenemos que descubrir los «hechos», pues si nos queda­mos ahí, esto nos conduce a lo que Demócrito denominó «forma bastarda de conocimiento», sino que, además, tenemos que conocer por qué aparecen esos hechos y cuál es su «fuerza» en la vida del paciente. Y también conocer y comprender por qué han desencade­nado o encronizado una enfermedad mental.

Por esto, en los distintos capítulos de este libro se plantean los diagnósticos de las clasificaciones internacionales DSM y CIE y cómo estos, si bien son muy útiles para poder clasificar rápidamente a los enfermos, no obstante solo hablan de «trastornos» y no de en­fermedades. Se olvidan del paciente singular.

Ya en otros libros anteriores reflexionamos sobre la ansiedad (Comprender la ansiedad, las fobias y el estrés. Pirámide, 2011) sobre la depresión (La enfermedad depresiva. Conocer y entender la depresión en lenguaje para to­dos. Albatros, 2008) y sobre la psicosis (Psicosis. Delirios, alucinaciones, sectas y estigma. Pirámide, 2018) y en todos ellos buscando que estas enfer­medades fueran conocidas en un lenguaje accesible.

El estigma sobre los pacientes con enfermedad mental solo puede ser mejorado o suprimido dando información seria, pero a la vezcomprensible. Pocas especialidades tienen este problema del estigma tan acusado como en psiquiatría, aunque haya excepciones como ocurre con el lupus y en dermatología con el vitíligo, el acné y la psoriasis.

Puede incluso parecer curioso que dediquemos un capítulo al «amor y la técnica en los tratamientos psiquiátricos», pero sigue siendo válido demasiado frecuentemente el comentario de Hono­rio Delgado (1992): «el positivismo, generalización abusiva de las ideas válidas solo en el dominio estricto de las ciencias físicas, lleva a considerar al enfermo como un simple objeto material, y a la medicina como una mezcla de ciencia y técnica, por ende, im­personal y mecánica». El amor en medicina no es solo un senti­miento, es un acto: un acto de comprensión humanitaria de todo sufrimiento que por la enfermedad se encuentra incardinado en la totalidad biológica, psíquica, social, neurocultural y también his­tórica, y no existe una verdadera vocación y amor por el hombre que sufre enfermedad si no hay una vocación humana por el resto de la humanidad.

Todo esto no origina, ni mucho menos, un rechazo a los avances técnicos. Desde luego prefiero ser tratado por un psiquiatra del siglo XXI que ha conseguido incorporar la ciencia a su profesión, que por otro de principios del siglo XX, que obligaba a comentar al psiquiatra K. Jaspers cómo apenas se podía hacer con muchos pacientes psi­quiátricos más que cuidarlos de las enfermedades comunes.

Creo que el problema no es el uso excesivo de fármacos ni de ciencia, sino cómo se usan. Si personificamos al paciente, si lo cono­cemos más íntimamente, si, como decía Jaspers, hacemos de la histo­ria clínica una antropología biológica, entonces da igual que medique­mos con uno o con cinco fármacos, o que apliquemos conocimientos de los neurotransmisores serotonina, adrenalina o dopamina, pues existirán objetivos claros personalizados. Cuanto más nos aporte la «personalización bioquímica y genética» sin que desaparezca la per­sonalización del enfermo con su biopatohistoria, más aumentaremos la efectividad y eficiencia en la cura del hombre real enfermo, que será siempre el beneficiado.

Quisiera agradecer a la profesora García-Merita su colaboración con un capítulo sobre psicoterapia. No es un capítulo al uso que solo hable de los distintos tipos de psicoterapia, sino que aporta su vasta experiencia para poder plantear la importancia de la actitudes y ap­titudes del psicoterapeuta, así como los límites de la psicoterapia y consideraciones que son de gran valor tanto para psicólogos como para cualquier profesional de la salud o persona interesada en ella.

También he de agradecer a quienes han corregido y revisado el texto, María Adela Rojo, Amparo Betés, y a los psiquiatras Carlota Valdemoro y Miguel Hernández y a la profesora M. L. García-Me­rita, que me han dado sus opiniones sinceras sobre la claridad y ca­racterísticas de los diversos apartados y párrafos para hacer el libro más fluido y comprensible.

Aunque no ha intervenido directamente en la realización del li­bro, quisiera también agradecer al psicólogo Francisco Santolaya Ochando (decano del Colegio Oficial de la Psicología de la Comuni­tat Valenciana —COPCV— y presidente del Consejo General de la Psicología de España —COP—), con quien he compartido muchos años en el ejercicio de la salud mental en el sistema público de la Generalitat Valenciana, por sus frecuentes comentarios y conversa­ciones que me han aclarado y aportado ideas sobre el trabajo unitivo de los profesionales en salud mental y por su continuo apoyo en el campo profesional y personal.

Y como siempre, no es posible escribir un libro y dedicar a la vez el tiempo suficiente a la familia y al trabajo, por lo que este no ha­bría sido posible sin el apoyo constante y paciencia de mi mujer Car­lota y mis hijos Miguel y Carlota.

Valencia, 2021.

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PSICOGEOMETRÍA Y CIENCIA


Juan Rojo Moreno

          A veces son útiles, y otras no, las recomendaciones que en redes sociales compañeros o amigos te hacen de un libro. Me recomendaron un libro sobre psicogeometría y vi interesante el título y el resumen.

No le voy a poner pegas a un contenido bien estructurado, pensado y del que los autores tienen amplia experiencia. Pero tengamos en cuenta que lo que plantea es una cuestión cuasi-religiosa que “intenta” ser, en determinados momentos, “científica” pero sin hacer ciencia.[1]

Solo voy a hacer tres comentarios y un contraste. Insisto que no es una crítica al libro que es muy recomendable para los seguidores de esta manera de pensar, y me interesa también la concepción que hace de “la salud”.

En primer lugar, tengamos en cuenta, pues, que la geometría se vuelve sustentable o sagrada cuando crea o permite el desenvolvimiento y evolución de la vida orgánica, de la conciencia material del cosmos.

¿Cómo se origina la gravedad?: cuando la onda partícula gira en el movimiento trazado por una espiral, genera un vórtice de succión que lleva las velocidades de onda más allá de la velocidad de la luz. Este proceso creado por la fractalidad permite succionar o implotar la carga en diferentes escalas y acelerarla para producir gravedad (sic).

Mi primer comentario, es en relación a estas ideas que incluso se forjan en conceptos de la física cuántica. O te crees todo esto o no, no hay discusión, ni por supuesto demostración. Como indica: los investigadores rusos están convencidos de que armonizando los sonidos que emitimos, las palabras, en una determinada frecuencia se puede llegar a influir en el ADN. O te lo crees o no. A su entender el ADN se expresa a través de ondas solitónicas que son capaces de propagarse sin deformarse a grandes distancias en medios no lineales. El ADN tiene capacidad de una comunicación a nivel cuántico que rompe las barreras del espacio y del tiempo. Los científicos rusos (¿?) descubrieron con sus experimentos que la vibración oscilatoria de nuestro ADN puede causar patrones de perturbación en el vacío produciendo así agujeros de gusano magnetizados.

Un segundo apartado he querido hacerlo en relación a cuestiones que atañen a la salud y a la medicina pues ahí me encuentro algo más fraguado que cuando habla de los Toroides…

En este apartado hace algunas aseveraciones muy antiguas que luego se demostraron “no validas”, como por ejemplo cuando dice que el campo energético es ahora visible, fotografiable y sirve para la prevención y diagnóstico de enfermedades que están en el cuerpo electromagnético y que pueden llegar a manifestarse en el cuerpo celular.

Claro hay que tener en cuenta que, para los autores, “el cuerpo gravitacional opera con la energía del Orgón, así llamado por W. Reich, el más brillante discípulo de S. Freud”. Lo cierto es que al final de su trayectoria, muy alejada de Freud, Reich veía orgones por todas partes y desde luego no fue el “más brillante discípulo de S. Freud” esto es fácil de verificar cuando se estudia a Freud y las Escuelas que a partir de él surgieron.

Llama la atención como en este campo de medicina les falta hacer comprobaciones y formación. Se refieren al Caduceo de Hermes (o Mercurio) como símbolo de la medicina, lo cual no es cierto ya que era un símbolo del comercio. Lo confunden con el báculo o vara de Asclepio para los griegos o Esculapio para los romanos que es un antiguo símbolo asociado con la curación de enfermos. Consiste en una serpiente entrelazada alrededor de una vara larga.

El Caduceo de Hermes es utilizado como emblema en diversas instituciones dedicadas al estudio y enseñanza de las ciencias económicas, en los logotipos de la Liga de Defensa Comercial (Lideco) del Colegio de Contadores, Economistas y Administradores de Uruguay, de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini de Buenos Aires y de la Escuela Superior de Comercio y Administración del IPN en México… Como señala también en su blog  Cesar Augusto como símbolo de la medicina el error deriva de las similitud con la vara de Esculapio, el símbolo que representa a la medicina, el cual sólo consta de una vara y una serpiente enrollada en ella.

Claro a partir de este error las interpretaciones ya son todas erróneas, como cuando se parte de una hipótesis falsa y se sacan conclusiones. Así, dice, derivado del Caduceo de Hermes (Mercurio) construido por el gráfico de dos espirales enroscadas en torno a una espada, los tres canales de la energía sexual: Shushumna en el centro y los canales Ida y Pingala rodeándolo para terminar a la altura de la cabeza irradiando su energía como un corazón alado expandiendo la energía sexual, los jugos de la espina para nutrir el corazón y el cerebro (bueno pues esto es los que le ocurre a los que estudian economía y mercado, claro, y las alas que expresan la rapidez con que mercurio iba de un sitio a otro, ahora será sexual).

Por último, en tercer lugar, un comentario respecto a la homeopatía que en cierto modo es la base de su tratamiento “médico” y admite que emplea algunas veces remedios carentes de ingredientes químicamente activos, pero geométricamente codificantes en ángulo, proporción, simetría y frecuencia. Esto se supone que se relaciona con la retícula Deca-Delta que rodea al planeta e interconecta la conciencia de la vida orgánica.

La enfermedad para nuestros autores se produce por una acumulación de emociones, pensamientos y movimientos que genera que se almacene la libido sin poder ordenarse de manera adecuada y cuando esto ocurre la energía del Gran Toroide Vertical no puede fluir libre por todo el sistema y ocasiona una fuga de energía por el subsistema más débil. Así el 80 % de las enfermedades son producidas por desequilibrios bioenergéticos y la homeopatía busca arreglar los desórdenes geométricos.

En definitiva, tanto la bulimia, como la anorexia, el insomnio, los cambios bruscos de temperatura, movimientos involuntarios, tics, e hiperactividad se deben a la alteración en el Toroide Mayor y por el caso del Toroide Emocional se originan las celotipias, fobias, miedo a la altura e irritabilidad, y por el Toroide Intelectual se originan fanatismo, dogmatismo, orden militar, limpieza obsesiva (se entiende TOC).

También mediante poliedros que se ponen a lo largo de la persona se armoniza el campo de resonancia fractal y se avanza en la terapia de enfermedades. ¡Ni hablar de los psicotrópicos o de las drogas químicas que devastan la fuerza de voluntad del individuo y le minan su fuerza vital! Baños fríos alternándolo con calientes y enemas son de gran ayuda (me recuerda esto a la medicina del siglo XIX)

Quiero terminar, volviendo a comentar que no es una crítica a su “filosofía” de la que me veo incapaz, cuando hablan de la geometría de la conciencia, geometría sustentable en el diseño, en la naturaleza, arquitectura biológica o de los números y la geometría sustentable.

Pero en lo referente a las cuestiones médicas si me he tenido que atrever a hacer un comentario, pues, la verdad, para algo me he comprado y leído el libro, muy recomendable para los que estén en esa “onda”.

Decía al principio que solo iba a hacer tres comentarios y un contraste. Ahora el contraste.

Evidentemente, todo esto desde la medicina de la evidencia y desde el conocimiento científico poco hay que decir. La medicina no es per se científica, pero gracias al uso del método científico ha avanzado enormemente y ha evitado que se siga utilizando, por ejemplo, la triaca o teriaca que era un preparado polifármaco compuesto por varios ingredientes distintos (en ocasiones más de 70) de origen vegetal, mineral o animal, incluyendo opio y en ocasiones carne de víbora. Se usó   como medicamento contra numerosas enfermedades, siendo considerado una panacea universal. Se popularizó en la Edad Media y perdió auge en los siglos XVIII y XIX en los que, con el desarrollo de la química, comenzaron a aparecer las primeras discusiones serias sobre la efectividad real de las triacas, y su importancia empezó a decaer. En 1745 William Heberden, médico inglés, publicó un tratado recogiendo los efectos inútiles de los ingredientes, lo que motivó la exclusión de las triacas de la farmacopea londinense al año siguiente.

En Bolonia desapareció a finales del siglo XVIII, en Venecia a mediados del siglo XIX y en Nápoles a principios del siglo XX. En México fue retirada en 1908. En España, el Colegio de Farmacéuticos de Madrid decidió en 1920 dejar de preparar el medicamento. O sea, que duró hasta el siglo XX.

Y como este ejemplo muchísimas otras cosas. Pero como señala M. Pérez Álvarez en su obra (2021)[2]  “cuando la ciencia al uso impide concebir los problemas de otra manera”, hay que tener en cuenta que “la ciencia se construye sobre conocimiento previo, pero también es cierto que la ciencia previa constriñe la ciencia actual imponiendo una estructura de formulaciones a priori, categorizaciones y contextos, así como herramientas técnicas y modelos experimentales de interés” (Susan Hawthorne 2014).

El cientifismo, la nueva ortodoxia, considera la ciencia como el mejor, si no el único, conocimiento sobre el que orientar los distintos aspectos de la vida y la sociedad. Otras fuentes y formas de conocimientos como las ciencias sociales, las humanidades, la filosofía las artes o la religión y ni que decir tiene, la tradición y el sentido común quedan a expensas de lo que diga la ciencia.

El contraste es pues esto, no veo, por ahora, a la medicina y a los avances del mundo teniendo en cuenta los Toroides energéticos, pero tampoco cerremos las vías de conocimientos con un cientismo excluyente. Quizá por esto último existe tanta venta de parafarmacia. La ciencia deberá recapacitar sobre sí misma y sus límites.

Podemos concluir[3] con dos reflexiones a este respecto. Una de Max Scheler: “Las preferencias que la ciencia occidental del hombre, en sus dos formas la ciencia natural y de medicina, ha revelado por el lado corpóreo del hombre y por la influencia de los agentes externos sobre los procesos vitales es una manifestación parcial del interés unilateral que es propio de la técnica occidental; la medicina india, por ejemplo, revela una orientación opuesta, la psíquica, de un modo no menos unilateral”. La otra, de Aldous Huxley: “[las humanidades no verbales], los verbalistas temen a los no verbales; los racionalistas temen al hecho concreto no racional… [y los primeros pueden mirar] con una sonrisa de superioridad a quienes son llamados farsantes, curanderos, charlatanes y aficionados ineptos, por los fariseos de la ortodoxia verbal”[4]

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[1] A. Ponce de León y N. Fregoso. Psicogeometría (la ciencia de la conciencia). Geometría sagrada y arquitectura biológica. Editado por los autores e impreso en México (2010).

[2] M. Pérez Álvarez. Ciencia y Pseudociencia en Psicología y Psiquiatría. Alianza Editorial, Madrid, 2021.

[3] Max Scheler. El puesto del hombre en el cosmos. Editorial Losada S. A. Biblioteca filosófica. Buenos Aires, 1938 (Décima edición 1972).

[4] Aldous Huxley. Las puertas de la percepción (cielo e infierno también en esta edición). Editorial Sudamericana, Buenos Aires. Séptima edición, 1975.

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DESDE EL PUESTO DEL HOMBRE EN EL COSMOS DE MAX SCHELER


Juan Rojo Moreno

         Escribir “desde” Max Scheler supone que mi intención no es ni mucho menos resumir esta obra de la que ya hay múltiples resúmenes y reflexiones que son fáciles de encontrar en Internet, así como el mismo libro que es de descarga gratuita El Puesto del Hombre en el Cosmos https://docer.com.ar/doc/n10ex58  

Es una obra póstuma pues escribió el prólogo en abril de 1928 y en mayo de ese mismo año fallece repentinamente de una enfermedad cardiaca.[1]

Vamos a destacar algunos aspectos que nos invocan a ciertas reflexiones que son válidas hoy en día. Hay que tener en cuenta que Scheler era un fenomenólogo (formado con Husserl, el padre de la fenomenología) y que por lo tanto los afectos son dados desde el principio a las personas. Igual que cuando vemos una pared blanca no hacemos una percepción y luego deducimos que es blanca, sino que el color se nos da de forma primaria al mismo tiempo que la percepción, igual ocurre con los sentimientos.

Además, Scheler tiene la gran virtud, no solo por su capacidad, que nunca le importó corregirse y ampliaba o modificaba lo anteriormente escrito (esto le originó agresivas críticas). Hacía continua dialéctica consigo mismo y su concepción del mundo.

Conocer la estructura esencial del hombre es su fundamento y ya entonces se congratula que esto no sea solo un campo filosófico sino también médico, biológico, sociológico y psicológico.

Ahora que acabamos de considerar a los animales (en España oficialmente) como seres sintientes y que no son cosas, se cumplen las ideas que ya anticipó Scheler cuando diferenciaba la evolución vital de los vegetales y plantas enraizadas al suelo y nutriéndose de lo inanimado inorgánico pero no pudiendo escapar en su “mundo” más que en la longitud “me nutro de abajo crezco hacia arriba”, y ni siquiera tienen independencia en la procreación sino que dependen del polen, de las abejas, del aire, de los insectos…

Claro que los animales son diferentes a las plantas.

