BIO-TECNO-HUMANOS. ¿EVOLUCIÓN O MUERTE?


(evolución humana y tecnología)

Juan Rojo Moreno

         En otras ocasiones he hablado sobre tecnohumanos y ciberhumanos pero leyendo el libro póstumo de Stephen Hawking Breves Respuestas a las Grandes Preguntas el planteamiento se hace más cruel o si queremos más explícitamente realista.[1]

         Nuestra evolución actual es neurocultural (sobre el yo neurocultural ya hablé aquí ) y la realidad es que la información útil en nuestros genes es algo así como de cien mil millones de bits y en este sentido señala Hawking en el ser humano se puede transmitir la información de aproximadamente cincuenta libros de Harry Potter, pero en una gran biblioteca puede haber hasta cinco millones de libros y la información transmitida por libros o por internet es hasta cien mil veces mayor que en el ADN.

         Nuestra evolución biológica es muy lenta y necesita miles y cientos de miles de años para que se noten cambios significativos, mientras que en el mundo de la comunicación de internet, de las redes sociales, en el mundo en el que en nuestra cultura aceptamos creencias, modelos y los transmitimos a las generaciones cercanas, esto supone que en pocos miles de años hemos evolucionado mucho por información externa y nuestra evolución ya no solo es genética sino neurocultural.

Por esto dice Hawking: “algunas personas usarían el término `evolución´ solo para el material genético transmitido internamente pero somos más que nuestros genes… puede que no seamos inherentemente más fuertes o más inteligentes que nuestros antepasados cavernícolas pero lo que nos distingue de ellos es el conocimiento que hemos acumulado durante los últimos 10.000 años y sobre todo durante los últimos 300… creo que es legítimo tener una visión más amplia e incluir la información trasmitida externamente así como también la del ADN, en la evolución de la especie humana”.

         Otro problema es valorar qué beneficios (más allá de los que el progreso ha originado en la mejora de las condiciones de vida en buena parte de la humanidad) ha tenido el ser humano en valores y en “humanidad” cuando se ha ido produciendo esta avalancha de información interconectada. Vemos cómo es fácil “manejar” la información y crearnos creencias que, como señalaba Ortega y Gasset, no son ya pensadas y razonadas sino asumidas como verdades o asimiladas como ciertas.

En 1968 Erich Fromm citaba a Zbigniew Brzezinski: “en la sociedad tecnotrópica el rumbo lo marcará la suma del apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerá fácilmente dentro del radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más recientes de comunicación para manipular las emociones y controlar la razón”[2]

En todas las épocas de la historia ha habido personas que han desarrollado una mayor sensibilidad interhumana y mayor sensibilidad en comprender la alteridad, pero al mismo tiempo han existido los que solo han realizado el esfuerzo de adaptarse a las exigencias de su tiempo concreto y han seguido las directrices que su stand adaptativo les exigía. ¿Ha cambiado esto con la intercomunicabilidad? ¿O solo se ha mejorado que los influjos y los “influencer” puedan ser más globales y no solo en el terreno o espacio en que se habita?

La información nos desborda, la tecnología cada vez nos controla más pero parece que nos agrade esta situación de dependencia. En el siglo XVIII se dijo que había un hombre que había leído todos los libros escritos, hoy en día es imposible estar siquiera “al día” de la información diaria.

Pero el problema sigue igual en nuestro desequilibrio entre la avalancha de información y creación de creencias por una parte y nuestro bagaje de instintos arcaicos por otra, y por esto Hawking señala como un peligro sigue siendo que “todavía tenemos los instintos y especialmente los impulsos agresivos que tuvimos en los días del hombre de las cavernas”.

Cuando más a prueba se ponen nuestros impulsos agresivos es cuando hay conflictos sociales, o armados. Miremos nuestra sociedades modernas y la violencia que aparece en manifestaciones y cuando se plantean conflictos diversos. Si hubiese, -que parece impensable-, un conflicto armado entre nuestros países “civilizados” qué pronto nos daríamos cuenta que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Ya ocurrió en los primeros años del siglo XX y en 1914 la sociedad moderna pensaba que no se iban a repetir las “antiguas” guerra entre países: ¡equivocación! Pues pronto vino la Primera y la Segunda Guerra Mundial además de las guerras de Vietnam, etc. en donde la crueldad humana alcanzó sobre la población civil límites anteriormente nunca alcanzados.

La solución que entiende Hawking ha de sobrevenir es la corrección genética, la biomejoración: “modificando tanto la inteligencia como los instintos, por ejemplo el de la agresividad”.

No es que Hawking esté a favor o en contra de esto, es que considera que es imparable. Y todos nos podemos preguntar: si se consigue que nuestros hijos tuvieran mejor memoria o fueran genéticamente más resistentes a enfermedades ¿nos opondríamos? Podemos decir que sí, pero ¿y si un país lo hace con todos los recién nacidos? Entonces ese país tendría una población superior en general al resto de la humanidad ¿se opondrían los otros países? o cuando hubiera un segundo país que lo hiciera ¿no aparecería pronto un tercer país? Estamos hablando de países, pero imaginemos esto mismo en relación a colectivos. ¿No dividiría a la sociedad y a la humanidad entre los mejorados y los no mejorados? Hawking ya señala que surgirían problemas políticos importantes con los humanos no mejorados pero a la vez aparecería una carrera para estar más mejorado.

Quizá en el fondo a todos nos gustaría el biomejoramiento, pero al mismo tiempo frente a este posible ideal aparece el miedo del hombre por el hombre y de lo que es capaz de hacer contra sí mismo y contra los demás.

Esto lo prevé Hawking como una significativa posibilidad si no se suicida antes la humanidad y hace inhabitable el planeta, sin que él defienda o no la ingeniería genética. Pero sería como compensar en la balanza el plato de la tremenda y compleja información (externa) con un nuevo ADN evolucionado en complejidad (interno). Entonces la evolución neurocultural se equilibraría ganando exponencialmente en potencia.

Es una forma, señala nuestro autor, para que podamos contrarrestar a nivel biológico el gran avance de los sistemas electrónicos y de Inteligencia Artificial.

¿Nos sobrepasará la Inteligencia Artificial? Se pregunta así mismo Stephen Hawking. Da igual que pensemos en 100 años o en 200 o en 500, a la velocidad que se está desarrollando la computación cuántica (y lo que ha de venir) la Inteligencia Artificial (IA) está creando su propia historia y cuando miramos mucho tiempo la historia del hombre “seamos sinceros, es sobre todo la historia de la estupidez”.

 El riesgo  real de la IA, señala nuestro autor, no es su maldad sino la competencia: “una IA superinteligente será extremadamente buena en el logro de sus objetivos, y si estos objetivos no van en la dirección de los nuestros tendremos problemas”.

Acaba Hawking el capítulo sobre Inteligencia Artificial diciendo que “nuestro futuro es una carrera entre el poder creciente de nuestra tecnología y la sabiduría con que la usemos. Asegurémonos de que gane la sabiduría”.


Ya anteriormente hablé sobre Humanismo, Conectivismo y Dataísmo (aquí)  y uno tras otro autores nos están previniendo de este problema. La primera Revolución Industrial sustituyó la fuerza viva (de los animales y del ser humano) por la mecánica. Obligó a adaptaciones y desaparecieron ciertas profesiones, pero se crearon muchos puestos de trabajo industrializados. La actual segunda Revolución Industrial, la Tecnológica, la de los datos, la de la comunicación y la Inteligencia Artificial, también hará desaparecer profesiones pero necesitará menos gente para los trabajos en un planeta que sigue creciendo en miles de millones de personas (7.700 millones ahora) (un reloj de población mundial en tiempo real aquí) y será de 9.900 millones en 2050.