Las plantas poseen, a diferencia de los minerales, un impulso vital (que Scheler llama afectivo estático) sin conciencia ni representación y, como el mismo término “impulso” indica, no hay sentimiento ni instinto. Pero puede atribuírseles un “ser íntimo” del que carece la materia inorgánica. No obstante, carecen de la referencia a un centro, que es propio de la vida animal. Les falta por completo esa reflexión, por primitiva que sea, y su existencia se reduce a la nutrición, crecimiento, reproducción y muerte.

Y cuando nos referimos al hombre, la misma palabra designa un conjunto que se opone del modo más riguroso al concepto de “animal en general”. Esto va a llevarnos al concepto esencial del hombre que es el tema que subraya Scheler en este libro: considerar si tiene alguna base legítima ese concepto que concede al hombre como tal un puesto singular, incomparable con el puesto que ocupan las demás especies vivas.

Un problema no resuelto del ser del hombre hoy en día es que aún mantiene ese impulso afectivo básico que también tienen las plantas, aunque en éste, en su evolución, como capas de una cebolla, se han ido interponiendo sus nuevas complejidades evolutivas, pero no podemos generalizar a todos por igual, siendo que en algunos prevalece más el impulso afectivo estático que otros avances evolutivos.[2]

La inteligencia se produce de modo rigurosamente uniforme y paralela a la vida anímica asociativa. La memoria asociativa la atribuimos únicamente a los seres vivos cuya conducta se modifica en forma dotada de sentido. En esto se basa la conducta emanada del principio ensayo-error. ¿Los animales no realizan esta conducta, pero hacen ensayos errores? Por supuesto que sí. El hombre tiene una ventaja y es que puede imaginar y fantasear, antes del ensayo, cual puede ser probablemente o con una probabilidad aproximada el resultado. Esta capacidad de la fantasía y de imaginarnos objetos esenciales, formas, trayectorias previas al ensayo…, nos ha dado ventaja evolutiva sobre todos los animales, incluso con los más cercanos a nosotros como son los chimpancés.

Como señala Scheler no hay casi asociación ninguna sin influencia intelectual. Pero nunca se da el caso de que el tránsito de la reacción asociativa causal a la reacción inteligible crezca en rigurosa relación de continuidad con el número de ensayos. El paso del azar al “sentido” tiene lugar algo antes de lo que el puro principio de la prueba-error haría esperar conforme a las reglas de la probabilidad.

Ciertamente, la creatividad y los novedosos logros humanos, no han sido por pensar miles de horas en lo mismo ni por encontrar la solución en anteriores asociaciones. Lo creativo rompe la regularidad de lo asociado.

La influencia del principio asociativo significa en la estructura del mundo psíquico (más a medida que algunas civilizaciones han realizado su Renacimiento) la decadencia del instinto.

El principio de asociación en relación con la inteligencia técnica es un principio de rigidez de hábitos, pero con respecto al instinto ha supuesto un poderoso instrumento de liberación.

La evolución a una inteligencia práctica supone una adaptación nueva a lo nuevo, o como señala Scheler: un ser vivo se conduce inteligentemente cuando pone en práctica una conducta caracterizada por las notas siguientes: tener un sentido, no derivarse de ensayos previos, responder a situaciones nuevas y acontecer de súbito y sobre todo independientemente del número de ensayos.

Esto se ha podido observar, aunque con dificultad, en conductas nuevas adaptativas de los chimpancés, pero lo que nunca han llegado a dar es el salto del signo al símbolo, y descubrir las ideas esenciales (poder articular en su mente imágenes esferoides, triangulares, independientemente de los objetos), es decir, alcanzar el concepto límite perfecto.

Pero por llegar, en estos casos de los chimpancés, a poder manifestar más que una conciencia básica (de lo vivido en el instante) y poder articular cosas para alcanzar resultados nuevos, es por lo que se ha prohibido la experimentación investigadora en estos animales (y otros grandes simios)[3]. Como señalaba Scheler, en todo lo afectivo el animal está mucho más cerca del hombre que en lo que se refiere a la inteligencia [de objetos esenciales]; ofrendas, reconciliaciones amistades y otras cosas parecidas pueden encontrarse entre ellos.

En España el 2 de diciembre de 2021, el Congreso aprobó una nueva ley para que los animales dejen de ser considerados “bienes inmuebles o cosas”, y ahora serán reconocidos como “seres sintientes” o seres vivos dotados de sensibilidad.

La inteligencia humana se caracteriza por tener una “X”, un referente que comprende el concepto de la razón, emprende ideas y también entiende una especie de intuición, la de los fenómenos primarios o esencias (para Scheler esa X es el espíritu). La propiedad fundamental de un ser “espiritual” es su independencia, libertad o autonomía existencial frente a los lazos y a la presión de lo orgánico, de la “vida” y por ende también de la inteligencia impulsiva propia de ésta. Semejante ser “espiritual” no está vinculado a sus impulsos, ni al impuso circundante y está abierto al mundo. Semejante ser “tiene mundo”.

Este construirse un mundo, una concepción del mismo, y “tener mundo” va unido a que en el hombre la vivencia de la realidad no es posterior, sino anterior a toda “representación” del mundo (es primaria) y gracias a su capacidad de formalizar las esencias puede desrealizar el mundo.[4]

¿Qué significa desrealizar el mundo o “idear” el mundo? Significa, señala Scheler, abolir, aniquilar fictivamente el momento de la realidad misma. Y por esto el hombre es el ser vivo que puede adoptar una conducta ascética frente a la vida. Comparado con el animal que dice sí a la realidad incluso cuando la teme y rehúye, el hombre es el ser que sabe decir no, el asceta de la vida, el eterno protestante contra toda mera realidad.

El hombre es el único que puede elevarse por encima de sí mismo, como ser vivo, y convertir las cosas, y entre ellas también a sí mismo, en objeto de su conocimiento. Esta facultad de separar la existencia y la esencia constituye la nota fundamental del espíritu humano.

A veces, para lo mejor, pero otras para lo peor, y por eso se ha dicho que el hombre puede ser más o menos que un animal, pero nunca un animal.

Mejor o peor el hombre hará su “mundo” pues como escribe Scheler: «cuando el hombre se ha colocado fuera de la naturaleza y ha hecho de ella su “objeto”, se vuelve en torno suyo, estremeciéndose, por decirlo así, y se pregunta ¿Dónde estoy yo mismo? ¿Cuál es mi puesto? Ya no puede decir con propiedad “soy una parte del mundo; estoy cercado por el mundo”; pues el ser actual de su espíritu y de su persona es superior incluso a las formas de ser propias de este “mundo” en el espacio y en el tiempo».

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[1] Max Scheler. El puesto del hombre en el cosmos. Editorial Losada S. A. Biblioteca filosófica. Buenos Aires, 1938 (Décima edición 1972)

[2] Y esto mismo lo podemos detectar en algunos animales, no solo en chimpancés sino también son múltiples las experiencias que tenemos, por ejemplo, en perros.

[3] En 2008 Estados Unidos prohibió la experimentación médica y de laboratorio con chimpancés en todo su territorio. Esta «victoria» ha sido posible gracias a la firma de la «Chimpact» por parte del presidente de Estados Unidos, George Bush, con la que quedaba prohibido el envío de chimpancés a centros de experimentación médica, tanto públicos como privados. En España en 2013 el Consejo de Ministros aprobó un Real Decreto que «prohíbe expresamente» la experimentación con los grandes simios (gorilas, chimpancés, orangutanes y bonobos).

[4] Cuando vamos a entrar en una habitación de una casa conocida, antes de entrar el cerebro ya hace una pre-presentación automática, de lo que espera encontrarse antes incluso de haber entrado.

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LA HISTERIA DE AYER Y DE HOY


Juan Rojo Moreno

Muchos psiquiatras nos preguntamos desde hace tiempo ¿dónde están los pacientes histéricos?

Han sido pacientes muy llamativos, con manifestaciones somáticas intensas, parálisis, sorderas, cegueras, anestesias… y todo sostenido por factores psíquicos, alguna vez adaptativos, vitales.

El libro de Georges Didi-Huberman “La invención de la histeria” (Charcot y la iconografía fotográfica de la Salpêtrière) nos muestra tal cantidad de casos, imágenes y manifestaciones histéricas que se dieron en aquellos tiempos que parece que se trate de otra psiquiatría y de otros pacientes como no los hay hoy apenas.[1]

Quizá la respuesta esté en la patoplastia: es decir, en la modificación en el tiempo de las formas de expresión de las enfermedades. Quizá a finales del XIX y principios del XX eran “comprensibles” o entendibles ciertas formas de reacción ante situaciones vitales, mediante estas somatopatías funcionales, pero eso ahora es más difícil que la sociedad y los familiares lo acojan o conciban. No así “la depresión” o “la ansiedad”. Tendríamos que revisar cuantos casos diagnosticados de ansiedad o depresión, si no se hace de forma rigurosa, nos están manifestando otra manera de expresar estos estados emocionales que acullá se presentaban de forma histérica.

HISTERIA

Una buena manera de introducirnos en este campo y entender algo puede hacerse leyendo los artículos del Dr. Francisco Traver en su blog de neurociencia-neurocultura ¿Qué es la histeria? y también en este otro sobre la Histeria del Trauma.

El lugar donde nos vamos a centrar, que fue un núcleo de gran importancia histórica y cultural, es en la Salpêtrière. En 1860 lo visitó el médico español Dr. Pedro González Velasco y de las instituciones parisinas escribió: “París tiene tres grandes hospitales destinados al socorro de los enajenados; uno, Charenton, para los que pagan una cantidad para ser asistidos, y dos gratuitos, uno para hombres, Bicêtre, y otro para mujeres, la Salpêtrière, o sea la antigua Salitrería… [La Salpêtrière] es hospicio de la vejez para mujeres incurables, epilépticas, locas, idiotas y necesitadas, aunque no estén enfermas.”

Llegó a albergar de 6 a 8 mil mujeres y cuando Charcot se hizo cargo de la institución. En 1862 tenía aun a su cargo miles de mujeres ingresadas y era un asilo “pequeño gobierno con su jefe de policía interna y siempre con sus celdas y celdillas, jaulas de locos y mazmorras” es como la definió Pinel que fue el psiquiatra francés que 100 años antes había quitado las cadenas a las locas en este lugar. Cuando llega Charcot había casi 600 empleadas, y cerca de 100 mujeres en “reposo”, 2700 “administradas” y más de 100 niños.

Como señala Didi-Huberman fue el lugar señero de la reclusión a gran escala, hospital general de las mujeres o más bien de todos los desechos femeninos “anormales constitucionales, asesinas natas, la ciudad de las mujeres incurables, vagabundas, mendigas, caducas, mujeres chochas, mal proporcionadas y contrahechas”.

Se le considera a Charcot el fundador de la neurología. Preconizó muy acertadamente, antes de nuestra época, el aislamiento de los enfermos, la persuasión, el uso de agentes físicos, la electrización y redescubrió la histeria dándole nombre y sobre todo separándola de la epilepsia y del resto de enajenaciones mentales, y como señala Didi-Huberman: “la aisló como objeto nosológico puro”.

La observación de los enfermos fue luego con Freud ex-auditus (auditiva) oyéndolos, pero en la época ce Charcot aún era ex-visu (visual) “hacer que el ojo discurra” (y no hablar ni escuchar verdaderamente): el ideal de la descripción exhaustiva. Como señaló Freud en referencia a Charcot: no era un hombre reflexivo, un pensador, tenía la naturaleza de un artista, era, por emplear sus propias palabras un visual, un “hombre que ve”.

Y en esta época los tratados de psiquiatría llevaban multitudes de láminas: los idiotas de Baillarger y Bourneville los lipemaniacos de Dagonet… Bourneville fotografiaba a idiotas y basándose en los retratos buscaba un concepto característico de idiotez: labios, pómulos, velo del paladar…

Una fotografía clásica de Salpêtrière es el de la joven aquejada de una contractura espasmódica del párpado y que se quedaba afónica cuando Gilles de la Tourette, su médico, intentaba suprimirle ese permanente guiño.

 La histeria en las mujeres era una patología muy difícil de ordenar o sistematizar (y en esto fracasó Charcot) y bien decía Giles de la Tourette (1898) que “las autopsias de histéricas que habían sucumbido bien por ataques de espasmos o por anorexia…no han revelado nada palpable, nada orgánico, en una palabra”.

No se encontraba causalidad y solo se hablaba de factores provocadores o predisponentes que, como señala Didi-Huberman, ha sido un cajón de sastre caótico y fantástico de causa, una y otra vez. Diseminación de la casualidad… se buscaba en el útero, en los ovarios y no se hallaba nada; vapores o delirios, se buscaba en el cráneo y tampoco se encontraba nada.

Escribió Giles de la Tourette ese axioma considerado histórico: “Nada puede imitar la histeria, que constituye el síntoma de la propia histeria”. Una actriz nunca llegará tan “lejos ni en “profundidad” como una histérica sea cual sea el papel que interprete, porque a una histérica no le bastará con interpretar un solo papel, querrá interpretarlo todo, o interpretar demasiado, y por ello nunca resultará creíble.

Loa hombres no empezaron a entrar en la Salpêtrière más que a partir de junio de 1881 fecha de apertura de la denominada “consulta externa” y hubo que esperar hasta 1888 para poder contemplar los rasgos fotográficos de un hombre histérico.

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         Por esto, para terminar, el problema irresuelto de ¿Dónde están esos pacientes tan frecuentes a finales del XIX y principios del XX? Si ahora no se ven como entonces esto quiere decir que habrán mutado a otras formas de manifestación de la enfermedad, pero el fondo estructural (que no fue nunca sistematizado) seguirá manteniendo un pronóstico y un tratamiento que ha de individualizarse o si no tendremos posiblemente “depresivos y ansioso” crónicos no bien identificados.

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[1] Georges Didi-Huberman “La invención de la histeria” (Charcot y la iconografía fotográfica de la Salpêtrière). Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S. A) (segunda edición) 2018.  Es nuestra obra de referencia

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ÉTICA, SEGURIDAD, LIBERTAD


Juan Rojo Moreno

La obra de Adela Cortina “Ética cosmopolita. Una apuesta para la cordura en tiempos de pandemia”, analiza magistralmente los aspectos del título y otros diversos[1].

Muchos nos hemos dado cuenta que en la “era de internet” que ha supuesto una revolución en la comunicación humana, también se esperaba de ella que al estar más intercomunicadas todas las partes del planeta fuese, entonces, más fácil la democratización y mejoría de los valores éticos y sociales, aunque solo fuera por el contraste entre lo que ocurre en tu continente, país o ciudad y lo que ocurre en otros. Pero ya han pasado más de 30 años de comunicación social, de planetociedad, y lo que vemos es casi lo contrario.

 Algunos países que se habían “democratizado” han vuelto a formas pseudodemocráticas, en los que si bien hay unas elecciones populares en las que “el pueblo” puede votar a sus dirigentes, no obstante, o bien se encarcela antes a la oposición o se anulan medios de difusión informativa de los que no apoyan al “poder”. Nos sirve como ejemplo lo que ha ocurrido (y ocurre) en Rusia, Bielorrusia, Venezuela, Nicaragua y algún otro país. Son las llamadas “democracias iliberales”.

Como señala A. Cortina “el progreso no es lineal, venimos viviendo desde el cambio de siglo el retroceso del mejor de los sistemas políticos, venimos viviendo una recesión democrática… parece que los medios sociales que nacieron con la promesa de fortalecer la democracia, dado su funcionamiento, están ayudando a socavarla en muy buena medida.”.

Quizá en gran parte con tanta planetización hayan menguado valores universales y el problema de fondo sea que nos hemos saturado de técnicas, conocimientos y multicultura, sin que tengamos una jerarquía de valores consensuada.

 Recuerda Philip Pettit que los mecanismos de control de una sociedad moderna son fundamentalmente tres: la mano invisible de la economía de mercado, la mano visible del Estado y la mano intangible de los valores. En el mismo sentido Levitsky y Ziblatt (2018) señalan que, aunque las democracias cuentan con constituciones y reglas escritas, no obstante, funcionan mejor y son más duraderas en los países en los que están reforzadas con reglas del juego no escritas que son códigos de conducta que la comunidad acepta y respeta.

Fijémonos, incluso en países con democracias plenas (que no son tantas en el mundo) que puntuaciones o valoraciones suelen tener la “clase” o líderes políticos… y, entonces, entendemos como la transmisión de valores jerárquicos positivos se encuentra menguada. Como señala Cortina “en el mundo del marketing económico está prohibido tratar de vender el propio producto desacreditando a los contrarios; en la política diaria es, por desgracia, el método habitual… y es descorazonador que la destrucción sistemática del adversario genere votos y que las pruebas palmarias de que algunos políticos han mentido abiertamente o han difundido bulos, no merezcan ningún castigo en las urnas… el esquema simplista nosotros/ellos resultan sumamente rentable”.

Las encuestas de calidad de los representantes y estructura políticas muestran constantemente un problema que no solo no se ha resuelto, sino que ha ido aumentando: la desafección de la gente por sus estructuras y representantes. Es necesario, señala Cortina, construir credibilidad, generar confianza y capital social, crear amistad cívica.

Pero por desgracia cuando en una encuesta un representante político tiene una puntuación de 2,5 sobre 10, lo que más le importa “parece ser” es que el opuesto tenga un 3,2 y el otro un 2,1. No se plantean que una puntuación tan baja es de por sí ya un problema social.

Otra cuestión que trata con mucho acierto A. Cortina es el problema de la gerontofobia y nos lleva este asunto al triaje médico que se ha hecho con los mayores en el periodo más álgido de saturación hospitalaria y UCI.

Ya escribí en su momento sobre la edad mayor o “vejencia«. Si vivimos mucho somos considerados como una especie “de cáncer social” , como unos Viejos Crónicos  y que como toda enfermedad crónica la mejor “curación” que tiene es que desaparezca lo antes posible (lo agudo, es decir los recién viejos son más soportables, pero su duración, su cronicidad, es perjudicial) y señalaba como con los achaques, físicos y psíquicos, no siempre esta edad ha sido bienaventurada pues como decía Gracián “hemos llegado sin sentir a los helados dominios de la vejencia, con sus honores y horrores”.

Sí, cierto, se lleva mucho tiempo haciendo triaje en Medicina sobre todo en urgencias médicas y en la elección de ciertos tratamientos oncológicos, cirugías, etcétera. Salió repetidamente la noticia en los informativos que no se trataban del Covid19 a ancianos de residencias y que muchos médicos llorando les decían a familiares que no ingresaban en UCI a personas tan mayores pues tenían menos posibilidades de supervivencia y había déficit importante de recursos.

No es lo mismo hacer un “triaje” en urgencias para detectar que es lo realmente urgente, que hacerlo segregando por edad un tratamiento contra una enfermedad. El triaje, trillaje o cribado, del francés “triage” significa cribado o clasificación; con la misma etimología que el español trillado «separación del grano de la paja». Es un método de selección y clasificación de pacientes, empleado en enfermería y en medicina de emergencias y desastres. Evalúa las prioridades de atención, privilegiando la posibilidad de supervivencia, de acuerdo con las necesidades terapéuticas y los recursos disponibles. En una guerra tras un bombardeo y un solo médico que tenga que atender a los heridos no será lo mismo asistir a un paciente con 10 impactos de bala que a otro con 2 impactos siendo que el primero esté a punto de morir y el segundo pueda ser salvado. No es esto lo mismo que “por ser anciano”, por tener Alzheimer, por estar en una residencia, automáticamente te hagan el filtro de la no atención hospitalaria o en UCI.

Tenemos que ponernos de acuerdo: ¿hay gerontofobia? ¿A los pacientes con Alzheimer, aunque estén respiratoriamente bien, les hacemos triaje y a morirse?”. Un capitulo dedica A. Cortina en nuestra obra de referencia, titulándolo: “Gerontofobia. Un atentado suicida contra la dignidad humana”. En este capítulo explica muy bien, entre otras cosas, la necesidad de individualización clínica, diagnóstica, pronóstico y calidad de vida si se plantea la necesidad de un triaje. Pero muy acertadamente señala: “Triaje. Toda vida humana tiene igual valor… y se prescribe explícitamente no discriminar por razón de edad o discapacidad… los pacientes de mayor edad deben ser tratados en las mismas condiciones que el resto de la población, atendiendo a cada caso particular, y lo mismo sucede con las personas con discapacidad o demencia”.

Quizá en la pandemia y ante las exigencias de triaje más de uno de nuestros dirigentes pudo pensar, en su intimidad, como el ministro japonés de finanzas en 2013 que se explica a continuación (aunque como puede haberlo pensado en su intimidad nunca lo sabremos con seguridad a diferencia de Taro Aso que lo dijo explícitamente).

Parece muy rudo, es lo menos que puede decirse, que en su momento (2013) el ministro japonés de finanzas Taro Aso pidió a los ancianos “que se den prisa y se mueran” para así aliviar la carga fiscal que originan por su atención médica: “clamó contra las unidades de reanimación y los tratamientos para prolongar la vida”, según el diario The Guardian, que le cita explicando que le sentaría mal que le ayudaran a prolongar su vida, más si cabe sabiendo que ese tratamiento lo paga el Estado. Taro Aso, ministro japonés, sobre los ancianos: «¡Que se den prisa y se mueran!» (telecinco.es)

Como señala Cortina “la mentalidad griega y la latina desprecia a quien no se basta a sí mismo, sea anciano o enfermo, porque al enfermo se le tiene por infirmus, débil, pusilánime y la falta de firmeza no merece aprecio” y por esto, señala, cuidar a vulnerables, a los débiles y a los enfermos que hubieran perecido sin remedio en la lucha y el conflicto entre los más fuertes ha sido y es el mayor timbre de gloria de los seres humanos.

Mucho tenemos que reflexionar en esta era tan acelerada, tan comunicada pero que apenas da tiempo para uno mismo.

 Hay que exigir reflexiones tanto de los problemas de la gerontología, de la vejez, que ahora no es político denominarla así sino solo como “edad mayor” (adulto mayor es un término reciente que se le da a las personas que tienen más de 65 años de edad) o de la gerontofobia y  de toda la “guerra” actual en las redes, del poder de los datos, del uso de nuestra privacidad y si pueden incluso de nuestra intimidad.

Muchas de estas reflexiones y otras más que han sido muy bien desarrolladas por A. Cortina en su obra que es de agradecer.

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[1] Adela Cortina; Ética cosmopolita, Una apuesta para la cordura en tiempos de pandemia. Editorial Paidós (Estado y sociedad), 2021. [no haceos resumen de esta obra sino solo nos ha servido como guía]

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PSIQUIATRIA, BIOLOGICA, SOCIAL Y ONLINE


Nueva Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental

Juan Rojo Moreno

Acaba de realizarse el XXIV Congreso Nacional de Psiquiatría, esta vez en Valencia. Hemos tenido la posibilidad de hacerlo online, pero también presencial, y de nuevo el gusto de estar sentado en las salas de presentaciones y tratar de nuevo con cierta normalidad entre unos y otros compañeros de manera “presencial”.

Por mi parte he podido comprobar, como siempre en los congreso de las asociaciones españolas de psiquiatría, un buen programa, diverso, actualizado y con diversas opciones, como viene siendo ya habitual en estos congresos en donde las sesiones paralelas en el mismo horario permite ampliar el número de opciones y facilitar la elección.

         Solamente quisiera hacer 4 comentarios  a propósito.[1]

1-   Un primer comentario  es que en este Congreso la Sociedad Española de Psiquiatría y la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica van a celebrar sendas Asambleas Generales Extraordinarias al efecto de aprobar, en su caso, la fusión SEP-SEPB en una única entidad denominada Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental.

Me ha alegrado mucho que por fin cuajara esa idea que ya propuse  en una de las Asambleas hace más de 30 años (creo que fue en un congreso en Sevilla). Me dijeron, más o menos, en confianza, que eso no era posible y que mi propuesta, o pregunta, venía a propósito dada mi juventud e ingenuidad.

Veía complicado y poco práctico en esa época que cada 2 años fuera el Congreso de la Sociedad Española de Psiquiatría y cada año el de  Psiquiatría Biológica, de manera que el año que coincidían los dos, por ejemplo en Mayo era uno en una ciudad y el Junio el otro en otra, suponía unos costes considerables y que solo eran asumidos (y cada vez con más reticencia sobre todo en relación con los congresos de la SEP) por las ayudas a Congresos que aportaba la industria farmacológica, tanto a los participantes como a las Asociaciones con sus stands publicitarios.

En 1993 se decide hacer en un solo Congreso ambas asociaciones y el primero que ser realiza se denominó “Sevilla -95”.

Me hubiera gustado tener hace 30 años la comunicación que el Presidente de la SEPB aporta aquí Víctor Pérez Solá, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica. – YouTube  o la carta de ambas sociedades aquí SEP-SEPB (mailchi.mp).

De todas formas quizá se necesitaba ese periodo de “juventud”, y no sé si tanto de ingenuidad, para que llegase ahora lo que ya planteé entonces. Quizá cada momento tiene su tiempo y puede que esta pandemia también haya obligado a replantearse muchas cosas que antes de la misma eran solo pensables con más superficialidad.

2- Un segundo comentario hace referencia al Simposio sobre “La llegada de la Psiquiatría Digital, Apps e Inteligencia Artificial”, muy interesante, actual y bien desarrollado por sus presentadores, como no podía ser de otra forma. Pero, no obstante, quizá este campo aun tenga mucha juventud y alguna ingenuidad. Así fue un comentario acerca de la extrañeza que no esté todo el mundo en esta “área digital psiquiátrica”, cuando hay que tener en cuenta que atañerá “a todos” si el tiempo lo dice. Siempre hay maneras de hacer psiquiatría que es una disciplina heteróclita, decía López- Ibor, y por lo tanto nutrida de otras muchas especialidades, que permite diferentes formas de encarar la clínica, todas ellas igualmente válidas.

 Se realizó la consideración, con la que no estoy nada de acuerdo, de que en psiquiatría “existe la ventaja de que no tenemos por qué tocar al paciente ni explorarlo”.  No considero que eso sea correcto para la psiquiatría, ni para la profesión ni para el profesional.

Se desarrollaron varias líneas, entre ellas es curioso que existe un efecto placebo digital con un 50% de abandonos y el profesional “tiene que estar convencido que funciona”.

Ya he escrito mucho anteriormente sobe la necesidad de un “tiempo suficiente de dedicación” al paciente psiquiátrico, de la necesidad de su exploración física y del contacto interpersonal.

Esta área de las apps y de la tecnología wearable (para llevar puesto) es tan interesante, novedosa e importante que incluso nos aportaron a todos los congresistas una revista (Psychiatric Times, número 4, 2021) en la que uno de los artículos era exactamente “Cómo la tecnología puede mejora la práctica psiquiátrica”. Lo veo muy adecuado y se estudia lo que mide la tecnología wearable, lo que proporcionan los smartphones y los datos que se proporcionan por el sujeto cerca de un evento (Ecological Momentary Assessment), y se concluye que la tecnología puede ser muy útil como “complemento de obtención de la información” pero, añado yo, tendremos que tener cuidado en no querer transformar al paciente de manera completa en un big-data.

3- En tercer lugar vi muy interesante,  así mismo, el simposio sobre “Lifestyle Psychiatry: encarando el futuro, volviendo al pasado” en el que se subraya la reconexión con al naturaleza en los tratamientos psiquiátricos, Psiquiatria de la vida saludable, gestión del estrés…

En Valencia he tenido la suerte de compartir Unidad de Psiquiatría con el Dr. V. Balanzá que nos ha introducido en este campo con múltiples trabajos nacionales e internacionales y dirección de investigaciones.

Aun así, recuerdo que me llamó la atención que hace más de 15 años en un Congreso de la Asociación Americana de Psiquiatría ya unos “residentes” hicieron una aportación y revisión sobre este campo, amplia y novedosa.

Pues, aun así tiene mucho más impacto la bio-farmacoterapia que la bio-naturoterapia. Quizá se necesiten más canales de difusión en este campo del “contacto con la naturaleza”, terapia forestal, psiquiatría nutricional…

4- Por último, en cuarto lugar, he de nombrar que asistí a los homenajes IN MEMORIAN de varios psiquiatras o profesionales españoles con grandes aportaciones en el campo de la psiquiatría, como Carlos Carbonell, Eduardo Cuenca, Juan Gilbert o Carlos Ballús pero quisiera recordar  especialmente al Prof. Carlos Ballús con el que siempre tuve una vivencia de confianza por su parte y de verdadera empatía, y con el que los recuerdos me vienen desde nada más terminar medicina y hacer la especialidad.

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[1] Evidentemente, hubieron muchos Simposio, trabajos y reuniones científicas diferentes y yo aquí me limito a comentar alguna, sin quitar la más mínima importancia o relevancia a otras muchas se hicieron.

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SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSIQUIATRÍA


Sobre la Ley de Salud Mental propuesta por Unidas Podemos

La Sociedad Española de Psiquiatría está trabajando en un posicionamiento sobre la Ley consensuado con otras sociedades científicas, pero cree conveniente adelantar estos comentarios preliminares.

Ante la admisión a trámite de la Proposición de Ley General de Salud Mental, la Sociedad Española de Psiquiatría, como sociedad científica que agrupa al mayor número de psiquiatras de España, considera necesario realizar una serie de observaciones a la misma.

La Sociedad Española de Psiquiatría está trabajando en un posicionamiento sobre la Ley consensuado con otras sociedades científicas, pero cree conveniente adelantar estos comentarios preliminares.

El problema principal de esta Propuesta de Ley es que, de aprobarse, conseguirá lo que, en teoría, dice querer evitar:

  1.       La estigmatización de los trastornos mentales y de la salud mental frente a otras áreas de salud. El tener una ley específica, el regular lo que no se hace en otras áreas de la medicina, el dar por sentado que las personas con trastornos mental deben recibir un trato distinto al del resto de personas, o que los profesionales de la salud mental, incluidos los psiquiatras, no hacen una buena labor o debe protegerse a la sociedad de los mismos, son todos ejemplo de estigma. 

  2.        Al no distinguir entre síntomas y trastornos mentales se conseguirá la psicologización y psiquiatrización de fenómenos que nada tienen que ver con los trastornos mentales como los define la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta ley, centrada en la pobreza, la opresión social, el patrono opresor, etc. está tan alejada de la práctica clínica habitual y de los problemas reales de las personas con trastornos mentales graves, que lo único que conseguirá será diluir las carencias actuales de la atención en salud mental con otros problemas de la sociedad, alejados de lo que se considera patológico.

Hay que señalar que no se habla en todo el documento de los trastornos mentales graves, que son los que ocupan el quehacer principal de la atención en salud mental de nuestro país, y los que sufren las carencias del sistema en número de profesionales: recursos intermedios, listas de espera, plazas de hospitales de día y centros de rehabilitación, políticas de integración en la vida laboral, etc.

Se cita continuamente los “malestares psicosociales y malestares de la vida cotidiana”, pero no se nombra ni una vez la esquizofrenia, el trastorno bipolar, el autismo, las demencias o los trastornos obsesivos-compulsivos.

¿Busca realmente esta Ley la prevención y el mejor tratamiento y cuidado de estas personas o se usa la terminología “salud mental” para otros intereses alejados de las necesidades reales de las personas, y más cercanos a aspectos sociales, económicos y laborales del conjunto de la población?

La ley está plagada de apriorismos falsos y contrarios a los datos y evidencia de años de investigación en este campo. La única vez que se hace referencia a dicha evidencia se habla de filósofos contemporáneos vinculados a sistemas filosóficos muy concretos. Lo que no hace más que reforzar la idea de que esta es una ley más del ámbito de la filosofía y sociología que de los trastornos mentales; al menos como los entiende la OMS y el resto del mundo civilizado.

Una búsqueda detallada hace que se encuentre la palabra social 77 veces frente a 0 veces la palabra biopsicosocial (o ninguna vez la palabra cerebro, trastorno mental mayor, esquizofrenia, autismo, trastorno bipolar, innovación, guías clínicas o terapéuticas, evidencia científica, estándares internacionales, etc.). Se intenta dar la impresión de que los trastornos mentales (aunque de lo que realmente se habla es de síntomas; “malestar subjetivo”), son producto de problemas sociales, dando una explicación reduccionista a un problema mucho más complejo.

Desde hace décadas, toda evidencia científica demuestra que cualquier trastorno mental tiene componentes biopsicosociales, y no solo de cada una de estas dimensiones. Desde la exposición de motivos, la Propuesta de Ley está impregnada de apriorismos no sustentados por la evidencia científica. Por ejemplo, cuando se afirma (pág. 2) que “Otros factores culturales, como la difusión de discursos individualistas que ponen el foco en la autoexigencia y en la hiperresponsabilización individual, obviando las causas y estructuras sociales, contribuyen a perfilar una sociedad del cansancio en la que las personas tornan en empresarias de si? mismas, como han diagnosticado algunos filósofos contemporáneos”.

Si fuera como aparece en el texto, los países más desarrollados tendrían menos (o simplemente no tendrían) trastornos mentales. Esto no solo no es cierto, si no que en muchos casos es lo contrario. La mortalidad por trastorno mental es mayor en el Reino Unido que en Bulgaria, hay más prevalencia de trastornos mentales en Francia que en Rumanía (OECD and Global Burden of Disease data, 2021). Si los trastornos mentales fueran causados exclusivamente por aspectos sociales (pobreza, opresión, …) su aumento en estos últimos dos años hablaría muy mal de la gestión del Gobierno de España. Incluso hay patologías como los trastornos de la conducta alimentaria o las adicciones comportamentales que ocurren más en países desarrollados. No parece que niveles socioeconómicos altos protejan de dichos trastornos o influyan en la aparición de otros trastornos mentales graves.

Los estudios confirman, por ejemplo, que la incidencia de esquizofrenia es similar en países de distinto nivel socioeconómico (Saha S, Welham J, Chant D, McGrath J. Incidence of schizophrenia does not vary with economic status of the country: evidence from a systematic review. Soc Psychiatry Psychiatr Epidemiol. 2006 May;41(5):338-40).

Incluso el trastorno por déficit de atención e hiperactividad tiene una prevalencia similar entre países, culturas y regiones del mundo cuando se controla por los diversos factores de confusión. (Polanczyk G, Lima MS, Horta BL, Biederman J, Rohde LA. The worldwide prevalence of ADHD: a systematic review and metaregression analysis. Am J Psychiatry. 2007; 164:942–948. doi: 10.1176/appi.ajp.164.6.942; Willcutt EG. The prevalence of DSM-IV attention-deficit/hyperactivity disorder: a meta-analytic review. Neurotherapeutics. 2012; 9(3):490-499. doi: 10.1007/s13311-012-0135-8).

En suma, la Propuesta de Ley está impregnada de aseveraciones que provienen de terrenos alejados a la atención clínica de los trastornos mentales, y confunde sistemáticamente la respuesta adaptativa del ser humano a las dificultades o la mera aparición de síntomas (cansancio, descontento, preocupación, malestar, etc.) con los trastornos mentales.

Aspectos específicos:

Hay numerosos apartados que consisten en vaguedades que podrían incluirse en cualquier ley. Ejemplo, página 2: “La salud mental, como la salud en general, debe ser promovida con políticas públicas integrales que erradiquen la pobreza, la exclusión y las desigualdades sociales y garanticen los derechos sociales y laborales”. Quién no firmaría que se debe erradicar la pobreza, al igual que quién no firmaría que se debe erradicar el cáncer de mama o los infartos de miocardio. El incluir esto en una ley de salud mental no es más que otro ejemplo de estigmatización.