Si no aparece una energía nueva, o de fusión u otra, o un descubrimiento revolucionario, o por otra parte si no suicidamos a la humanidad en el planeta, entonces, o “gana la sabiduría” como señala Hawking o siguiendo con nuestra historia de estupidez la humanidad evolucionará  cruelmente disonante.[3]

Pero como dice el Eclesiastés 9:4 “Aún hay esperanza para todo aquel   que está entre los vivos”.



[1] Stephen Hawking. Breves respuestas a las grandes preguntas. Editorial Crítica, 2018

[2] Erich Fromm. La revolución de la esperanza. Editorial Fondo de Cultura Económica, México 1968 (primera edición en español, 1970)

[3] Para quien tenga interés, otros artículos que he desarrollado sobre estos temas han sido “Hand Connected” (aquí) , “Neurosis y paranoia en tecnohumanos y ciberhumanos” (aquí)  o cuestionando la bondad del Big Data “El hombre matematizado” (aquí)

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NORMALIDAD Y ANORMALIDAD PSÍQUICA


(Y LA MEDICACIÓN) 

Juan Rojo Moreno

Me recomendaron el libro del psiquiatra Alberto Ortiz Lobo Hacia una Psiquiatría Crítica que he leído con significativo interés y nos induce a reflexiones interesantes.[1]

         Nos invita a la reflexión sobre la normalidad y anormalidad  psíquica. Pero uno de los problemas que han surgido, y que ha señalado reiteradamente el psiquiatra de Castellón  Paco Traver, es la confusión con el término “Salud Mental”. En la historia de la psiquiatría lo que se ha intentado curar han sido enfermedades psíquicas. Por lo tanto es irrenunciable nuestra concepción médica (la misma palabra psique-iatría, significa etimológicamente médico de la psique).

A. Ortiz plantea que el hecho de separar “enfermos” de “normales” favorece el estigma y la discriminación y que el uso que él hace del término psiquiatría no solo se refiere a los términos médicos sino al conjunto de las prácticas  que confluyen en la Salud Mental (psicología clínica, enfermería, intervención social, rehabilitación).

Más allá de su posicionamiento, la realidad es que las clasificaciones internacionales (DSM y CIE) han aumentado progresivamente el listado de “trastornos” mentales y si bien pueden ser muy útiles en epidemiología o para conocer ciertos modelos, han eliminado la palabra “enfermedad” de sus códigos y han facilitado que al cumplirse unos “criterios” ya se pueda medicar muchos más estados mentales y también a nivel de psicología tratar con distintas psicoterapias “alteraciones” que así mismo van a tener un código de trastorno mental.  

Como señala  Enrique Echeburúa (2014): “No deja de ser significativo, por ejemplo, que la primera edición del DSM contenía 106 trastornos mentales y que la actual (DSM-5, 2013) recoja 216 (Sandín, 2013). Con cada nueva edición los posibles trastornos mentales siempre aumentan, pero nunca se reducen. No parece razonable pensar que en el plazo de 60 años los trastornos mentales se hayan multiplicado por dos (Ezama, Alonso y Fontanil, 2010). Por ello, hay que estar precavido ante la ampliación de supuestos nuevos diagnósticos clínicos que incorpora el DSM-5: el trastorno disfórico premenstrual, el trastorno de estado de ánimo disruptivo y no regulado, el duelo patológico o el trastorno neurocognitivo leve, por citar algunos de los más llamativos”.[2]

El problema del término Salud Mental es que no sabemos bien definir en que consiste esta “salud” y por lo tanto la Salud Mental no está bien definida en la población supuestamente sana. ¿Debemos en los Centros de Salud Mental tratar solo a los enfermos mentales o también a los sanos mentales para que no pierdan su Salud Mental? Al fin y al cabo los centros son de “Salud Mental”.

Quizá por esto A. Ortiz señala cómo “a través de los medios de comunicación los profesionales promocionan con éxito la importancia de estas disciplinas, no ya en el tratamiento de los trastornos mentales sino en el afrontamiento de la vida cotidiana de cualquier persona”

Ya en un artículo anterior tratamos sobre “Psiquiatría de la población o tratar enfermedades de la vida” (aquí). /

         Señala el psiquiatra Manuel Desviat, en la Presentación a nuestra obra de referencia, que si convertimos solo “el síntoma en falla neurológica… si el contenido de la alucinación y el delirio no tiene sentido biográfico, si la tristeza tiene su base originaria en un desequilibrio de los neurotransmisores…” la sobremedicación de muchos de los acontecimientos vitales ha hecho, al igual que la necesidad de recurrir a consejos profesionales psicológicos, que nos preguntemos cuán escuálido debe ser el porcentaje  de sanos mentalmente que existe, según estos parámetros, en la población general.

         Uno de los problemas de esta sobremedicación de la vida viene dado porque no hacemos un diagnostico individual de cada paciente integrándolo en su totalidad biográfica. Pero para eso ya no podríamos hablar de “trastornos” (ese horrible palabro, me dijo en una ocasión el Prof. Valentín Conde) sino de enfermedades. Y eso significa algo muy importante: tener que dedicar más tiempo a cada paciente para hacer un diagnóstico individualizado no solo de su clínica y su evolución sino del sentido biográfico que la enfermedad tiene en él. Tiempo de dedicación al paciente… otro gran problema en esta sociedad tecnotrópica y acelerada.[3]

         Otro problema que se plantea es que parece, para algunos, que muchas especialidades médicas son “científicas” y la psiquiatría no. Es un error. Ninguna especialidad médica ni la medicina en general es stricto sensu  científica.

¡Soy un científico! Dice categóricamente Stephen Hawking en su última obra (póstuma)[4]. Y ciertamente Hawking era un físico teórico y no le quedaba más remedio que ser un científico. Pero los médicos utilizamos la ciencia porque nos da actualmente mejores resultados para curar las enfermedades que otros métodos que han existido, pero no solo la ciencia es lo que interviene en la curación, hacemos uso de ella pero no somos científicos. Los dermatólogos, médicos internistas, oftalmólogos, traumatólogos… tratan con personas enfermas, no con trastornos o enfermedades que son padecidas por entes, sino por personas y tienen sus repercusiones personales, emocionales, familiares, y sociales, al igual que ocurre en psiquiatría. Que tengan más pruebas complementarias en muchas especialidades que en psiquiatría, la llamada medicina de la evidencia o de las pruebas, no supone que los enfermos no sigan siendo personas sufrientes.

En estos tiempos ha habido un cierto movimiento exagerado en considerar “solo” la medicina de la evidencia. Cierto que  se ha remarcado esta tendencia en cierto modo “oficialista” como réplica a los abusos de la superchería y aprovechamiento inmoral de personas no cualificadas que han tratado enfermedades como el cáncer con falsos y engañosos “remedios” (el otro día pude ver a un agricultor que vende una pócima para tratar el autismo). Cierto, un penduleo de tanta pseudociencia lleva luego al contrario por la medicina oficial.

Pero de ahí a considerar solo la ciencia y sus aportaciones como la única información para tratar al ser humano enfermo también es una exageración. Como señala A. Ortiz: “la psiquiatría debe huir de las pseudociencias que son tan proclives a colonizar el campo de los problemas mentales en la medida en que precisamente la ciencia no puede dar respuestas contundentes. Pero la alternativa no puede ser caer en un cientismo que otorgue valor de verdad a presunciones basadas en premisas que no se pueden aplicar a la complejidad de lo humano”. Pues, como señala Double (2002), aunque las explicaciones biológicas puedan ser importantes…eliminar el significado personal de los problemas y sus orígenes psicológicos y sociales no ayuda a comprender la acción personal del sujeto.

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         Los psiquiatras obligatoriamente al ser médicos tratamos pacientes enfermos psíquicos. Cierto, que no tenemos muchas pruebas complementarias (o de la llamada evidencia), cierto, también, que necesitamos trabajar, dada las características de la enfermedad psíquica, en equipos multidisciplinares con psicólogos, enfermería, asistentes sociales, etc. y cierto, asimismo, que la medicina y por lo tanto la psiquiatría “científica” no cura todas las enfermedades ni nos aclara la etiología (por eso se habla de multifactores) y el por qué determinada persona en concreto pueden padecerlas.

Y cierto, además,  que tenemos que diferenciar, ya que somos médicos, entre los enfermos psíquicos y las personas sanas. Y estoy convencido que en aquellos casos dudosos de enfermedad-salud en un paciente concreto, con tiempo suficiente de dedicación al paciente, con un análisis fino biográfico  y evolutivo, teniendo en cuenta también sus factores psicosociales y culturales, se nos aclararían en muchos de estos pacientes /sanos si son en realidad eso: enfermos o no. Atención Primaria y los Centros de Salud Mental también tienen que hacerse expertos en diferenciar estos casos.

Aunque, para terminar, también es cierto que las clasificaciones DSM y CIE internacionales  no es que ayuden mucho (y menos el nuevo DSM 5) en este menester de diferenciar en individualizar cuando hay o no “Salud Mental”.



[1] Alberto Ortiz Lobo. Hacia una psiquiatría critica. Grupo 5, 2013. Nos sirve como obra de referencia pero no hacemos un resumen alguno sino que obtenemos algunas referencias que nos han interesado.

[2] Enrique Echeburúa, Karmele Salaberría y Marisol Cruz-Sáez. Aportaciones y Limitaciones del DSM-5 desde la Psicología Clínica. Ter. Psicol. vol.32 no.1 Santiago abr. 2014.

[3] Sociedad Kinética, acelerada en la que los médicos de primera atención al paciente (atención primaria) “claman” para que el sistema les deje un tiempo de “10 minutos” de dedicación por paciente.

Sociedad kinética de la que dice Abad Carretero: “la cultura kinética es la de la actualidad, la del presente, en la que se sorprende el vivir inmediato del sujeto. La cultura kinética es cultura del instante, evita grandes esfuerzos mentales, suministra hechos que ocurren en cualquier punto del planeta y podemos entender su crecimiento exponencial, porque se acomoda a la visciencia del sujeto, predominando el sentido, no la razón, y en la existencia de este sentido se apoyan los que manejan los resortes de la cultura kinética”.

[4] Stephen Hawking. Breves respuestas a las grandes preguntas. Editorial Crítica, 2018.

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EL HOMBRE DESEQUILIBRADO


Juan Rojo Moreno

Dice M. F. Sciacca que cuando ha estado pensando sobre la “condición humana” le ha resultado en esencia “desequibrada”. [1]  

         Lo que va a mantener en su obra Sciacca es fundamentalmente la importancia del hombre espiritual.  Frente al predominio de la racionalidad, o del impulso o del voluntarismo o de la pasión o de diferentes actividades, en el acto espiritual encuentra el equilibrio de todas ellas.

         Para llegar a sus conclusiones primero ha de definir la esencia del hombre y sin nombrar a Husserl y su fenomenología al final llega a la conclusión que haciendo una reducción de las impresiones del mundo llegamos a la conciencia.

Con la conciencia como fondo puedo preguntarme sobre mí mismo y decir sin dificultad que “yo soy” y entonces Sciacca entra en el entendimiento de los existencialistas que supone al admitir que Yo soy es hacer referencia al Ser. A partir de aquí ya podríamos alargarnos en distinguir el Ser de Heidegger que es una referencia que ilumina a las personas (que son da-sein, es decir, concreciones del ser) o al Ser en Jaspers que diferencia entre el Ser-en sí mismo y el ser-aquí (el mundo), etc. Pero Sciacca no entra en esas diferencias. Entiende al igual que los existencialistas que no es posible tener un concepto del Ser: “el Ser como concepto es el ser gnoseológico (esencia o naturaleza del conocimiento no un conocimiento particular). El Absoluto (o Dios) es el Existente o el Ser. Y el autoconocimiento implica la intuición del ser.

         Aquí Sciacca no comparte las tesis de la inmanencia que considera que todo el sentido está en el hombre y quisiera alejarse del existencialismo que concibe que el ser es la Nada. Pero en esto solo encontramos una  diferencia de palabras como cuando los budistas hablan del Vacío. Da igual que digamos que el ser es la Nada (pues nada podemos decir de él sino solo de sus concreciones) (Heidegger) o cifras-aquí (Jaspers) que decir que es el Absoluto-Existente que no podemos concebirlo sino solo acercarnos a una Idea intuitiva que no se puede concretar (aunque sea) que mantiene Sciacca.

         Es interesante como introduce la importancia de los valores en  nuestros actos (ahora han vuelto a recobrar impronta la psicología de los valores). El hombre -señala Sciacca- dirige su actividad hacia finalidades. Lograr un fin quiere decir encarnar un valor, es decir que en nuestros actos haya la presencia del valor que queremos realizar, por lo que el significado del acto no está en el acto mismo sino en el valor que se encarna en él y que el acto manifiesta y por el cual tiene significado: luego el significado no está en la subjetividad del acto, sino en la objetividad del valor que substancia el acto.

De ahí que la personalidad de un hombre no sea ninguno de sus actos tomados separadamente ni siquiera la unión de todos ellos: el valor o los valores es quien unifica los actos y los vuelve todos testimonios del hombre. Cuando se logra captar -sigue Sciacca- este centro estimulador y unificador entonces “se comprende” a una persona y se capta su personalidad.

         Por lo tanto podemos así entender que cuando comprendemos a una persona lo que estamos asimilando es su estructura valorativa, la que ejerce en sus actos y finalidades y por lo tanto la que define su concepción del mundo. Por esto tenemos más afinidades por ciertas personas que nos son sensiblemente cercanas pues la coincidencia de su concepción del mundo y la nuestra tiene buena resonancia. No así con otras personas que a su vez  comparten su concepción con otras diferentes.

La estratificación de valores es la que nos agrupa a movernos entre personalidades afines y metas afines que se mantiene en el tiempo (y no solo ocasionalmente cuando es solo un fin concreto en el que coincidimos).

         Para Sciacca, la verdadera “enfermedad” del hombre y su desequilibrio está en esto que hemos nombrado: comprenderse (conocer su valores que le mueven a sus fines) es descubrir la propia vocación,  y resulta que su “debilidad” es su vocación fundamental de Ser.

El hombre se encuentra que no puede aspirar a la plenitud de ser que es irrealizable en lo finito y se siente que está en el mundo sin haber sido hecho para el mundo. [2]

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         Leer a Michele Federico Sciacca que fue Profesor de Filosofía Teorética en la Universidad de Génova y no hacer hincapié en su concepto de inteligencia moral y en su opinión sobre la muerte y la trascendencia sería dejar un cimiento fundamental de su concepción.

Para él, esperar un progreso espiritual y moral originado solo por el Estado y la política es esperar lo imposible. Es nuestra persona moral la que puede mejorar la vida bio-social-política y no viceversa: el progreso espiritual es interior, la política y el Estado son, al contrario, exteriores; más aún, si no están dirigidos por hombres que posean como tales una personalidad moral, son órganos de corrupción.

Aquellos que sostienen que los hombres pueden mejorarse moralmente mediante la vida social identificada con la vida del Estado o política confunden “razón ética” e “inteligencia moral”.

Cualquier forma de sociedad puede ser útil al hombre en su proceso de hacerse persona, y de ahí deriva que la finalidad de la sociedad misma es, en definitiva, la persona. Por otra parte, ya que el hacerse persona es promover otras [pues la persona supera al individuo promoviendo y creciendo en la alteridad], todo acto “personal”, en este sentido, es un acto social [en el que por la alteridad] están unidos en la actuación de valores, que los trascienden en cuanto individuos y en cuanto personas.