No se entiende lo que se quiere decir en la frase (pág. 4): “Contamos con una atención fragmentada, insuficiente, biologicista y centrada en la reducción sintomatológica”. ¿Atención biologicista?, ¿reducción sintomatológica? Lamentablemente muchos de los trastornos mentales graves son patologías crónicas, al igual que en otras áreas de la medicina; y la reducción de los síntomas, por los que se definen los diagnósticos, es el mejor tratamiento posible. ¿Se haría esta crítica de la atención a otras patologías en nuestro sistema sanitario, como la reducción del dolor en las patologías dolorosas crónicas? Más estigma.

En su artículo 4 (pág. 8) se define el suicidio como “acto deliberado, voluntario y consciente realizado con la intención de quitarse la vida que acaba en muerte”. “Un acto voluntario”, obviando que las personas que mueren por suicidio lo hacen, en su mayoría, impulsadas por un estado mental alterado fruto de una patología que limita, modifica o anula su libertad de acción y voluntariedad,  ya que en más de un 90% de los suicidios consumados puede demostrarse que existe un trastorno mental activo (ref.: Henriksson, M. M., Aro, H. M., Marttunen, M. J., Heikkinen, M. E., Isometsa, E. T., Kuoppasalmi, K. I., et al. (1993): “Mental disorders and comorbidity in suicide”, Am J Psychiatr, 150, pp. 935-940; Sociedad Española de Psiquiatría (SEP), Sociedad Española de Psiquiatría Biológica (SEPB) y Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental (FEPSM). (2020). Depresión y Suicidio 2020. Documento estratégico para la promoción de la Salud Mental).

Varios apartados de la Propuesta de Ley se refieren a leyes de rango superior (Ley de Enjuiciamiento Civil) o de cómo se regula el uso de medicamentos en este país.  Ejemplos de esto son las alusiones a las “personas referentes” o la “defensoría de la persona con problemas de salud mental” (sic). De nuevo, el no diferenciar “síntomas”, “problemas” o trastornos, definidos por la OMS, llevaría a que toda persona en este país necesitara designar su “defensor”. ¿Ante qué?, de nuevo el estigma.

El artículo 16 (pág. 11) dice: “Cualquier tratamiento farmacológico potencialmente inadecuado en la clínica, así como la utilización preventiva de medicación neuroléptica o antipsicótica, sin sintomatología franca, deberá ser comunicado previamente a la Defensoría de la persona con problemas de salud mental.” Se obvia que estos fármacos son eficaces. Una revisión sistemática concluyó, al contrario de lo que algunos falsos prejuicios pueden hacer creer, que los psicofármacos, en conjunto, no son menos eficaces que cualquier otro fármaco médico general (Leucht et al. British J Psych, 2012). Los ejemplos en práctica clínica son innumerables y ampliamente respaldados por literatura científica. A modo de ejemplo, el mayor predictor de recaída después de un primer episodio psicótico es dejar de tomar la medicación antipsicótica en personas con trastornos psicóticos (ejemplo: esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno esquizoafectivo) estables sin sintomatología “franca” (Maintenance antipsychotic treatment versus discontinuation strategies following remission from first episode psychosis: systematic review. Thompson A, Winsper C, Marwaha S, Haynes J, Alvarez-Jimenez M, Hetrick S, Realpe A, Vail L, Dawson S, Sullivan SA BJPsych Open. 2018 Jul; 4(4):215-225.)

Es un hecho que la buena adherencia al tratamiento psiquiátrico se asocia, no solo con mejor control de la enfermedad, si no con menor riesgo de suicidio e incluso menor mortalidad general en enfermedades como la depresión, la esquizofrenia o el trastorno bipolar (Krivoy A, Balicer RD, Feldman B, Hoshen M, Zalsman G, Weizman A, Shoval G. Adherence to antidepressants is associated with lower mortality: a 4-year population-based cohort study. J Clin Psychiatry. 2016 May;77(5): e566-72; Taipale H, Tanskanen A, Mehtälä J, Vattulainen P, Correll CU, Tiihonen J. 20-year follow-up study of physical morbidity and mortality in relationship to antipsychotic treatment in a nationwide cohort of 62,250 patients with schizophrenia (FIN20). World Psychiatry. 2020;19(1):61-68; Chakrabarti S. Treatment-adherence in bipolar disorder: A patient-centred approach. World J Psychiatry. 2016;6(4):399-409. Published 2016 Dec 22. doi:10.5498/ wjp.v6.i4.399).

Este punto va en contra de todas las guías clínicas internacionales y del criterio de todas las agencias reguladoras. ¿Se va a regular por ley en contra de los criterios de las agencias reguladoras, AEMPS, EMA, etc.? ¿Se haría esto en cualquier otra rama de la medicina? De nuevo, el estigma.

El mismo artículo dice (pág. 11): “Las personas medicadas con fármacos psiquiátricos que deseen reducir su consumo o dejar de consumirlos tendrán derecho a un acompañamiento especializado por parte de profesionales sanitarios para la reducción progresiva de la medicación, destinado a evitar las situaciones de crisis derivadas de los síndromes de abstinencia por interrupción brusca de la medicación psiquiátrica.” Esto denota un perjuicio claro contra los fármacos psicótropos en general. Sólo las benzodiacepinas (no “la medicación psiquiátrica” sic), utilizadas mayoritariamente en atención primaria, producen síndrome de abstinencia. (Ohayon MM, Lader MH. Use of psychotropic medication in the general population of France, Germany, Italy, and the United Kingdom. J Clin Psychiatry. 2002;63(9):817–825).

El riesgo de abuso y dependencia está claramente relacionado con un uso inadecuado, como automedicación y fuera de prescripción y seguimiento de un facultativo (Kan CC, Hilberink SR, Breteler MH. Determination of the main risk factors for benzodiazepine dependence using a multivariate and multidimensional approach. Compr Psychiatry. 2004 Mar-Apr;45(2):88-94. doi: 10.1016/j.comppsych.2003.12.007. PMID: 14999658).

Y, desde luego, no son el grupo más representativo de medicaciones para tratar los trastornos mentales, especialmente los trastornos mentales más graves, para los que contamos con intervenciones psicofarmacológicas contrastadamente eficaces.

En el artículo 21, sobre prevención primaria, se habla solo de “factores psicológicos y sociales”. ¿No se pretende hacer prevención primaria reduciendo factores de riesgo biológicos (ejemplo, entre otros muchos, consumo de fármacos antiepilépticos o alcohol durante el embarazo …)?

El artículo 22 es una antología a la contrariedad. Se dice una cosa y la contraria en varias ocasiones. Véase (pág. 13): “Protección contra la psiquiatrización y medicalización del niño, niña y adolescente, promoviendo una atención orientada a la resiliencia desde los recursos comunitarios. Se prohíbe la medicalización preventiva.” Por cierto, ¿la medicalización preventiva de qué? ¿Se está criminalizando o acusando de algo a los profesionales de la salud mental (psiquiatras, psicólogos clínicos)?

Asimismo, “Se reforzarán los espacios de colaboración y coordinación entre los dos niveles asistenciales, compartiendo la responsabilidad de los cuidados profesionales entre atención primaria de salud y atención especializada, permitiendo dar respuesta a los llamados malestares psicosociales o malestares de la vida cotidiana y frenando los cada vez más frecuentes procesos de psicologización, psiquiatrización o medicalización de la vida cotidiana de las personas.” ¡Precisamente es la atención a los malestares de la vida cotidiana que sufre toda la población la que conseguirá lo contrario de lo que se quiere evitar, la psicologización de la vida cotidiana!

Pág. 4: “El estigma aún presente en torno a la cuestión de la salud mental provoca, en primer lugar, que los datos epidemiológicos sean incompletos”. Es cierto que el estigma influye en diversos ámbitos, no así a nivel científico, donde hay larga evidencia sobre la epidemiología de los trastornos mentales a nivel mundial.

Artículo 6 a 13 (pág. 9). Entendemos que el resto de los pacientes médicos también tienen ese derecho. ¿Por qué hay que separar las personas con problemas de salud mental?

Las personas con trastornos mentales de este país necesitan que se incremente, en los Presupuestos Generales del Estado, la inversión en la prevención y tratamiento de los mismos, asimilándolos al menos a la media de la Unión Europea; y que no se les estigmatice (ni a ellos ni a los profesionales de la salud mental) ni se les utilice para proponer leyes que conseguirán lo contrario de lo que en teoría se pretende conseguir.

El Comité Ejecutivo, en Madrid, a 13 de octubre de 2021.

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LAS NEUROSIS DE RENTA. SINISTROSIS


Juan Rojo Moreno

 Los psiquiatras no solemos ver estos pacientes, neuróticos de renta, que antaño sí eran evaluados y valorados por nosotros. Ahora o bien son las mutuas de accidentes quienes los valoran o se transforma en un problema médico-legal.

Bien señala Pablo Guerreiro, fisioterapeuta, en el portal de una mutua, Asepeyo, diferenciando al simulador del neurótico de renta[1]: si partimos de la base de que cada uno tiene un código diferente en la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades, de la OMS), Simulador/a; CIE10 Z76.5 y Neurosis de renta; CIE10 F68, queda claro que no es lo mismo, entonces ¿por qué nos cuesta tanto identificarlos y con frecuencia nos empeñamos en tratarlos por igual?

Para el neurótico de renta su fin es la búsqueda de una compensación, ya sea económica o personal por lo ocurrido (normalmente un accidente), por la mala relación laboral pasada o presente, bien por una mala atención prestada al inicio del proceso; también por la insatisfacción con el resultado del tratamiento o por la decepción con el grado de atención personal recibida en medios sanitarios. Es decir, cree justa esa compensación y la necesita para resarcirse de los problemas causados. Aunque en algunos casos parece existir una clara motivación derivada de la posibilidad de obtener indemnizaciones consecutivas a accidentes o lesiones “el síndrome no remite necesariamente con rapidez cuando el litigio ha sido exitoso.[2]

L.M Iruela (cit. Pablo Guerrero) da algunos consejos útiles para el profesional sanitario que detecta una posible simulación o neurosis de renta.

En primer lugar, que nuestra misión es ayudar al que sufre, diagnosticando y tratando de acuerdo con los estándares y procedimientos científicos y profesionales aceptados. Añade que el diagnostico de simulación es forense y en eso no estoy completamente de acuerdo. Serán, en justicia, médico-legales o forenses las consecuencias que pueda querer obtener el simulador o la valoración de la demanda de indemnización del neurótico de renta, pero nuestro diagnóstico médico puede incluir tanto simulación como neurosis “de renta”, aunque no, claro, las consecuencias o demandas que haga.

Por esto veo muy acertados, en segundo lugar, los siguientes apuntes que hace Iruela: entrevistas cálidas y empáticas, ahondar en la psicobiografía del enfermo, comprender, ayudar y aconsejar [dentro de los postulados médicos, he de añadir], derivar al paciente a psicoterapia.

Un trabajo centrado en este tema realizado por el psiquiatra Dr. Alfredo Calcedo Ordoñez, especialista en psiquiatría legal, nos sirve de referencia con su aportación: “Las llamadas Neurosis de Renta”[3].Estas neurosis suponen: a) tener síntomas neuróticos b) aparecer o relacionarse con un accidente c) en un contexto legal que proponga la posibilidad de una indemnización.

También se le ha llamado enfermedad de Erichsen, cirujano inglés que fue el primero en 1866 en estudiar de forma sistemática varios casos relacionados con accidentes (ferrocarril, carruajes, …). Y en 1908 Brissaud describe con el nombre de sinistrosis una especie de “delirio razonante” que arranca de una idea falsa de reivindicación. No deriva en sí del accidente, sino de la opinión errónea sobre la cuantía o del tipo de reparación que estima le es debida. El termino neurosis de renta aparece en la escuela alemana a partir de 1926, “Rentenneurose”.

Los síntomas son muy diversos, algunos de aspecto hipocondriacos, otros depresivos, otros de cansancio, mareos, vértigos… y no aparecen inmediatamente sino después de un periodo de latencia tras el accidente.

Detrás del accidente ha de aparecer la posibilidad de que la sociedad haya viabilizado una indemnización. No se dan estas neurosis de renta cuando no hay esa posibilidad de indemnización, y por lo tanto son más frecuentes en trabajadores de grandes instituciones que en autónomos o en trabajadores liberales.

Se diferenció de la simulación pues en esta el sujeto simula (muchas veces exageradamente o sin los detalles necesarios) una patología y lo hace de modo consciente para obtener un beneficio. No quieren dar muchos detalles de sus padecimientos y eluden en lo posible las visitas médicas. En el caso de las neurosis de renta todo lo contrario, quieren explicar las molestias y síntomas que tienen relacionados con el accidente y quieren toda la ayuda posible e incluso que se le hagan el mayor número de pruebas posibles.

No siempre cuando consiguen la indemnización desaparecen los síntomas en estas neurosis.

Hay un paso importante en la conceptualización de este trastorno cuando Viktor von Weizsäcker en 1929 (cit. Calcedo) plantea que el deseo de renta y la representación de estar enfermo son visiones demasiados simples para comprender las neurosis de renta. Indemnización y sintomatología son elementos de segundo orden, lo verdaderamente importante es la privación de lo que estima que son sus derechos y por esto la denomina “neurosis de derecho”, en vez de neurosis de renta.

Por lo tanto se está ya más claramente diferenciando del simulador que conscientemente busca un beneficio o fin con su “simulación” y ahora, si bien es cierto que para que se dé la neurosis de renta es necesario que haya en la sociedad una posibilidad de indemnización y un accidente, pero ya con Weizsäcker supone que empecemos a valorar la individualización de cada caso, las personalidad, la psicobiografía, circunstancias sensibilizantes previas, y también los factores sociales, los sistemas de salud y sus coberturas es decir aquí hay que individualizar sujeto-ambiente-sanidad.

Podemos decir que la neurosis de renta es verdaderamente una neurosis de reivindicación de derecho: es decir lo que reivindica el paciente es un derecho que tiene a ser valorado médicamente, socialmente y económicamente, en base a lo que le ha ocurrido y sobre todo a lo que le afecta.

Por esto dice Calcedo que las neurosis de renta son el prototipo de enfermedad social, sea desencadenada por accidente de trabajo o de otro tipo… y si el médico rechaza o se muestra escéptico sobre los trastornos, lo que en realidad hace es ahondar más la ofensa y por consiguiente reforzar la lucha por el derecho.

Los hallazgos objetivos en las pruebas exploratorias que se realizan son escasos o nulos y si aparecen no justifican la afectación tan importante que tiene el paciente.

Para Calcedo lo más importante es la vivencia de insuficiencia que tiene el paciente frente a las solicitaciones fundamentalmente laborales del ambiente que antes resolvía sin dificultad. La conexión entre vivencia de insuficiencia y el accidente se establece pronto.

Hay varios motivos por los que antaño no existían las neurosis de renta: uno, que no había indemnizaciones, otro, que el medio familiar y profesional eran más cordiales. López Ibor (1966) insistió sobre el carácter de eficacia y mayor rendimiento de las sociedades industrializadas y sobre la menor protección que tienen “sobre el aspecto vital” de cada uno de los miembros.

Por esto Calcedo insiste en que la “actitud” de renta es por una parte la manifestación de queja, reivindicación del sujeto a cuenta de lo que ha pasado (accidente…), y también por otra parte es consecuencia de legislaciones que protegen y amparan frente a posibles secuelas.   En el fondo siempre está la vivencia de insuficiencia ante las situaciones de esfuerzo. El deseo de indemnización es una actitud, pero no un síntoma.

En resumen, apunta Calcedo:

1-Hace falta un accidente o traumatismo.

2-Este ha de resultar indemnizable.

3-Vivencia de insuficiencia ante el esfuerzo, con desproporción entre la sintomatología subjetiva tan incapacitante y los hallazgos objetivos.

4-La neurosis de renta no es un concepto médico en sentido estricto, sino médico-jurídico.

Y por esto señala Calcedo: “claro está que al principio los síntomas son función del accidente, pero después resulta que lo son en función del paciente […] El diagnóstico no está exento de dificultades, implica naturalmente diferenciar y excluir los cuadros similares de base orgánica y la simulación”.

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Cierto que normalmente los psiquiatras no nos planteamos la finalidad de indemnización o no, que corresponde a la medicina legal y que para nosotros el paciente, su sintomatología y bio-situación son aspectos preferentes.

Pero todos conocemos, en nuestra especialidad, la vivencia de desamparo que algunos pacientes sufren cuando ante su sintomatología claramente psiquiátrica y la justa retribución económica que deberían percibir como enfermedad crónica, en bastantes ocasiones, se les deniega como si fuera una “invención” o una exageración. Recuerdo el caso de un comercial que había trabajado, como le corresponde, viajando mucho y que ahora padeciendo un trastorno agorafóbico no era apenas capaz de salir de su casa si no iba acompañado. Por supuesto ni alejarse de casa ni del barrio ni conducir un automóvil. Con la correspondiente medicación y psicoterapia conseguimos en 6-8 meses que ya pudiese salir sólo dando una vuelta a su casa o a lugares muy concretos que le daban seguridad cerca de casa. Se le denegó cualquier ayuda dándole el alta médica que desde luego fue imposible de cumplimentar incorporándose al trabajo.

En ocasiones, como ya está “previsto”, habrá un número de enfermos que, ellos y sus familiares, asumirán esa “alta laboral” como un mal inevitable, pero otros si tienen recursos económicos y formativos (cultura, siempre a más cultura más igualdad y más conocimiento) podrán recurrir legalmente para que un juez determine al final del proceso, con todos los informes, el veredicto definitivo.  ¡Lamentable discriminación!

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[1] Pablo Guerreiro. Fisioterapeuta del centro asistencial de Móstoles. Portal Sanitario Asepeyo

[2] Iruela LM. Neurosis postraumática. En valoración del daño corporal. Fundación MAPFRE. Madrid, 1996.