         En relación con la muerte señala que existiendo espíritu y cuerpo, “para el espíritu es innatural que el cuerpo no muera, pero es innatural que él, el espíritu, muera. La muerte natural es solo la del cuerpo (conforme a su naturaleza) y esa naturalidad es necesaria para que el espíritu cumpla a sí mismo”

El espíritu tiene pues un proyecto trascendente de manera que “para que el proyecto del espíritu, iniciado y actuado en la vida terrenal se cumpla, es necesario que esta vida terrenal se vuelva cero y por lo tanto improyectable; pero es esta imposibilidad en el tiempo [del cuerpo] que vuelve posible el cumplimiento del proyecto… la ausencia del futuro temporal es la condición de la presencia del futuro extratemporal”.

         El futuro extratemporal del espíritu será por lo tanto ahistórico pues la perfección plena del hombre como espíritu no es realizable dentro del orden de la naturaleza y del orden histórico.

Por lo tanto, señala nuestro autor, el espíritu es acto inmortal. El hombre es creado para la perfección que es propia a su naturaleza espiritual, pero no puede realizar tal perfección por sí solo y en consecuencia está llamado a perfeccionarse a sí mismo, es decir, a hacerse persona en la prueba de la vida temporal. Pero también es creado en cuanto a espíritu para una perfección superhistórica y por eso mismo es inmortal por su esencia, pero de esta perfección no es él la causa inmanente: el hombre no puede dar Dios a sí mismo.

La repugnancia a la muerte que se considera muy natural, no es sentida por el espíritu, sino por el cuerpo. La muerte no repugna al espíritu por esencia ya que le es ajena.



[1] M. F. Sciacca. El hombre, este desequilibrado. Editorial Luis Miracle, Barcelona, 1958. Va a ser nuestra obra cifra de referencia.

[2] Cuando Sciacca escribe literalmente que el hombre es ontológicamente “desequilibrado” es cuando en él se contrapone su cuerpo que es limitante y finito frente a su pensamiento que le confiere la capacidad infinita de pensar, de sentir y de querer, y por consiguiente la infinitud espiritual. Por lo tanto el hombre en sus componentes ontológicos es síntesis primitiva de finito e infinito: la condición humana es sui generis única pues no es finita ni infinita y al mismo tiempo finita e infinita. La condición humana es “dramática”. El hombre es ontológicamente “desequilibrado”.

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INTIMIDAD Y MODERNIDAD


(racionalización y estado de ánimo)

Juan Rojo Moreno

El Descubrimiento de la Intimidad (y otros ensayos) fue una obra del psiquiatra J.J. López Ibor en el que trata temas variados. [1]

Un aspecto es el de la intimidad personal. Los griegos manifestaban clara repugnancia a la descripción de la intimidad personal. Ese “conócete a ti mismo” era solo un mandato moral. Realmente vemos como en nuestras sociedades modernas ocurre todo lo contrario. Hay avidez por conocer la intimidad de las personas sobre todo si son afamadas o públicas, pero casi cualquiera sirve. De ahí esos programas show televisivos, esas revistas “del corazón” e incluso en la denominada prensa amarilla (o marrón). Es muy llamativo el porcentaje tan alto de videntes y lectores que tiene todo este tipo de mass-media. Quizá esto sea debido a que nuestra cultura ha evolucionado dando valor a “lo razonable”, al pensamiento, y el mundo afectivo ha sido vinculado en un segundo plano ¿o es todo lo contrario?

Vamos a un mundo tecnotrópico, de datos. ¿Y nuestras emociones y conflictos? ¿Quién las oye? Mediante esta exposición del mundo emocional in vivo en la Tv o en la lectura de esos medios podemos empatizar con realidades emocionales intensas. De alguna manera su vivencia moviliza arquetipos emocionales propios.

López Ibor piensa que lo que predomina es un estado del ánimo: “lo que, a mi modo de ver, parece claro y evidente, es que el hombre actual se halla preso, más que de un esquema intelectual, de un estado de ánimo… El tránsito del medioevo al renacimiento se realiza merced a una sustitución de esquemas intelectuales, la Ilustración supuso otra nueva transformación. Precisamente lo que ocurre ahora es que no hay esquemas intelectuales que perseguir que tengan vigor suficiente para mantener al hombre prendido hasta convertirlos en objetos de su vida… Lo que define al hombre moderno es su estado de ánimo”.

Y este último análisis que hace nuestro autor de referencia sigue siendo de gran actualidad. Solo tenemos que comprobar los grandes movimientos electorales, políticos y sociales que se están produciendo en nuestro siglo XXI que se estructuran más sobre movilizaciones de deseos emocionales que sobre esquemas intelectuales.

Ahora bien, por otra parte, y a la vez, racionalizamos todo. La racionalización es la actividad intelectual destinada a tranquilizar al individuo, mediante la creación de motivos que justifican con aparente lógica su conducta.

Y hoy en día tendemos a justificar casi siempre, si no siempre, nuestra conducta. Siempre hay motivos por el bien propio, común social o institucional que justifican la conducta o las decisiones sean cuales sean. Por eso cuesta tanto, a tantas personas, rectificar. Cuando se rectifica ya no se es capaz de racionalizar la conducta y esto parece no estar bien visto en nuestra sociedad aunque se diga eso que “rectificar es de sabios”. Pero parece que el que rectifica lo ha hecho por presiones o por debilidad. Realmente la idea que subyace es que su racionalización no ha conseguido convencer a las fuerzas que se oponen enérgicamente a esa decisión o conducta.

En este sentido señala nuestro autor: por la racionalización el poder político, la economía, las relaciones humanas si bien han sido expurgadas de todo ingrediente mágico o irracional, pero al mismo tiempo que la existencia se ha vuelto más racional se ha mostrado más incontrolable. El hombre se siente depender de unas circunstancias que desconoce. Son decisiones que toman otros hombres; parecen decisiones humanas puesto que están tomadas por hombres, pero en el fondo parecen monstruosas y demoniacas.

Otra consecuencia de ese proceso de inflación del yo racionalizador es que hayan desaparecido las Histerias que a principio del siglo XX se manifestaban con parálisis y anestesias, y a mitad de ese siglo como enfermedades vegetativas. Señala López Ibor cómo a finales del siglo XIX -en los tiempos de Charcot- las neurosis se manifestaban sobre todo en el plano de las relaciones humanas. La histeria de Salpêtrière era una histeria exhibicionista, demostrativa. Durante la guerra de 1914-1918 los ejércitos se vieron diezmados por parálisis y temblores histéricos. La neurosis se presentaba en lo que se llama sistema nervioso de relación, en forma de trastornos de la movilidad y de la sensibilidad.

En la Segunda Guerra Mundial se produjo un importante cambio y en lugar de temblores y parálisis histéricos se  observaban trastornos digestivos, úlceras gástricas, trastornos de la micción, etc., es decir lo que se llama organoneurosis. El conflicto emotivo se ha interiorizado y en vez de cristalizarse por la vía del sistema nervioso de relación, lo ha hecho por la vía que podríamos llamar sistema nervioso de la intimidad (sistema nervioso vegetativo).

Ahora desde finales del siglo XX y en este siglo XXI ha habido otra metamorfosis. Ya no hay tantas organoneurosis o parálisis histéricas pero ahora con el mundo en el que racionalizamos tanto las relaciones como las circunstancias favorables pero sobre todo las desfavorables, la mutación del conflicto ha cristalizado en formas de apariencias depresivas y ansiosas. Cuantas ansiedades y cuadros depresiógenos existen hoy en día, y con diagnósticos, en personas que sufren conflictos personales, matrimoniales, económicos o sociales. Ahora no vemos, sino excepcionalmente, histerias paraliticas pero estamos sobresaturados de una hipertrofia timopática del humor angustioso (timopática de timos = afectividad, pathos, enfermedad).

Nuestro autor, para terminar, hace también un curioso análisis de lo que se denomina “el hombre interesante”: es aquel que atrae subconscientemente. Hay algo en él que encuentra en nosotros una extraña resonancia. No es su manera de pensar ni de comportarse, sino en cuanto que su pensamiento y conducta son manifestaciones de una cierta forma de intimidad. La intimidad presentida es la que seduce. En el hombre interesante  presentimos que al final nos encontraremos con un nuevo y enigmático secreto que no lograremos desvelar. Por eso precisamente nos atrae: por lo que tiene de hondo, incomprensible e insobornable secreto; pero secreto que presentimos vivo y palpitante. En el hombre interesante se adivina una radical originalidad.

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Quizá mirando desde la intimidad, que nos ha inspirado López Ibor, encontramos esa disonancia cognitivo-afectiva en el hombre actual que tanto nos desorienta en este siglo XXI y quizá por esto siga siendo buena la fórmula que define para Scheler la esencia del hombre: “es el eterno Fausto, la bestia nunca satisfecha con la realidad circundante, siempre ávida de romper los límites de sus ser, ahora, aquí, de este modo, de su medio y de su propia realidad actual”.

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[1] J.J. López Ibor. El descubrimiento de la intimidad y otros ensayos. Ediciones Aguilar, Madrid, 1952. Va a ser nuestra obra cifra de referencia. Solo nos referenciamos a algunos aspectos de la obra.

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PRAGMATISMO


Juan Rojo Moreno

El pragmatismo es una escuela filosófica creada en los Estados Unidos a finales del siglo XIX por Charles Sanders Peirce, John Dewey y William James.​ Su concepto de base es que solo es verdadero aquello que funciona, enfocándose así en el mundo real objetivo.

En 1907 se publica el libro de William James “Pragmatismo: un nuevo nombre para algunos viejos modos de pensar”, en el que resumen lo esencial de su filosofía. [1] El primer uso impreso del nombre de pragmatismo fue en 1898 por W. James, quien atribuyó a Peirce el haber acuñado el término en 1878 (sobre el pragmatismo información aquí).

W. James fue uno de los mejores difusores de esta corriente pues tenía formación tanto filosófica como psicológica así como en ciencias naturales (siendo médico aunque no ejerció).

Durante muchos años, pasados los primeros del siglo XX, pareció que el pragmatismo como corriente perdió fuerza, al adquirir especial relevancia, en esa época de grandes cambios e innovaciones, el empirismo (enfatiza el papel de la experiencia, ligada a la percepción sensorial, en la formación del conocimiento) y más adelante el positivismo (afirma que el conocimiento auténtico es el conocimiento científico y que tal conocimiento solamente puede surgir de la afirmación de las hipótesis a través del método científico).

Aunque no ha dejado de influir en los campos de la Lógica, Ética, Metafísica, Filosofía de la mente, Ciencias Sociales, Feminismo y Urbanismo, entre otros campos, en este siglo XXI adquiere de nuevo especial importancia. Nos recuerda la frase de Deng Xiaoping : “No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”  (luego repetida en España por el Presidente Felipe González).

El pragmatismo considera solo qué efectos concebibles de orden práctico  se originan. A priori no se rechaza ningún concepto ni el de Dios, el Absoluto, la Materia, la Razón, pero como lo que se va a valorar en cada caso es su fin práctico, “las teorías” llegan a ser instrumentos pero no respuestas a enigmas.

El pragmatismo, dice James, no tiene prejuicios a priori contra la teología. Si las ideas teológicas prueban poseer valor para la vida, serán verdaderas en la medida en que lo consigan. No tiene dogmas ni doctrinas, excepto su método: “no supone resultados particulares sino solamente una actitud de orientación, la actitud de apartarse de las primeras cosas, principios, “categorías”, supuestas necesidades, y de mirar hacia las cosas últimas, frutos, consecuencias, hechos” (que se consideran útiles, prácticos).

Pero W. James se opone a que se considere el pragmatismo como una especie de racionalismo (que acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento) señalando: el pragmatismo quiere hechos, el racionalismo abstracciones, el pragmatista habla de las verdades en plural, sobre su utilidad y suficiencia, del éxito de su “actuación”, todo lo cual a la mente típicamente intelectualista le parece una grosera clase de verdad”.

También podemos preguntarnos si no estamos repitiendo en la historia de manera cíclica las mismas cosas (cierto con el fondo cultural, social y de progreso diferente en los distintos siglos). Las mismas épocas de contracción y disolución social… es decir el eterno retorno  .

En relación con esto W. James se plantea la posibilidad del libre albedrío, señalando que éste, pragmáticamente, significa novedades en el mundo, el derecho a esperar que en sus más profundos elementos como en sus más superficiales fenómenos el futuro no se repita imitando idénticamente el pasado. El libre albedrío es una teoría cosmológica general de promesa, carece de significado a menos que sea una doctrina de consuelo.

Cierto que nos podemos plantear y discutir la vivencia individual de tener libre albedrío para hacer elecciones propias en nuestra vida, en la libertad que señalaba Sartre hasta las últimas consecuencias, pero más allá de entrar en esta discusión lo que nos planteamos es si el ser humano en los últimos 2000 años ha cambiado algo en sus raíces estructurales para que “en sus más profundos elementos como en sus más superficiales fenómenos el futuro no se repita imitando idénticamente el pasado”. Yo en esto no estoy nada seguro.

Y si nos fijamos en los movimientos sociales en los diferentes países solo en lo que va del siglo XXI vemos la repetición de periodos anteriores, con idéntica caladura. Quizá la única diferencia es que la información ahora es corrediza y tiende, a pesar de los intentos de manipulación, a imponerse contrastada en la globalidad.

Pero la planetociedad supercomunicada también tiene problemas. Aún no hemos pasado el “sarampión” de la hipercomunicabilidad. Nos vemos desbordados de datos, de mensajes y de información. En cierto modo tenemos una cierta perplejidad de nuestro stand. La verdad se nos escapa y no sabemos a dónde agarrarnos que dure algo de tiempo. En EEUU el coste de la adicción a la hipercomunicabilidad es caro. Cada vez mueren más personas atropelladas por este motivo: distracted walking.

En este mundo tan comunicado, la verdad y qué es verdad se ha relativizado tanto que a veces en poco tiempo nos la presentan argumentativamente de forma opuesta. Cierto que la verdad, como señala W. James: “descansa en su mayor parte sobre su sistema de crédito. Nuestros pensamientos y creencias “pasan” en tanto no hay nadie que los ponga a prueba, del mismo modo que pasa un billete de banco en tanto que nadie lo rehúse. Las verdades emergen de los hechos, pero vuelven a sumirse en ellos de nuevo y los aumentan: esos hechos, otra vez, crean o revelan una nueva verdad y así indefinidamente. Los hechos mismos, mientras tanto, no son verdaderos. Son, simplemente. La verdad es la función de las creencias que comienzan y acaban entre ellos”. [2]

Pero ahora, en nuestros tiempos hay tantos y tantos hechos, tantas perspectivas para argumentar el mismo hecho, tanto marketing e ingeniería de la comunicación para mostrar lo que interesa de cada hecho relevante que son muchas verdades las que emergen de los hechos para sumirse de nuevo en ellos. Dice James que “la verdad es la función de las creencias que comienzan y acaban entre los hechos”. Pero ahora nuestro sistema creencial está en un constante estado sísmico por lo que los hechos no comienzan y no acaban desde nada estable ni seguro.