[3] Alfredo Calcedo Ordoñez. Las llamadas neurosis de renta. Memoria galardonada con el Premio de la Real Academia de Medicina 1975. Instituto de España. Real Academia Nacional de Medicina, 1975

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REFLEXIONES DESDE LA MEDITACIÓN DE ORTEGA Y GASSET DEL PUEBLO JOVEN


Comunicación y circunstancias.

Juan Rojo Moreno

Las estancias que hizo J. Ortega y Gasset a partir de 1916 a Latinoamérica le indujeron a reflexionar sobre diversos aspectos. Esa obra está en Internet en forma libre (descargar aquí) pero nosotros vamos solamente a utilizar unas reflexiones que nos acontecen entrando en ella.[1]

Casi ningún país se encuentra contento con su “estado” o situación actual (hay quien exceptuaría a Islandia). Los unos porque tienen muchos impuestos, otros porque tienen mucha migración, otros por su pobreza o falta de libertades y otros porque sienten que diversos países influyen demasiado en su protagonismo. Señala Ortega que la historia humana es obra del descontento, que es una especie de amor sin amado y como un dolor que sentimos en miembros que no existen.

Curiosamente, existe una gran paradoja en este mundo internacionalizado, interconectado y supracomunicado, y es que si bien aparentemente todo el mundo habla con otro todo mundo pero, aun así, lo que más existen son los monólogos. Los vemos constantemente en las tertulias televisivas, por poner un ejemplo, uno suelta su speech, discurso o incluso arenga y la mayoría de las veces es atendido pacientemente por los demás contertulianos (en muchas ocasiones no existe ni siquiera ese mínimo de educación) y cuando acaba o se le hace acabar, el nuevo locutor ahora suelta su discurso que en su mayor tiempo no tendrá apenas nada que ver con el anterior (solo la temática que se está hablando) y cuando acaba, otro interlocutor o el anterior responde o inicia un nuevo discurso que son monólogos. En el fondo  se cree (y posiblemente tengan razón) que la audiencia va a recibir el impacto emocional de sus argumentos y así poder movilizar una idea o una ideología.

Por esto en lo regímenes totalitarios, y en los partidos políticos que aspiran a ello, el control de los medios de comunicación es tan importante.

Ya nos decía Ortega que el pensamiento honesto es siempre en tal sentido dialéctico y la dialéctica es colaboración y que “la vida intelectual española [ahora ampliable a muchos otros países por la interconexión] cruza por una etapa de audaz monologuismo. Cuando se interrumpe este no es para el diálogo, sino al contrario, para ejecutar alguna estúpida agresión. Nadie se otorga el lujo de comprender al otro y, partiendo de esa comprensión, tal vez rebatirle”.

Es cierto que, en definitiva, cada uno de nosotros tenemos la valoración y decisión última, como señala Ortega, si bien nuestra existencia nos aparece constituida por un conjunto de circunstancias que nos obligan e imponen un régimen de forzosidad. Pero esto  no supone en nuestro vivir que deba ir éste rigiéndose por una trayectoria ineludible y mecánica sino que deja siempre un margen a la decisión. Todo hombre tiene que tomar en peso su destino [sus circunstancias] y plasmarlo con su albedrío.

Ciertamente, no hay vivir si no se acepta la circunstancia dada, pero sobre esta circunstancia tenemos que hacer malabares para entre lo estipulado, lo que nos estipulan, lo que creemos que es nuestro y es inyectado, y entre lo más verdadero nuestro, al final en la autognosis, en el autoconocimiento, uno debe sacar su propia conclusión. Es a menudo difícil pues tenemos que estar constantemente andando y saber cuándo hay que parar. Este equilibrio es parecido al que decía Nietzsche, refiriéndose al poeta, que es una persona que “danza encadenado”.

Todos tenemos problemas, los pueblos y naciones tienen problemas y debemos entrenarnos -lo cual no es fácil- para vivir la vida y saber sobrevivir ante o frente a nuestras circunstancias y el mundo que nos rodea, con sus tensiones y complejidades.

La palabra entrenamiento no es sino la traducción del vocablo askesis, ascetismo, que usaban los griegos en los juegos atléticos y con el cual denominaban al régimen de difíciles ejercicios al que se sometían para mantenerse “en forma”. Señala Ortega que este constante entrenamiento es el único capaz de hacernos creativos y hemos de mantenernos en constante entrenamiento, y para esto es necesario que las circunstancias nos inciten.

¿Pero realmente nos entrenamos para la vida [más allá de haber recibido, por fortuna, una educación al menos básica y obligatoria]? ¿O simplemente nos dejamos llevar por las circunstancias como el kayak que baja por un rio turbulento y no más que intentamos no ahogarnos entre nuestras ideas, nuestras creencias, la opresión de las estructuras y nuestras circunstancias personales o familiares?

Es difícil mantener una tabla de entrenamiento en un mundo tan politizado e ideologizado que además está hiperconectado ¡Política de ideas!

Señala Ortega que nuestras sociedades tienden siempre a que todo en ellas se convierta en política y entonces acontece que viven sólo de un centro creador de historia: la política, careciendo de otras instancias y centros de equilibrio a los cuales recurrir. Esa otra instancia –señala Ortega- tiene que ser la vida intelectual… pero no os hagáis ilusiones, la pura inteligencia es enemiga del puro político.

¿Cabría hoy poder encontrar, en nuestros días, en este siglo XXI, una sociedad como la  francesa de principios de siglo XX “Union pour la vérité” que publicaba unos cuadernos donde los hombres de ciencia y de letras discutían entre sí, de espaldas al público, sin tolerarse vanos aspavientos, felonías ni otras ruindades inspiradas por el afán de quedar encima? Un riguroso imperativo de veracidad presidía a la polémica. Una insolencia, una pedantería, una deslealtad, serían automáticamente castigadas con la exclusión.[2]

Si existiese una sociedad parecida en nuestros días más de uno se apuntaría, aunque para muchos parecería disarmónica con los tiempos de la popularización de opiniones diversas y, si posible, de la imposición de las mismas.

Pero aunque no exista, hay algo parecido que no se dice ni se escribe, de gran importancia en nuestras sociedades y que nuestro autor de referencia denomina: “las cosas consabidas”. Por esto hay unidad social, hay comunidad -quiérase o no- cualquiera que sea la independencia y aun la autoridad de los estados. Pues hay cosas que no solamente las sabemos cada uno de nosotros, sino que además sabemos que las saben también los demás. Esto que sabemos junto con otros lo consabemos.

Ese tesoro de lo consabido -sigue Ortega- de lo que hemos vivido juntos (por ejemplo el estado de alarma durante la pandemia Covid-19 y lo que sigue ocurriendo, el problema sanitario, económico, humanitario…) de lo nuestro por ustedes, de los de ustedes por nosotros, no nos lo puede quitar nadie ni siquiera nuestra propia voluntad. El hombre no es sino “lo que le pasa”, y ese pasado que le ha pasado a uno, a nosotros, al hombre, no es algo que se fue sino al contrario: porque nos pasó, queda operante dentro de nosotros.

Esto que no se divulga en las noticias nos une, no solo a un país sino hoy en día por la hiperconectividad también a los europeos, americanos y otros países de occidente y oriente. Realmente a toda la humanidad. Lo consabido no suele ser portada de periódico pero actúa como dulce o amargo amanecer dando luz a un sentido planetario que aún se resiste a deslumbrar, no por fallo en el imaginario popular, sino por la sinrazón de los que en uno y otro lado ostentan o determina el poder. No el poder militar, sino hoy más que nunca el poder de la información, de los datos y de la manipulación.

¿O es que, como señala Ortega, podría uno preguntarse si no habremos venido los hombres a este mundo precisamente para no entendernos? porque no cabe negar que el no entendernos es cosa que sabemos hacer concienzudamente.

C. G Jung ya habló del Inconsciente Colectivo, estructuras arquetípicas que  compartimos toda la humanidad y “aparentemente”  este inconsciente es silencioso. Lo consabido tiene también algo de silencio, quizá un murmullo bajo del que no llega a entenderse ni oírse bien sus palabras.

Nos consabemos vitalmente los unos a los otros -señala Ortega-, nos consabemos o somos lo consabido recíprocamente. Y lo demás es ganas de hablar y hablar, es casi siempre no entenderse. Nos entendemos más por lo que damos por supuesto y callamos que por lo que efectivamente decimos. De donde resulta una extraña pero inevitable paradoja: que el hablar, el auténtico hablar se compone principalmente de silencio.

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[1] José Ortega y Gasset. Meditación del pueblo joven. Revista de Occidente, Madrid 1962. Es la edición que hemos alcanzado. En otras ediciones se titula “Meditación del pueblo joven y otros ensayos sobre América”.

[2] Asociación de «educación filosófica y cívica mutua», fundada a finales del siglo XIX. Publicó un Boletín – Unión por la Acción Moral entre 1892 y 1905. En 1896, La Unión se hizo conocida por el público a través de una rotunda campaña de comunicación al exhibir en las paredes de París una letra grande encargada a Puvis de Chavannes después de su decoración del Panteón (Sainte Geneviève) y grabada por Auguste Lauzet. Este «cartel moral», destinado a traer belleza a la gente, es alabado o burlado en una gran prensa y da visibilidad a la acción de Desjardins y sus amigos. La Unión se disolvió durante el asunto Dreyfus, dando a luz la Unión por la Verdad, por un lado, y la Acción francesa de Henri Vaugeois y Maurice Pujo por el otro. Paul Desjardins asumió la dirección de la Unión para la Vérité: https://fr.wikipedia.org/wiki/Paul_Desjardins

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BIOGÉNESIS HUMANA TRASCENDENTE


NEUROBIOLOGÍA DE DIOS

Juan Rojo Moreno

Leer a neurobiólogos casi siempre es gratificante y más aún si éste es David Linden, Profesor de Neurociencias de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, que además intenta en muchas de sus obras facilitar la comprensión siguiendo la máxima de Max Delbrück “imaginaos que el público al que os dirigís tiene cero conocimientos, pero una inteligencia infinita”. La lectura de los textos de neurobiología muchas veces nos animan con la ley de los tres “casi”: casi nos descubren como funcionamos los seres humanos, casi nos dicen cual puede ser el futuro del ser humano y (cuando se atreven) casi nos dicen si somos o no seres espirituales.

El libro que ha caído en mis manos “El cerebro accidental” de David Linden nos plantea muy bien estas cuestiones y se atreve con la última de ellas[1]. De forma resumida viene a explicar como el cerebro es lo que llama un kludge[2]. Es una aglomeración ineficiente y poco elegante de materia, pero que sorprendentemente funciona muy bien. Explica el autor cómo el cerebro es capaz de hacer predicciones, por ejemplo, predecir dónde nos vamos a hacer cosquillas uno a sí mismo y por eso no es posible hacerlas, y así mismo observa que la mayoría de las sinapsis del cerebro no son fiables sino que son fundamentalmente dispositivos probabilísticos.

El cerebro no tiene un “diseño previo” sino que ha ido añadiendo capas (como bolas de un helado, unas encima de otras) de complejidad evolutiva apañándose con lo que tenía desde el principio. “El cerebro humano -dice Linden- se ha desarrollado principalmente por aglomeración”. La diferencia de nuestro cerebro y el de un lagarto o el de un ratón, está en que hemos añadido alguna capa nueva evolutiva sobre la estructura prexistente. Para funcionar bien necesita un número grandísimo de neuronas y procesar simultáneamente mucha información en paralelo; además necesita de la plasticidad cerebral (la experiencia modela sutilmente las conexiones sinápticas). Esto último renueva el circuito y permite que sea eficiente un dispositivo tan impresionante a partir de unas partes de calidad tan escasa. La influencia del entorno (en su sentido más amplio) puede ser tan importante, que incluso las hormonas producidas durante el embarazo por un gemelo puede influir en el desarrollo encefálico del otro. Pero como la cabeza del bebé ha de pasar por el canal del parto, la mayoría del crecimiento cerebral y de sus interconexiones se tiene que producir después del mismo. Los detalles sutiles de la interconexión cerebral se producen desde el final del embarazo hasta los primeros 20 años de la vida (cien mil millones de neuronas y quinientos billones de sinapsis). Desde el nacimiento hasta los 20 años de edad el cerebro ha incrementado en más del 300 por ciento su tamaño.

¿Quiere esto decir que nuestro cerebro ya está rigidificado a partir de los 20 años, que ha adquirido su máximo tamaño?

Puede que no sea así y conozcamos porqué. Veamos dos cosas curiosas.

Por una parte:

Si bien en esos años, desde el nacimiento hasta los 20, ha aumentado mucho el tamaño del cerebro y las interconexiones neuronales, sin embargo no ha aumentado el número de neuronas sino que más bien se han perdido unas cien mil millones de neuronas sobrantes. Esto es debido a que las neuronas compiten por las funciones y aquellas que no activan sus sinapsis se atrofian o desaparecen. Por lo tanto el medio ambiente, la educación, la experiencia durante la infancia y adolescencia, el entorno en definitiva, va a ser quien realice la selección entre un conjunto prexistente de sinapsis y neuronas. Las que sobreviven son las activas eléctricamente. Las experiencias pueden hacer que surjan nuevas ramificaciones en los axones que luego desarrollarán nuevas terminaciones sinápticas y también esto ocurre a nivel postsináptico. Esto, ya vimos, es la plasticidad neuronal. Evidentemente, todo esto tiene unos límites y hasta ahora se conoce que una vez que el entorno (como las vitaminas) es apto y ya se cumplen las dosis mínimas o suficientes, no por más estimular aparecen personas superdotadas o mejores intelectualmente. Lo interesante es que ahora se ha comprobado que la plasticidad neuronal sigue durante toda la vida del sujeto.

En segundo lugar, por otra parte:

En el caso de la sinestesia (que un sonido provoque un sabor o un color) se admite que de algún modo las conexiones sinápticas aberrantes (por ejemplo, de áreas auditivas a áreas del color) que no llegan a ser eliminadas en las primeras etapas del desarrollo postnatal, dada su conservación y elaboración en etapas posteriores de la vida, esto conduce a una experiencia sinestésica particular. Podemos preguntarnos: en cada uno de nosotros ¿han quedado destruidas estas posibilidades?, o como dice  D. Linden hay genes que pueden activarse o desactivarse en determinados puntos del desarrollo, o como respuesta a señales particulares; es decir la expresión génica es el proceso a través del que los genes se activan o desactivan. Esto nos sugiere volver a la consecuente pregunta ¿y esta expresión génica será capaz de activar genes “dormidos” a lo largo de nuestra vida? Por lo que hemos obtenido de D. Linden:

–         Dado que tenemos potencialmente millones de neuronas y sinapsis que con la “estimulación clásica o natural” no se activan y quedan latentes o muertas, si el ser humano evolucionase de una manera que la estimulación natural permitiese que parte de esas neuronas y sinapsis se mantuviesen sin que a cambio se eliminaran otras “significativas”, ¿no cambiaría la concepción del mundo que este ser humano adquiriría? [3]

¿Podría aparecer una concepción y capacidad  diferente, propia de un salto evolutivo?

¿Esto solo puede ocurrir en los primeros 20 años o quedan latentes estructuras genómicas potenciarias que pueden desarrollarse a lo largo de la vida, y aparecer en la adultez la patentización genética de esa nueva cosmovisión? o ¿por el contrario ya a partir de una edad hay cierta rigidez para tal aventura humana?

¿Y que tiene todo esto que ver con Dios? Aquí vamos a ver como psicología, filosofía y neurobiología se unen.

Ya Bergson creyó que la naturaleza desarrolló lo que él llamaba religión estática, que sería un  fenómeno implícito en el proceso evolutivo, y por lo tanto anclada en la biología. C.G. Jung, aunque psicoanalista, al hablar de los arquetipos del inconsciente colectivo (arquetipo Luz, Trascendente) pensaba que se transmitían no solo por tradición sino también por herencia. Como señala Julio V. Maffei[4] el hombre deviene religioso por un proceso de evolución en el que lo genético ha de interpretarse como de orden estructural. Y ahora el mismo David Linden ya comenta “la predisposición al pensamiento religioso deriva de este cerebro ineficiente y extraño que ha sido modelado a lo largo de nuestra historia evolutiva” [5]

El argumento que mantiene D. Linden es que la presencia de la religión en todas las culturas convierte a ésta en un universal cultural. No existe cultura alguna que carezca de prácticas o ideas religiosas. Y la conclusión a la que llega Linden es que el cerebro ha necesitado adaptarse mediante la creación de “historias coherentes, sin lagunas” y que esta propensión a la creación de relatos forma parte de lo que predispone a los seres humanos al pensamiento religioso. Explica como en el caso de amnesias que se rellenan con confabulaciones o en el caso de personas con los hemisferios cerebrales desconectados uno del otro, el cerebro ante “el vacío” construye un relato o narración que sea coherente con lo que se le pregunta o vivencia. Llega a la conclusión que ante la realidad subconsciente que tenemos, aunque no la conozcamos, cargada de símbolos, falta de lógica, y sin causalidad, e incluso ante una realidad consciente que no siempre es causal, la corteza del hemisferio izquierdo patentiza la predisposición como especie al pensamiento religioso, dado el caos irrazonable y a-cognitivo de la herencia evolutiva que compartimos como seres humanos.