Los hechos “son, simplemente”, dice James, pero actualmente excepto los más objetivos naturales (un terremoto, un tsunami…) la mayoría de los hechos vitales que constituyen nuestra relación de otredad social pueden llegar a no “simplemente ser”, pues se suplanta el hecho por la interpretación del hecho, por la forma de comunicarlo (de nuevo la comunicación) y la fuerza a favor o en contra desde la “mass media” en relación con la interpretación del hecho.

Parece que este siglo XXI es muy pragmatista: igual se utiliza el positivismo, el empirismo o el racionalismo, según convenga, para justificar el sentido de lo que se propone. Y el pragmatismo consiste en eso, en no aferrarse a ninguno de estos métodos ni identificarse con ellos, pero no los anula si en momentos determinados son “prácticos”, útiles (según los principios pragmatistas -señala James- no podemos rechazar hipótesis alguna si de ella se desprenden consecuencias útiles para la vida).

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En la introducción que se hace a la edición de la obra que hemos tenido de referencia de W. James, posiblemente el traductor Luis Rodríguez Aranda o el editor (nadie firma esa introducción) señala que si bien en gran parte las contribuciones de James a la psicología y como científico de laboratorio han quedado superadas, no obstante el paso del tiempo ha agregado motivos de interés para acercarnos a su trabajo filosófico cuyo núcleo es el pragmatismo.

Y creo que no solo es de interés sino que está renaciendo con fuerza, aunque no se identifiquen explícitamente los que lo utilizan en amplios entramados sociales, económicos y de corrientes diversas. En la última mitad del siglo XX el péndulo de la historia se cargó mucho de positivismo, con grandes avances aplicados desde la ciencia y aunque aún sigue este avance, no obstante, los choques culturales, las migraciones a Europa desde África y Medio Oriente, el famoso “muro” de EEUU con México, la migración actual en Latinoamérica a países cercanos, etc., está originando, como ya señalé, que nuestro sistema creencial esté en un constante estado sísmico. Esto origina perplejidad, origina desconfianza y quizá fácilmente origina que se ofrezcan soluciones o ideas “entre aguas”. Quizá por esto el pragmatismo está modificando el movimiento pendular histórico.

Ya veremos hacia donde se dirige el péndulo histórico cuando se quiere usar el pragmatismo no como un método de comprensión, sino como un método de acción “global”: el tiempo lo dirá.

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[1] William James. Pragmatismo. Un nombre nuevo para viejos modos de pensar. Va a ser nuestra obra cifra de referencia. Utilizamos la edición de SARPE, Madrid,  1984.

[2] Para W. James la cuestión ¿qué es la verdad? no es una cuestión real (ya que no es relativa a ni ninguna condición) y toda la noción de la verdad es una abstracción del hecho de las verdades, en plural, una simple frase sumaria y útil.

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LAS ENSEÑANZAS SECRETAS DE LOS BUDISTAS TIBETANOS


Juan Rojo Moreno

         Alexandra David-Neel escribe esta obra  en 1961 (edición francesa) que es publicada al castellano en 1970 (Argentina) y a la que existe acceso libre en PDF. Nos va a servir como cifra de referencia. [1]

Ciertamente la autora ya nos avisa en el Prefacio a la Primera Edición que lo que nos va a mostrar es un “reportaje” que refiere a lo que se denominan las “enseñanzas secretas”, es decir, las que se transmiten de una manera no tan oficial como otras, y entre sus aportaciones recogeremos algunas que nos han servido para este comentario.

Comenta la autora que difícilmente se podrá escribir en el futuro un libro como este pues la ruidosa civilización también ha llegado al Tíbet dispersando a doctos meditadores y ermitaños contemplativos. Cierto, en un mundo interconectado, planetizado, parece que el hacer es mucho más importarte que el contemplar y la preocupación por el tener también mayor que por el Ser. Aunque yo no soy tan pesimista. Antes las ideas y la expresión de la reflexión quedaban restringidas a muy pocas personas e incluso a zonas geográficas concretas. Así ocurrió con la época intelectual dorada francesa, alemana, etc. en las que solo se citaban, y al parecer casi solo conocían, a los propios del país o lengua y poco más. Hoy en día podemos comunicarnos  a nivel mundial gracias a la RED y comprar libros ya agotados o leerlos gratis en internet.

Pero por otra parte la nueva filosofía que más cala en el mundo no es la que proviene de “los filósofos” sino de físicos o del mundo audiovisual. Con cierta razón le decía un erudito tibetano a David-Neel: “hábleles de verdades profundas, bostezan, y si se atreven la dejan sola, pero basta referirles absurdas fábulas, son puro ojos y oídos”. Quizá hoy en día en  el mundo de ficción se nos presenta, de manera agradable, muchos aspectos filosóficos que son más o menos digeridos por poblaciones abundantes. ¿Quién ha visto 2001 una Odisea del Espacio o Matrix, Avatar, Yo Robot o Divergente? Plantean curiosos problemas sobre estados de conciencia. Igualmente podríamos preguntar ¿Quién ha leído a Kant, a Kierkegaard, Sartre, Jaspers o Heidegger? Por no nombrar los clásicos. Si contamos los que han levantado la mano en un grupo y otro seguro que hay notable diferencia.

Porque “la humanidad se agita en el torbellino del mundo y en él encuentra su placer…” le decía el maestro. Y quizá hoy en día en ese torbellino es donde tenemos que acuñar las nuevas ideas filosóficas para que impregnen a esta humanidad acelerada, pero que es la que realmente patentiza el Ser. La filosofía del Ser no puede ser solo un proceso de individuación aislado, o con algún otro, ha de ser un cambio más o menos colectivo, y es en ese torbellino que ha de producirse, o no se producirá.

Ciertamente, las enseñanzas secretas y alcanzar el “ver más allá” (vista profunda, lhag thong) están destinadas a aquellos que están dotados de una inteligencia superior, excelente: “lotos cuyas flores se levantan por encima del agua”.[2]

¿Pero de qué clase de inteligencia estamos hablando? Está claro que si ibas al Tíbet y te aceptaban, la inteligencia tenía el filtro “escolar” pues el contacto era muy directo con el o los posibles maestros. Pero ahora por la intercomunicabilidad te encuentras múltiples facetas intelectivas emocionales y espirituales en personas con una agudeza, penetrancia y capacidad de absolver nuevas concepciones del mundo que no habría sido posible con un filtro escolar como el que existía antiguamente. Son los nuevos retos de los grupos ocultos que la intercomunicación plantea.

La adquisición de la vista profunda o penetrante no consiste en aprender ciertas cosas al alumno, en descubrirle ciertos secretos, sino en indicarle los medios de aprenderlos y descubrirlos él mismo. ¡Dudad! Es el primer principio básico. La duda inicia a la búsqueda y la búsqueda es la vía que lleva al conocimiento.

¿Y qué nos muestran las enseñanzas secretas respecto al mundo y al cosmos?

 Que todo es movimiento. Los objetos que nos aparecen no son sino movimiento (sucesión continua e infinitamente rápida de destellos de energía). El universo es movimiento y ese movimiento está hecho de contactos. Los contactos y sus efectos son el universo.

Y a partir de aquí todas las cosas que queramos elucubrar no van a ser sino eso, elucubraciones de nuestro espíritu. Los objetos sobre los que podemos pensar carecen de toda existencia real. Aunque todo va a estar interdependiente: “no hay en absoluto producción real, no hay sino interdependencia”.