“Nuestro cerebro ha evolucionado para hacernos creer” y de esta manera “el amor, la predisposición al pensamiento religioso son el resultado de una aglomeración particular de soluciones ad hoc que se han ido amontonando a lo largo de millones de años de historia evolutiva”. Al final D. Linden está coincidiendo con A. Vergote cuando señalaba en 1969 que la religión es una realidad dinámica y evolutiva, como la persona y la cultura, y también coincide con William James que escribió “oramos porque no podemos evitarlo”, solo que D. Linden como buen Neurobiólogo asume estos principios pero apostillándolos en el más puro sentido bi-etimológico de la palabra religión: Sí a la religión, pero atada o dependiente a la evolución de la corteza cerebral y del hemisferio izquierdo, que teniendo que dar coherencia a todo lo que el ser humano recibe sin coherencia, ha creado una narrativa coherente que le “predispone” al pensamiento acerca de lo divino (que luego podrá rechazar, intelectualizar, aceptar…). [6]

Realmente, siguiendo el esquema de Welte[7], D. Linden, envalentándose al tratar el campo religioso desde la neurobiología, efectivamente plantea un ateísmo positivo, pues al fin y al cabo la necesidad religiosa, para él, solo es una necesidad evolutiva que el cerebro ha creado para dar coherencia a la concepción del mundo incoherente que es la realidad histórica. David Linden con su esquema neurobiológico evolutivo que da “coherencia” al mundo incoherente hace explicable, a su manera, esta frase de Moeller “el misterio no es lo paradójico… ni lo impreciso o incognoscible o impensable; es, por el contrario, una realidad que tiene una razón positiva para no manifestarse en una presencia objetiva”.[8] Con Linden, diríamos que no se manifiesta pues necesitamos el misterio como una parte del relato que da en cierto modo sentido al contenido de la realidad que vivimos. Pero también podemos tomar la postura de Linden desde la concepción de J. Huxley que considerando el humanismo evolucionista no elimina la “materia” de la  ecuación ante lo trascendente.

Puede que las ideas de David Linden nos sirvan para entender una trascendencia en uno mismo desde la materia. Refiere Linden cómo los ciegos, con lesiones en áreas superiores del cerebro, pueden “ver” [9] gracias a antiguas partes del cerebro que no son conscientes; y de la misma forma nos podemos preguntar: ¿Esa predisposición a lo espiritual o religiosa ha de quedarse en las neuronas, en el hemisferio izquierdo y las sinapsis? O este mundo al que me voy a referir ahora: el mundo cuántico, también aparentemente incoherente (y que sigue siendo material), con otro parámetro temporal, otro sentido, que está “debajo y dentro” de las neuronas y de las sinapsis, pero existente en todos nosotros, y en las sinapsis aunque no sepamos cómo actúa efectivamente: ¿no será también un camino-mensajero hacia lo trascendente, que sin darnos cuenta nos está informando en nosotros mismos (desde los trascendente y desde nosotros mismos) y nos dirige, como a los ciegos, cuando nuestra inteligencia germinal está predispuesta, hacia la categorización de valores morales?

Como señalaba Teilhard de Chardin “sagrada emoción del átomo que descubre en el fondo de sí mismo el rostro del Universo”[10]. Porque cuando hablamos de “materia” tenderemos que empezar a definir donde empieza y donde termina la “materia” que somos en el cosmos, que no deja de ser nuestra realidad actuante. Quizá un día la neurobiología se atreva también con el mundo cuántico para explicar al ser humano y su trascendencia.

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[1]  El cerebro accidental. La evolución de la mente y el origen de los sentimientos Editorial Paidós, 2010

[2] Palabra formada por las iniciales de los adjetivos klumsy (torpe), lame (poco convincente), ugly (feo), dumb (tonto), [but]  good enough ([pero] (bastante bueno)

[3] Ya en 1951 P. Teilhard de Chardin comentaba “sin salir del plano de la anatomía individual, nada prueba (ni mucho menos) que disponibilidades evolutivas importantes no se hallen en reserva dentro de la sustancia de nuestros cerebros”. En el libro “La visión del Pasado” (ed. Taurus, 1958).

[4] Psicología evolutiva y religión. Editorial Latinoamericana Libros srl, 1981.

[5]   Ya Teilhard de Chardin en “La visión del pasado” correlacionó la “biogénesis” con la “cerebración”.

[6] Dos formas de entender la etimología de la palabra “religión”: San Agustín la entiende como “religare” es decir “atar o hacer dependiente” y Cicerón prefirió como origen del vocablo “relegere”, es decir, cuidado y atención que se pone en observar todo lo referente a las cosas divinas.

[7] Este teólogo alemán diferencia entre un ateísmo negativo (solo existe lo que se puede comprender), un ateísmo crítico (lo espiritual o divino  es objeto de critica mientras no responda a todas las preguntas) y un ateísmo positivo (acepta que el hombre tiene necesidad natural de lo infinito, pero niega que esa necesidad provenga de nada superior a él mismo)

[8] Moeller Ch. Literatura del siglo XX y Cristianismo (T. IV) Gredos , Madrid, 1960 (citado por  Maffei)

[9] No ven con la vista pues son ciegos, pero “saben” donde están objetos luminosos que se les colocan delante,  a veces acertando a cogerlos en 9 de 10 intentos.

[10] Teilhard de Chardin. La visión del pasado. Editorial Taurus, 1958

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CARLOS VALDEMORO GARCÍA


(Prócer más allí)

Juan Rojo Moreno

Conocer a personas egregias es un lujo y una suerte, y no es porque en todos los tiempos no hayan existido esas personas cuya existencia ilumina, sino porque hemos de coincidir con ellos en el espacio y en el tiempo y además que se pueda producir una sincronía emocional.

Conocí a Carlos Valdemoro en 1975 cuando acababa mi adolescencia y siempre admiré que siendo persona de gran experiencia y cultura tuviera esa pasión por su pueblo en Teruel, uno pequeño, de nombre Torres de Albarracín.

Haciendo las modificaciones oportunas podría asemejarse mi impresión a la que refiere Ortega y Gasset cuando conoce a Mestanza: “Le conocí yo, siendo casi adolescente hacia 1902. Visité por primera vez a Albarracín. Esta caduca ciudad lanza a las alturas su increíble perfil alucinado, agarrada a un cerco de piedra caliza que bajo el sol parece de plata. La entonces humilde y polvorienta carretera renunciaba a subir hasta ella y pasaba el cerro por un túnel. Allí junto al túnel, empotrada en la roca había una posada de cuento, tenida por una legendaria viejecita. En aquel tugurio encontré a Mestanza…”[1]

Y tenemos que reconocer sobre todo los aciertos de estas personas próceres, pues como señala Mestanza: “Todo está claro, ferozmente diáfano: cada cosa es lo que es y nada más”.

He querido compartir de forma resumida los que significó para muchos la existencia de esta persona en las breves líneas de abajo:

Carlos Valdemoro García, hijo menor de D. José María Valdemoro Barrio y Dª. Aurora García Delgado nació en Torres de Albarracín (Teruel) el 30 de junio de 1922.

Sus primeros años de estudios se realizaron en los Escolapios de Albarracín. Posteriormente se trasladó a Madrid donde siguió sus estudios y en esta época de su infancia hizo profunda amistad con los tres hermanos Dominguín (apellidados de verdad González Lucas y de forma artística “Dominguín”) Su íntima amistad con la familia Dominguín y su contacto estrecho con Luis Miguel Dominguín (realmente llamado Miguel, el añadido Luis fue artístico) promovió que tuviese una ganadería de Toros bravos, “Carlos Valdemoro”, y de adulto los convenció para que se hicieran cargo como empresarios de la Plaza de Toros de Teruel siendo en ese periodo cuando en la Feria del Angel acudieron las figuras más relevantes de la tauromaquia española por Teruel. Apadrinó junto con Dominguín varios toreros que triunfaron.

Tras acabar Bachillerato y realizar el examen de Estado para poder acceder a la Universidad empezó los estudios de Medicina en Madrid y luego continuó los estudios de licenciatura en la Facultad de Medicina de Valencia.

Durante las Milicias Universitarias IMEC (Instrucción Militar Escala Complemento) en Ronda estableció intima amistad con Jose Luis Villar Palasí (que luego fue ministro de Educación), amistad que duró toda la vida.

 Estableció profunda amistad con eminentes profesionales de la medicina como el Catedrático D.  Manuel Beltrán Báguena, el Catedrático D. Rafael Báguena Candela, el Dr. José Báguena Candela (director del Hospital la Fe), con el Catedrático de otorrinolaringología D. Jaime Marco y con el dermatólogo Dr. Juan Peris Asins.

La gran amistad, que llegó a ser casi familiar, con el eminente médico, oriundo de Teruel Dr. Luis García Ibáñez fue además de la magnífica relación que tuvo con los médicos de Teruel en la que había varias familias de médicos como los Adán, Buñuel y la familia Pizarro (farmacéutico) y de manera muy significativa también con el oculista Tomás García Marco y con los hermanos Belenguer (urólogo y traumatólogo).

 Se casó con Dª. Milagros García Nebot con la que tuvo tres hijas, dos de las cuales siguieron la tradición familiar (Carlota hizo Medicina como su padre y Maria Soledad se licenció en Derecho como su abuelo y bisabuelo).

 Retornó a su pueblo natal, Torres de Albarracín, dedicándose a los negocios familiares.

Fue Presidente de la Caja Rural de Teruel durante 11 años y así mismo Alcalde del meritado pueblo durante un tiempo extenso y Diputado Provincial.

Por el interés altruista por beneficiar a su pueblo natal, Torres de Albarracín, aprovechó igualmente sus amistades profundas con Enrique de la Mata (Presidente de la Cruz Roja Internacional y Diputado de UCD por la circunscripción de Teruel) y así mismo con Cruz Martínez Esteruelas (que había sido Ministro de Educación). Entre otras muchas cosas, al menos señalar que consiguió entre 1957 y 1958 reformar la Iglesia, el Ayuntamiento, la Plaza Mayor (hoy Plaza del Ayuntamiento) y dentro de las mejoras continuas sociales hay que reconocerle que se desprendió de su Central Eléctrica, que abastecía desde Torres de Albarracín a múltiples pueblos, para conseguir que Hidroeléctrica Española instalara luz eléctrica. Renunció a sus derechos y pidió que los trabajadores de la antigua central tuvieran luz gratis durante toda su vida, pero él no. Igualmente canalizó el agua potable y gratuitamente introdujo un grifo en cada casa, reformó el cementerio y como se desbordaba frecuentemente el río casi todas las primaveras lo canalizó (zona conocida como cauce nuevo) dividiendo en dos una de sus mejores fincas para que se entendiese claro que no tenía ningún provecho personal.

Su padre construyó a principios del siglo pasado la fábrica Harinera del Carmen con la intención clara de mejorar la empleabilidad de esa pequeña localidad, siendo la empresa más significativa del entorno durante su vigencia, y que presidió él durante muchos años.

Conocido entre sus amigos en diputación y ministerios como “el pedigüeño para su pueblo” su obra social desinteresada, aunque no siempre reconocida, solo supuso beneficio para la localidad sin lucro personal alguno ni endeudamiento del ayuntamiento.

Falleció en Valencia el 30 de mayo de 1999 y cumpliéndose sus manifestados deseos reposa en Torres de Albarracín.

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He querido hacer esta reseña de Carlos Valdemoro y la he subtitulado “más allí” pues buscando en internet sus referencias y el pueblo Torres de Albarracín casi no se le menciona a pesar de su monumental obra en bien de la población.

Hay que resolver y poner a la luz existencias y realidades humanas que durante su tiempo vital hicieron un bien por aquellos que le rodeaban y que muchas veces se intenta olvidar, incluso por los que han sido beneficiados por compartir su ciclo vital. Parafraseando a Max Pulver se trata de una injusticia o del resultado de la envidia ajena.[2]

Y creo que es importante valorar el “tiempo humano” que realizó Carlos Valdemoro, tiempo que G. Berger denominó “tiempo abierto”, esencialmente vertido al futuro próximo y lejano. Su futuro fue una dimensión humana. No fue ya lo que iba a suceder sino lo que realizó en el conjunto del mundo. Fue su tiempo “operatorio”, el tiempo de actuación: proyectos y realización de posibilidades.[3]

Fue su línea vital entre 1922 y 1999 y como señala Julián Marías: “una de las consecuencias más azorantes de la `conciencia histórica´ es que todo nombre propio necesita ir enmarcado entre dos fechas… estamos historizados y esta situación no podemos refutarla, no podemos más que aceptar la situación e intentar dar razón de ella”[4]

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[1] José Ortega y Gasset. Ideas y Creencias- Memorias de Mestanza (D. Gaspar de Mestanza), pág.128. Ed. Espasa Calpe. 1940

[2] Max Pulver. Persona, Carácter, Destino. Editorial Victoriano Suarez. 1962. Traducción de la segunda edición alemana por el Dr. Gorgonio Rueda (primera edición alemana 1944).

[3] G. Berger. Citado por J. Rubio Carracedo en Antropología Prospectiva. (Inspirada en los ensayos de Teilhard de Chardin). Studium Ediciones, Madrid, 1973

[4] Julián Marías. El método histórico de las generaciones. Edita Selecta de Revista de Occidente, 1967 (2ª Ed).

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EL HOMBRE DESFONDADO


“El hombre es un ser viviente que actúa en el riesgo de hacerlo indebidamente respecto a los fines que se propone y esto es una propiedad muy extraña de su praxis” (L. Cencillo)

Juan Rojo Moreno

         La Antropología ha de tener en cuenta todo lo operante en el ser humano y señala Luis Cencillo: aunque sea la magia, la astrología, el espiritismo, la sexualidad, la agresividad, la mística  o la religión.[1]

Y en este sentido señala Cencillo que por su multitud de dimensiones cualitativamente diferentes de las físicas propiamente dichas, es el hombre un viviente constitutivamente práctico.

         Esto a veces se olvida en diferentes campos (aunque tengan sus razones fundadas los estamentos oficiales) como es en el caso de las denominadas pseudociencias o las “medicinas alternativas”, que si bien no tienen verificaciones científicas, no obstante, la postura que se ha tomado oficialmente es la de en vez de conocerlas mejor considerando a los representantes más honoríficos o cualificados, lo que se hace es simplemente relegarlos al “oscurantismo” y lo que se consigue es que sigan funcionando en un paralelismo, entonces sí, descontrolado.

Desgraciadamente los movimientos fanáticos anti-vacunas, anti-mascarillas, anti-pandemia… dificultan enormemente, con su sinrazón y falta de alternativas (excepto ser “anti-”) frente a la realidad, un entendimiento con esos campos paracientíficos.

No obstante, como señala Cencillo: “cualquier mentalidad, cualquier estado de opinión y de creencia, cualquier formalización cultural del mundo y de su compresión pueden ser criticadas por otro individuo o por otro grupo, por mucho que se intente descalificarlos como herejes, revisionistas o anticientíficos”. Incluso cualquier individuo o grupo, por muy arraigado que se halle en sus creencias, convicciones y opiniones, desde las cuales valora y opta, ha de reconocer, si no se trata de fanáticos, la más o menos remota posibilidad de que las concepciones y mentalidades ajenas gocen de algún grado de probabilidad, o de que por lo menos, todos participen de algún [posible] grado de verdad”.

Y por esto la Medicina debería de aplicarse lo que dice Cencillo de la antropología “ha de tratar de hacerse con toda la información posible y a todos sus niveles de procedencia que refleje las dimensiones, naturaleza, funciones y propiedades complexivas de su objeto”. Y en ambos ámbitos se trata del ser humano, que en el caso de la Medicina está enfermo.

El ser humano sano o enfermo se sustenta en la complejidad del ámbito neurocultural. Y la medicina no puede olvidarse de la necesidad de respuesta socio-cultural en la enfermedad ni de las influencias de otras culturas en la actualidad: “la cultura no es la resultante casual de una actividad humana periférica, sino la objetivación de toda la fuerza vital, mental, emocional, expresiva y económica del grupo y del individuo.

 Cultura significa un modo de realidad [una concepción del mundo] y si suprimimos con la imaginación todo lo cultural, el mundo en el que el hombre se mueve y vive se desintegra por completo y no es posible imaginar siquiera a un solo hombre existiendo fuera de la matriz cultural”.

Y sigue nuestro autor: “las energías individuales sin las canalizaciones  colectivas se dispersarían amorfamente, pero las canalizaciones colectivas sin las energías individuales se quedarían en cauces secos que nada fecundan: les faltaría precisamente la energía productiva”.

Y tengamos además en cuenta, que no todo es ciencia y no todos los procesos humanos son tecnificables, ni mediante la técnica llegamos a comprender todo lo que le ocurre al sujeto sano o enfermo. Como señala nuestro autor: téngase muy en cuenta que sin el acompañamiento o colaboración del inconsciente en todas las operaciones humanas, ninguna de éstas iría lo suficientemente vitalizada de espontaneidad ni de proyectividad. Sin esta verdadera anticipación irrefleja y activa de la intimidad preconsciente el ser humano no acertaría nunca con la realidad ni con las respuestas debidas a sus solicitaciones. En virtud de su inconsciente el ser humano se organiza en un sistema de respuestas coherente con la realidad que las más de las veces  y, según se dice vulgarmente, “como por un instinto u olfato especial” se precede y se anticipa a la reflexión.

La tendencia de jóvenes generaciones de descalificar las vigencias sociales llamándolas “convencionales” -señala nuestro autor- es banal y confunde frívolamente algunos aspectos fundamentales de la realidad humana. Sin el arrastre histórico de las vigencias sociales cada individuo por sí solo no hubiese sido jamás capaz de rebasar el estadio de lo mágico o, tal vez, el del prehomínido. Hasta la satisfacción de las mismas necesidades biológicas es de carácter tradicional y aprendido desde una sociedad determinada. El “salto”, más allá de la pura animalidad, dotó al hombre de una estructura psíquica específicamente humana que no habría llegado nunca a activarse, hasta hacerla capaz de rendimientos culturales característicos humanos, de no haberse ido acumulando a lo largo de siglos o milenios una experiencia colectiva, es decir, creando vigencias históricas.

Y gracias a su historicidad, a diferencia de los animales, el ser humano se plantea, cuando ha de enfrentarse a nuevas circunstancias no previstas ni determinadas, si debe o no debe hacerlo y si es necesario el cambio o la abolición de lo actualmente fáctico. El hombre es capaz en esta dialéctica tanto de asumir vigencias históricas como de abolir versiones distintas de su probable actualidad.

Al decir de Cencillo el ser humano “gracias a su “negatividad” puede anular o recrear realidades que rechaza, aunque corre riesgos pues la capacidad que las realidades tienen para ser negadas es limitada.

Aquí viene al caso todas las “negaciones” psicológicas que se producen como mecanismos psíquicos de defensa y que en ocasiones originan verdaderos problemas psiquiátricos cuando se crea un conflicto entre ésta y la imposición fáctica ineludible. A veces incluso la necesidad de evitar la angustia es tan potente que se produce una realización fantástica de la realidad, con las consecuencias de inadaptación a lo que le es impuesto necesariamente por las vigencias o por las circunstancias.

La negación y la realización fantástica suponen la inexistencia de algo para el negante, pero no por eso deja de existir lo negado, y si la fricción con la realidad es muy grande implica así mismo una inadaptación inviable.

El problema muchas veces está en la autenticidad del proyecto vital, en la capacidad de cada persona de elección genuina. Y esto  hay que hacerlo dentro de nuestro contexto neurocultural. En este sentido señala Cencillo cómo el ser humano tanto a nivel individual como de grupo y de generación ha de elegir, y con esta elección se conforma una concepción de sí mismo y del estilo de vida, y así la historia en una gran parte resulta de la evolución de las concepciones mismas del hombre y de la vida (sociedad, política…).

La libertad en la que el hombre existe si bien de un lado le hace superior a sus condicionamientos biopsicosociales, de otro le sitúa en una posición constante de inseguridad, de no poder atenerse nunca a lo dado fijo y experimentado y -señala Cencillo-  sobre todo le coloca en el disparadero de proyectarse vanamente sobre la nada, de polarizar sus energías hacia lo irreal e irrealizable y así formalizarse mundos falsos.

 Y esto puede ocurrir también cuando la técnica y el mundo afín a ella le provee de un cúmulo de necesidades que no puede satisfacer: “la técnica no puede satisfacer las necesidades del hombre sino creándole otras nuevas… pues la técnica viene a suponer una objetivación material y gratificante de las posibilidades humanas, y se crea en él la ilusión de que se está realizando, autorrealizando, cuanto más se enajena en su meras obras”.

Y así se produce el desfondamiento humano. Este concepto estructural y vital que desarrolla L. Cencillo es una de las claves para entender su preocupación por lo humano.

Absolutamente todo flota en la indeterminación y ambivalencia del desfondamiento humano.

 No estaría desfondado si se encontrarse en posesión de un fondo determinado de ideas, de criterios y de tendencias, fijo de una vez para siempre e inamovible, que respaldase su proceso histórico, sus comportamientos y sus opiniones. Mas, este fondo nunca le viene dado de modo espontáneo sino que es cada individuo o cada grupo o generación quien ha de asumirlo libremente con el riesgo de equivocarse.

Es, pues, necesario asumir convicciones y aun criterios lógicos, pero ninguna convicción o criterio se impone necesariamente. Esta absoluta inestabilidad del hombre que no puede situarse relajadamente ni siquiera en la pura negación de toda tensión y toda certeza es lo más puro del desfondamiento que le caracteriza.

El hecho de que el ser humano carece de una base naturalmente dada, de una vez para siempre es lo que denominaremos desfondamiento, y no se trata de un sentimiento y menos aún de una “crisis” de convicciones, sino de una condición universal e inmutable del ser humano en cuanto tal.

La lucha que mantiene el mismo hombre consigo para clarificarse es la que motiva la evolución de la filosofía, las ciencias, las religiones, los mitos y las ideologías, durante la cual la mente humana flota en la incertidumbre. Y todo ello no es sino la manifestación más evidente del desfondamiento de la consciencia y de la mente humana.

En virtud de su desfondamiento, el ser humano no puede proceder exclusivamente a base de principios lógicos y éticos abstractos o de certezas científicas.

Pero en definitiva, este desfondamiento que nos ha originado tanta inestabilidad e incertidumbre, y en determinadas épocas se hace más patente, como en la actual, aunque siempre esté ahí, no es negatividad, pues por su parte positiva obliga a un esfuerzo por avanzar por encima de las fijezas naturales. Por esto señala Cencillo: “el ser humano es en sí mismo desfondamiento creador de impactos culturales en sus circunstancias”. La cultura es un pivote necesario pues nos da una perspectiva donde enfocar “la infinitud desfondada de la realidad del hombre”[2]

Y con ello, para terminar, nos veríamos obligados ahora a plantearnos en todos los supuestos que hemos hablado cómo quedan éstos en el mundo planetizado multicultural. Pero eso ya es otra, difícil, cuestión.

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[1]   Luis Cencillo Ramírez. El hombre, noción científica. Ediciones Pirámide, Madrid 1978. Es nuestra obra de referencia.

[2] La mayoría de las frases que hacen referencia al desfondamiento están escogidas literal o casi literalmente de la obra de Luis Cencillo.

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RELACIÓN ENTRE EL TRASTORNO POR DÉFICIT DE ATENCIÓN CON HIPERACTIVIDAD Y EL TRASTORNO POR CONSUMO DE SUSTANCIAS (REVISIÓN)


Carlota Rojo-Valdemoro, Juan Rojo-Moreno, Jesús A. Santolaya Prego de Oliver

Publicado en: Revista Española de Drogodependencias 46 (1) 21-41. 2021.

Introducción:

Existe una elevada comorbilidad entre el trastorno por déficit de atención e hiperactividad
(TDAH) y el trastorno por consumo de sustancias, asociando una mayor gravedad
de las adicciones, menor edad de inicio del consumo, así como una mayor cronicidad de la
drogodependencia. En los pacientes con patología dual el tratamiento resulta ser una tarea compleja, por lo que la eficacia farmacológica ha sido objeto de múltiples estudios académicos en las últimas décadas. Objetivos: El objetivo principal es realizar una revisión bibliográfica acerca de esta comorbilidad, para conocer si el TDAH se considera un factor de riesgo en el desarrollo de un Trastorno por Consumo de Sustancias (TCS) en la adolescencia y en la edad adulta. También se pretende examinar si el tratamiento farmacológico del TDAH previene el desarrollo de TCS y si es segura su prescripción en pacientes con dicha comorbilidad. Metodología: Se realizó una búsqueda bibliográfica principalmente en la base de datos PubMed, en la que se introdujeron las palabras clave y se aplicaron los criterios de inclusión y de exclusión. Resultados: Los pacientes con TDAH tienen más riesgo de desarrollar dependencia al alcohol (OR 2,31), a la nicotina (OR 2,28) y al cannabis (OR 1,73); así como de desarrollar un TCS (OR 2,49) en la edad adulta.

Conclusiones:
El TDAH es un factor de riesgo para padecer un TCS, siendo seguro el tratamiento en
pacientes con patología dual además de mejorar la drogodependencia.

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Introduction:

There is a high comorbidity between attention deficit hyperactivity disorder (ADHD) and substance use disorder, with a higher severity of addictions, an earlier age on the onset of the consumption, as well as an increased chronic drug dependence. In patients with dual pathology treatment appears to be a complex task, causing the pharmacological efficacy to be object of study of multiple academic studies in the recent decades.

Objectives:
The main objective is to carry out a literature review on this comorbidity, in order to know
if ADHD is considered a risk factor in the development of a Substance use disorders (SUD)
in adolescence and adulthood. It is also intended to analyze whether the pharmacological
treatment of ADHD prevents from the development of SUD and whether its prescription
is safe in patients with such comorbidity. Methodology: A bibliographic research was carried
out mainly in the PubMed database, in which the keywords were introduced, and the inclusion
and exclusion criteria applied. Results: Patients with ADHD are at greater risk of developing
dependence on alcohol (OR 2.31), nicotine (OR 2.28) and cannabis (OR 1.73); and developing
a substance abuse disorder (SUD) (OR 2.49) in adulthood.

Conclusions:

Attention deficit hyperactivity disorder is a risk factor for developing a substance abuse disorder, being the treatment safe in patients with dual pathology as well as improving the drug dependence.

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Para ver el artículo completo publicado en: Revista Española de Drogodependencias 46 (1) 21-41. 2021 v46n1_rojo.pdf (aesed.com)

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ENAMORAMIENTO Y AMOR (DESDE ORTEGA Y GASSET)


Juan Rojo Moreno

J. Ortega y Gasset realizó diversos planteamientos sobre el amor y Revista de Occidente en su colección “el Arquero” recoge los diversos ensayos que nos sirven como referencia, sin ser esta aportación un resumen de la obra. [1]

La manera como ahora entendemos el amor  (con todas las variantes que le han dado tanto los literatos, poetas…) no ha sido ni mucho menos la forma de significarlo en la historia. Realmente  señala Ortega como en la corte papal de Avignon (siglo XIV) fue la primera vez que entraron las damas a formar parte de la “sociedad”. Constituida en su mayor parte por dignatarios célibes, apareció en ella un tipo original de mujeres que llevaban una vida independiente y cultivada: eran las “cortesanas”.

Luego aparece el mágico poder de “encantar” en las mujeres y aún en el siglo XIX el concepto fundamental era que el hombre valía por lo que hacía, pero la mujer por lo que era: encanto.

Y Ortega a principios del siglo XX expresa esas ideas que venían arrastradas desde el XIX y que hoy en el s. XXI parecen -al menos en ciertas sociedades civilizadas, que no es así en toda la planetociedad (sociedad planetaria)-  en cierto modo caducas en relación con el desarrollo de la individualidad humana de los últimos 100 años, pero que están acorde con el contexto de su época, y así dice (1924): “el fuerte de la mujer no es saber, sino sentir… y unas mujeres certeramente apostadas en una sociedad, educan, pulen su persona, hasta hacer de ella un perfecto diapasón de humanidad, un aparato de precisión sentimental, un órgano de aguda sensibilidad…”. Pero aparte de estas ideas, tengamos en cuenta que el análisis profundo que hace del enamoramiento sirve igual para la actualidad.

Señala Ortega que: “un ensayo sobre el amor es obra sobremanera desagradecida. Si un médico habla sobre la digestión la gente escucha con modestia y curiosidad. Pero si un psicólogo habla del amor, todos lo oyen con desdén, mejor dicho, no le oyen, porque todos se creen doctores en la materia… existen razones sobradas para que las cuestiones de las que todo el mundo presume entender, amor y política, sean las que menos han progresado y prefieren callar los que mejor hubieran hablado”.

El enamoramiento lo concibe el psicoanalista C. G. Jung como una irrupción abrupta de un arquetipo inconsciente, que cada persona tiene del sexo opuesto al principal que se manifiesta en su personalidad. Así los varones tendrán un  arquetipo sexual femenino (lo denomina Anima) y las mujeres tendrán un arquetipo sexual masculino (lo denomina Animus). En el enamoramiento proyectamos nuestro propio arquetipo sexual en la persona objeto de él, y de ahí la perfección que se descubre en el enamorado o enamorada. Por esto cuando aparece la crisis del enamoramiento, a partir del primer año, lo que ocurre es que se retira el arquetipo (proyectado en el otro) y entonces se encuentra con la otra persona “real”. Ortega en 1924, sin entrar en factores inconscientes, ya señalaba que hay “dentro del alma femenina un imaginario perfil, el cual aplica sobre cada hombre: toda mujer lleva en su intimidad preformada una figura de varón, solo que ella no suele saber que lo lleva”.

 Ortega no abunda más ni desarrolla este concepto de forma igual para el hombre, como haría más adelante C. G Jung. Pero sí especifica que el “amor del enamoramiento” se caracteriza por sentirse “encantado” por otro ser y el sentirse absorbido por él hasta la raíz de nuestra persona, y señala (1925) que el enamorado vive, no desde sí mismo sino desde el otro.

En el enamoramiento no se produce, pues, un acto de voluntad  más o menos preformado, y por esto no podemos enamorarnos de quien no es posible, ni con la voluntad desenamorarnos cuando queramos.  Señala Ortega como en la práctica si vemos que en la persona amada la voluntad funciona, que “se hace reflexiones”, que encuentra motivos muy respetables para amar o amar menos, suele ser el síntoma más inequívoco de que en efecto no ama [no está enamorado].[2]

Ya anteriormente en el magnífico libro Del Amor, Stendhal (1822) desarrolla su teoría de la “cristalización” que coincide en gran manera con lo que refirió luego, de forma más elaborada, C. G Jung. Nos enamoramos (señala Stendhal) cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Un día la fantasmagoría se desvanece y con ella muere el amor.

La teoría de la “cristalización” es idealista -señala Ortega- porque hace del objeto externo, hacia el cual vivimos, una mera proyección del sujeto; en esta teoría se reconoce que el hombre solo ama [se enamora] de lo amable, lo digno de ser amado, mas no habiéndolo en la realidad tiene que imaginarlo. Esas perfecciones fantaseadas son las que suscitan el amor [enamoramiento].[3]

Para Ortega el enamoramiento es un estado de miseria mental en el que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza. Muchas veces se llama amor al “enamoramiento” que es un estado del alma complejísimo donde el amor, en sentido estricto, tiene un papel secundario. No se trata en el enamoramiento de un enriquecimiento de nuestra vida mental, sino todo lo contrario. Hay una progresiva eliminación de las cosas que antes nos ocupaban. Sin embargo, el enamorado tiene la impresión de que su vida de conciencia es más rica. Al reducirse su mundo se concentra más.

La elección de la persona amada supone que ha de donarse una relación de intus a intus, de ambas interioridades, por lo que no puede perdurar si no hay una cierta selección compatible con algunas características de nuestra intimidad. Y ha de recaer en alguien que también sea receptiva de nuestros propios aspectos íntimos.

 Por esto señala Ortega que en la elección de la amada revela su fondo esencial el varón; en la elección del amado la mujer. Es, pues, el amor, por su misma esencia, elección. Y como brota del centro personal de la profundidad anímica, los principios selectivos que la deciden son a la vez las preferencias más íntimas y arcanas que forman nuestro carácter individual.[4]

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En esta obra de Ortega y Gasset se nos introduce en la dificultad de hablar del amor. No es una recopilación de ensayos sobre el amor al uso, de poesía, etc. Creemos saber mucho sobre el amor cuando en realidad sobre él realmente mucho es lo que desconocemos: como, por ejemplo, cómo lo entendían los etruscos, de los que proviene la palabra amor, y en los romanos que la adquirieron siendo para Platón solo entendible en la relación varón con varón y difícil de imaginar entre los dos sexos diferentes (hombre, mujer). Luego se siguió utilizando esta palabra sin que tuviera el significado actual sino es a partir del siglo XII.

Bueno, lo de “significado actual” tampoco está muy claro pues ni a principios del siglo XX se podría haber leído cómo entienden el amor, y el enamoramiento los neurobiólogos, relacionado todo con la dopamina, la serotonina, la oxitocina…

A final no será cuestión de “amor” sino cuestión de neurotransmisión…

Para los interesados en  amor y neutransmisión, ver el documental “el amor más que un sentimiento”


[1] J. Ortega y Gasset. Estudios sobre el amor. Revista de Occidente 1966. La primera edición fue en 1940 pero es a partir de la 10ª que se recogen un número más amplio de estos ensayos.

[2] Al final del Capítulo sobre “Amor en Stendhal” señala Ortega que “al terminar este ensayo me importa recordar que he intentado en él exclusivamente describir un solo estadio del gran proceso amoroso: el “enamoramiento”. El amor es operación mucho más amplia y profunda. Todo amor transita por la zona frenética del “enamoramiento”; pero en cambio existe “enamoramiento” al cual no sigue auténtico amor: No confundamos, pues, la parte con el todo.

[3] Ortega en nuestra obra de referencia dedica todo un capítulo de “homenaje” a Stendhal, aunque no está de acuerdo en muchos de los conceptos de Stendhal, pero tengamos en cuenta que Ortega escribe este capítulo en 1926 y Jung tras la ruptura con Freud en 1914 es cuando se dedica a desarrollar más sistemáticamente sus ideas sobre el Inconsciente Colectivo y los Arquetipos hacia 1930, como por ejemplo: “Sobre los arquetipos de lo el inconsciente colectivo” (1934/1954) o “El concepto de inconsciente colectivo” (1936).

[4] Cierto que, señala Ortega, contra esta idea que en la elección amorosa revelamos nuestro más auténtico fondo cabrían innumerables objeciones, mas nuestro autor indica que las que él ha conocido le han parecido inoperantes, poco rigurosas o improvisadas por un juicio sin cautela.

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ANTROPOLOGÍA NEUROCULTURAL Y CUÁNTICA


(ANTROPOLÓGICAS)

Juan Rojo Moreno

Luis Cencillo escribe en 1978 su obra El Hombre, Noción Científica en la que nos plantea interesantes cuestiones antropológicas.[1]

La investigación de lo humano (Antropología) ha sido tan prolífera y complicada en cada una de las múltiples áreas que ocurre como con los coches modernos que sabemos qué es un automóvil, sabemos que tiene motor, ruedas, asientos… pero si tuviéramos que comprender cómo funcionan todos los microchips y todas las partes nos vemos tan perdidos como conocer cómo funciona una televisión “Q-led”. Igualmente hay tanto escrito sobre “lo humano” que más allá de saber que somos humanos no entendemos sino parcialidades que nos aportan distintas ciencias y saberes sobre nosotros mismos sin comprender realmente qué somos.

Por esto dice acertadamente Cencillo que “se impone un cambio de concepción, de intención y de métodos en la Antropología semejante a la que supuso para la Física y la Química tradicionales la revolución einsteniana y cuántica”. La paradoja de la antropología es que disponiendo de sinfinitas vías de penetración para conocer al hombre, no nos acaba de decir qué es el hombre y en qué consisten los proceso humanos, a diferencia de la Física que con muchas menos vías de penetración se atreve situarnos, sin apocamiento, en múltiples universos paralelos y con “teorías de las cuerdas” o la Teoría M del entendimiento “total” del universo tras el descubrimiento del Bosón de Higgs… que son indemostrables experimentalmente, siendo todo muy científico y haciendo autentico cosmo-humanismo y hasta teología sobre si existe o no Dios. La antropología, más “miedosa”, solo se atreve con parcialidades humanas a las que poder aplicarle el método científico, sin alcanzar a definir su propio estatus de complejidad.