La teoría de los orígenes interdependientes está íntimamente ligada a la de la instantaneidad de todos los fenómenos ya que éstos consisten, como hemos dicho, en destellos discontinuos de energía. Pero no quiere decir que éstos hayan engendrado a aquellos que surgen, pues los destellos de energía no tienen duración alguna que pueda permitirnos un acto real de producción. Por esto remarca David-Neel que “no aparece cosa alguna que se haya producido por si misma… pero la teoría de los Orígenes interdependientes apunta a esclarecer simplemente la existencia pasajera de ciertos fenómenos para que tal otro fenómenos llegue a existir”.

Esto no quiere decir que haya causas tal como las entendemos en física clásica sino que existe una conjugación, coexistencia e interdependencia y existe un fenómeno por el otro.

Aunque todo esto pertenece al Conocimiento milenario transmitido de maestro a discípulo, desde la antigüedad, pronto vemos que en la actualidad nos está resonando lo mismo cuando se habla en mecánica cuántica del Entrelazamiento Cuántico : “es un fenómeno cuántico, en el cual los estados cuánticos de dos o más objetos se deben describir mediante un estado único que involucra a todos los objetos del sistema, aún cuando los objetos estén separados espacialmente. Esto lleva a correlaciones entre las propiedades físicas observables. Esas fuertes correlaciones hacen que las medidas realizadas sobre un sistema parezcan estar influyendo instantáneamente en otros sistemas que están enlazados con él, y sugieren que alguna influencia se tendría que estar propagando instantáneamente entre los sistemas, a pesar de la separación entre ellos”.

Subyace la propiedad física de la no separabilidad y es la base de tecnologías tales como la computación cuántica o la criptografía cuántica, y se ha utilizado en experimentos de teleportación cuántica. Y ya incluso se ha llevado experimentalmente este fenómeno a nivel de elementos macroscópicos.

A partir de aquí será más fácil comprender por qué vemos a estos espirituales rezando u orando por la humanidad (en el cristianismo tiene otro sentido pues es a través de Dios que se conseguiría que “se hiciese su voluntad”).

En el budismo toda acción física, mental o espiritual da lugar a una emisión de energía. Este ergón (la expresión consagrada sería “semilla”) al igual que todas las energías materiales tiende, en circunstancias favorables, a producir “algo que existe”.

De este modo los “ergones” (energía-fuerza) proyectadas en el universo por el deseo, el amor, el odio, los sentimientos, tienden a reproducir “ergones” semejantes ya sean psíquicos o materiales: “no hay ni un grano de arena ni una brizna de hierba que no sea emisor de energía (“simiente”) por la actividad de su vida física, e igualmente para la actividad de una vida psíquica… no se produce el menor movimiento -en este mundo que es movimiento- sin que ese movimiento desencadene otros movimientos, otras manifestaciones de energía”. Por esto, todos nuestros movimientos físicos o mentales son el fruto de otros movimientos que provienen de todo el universo y que repercuten en todo el universo.

Como son muchos los actos y “ergones” (energía-fuerza) que intervienen en la aparición del nuevo acto, nunca el pasado se repetirá aunque pueda estar estructurando el futuro pero nunca será el mismo.[3]

Al estar todo conectado, con arreglo a las enseñanzas reservadas -señala David-Neel- es preciso llegar a comprender que no hay una corriente que sea mi espíritu, sino una corriente única que es el conjunto de la actividad mental que obra sin punto de partida cognoscible… todo es colectivo”.

Esto también nos recuerda al Inconsciente Colectivo de C. G Jung cuando señalaba que en él existen contenidos anímicos autónomos que son actuantes en nuestra vida cotidiana, arquetipos que son “la expresión psíquica de la identidad, de la estructura del cerebro, que trasciende todas las diferencias raciales”.

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 Alexandra David-Neel profundiza en su obra en muchos aspectos complejos del budismo y de las enseñanzas secretas: en el Vacío, en la Vía y la Liberación, etc. Pero aunque el contexto cambia, y también el lenguaje, en Occidente filósofos y existencialistas removieron las mismas conclusiones que desde milenios se patentizaban en otras culturas. Quizá el atractivo actual por las filosofías Orientales viene dado porque, dentro de su enigma, el lenguaje es más directo que muchos de nuestros existencialistas que escribían para ser leído por personas muy comprometidas con ese lenguaje. Quizá por esto ahora el lenguaje multimedia tenga más calado aunque realmente no sabemos si tendrá más penetrancia vital.

Si seguimos mirando la historia hasta hoy mismo el mundo está como está y, cierto, estamos interconectados pero no sé si realmente a nivel de la tan polémica “naturaleza humana” hemos avanzado algo.

En este sentido Alexandra David-Neel aporta su esfuerzo al acercarnos, con un lenguaje comprensible y bien explicado, las más profundas y complejas ideas de esas enseñanzas milenarias que ella tuvo la oportunidad de conocer.

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[1] Alexandra David-Neel. Las enseñanzas secretas de los buddhistas tibetanos. Editorial Kier, Buenos Aires, segunda edición, 1976.

[2] Literalmente lhag thong, señala David-Neel, significa ver “más”, ver “más allá”, más allá de los límites donde se detiene la vista de los espíritus ya cultos, hacer nacer el tercer ojo del Conocimiento, que los adeptos de las ciencias tántricas colocan en medio de la frente de sus Deidades simbólicas.

[3] El término “ergón” lo he utilizado pues parece mejor para nuestra lectura que utilizar el propio del saber secreto de “semilla”. No tiene nada que ver este neologismo con el “orgón” de Wilhelm Reich

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LA MEDICINA CON Y SIN EVIDENCIA


Juan Rojo Moreno

Juan Rof Carballo en Medicina y Actividad Creadora trata múltiple temas y no solo sobre la creatividad artística y los médicos sino que trata de la actividad clínica del día a día, y esta actividad se realiza sobre personas enfermas. Por esto no podemos separar nunca la medicina de un cierto humanismo personalizado. Y de ahí el paso es rápido hacia la sociedad: “no es raro oír de los más expertos que en la actualidad toda la sociedad está neurotizada, es `neurótica´”.

¿Pero todas las sociedades son neuróticas? ¿O este es un paradigma social que se ha desarrollado en nuestra cultura a partir de la “concienciación” de las influencias inconscientes puestas de manifiesto por el psicoanálisis desde principios de siglo XX?

¿Se usa el psicoanálisis en las sociedades asiáticas o quedó más bien para el desarrollo en base a nuestro fondo histórico-cultural occidental?

Rof Carballo trae a colación un estudio en el que se grabaron los primeros cinco minutos de la entrevista médico-paciente y se estudiaron por psiquiatras, antropólogos lingüistas y filólogos esas conversaciones y se valoraron, segundo a segundo, todos los matices que aparecían. Lo que se descubrió especialmente interesante fue que muchos hábitos paraverbales influyeron en la entrevista y cómo en tan breve espacio de tiempo se producía una extraordinaria densidad de interacciones emocionales Y eso que no se pudieron apreciar todos los demás elementos que intervienen en el lenguaje no verbal (fueron grabadas las entrevistas pero no fue video).

Pero ¿cómo se van a desarrollar estas interacciones emocionales con todo el bosquejo de lenguaje paraverbal (modismos, inflexiones, pausas…) y no verbal (lenguaje silencioso) cuando el médico tiene delante a personas inmigrantes del continente africano, Oriente Medio… que apenas si hablan el idioma del nuevo país en donde ahora residen?

No conozco un estudio comparativo en estos casos pero curiosamente Rof Carballo ya en los años 60 del pasado siglo se planteó en parte este problema. Rof cita a Mircea Eliade que ha hablado del nuevo encuentro de envergadura gigantesco que se produce en nuestro tiempo en Occidente: es entre dos mundos uno de los cuales pertenece a otras culturas u otras razas, y para Eliade es algo inevitable, siendo una cita que “está inscrita en la fatalidad de la historia”.

Ahora, comenta nuestro autor, Rof, que cuando todo parecía indicar que nuestro tiempo podía ser caracterizado por los hechos como la “era atómica” o bien como la historia del hombre de la ciencia y la técnica, no obstante  descubrimos con gran fuerza eficaz la irrupción de los pueblos no europeos.[1]

Todo aquello que fue anteriormente documentación humana de otras culturas, otras concepciones religiosas, mitos creencias y símbolos ahora son situaciones humanas que tienen el carácter de convivenciales.

Parafraseando a Eliade, el hombre occidental, quiéralo o no, va a tener que convivir con las viejas culturas tradicionales asiáticas y africanas y no solo en el plano utilitario sino también en el de los valores espirituales; estamos en los umbrales de una empresa fabulosa, acaso mucho más trascendente en la historia del hombre que la espectacular conquista del cosmos.

Y  no solo se trata de una convivencia de diferentes culturas, razas,  paradigmas, creencias y religiones sino que además, señala Rof Carballo, se confrontan diferentes subconscientes singulares, y siempre que en el curso de la historia los subconscientes colectivos que se entremezclan son demasiados heterogéneos la coexistencia de todos ellos sólo se realiza gracias al refuerzo de ese estamento ordenador y jerarquizante que recibe el nombre de “super-yo”.

Y volviendo a nuestra pregunta anterior, que es más concreta:

¿Qué tipo de entrevista médico-paciente le podemos ofrecer a esta avalancha de inmigrantes? Evidentemente la más accesible es la entrevista basada en la técnica y en las llamadas pruebas de “evidencia”. Pero la medicina basada en la evidencia (MBE)  tiene unas etapas que incluye:

  1. Convertir la necesidad de información como formulación de una pregunta clínica clara y precisa a partir de un problema clínico dado (acerca de prevención, diagnóstico, pronóstico, tratamiento, etc.).
  2. Búsqueda de la literatura de artículos originales relevantes y apropiados para poder contestar la pregunta clínica (la mejor evidencia disponible).
  3. Leer críticamente.Evaluación crítica de la validez y utilidad de los artículos encontrados (nivel de verosimilitud de las pruebas).
  4. Aplicación de los resultados a la práctica clínica al paciente tomando en cuenta su contexto y sus preferencias.
  5. Repasar el proceso.Repasar el proceso y hacer evaluación auto-crítica para corregir errores y mejorar el sistema de forma iterativa.

Nos encontraríamos con problemas en cómo se desarrollan los puntos 1 y 4.

Quizá, como señala Rof Carballo, lo más difícil será, en los casos que nos atañe, evitar “una Medicina mutilada sin clara visión sobre el universo emocional del hombre, una Medicina manca y tuerta”.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no estemos agradecidos y muchas veces incluso sorprendidos por los magníficos avances científicos y como dijo Franz Alexander del científico: “ha descendido de su reclusión en el Olimpo para enseñar a los hombres el secreto del fuego”.

Un pueblo sin creatividad, señala Rof Carballo, está condenado a la miseria. E insiste nuestro autor en que la investigación en medicina no es cuestión de lujo de la que se puede o no prescindir, sino un problema vital para la práctica profesional; una Medicina que no produzca trabajos originales es estéril por mucho que se trate de disimular con revisiones o erudiciones.

Rof no quiere en ese momento (años 60) hacer una valoración de cómo está en este campo la medicina española. Igualmente, en el siguiente video muy interesante sobre el cuadro que está en el Prado “El cirujano” de Jan Handers van Hemesen que nos lo comenta Mariano Barbacid, investigador del CNIO, se plantea también ahora esta cuestión (ver aquí).

Rof Carballo trae a colación la conferencia sobre “la responsabilidad de la ciencia en nuestra época” dictada por el físico Carlos v. Weizsäcker profesor y director del instituto Max Planck: “la Medicina tiene que ver con el hombre de manera directa. Vive la tensión de nuestro tiempo como un enfrentamiento, por un lado, entre el análisis causal de los fenómenos asilados tal como procede la Medicina científico-natural y, por el otro, con la visión sobre el hombre entero, sobre la relación con el enfermo como persona consciente y responsable que padece… Es precisamente el médico que en todo enfermo acierta a ver el hombre total el que obtiene indicaciones más útiles para el análisis causal de la enfermedad… [para esto] es necesario el trabajo en común, pero este trabajo en común solo resulta fructífero si cada uno de los médicos procura y logra no perder jamás de vista la totalidad del hombre”.

Ya desde los orígenes míticos de la Medicina siempre han estado unidos el conocimiento y el sentimiento e incluso el sufrimiento. En Medicina nuestro referente es Asclepio (incesantemente benévolo) también conocido, para los romanos, como Esculapio, que vivió en el siglo XII a.C, y  porta el emblema médico: una vara de ciprés que tiene enroscada una serpiente (Zamenis longissimus)  cuya cabeza mira hacia la izquierda y también hay una rama de laurel y de roble.  Míticamente se le considera un dios, hijo de Apolo y de la ninfa Coronis. Pero según la mitología, Asclepio aprendió medicina en gran parte del padre real de la medicina, el centauro Quirón.

Una flecha de Heracles dirigida contra Elatos (otro centauro) alcanzó al centauro Quirón en su cueva de Males dejándole una incurable herida. Aunque era un dios, llevó esa herida incurable. Fue en su juventud cuando el propio Apolo le enseñó a obtener de las plantas zumos saludables y es el precursor de la medicina helénica, el padre de la medicina. Quirón educa a Asclepio enseñándole las artes curativas sobre todo las de las plantas. Mientras que el resto de centauros eran bestias muy rudas, el inmortal Quirón se distinguía por su carácter civilizado lleno de sabiduría, inteligencia y fraternidad. Era un gran músico y fue famoso por su extenso conocimiento en el campo de la medicina. Los héroes de la Ilíada no dejaban de alabar las pócimas de hierbas con que trataba las heridas de guerra. Gracias a Apolo, Quirón se convirtió en un extraordinario arquero. En Quirón se junta la sabiduría, frialdad en la razón, cordialidad, paciencia y el arte médico pero así mismo en él también tenemos el sufrimiento por la herida que padece hasta el punto que al final cede la inmortalidad para poder morir y escapar al dolor.

El nombre Quirón proviene de “mano”: dios de mano hábil para curar, buena mano, y se le considera también el padre mítico de la cirugía aunque fue uno de los hijos de Asclepio, Macaón (significa batalla), el primer médico que curaba heridas en la Ilíada, el primer cirujano.

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A veces puede que sea necesario aplicar el “principio de Tiresias” a nuestra actividad humana pues nos está dando deslumbrantes resultados puntuales.

Tiresias es llamado a resolver una disputa entre Júpiter y Juno. Como decide en contra de lo que Juno afirmaba, la diosa le castiga con la ceguera. Júpiter que no puede enmendar el castigo le compensa donando a Tiresias la videncia sobre las cosas ocultas.

A veces es necesario aplicar el principio de Tiresias -señala Rof- el sacrificio de la visión total, la ceguera que acaso sea inevitable siempre que acertamos a divisar dentro de la realidad riquísima, una nueva parcela de la verdad (ver menos para no quedarnos prendados en lo concreto, para “ver” lo más global del hombre enfermo).

Aunque bien está si a la vez tomamos conciencia de la ceguera acompañante y buscamos el modo de resolverla, lo que debe ser una constante finalidad para una buena práctica médica que avance hacia el hombre enfermo como totalidad.

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[1] Juan Rof Carballo. Medicina y actividad creadora. Edita Revista de Occidente, Madrid, 1964. Va a ser nuestra obra cifra de referencia.  Para ser fieles a lo que Rof Carballo señala cuando habla de la “irrupción de los pueblos no europeos” no se está refiriendo a la inmigración como tal sino al poder de estos para influí en la historia del mundo.

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