Señala L. Cencillo que la denominada ciencia exige una cuantificación fisicomatemática (cuantificación, verificación, modelización matemática…) y cuando una investigación sociológica, antropológica, psicológica o clínica se aparta de este proceder se le considera como acientífica o incluso como “literaria”.

Es necesario que aparezca una nueva ciencia que incorpore todos los campos del saber “o se arbitran métodos específicos, con igual valor científico que la fisicomatemática, más adaptados al fenómenos humano o el fenómeno humano y el hombre no serán en absoluto susceptibles de reflexión científica”. En ella la modelización no ha de ser forzosamente matemática ni la verificación solo cuantificadora y el dato no ha de reducirse exclusivamente a medida.

 Sería perfectamente absurdo -insiste Cencillo- que el hombre y sus procesos y fenómenos no pudieran ser conocidos por el hombre mismo con el mismo rigor y control que los procedimientos científicos exigen, en su genuidad total… y quizá sea necesario arbitrar otro tipo de saber, igualmente riguroso y controlado, pero que no se llame “ciencia”. Lo que está en estos malentendidos es el prejuicio, nada justificado, de que una ciencia ha de versar acerca de objetos cósicos, tangibles y medibles y que los fenómenos más complejos y menos físicos no son susceptibles de un conocimiento riguroso, controlado y preciso.

La “verdad” científica, sigue nuestro autor, no es nunca absoluta ni definitiva y puede coexistir con otros “valores de verdad”. Hacer de la ciencia la base única de la certeza y el único modo de obtener conocimientos absolutamente válidos en todos los órdenes es absurdo pues no puede explicar totalidades complejas, porque no existe una ciencia total de la totalidad, y se limita a campos a puntos muy concretos de cada región. Esto es lo científicamente serio aunque no impide que en las distintas áreas científicas se construyan generalizaciones que no son verificables sino a gusto personal de los cultivadores de una disciplina concreta. [2]

Este problema es abundante en ámbitos de encaramiento ante lo humano, como ha ocurrido en la sociología, la psicología y la psiquiatría. En el primer campo las encuestas de opinión y de valoración permiten transmutar en números lo que la gente “piensa”, pero luego “se manejan” los números dando resultados en ocasiones sorprendentes. Realmente a muchos encuestadores no les interesa la opinión real sino la “orientación” (evidentemente hay otras ramas de la sociología más “serias”). En psicología ocurre algo parecido cuando usamos test y técnicas concretas de intervención psicológica: un profesional aplica una técnica y unos test determinados y puede trabajar con la persona desde una perspectiva, pero otro profesional utiliza otros test y diferente técnica y la perspectiva de trabajo cambia totalmente (y hasta cierto punto la “concepción” del hombre). En psiquiatría tenemos también un tanto cuando se utilizan solo criterios clasificatorios (tipo DSM o CIE) para definir la enfermedad y aplicar el tratamiento sin determinar el padecimiento en la biohistoria individual y situacional. Este problema ha hecho incluso que aparezca una corriente denominada “Nueva Psiquiatría” que no es tan nueva ni sólo psiquiatría pero significa una protesta ante la cosificación diagnóstica del enfermo psíquico (corrientes de este tipo ya ha vivido la psiquiatría en su historia: son “nuevos odres para vino añejo”).

Por ello, señala L. Cencillo: exigir de la Psicología o de la Antropología procedimientos experimentales exclusiva o prevalentemente para su validación como tales “ciencias positivas” es una ingenuidad metodológica pues entre otras cosas el objeto (el ser humano) además tiene historia.

Podemos preguntarnos ¿por qué existen tantas “antropologías”? Existe una antropología social, también cultural, existencial, filosófica…, y si bien estamos de acuerdo con lo expresado por nuestro autor, pero el problema de lo humano lo soslaya (en parte) cuando dice “primero asumir el objeto de la investigación [el hombre] y en función de él construir el método más adecuado a su naturaleza peculiar”. Ahí está uno de los grandes problemas del porqué se han fragmentado las antropológicas. ¿Cuál es la naturaleza del ser humano? Este asunto aún queda indeterminado, y como en el caso de la Teología Negativa que dice todo lo que NO es Dios, pero no llega a definir a Dios, pues aquí ocurre algo parecido: el ser humano (su naturaleza) NO es la bondad, la inteligencia, el habla, la fantasía, el pensar… siempre encontraremos algún ser humano cruel, malvado, menos inteligente, de mucho hacer (faber) y poco pensar o reflexionar… Si la antropología quiere que se le aplique una “Ciencia Total” antes deberá definir claramente  en qué consiste el objeto/sujeto al que se le aplica, es decir, su naturaleza.

Por esto señala Cencillo “no vamos a comenzar afirmando que existe un ser que es el hombre, tal como se le percibe sensorialmente y con unas propiedades muy determinadas. Pero lo que sí tenemos que afirmar es que a todos los niveles se nos da como objeto de percepción, de reflexión y de investigación un tipo especial de fenómenos específicos que clasificamos de humanos”.

 Siguiendo la tesis de Mühlmann de que “naturaleza y cultura no son planos antitéticos, sino meramente dispares: Naturaleza es solamente un potencial, mientras que Cultura es la manifestación del mismo”, considera Cencillo que es un error considerar ambas cosas separadamente como si alguna vez en la historia humana hubiese vivido algún pueblo en “estado de naturaleza” o como si en el ser humano se pudiese prácticamente localizar una “naturaleza” independiente de los demás aspectos comunicacionales, sociales diferenciados, psíquicos y, en definitiva, culturales.

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Luis Cencillo en su voluminosa obra, que nos ha servido de referencia, hace un profundo, intenso y apasionado intento de vislumbrar una nueva “ciencia” que fuese capaz de acercarnos al complejo ser que es lo humano.

Y en este sentido señala: ¿se nos hace necesario renunciar a una verdadera ciencia del hombre en cuanto humano?, ¿o habrá que contentarse con un saber científico pero reduccionista del objeto hombre (lo social, lo biológico, lo ecológico…)  que lo mutile y nos dé una “ciencia” no del hombre sino de un objeto imaginario y constructo convencionalmente preparado por el científico y por su ideología?

Un saber que no dejará de ser útil pues arroja unos resultados parciales válidos hasta cierto punto, y en determinadas regiones realizaría avances del conocimiento acerca del fenómeno humano. Pero no podría llamarse con propiedad Antropología pues no estudiaría al hombre en cuanto tal. Dado que el saber y la ciencia orientan la planificación de la vida colectiva y su ejecución y el objeto presentado por ella se constituye en paradigma de la praxis, el objeto de la antropología si aparece mutilado y falseado por la ciencia misma, tendrá como consecuencia inevitable la mutilación y la falsificación de los hombres concretos y vivos.

Se impone un modelo totalizador propio y específico de la antropología, un método que no provenga de ninguna otra ciencia (como ha venido sucediendo) sino de la antropología misma de acuerdo con la especificidad de su objeto: lo humano.

A mi entender, aún no ha fraguado esta posibilidad. Quizá con el tiempo y gracias a las mayores capacidades de integración que nos permiten los análisis dimensionales y cualitativos (y otros que desconozco) se pueda a partir del conocido Big-data (o nuevas creatividades) tener una imagen más cercana y real del todo humano o de los filtros humanos.

Y quizá, para conocer una imagen del hombre no solo nos venga bien lo vivencial, lo situacional, lo biológico, lo neurocultural…, quizá tengamos que llegar a integrar en esa “nueva ciencia” cómo crea en su naturaleza incluso lo más minúsculo de su constitución: el mundo cuántico. Quizá la Antropología (completa) haya de nutrirse también de una parte aún olvidada para ella e inalcanzada: de una Antropología cuántica.

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[1] Luis Cencillo Ramírez. El hombre, noción científica. Ediciones Pirámide, Madrid 1978. Es nuestra obra de referencia. Agradezco a un “amigo” de años del mundo de la comunicación la recomendación de leer a L. Cencillo.

[2] Ya lo decía Gabriel Marcel en “Los Hombres contra lo Humano”: la civilización occidental, en su última fase de progreso, ya no es consciente del individuo, y nada permite esperar que alguna vez llegue a serlo. Esta sociedad no conoce únicamente más que algunas de las dimensiones del individuo; para ella, no existe el hombre integral tomado individualmente. El occidente ha creado una sociedad semejante a la máquina. Obliga a los hombres a vivir en el seno de esta sociedad y a adaptarse a las leyes de la máquina. Cuando los hombres se parezcan a las máquinas, entonces no quedará ya hombre sobre la tierra”.

Hoy ya no es solo la “sociedad occidental”. Si nos descuidamos igual los hombres conseguimos vencer a “lo humano”, aunque no sabemos si como “máquinas” seremos capaces de sobrevivir.

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DESDE LA SALPETRIER A LA PSICOLOGÍA Y PSIQUIATRÍA “DE LAS MASCARILLAS”


J. Rojo-Moreno

ML. García-Merita

Las distintas revoluciones en la relación profesional ante la enfermedad han supuesto desde tener que defender al enfermo, creándose por primera vez en Valencia (España) por el Padre Jofré en 1409 la primera institución que protegía a los “locos” y marginados de la sociedad, a que unos siglos después se produjera la tremenda y simbólica liberación de las cadenas de los enfermos en la Salpêtrière realizada por Pinel.

Ciertamente -señala G. Didi-Huberman (2018)- Pinel liberó a las locas de la Salpêtrière, las sustrajo de su puro secuestro, pero esta apertura supuso también una inserción: inventó el Asilo como “pequeño gobierno”, según solía llamarlo, con su “jefe de policía interna” y siempre con sus “celdas”, “celdillas”, “calabozos”, “jaulas de locos y mazmorras”. E incluso en calidad, no de médico, sino de vigilante fue como entró Esquirol (discípulo de Pinel) en la Salpêtrière en 1811.

Cuidar ahora sin cadenas era “internar” y se justifica que ya no se les “somete” a la organización del asilo, sino que sencillamente entran allí.

La psiquiatría que se desarrollaba en esas épocas era en relación con el paciente totalmente ex-visu. Se les veía, clasificaba y si era preciso se les internaba o entraban en el asilo correspondiente. Poco se conocía del paciente: sus síntomas, su demencia o idiocia, como ocurría con las tres mil mujeres encerradas en la Salpêtrière desde 1690 “diagnosticadas” de vagabundas, “mujeres caducas”, “viejas pueriles”, epilépticas, “mujeres chochas”, contrahechas e incorregibles…

En este brevísimo recorrido histórico tenemos que saltar ya hasta Sigmund Freud cuando aplica un método a los pacientes no solo “ex visu”, sino fundamentalmente “ex auditu”. Es decir, ya por primera vez en la historia se realiza una escucha del paciente, de su patología y de aspectos de la vida que interesaban al psicoanálisis. Al menos el avance fundamental es que el paciente es escuchado como persona que tiene historia.

         El diálogo anamnésico anterior a Freud era solo testifical; el enfermo contaba o describía al médico algo de lo que había sido testigo pasivo, una enfermedad infantil, un dolor lumbar, etc. Por obra de Freud la anamnesis se hace también interpretativa y el coloquio anamnésico se extiende a zonas de la intimidad del enfermo hasta entonces inexploradas (proyectos de vida, creencias, sentimientos y recuerdos recónditos, etc.). Además, la palabra deja de ser solo un instrumento de pesquisa y se convierte en agente terapéutico: Freud introduce en medicina con una importancia inédita la psicoterapia verbal.

Esta línea fue luego más desarrollada por el psiquiatra K. Jaspers cuando realiza su método de “la comprensión” de los motivos de la vida para entender la enfermedad y cuando un poco más adelante Max Scheler aporta también la comprensión emocional.

Todo esto supuso que la relación profesional en la salud fuese a la vez visual, teniendo al paciente delante, y muy auditiva que complementaba a la visual y además histórica-emocional. El paciente era psicobiografiado para conocer el sentido de su enfermedad y cómo los acontecimientos pasados eran expresados. Con V. von Weizsäcker culmina todo esto en la concepción de una Medicina Antropológica.

Desde entonces psicólogos y psiquiatras hemos trabajado conjuntamente para detectar y curar las enfermedades que la vida nos originaba escuchando al paciente, pero también mirando su cara, es decir atendiendo a la comunicación no verbal. Mirando sus gestos y su expresión general podríamos no solo entender mejor su enfermedad, sino también valorar el grado de sufrimiento de estas enfermedades. Como señala Emmanuel Levinas (1961) en relación con “el rostro”: “el rostro se ha vuelto hacia mí y esa es su misma desnudez… hay allí entre el otro y yo una relación que está más allá de la retórica”.

         La relación terapeuta-paciente no es solo del paciente dirigida hacia el terapeuta, sino que también el terapeuta, ya sea psicólogo o psiquiatra, en su manera de responder a las expresiones del paciente establece un vínculo terapéutico nuevo que es interaccionante.

El terapeuta no solo interpreta lo que dice el paciente sino además cómo lo dice. Es decir, atender a la comunicación no verbal es tan importante como la escucha de la verbal.  Pero, no solo es importante que el terapeuta atienda a la comunicación no verbal de su paciente, también él puede transmitirle al paciente aspectos cruciales para la cura, a través del lenguaje no verbal. De forma que el paciente ingiere los rasgos del profesional, su énfasis, sus tonos de voz, sus expresiones, la “seguridad” de que puede curarse cuando el terapeuta en su tono, en su cara y en su voz le está diciendo que sí es posible. De hecho, el establecimiento del rapport, tan importante para toda psicoterapia, se logra en gran medida con la comunicación no verbal del terapeuta. Todo esto es método terapéutico, más allá de que “el primer acto del tratamiento es el acto de dar la mano al paciente” (Von Leyden).

Cómo responde el paciente ante el terapeuta, ante los gestos que realiza, el énfasis en la voz, el cómo le mira y la sonrisa de comprensión o la expresión de desacuerdo, entra en al ámbito terapéutico. Más allá de que le recetemos o no una medicación, en el caso del psiquiatra. Cosa que nunca la hacemos, a un humano robotizado como si fuera un programa  informático, sino a un humano sufriente que está expresando su enfermedad y detectando nuestra respuesta ante la misma. En el caso del psicólogo, no solo entra en el ámbito terapéutico, sino que es fundamental a lo largo de todo el proceso. No hay nada más negativo para la relación terapeuta-enfermo que un rostro amímico. Lo que diríamos en lenguaje vulgar “poner cara de póker”.

Ahora se ha producido una nueva revolución impuesta por las circunstancias de la pandemia Covid 19 que está asolando a toda la humanidad. Ahora, por obligación, tenemos que trabajar con mascarillas tanto los pacientes como los terapeutas (excepto en las consultas mediante video llamadas, pero esto es otro tema que también tiene sus importantes limitaciones al no ver al paciente en su totalidad sino solo su cara, fundamentalmente, y además se pierde la naturalidad de la “presencia” delante uno con el otro).

El uso de mascarillas en el contexto terapeuta-paciente dificulta significativamente una parte importante de la comprensión de la enfermedad. Los diagnósticos genéricos tipo DSM o CIE que se basan en unos cuantos síntomas determinados y en una relación de tiempo, quizá no sean difíciles de alcanzar, en principio, cuando oímos al paciente expresar sus quejas o síntomas. Pero la relación terapéutica no es solo diagnosticar, sino que en todo su contexto se establece una conexión de intimidad, una empatía que se detecta en posturas y fundamentalmente en las expresiones que nos manifiesta el paciente, tanto las verbales como las paraverbales. E igualmente ocurre con las expresiones que el terapeuta manifiesta, no solo las que dice sino cómo las dice y cómo llegan a ser entendidas por el paciente. Con el uso de mascarillas en la entrevista profesional no detectamos muchas de estas interacciones. A más de uno nos ha ocurrido que cuando nos despedimos del paciente nos queda un sinsabor de no poder detectar real y claramente la satisfacción o no del mismo ante las pautas terapéuticas o su sentimiento ante el pronóstico que le estamos ofreciendo tras la entrevista.

Con las mascarillas, en el contexto terapéutico en psicología y psiquiatría, volvemos más a esa concepción auditiva ya antigua que empezó a desarrollarse a finales del siglo XIX, pero perdemos la calidad de la relación “ex visu”, aunque ahora tengamos más recursos para los tratamientos.

La aportación desde Freud de añadir a la terapéutica tanto la significación ex visu, que ya venía de antiguo, como también la “ex auditu” supuso un avance importante. Ahora se queda esa relación hipertrofiada en lo que “oímos” desde el paciente y nos oye a nosotros, pero sin la complementariedad visual completa. Solo contactamos con los ojos, y ya sabemos que la mirada, en ocasiones, puede resultar inquisitiva o amenazante. En diversos estudios antropológicos se ha comprobado que el mirar fijamente tiene efecto amenazante (Eibl-Eibesfeldt). Por ello, cuando no existe esa intención, se producen ciertos gestos apaciguadores, como bajar los párpados, sonreír, inclinar la cabeza. Esa conducta innata podemos observarla cualquiera de nosotros cuando alguien nos saluda desde lejos. La persona que nos mira, eleva ligeramente las cejas, echando la cabeza para atrás, y nos enseña una mano levantada con la palma hacia nosotros, al mismo tiempo que realiza una leve sonrisa.

Además, aún no tenemos práctica para manejar la mirada sin la ayuda del resto del rostro. Es por ello que esa falta de complementariedad visual provoca que se establezca  una mayor frialdad en la relación terapéutica. 

Habrá que valorar, con el tiempo, cómo esta obligación de usar mascarillas ha influido en la relación terapeuta-enfermo por el anonimato mímico.

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