VEJENCIA. LOS VIEJOS “CRÓNICOS”


Juan Rojo Moreno

           Muchas veces una frase, un tópico, se transforma en un paradigma (una referencia) que adquiere gran fuerza y penetrancia en la sociedad y en el pensamiento de la opinión pública.

La vejez es un periodo de nuestra vida que afortunadamente cada vez más personas consiguen alcanzar y que se supone viene unida a variables muy positivas como puede ser la “jubilación” que significa júbilo, alegría, felicidad; esto a diferencia de la palabra trabajo: “trabajar” proviene de la voz latina tripalium, y el tripalium  era un instrumento de tortura[1]. Esto (la jubilación) se consideró, más o menos, así, como júbilo, durante mucho tiempo, sobre todo en los países que tenían una economía que podía ofrecer “después de una vida de trabajo” una aportación económica a la persona jubilada para que afrontara esa última época de su vida con dignidad y júbilo (más tiempo propio y libre, ayuda a los familiares, aportación de experiencia, etc.).

Pero esto no siempre ha estado tan claro y por eso se le ha denominado de muchas formas a este periodo: senectud, edad involutiva, edad “avanzada”, tercera y cuarta edad,  y de forma más genérica la he considerado la etapa que podríamos denominar Postraria y disidente [2].

Con los achaques, físicos y psíquicos, no siempre esta edad ha sido bienaventurada y como decía Gracián “hemos llegado sin sentir a los helados dominios de la vejencia, con sus honores y horrores”.

Hoy en día se habla incluso de la cuarta edad, pues hay personas de 80 años y más que, gracias a los avances generales de nuestra sociedad, se sienten con espíritu joven; pero no siempre ha sido así ni es así en todos los lugares pues en continentes muy subdesarrollados como en África la esperanza de vida actual está entre los 35-45 años, y si miramos tiempos no muy lejanos ya señalaba Ramón y Cajal en 1934 cómo “hoy la vida media ha crecido notablemente llegando a los 45 o 50 años”.[3]

Estos son datos en general bien conocidos, pero el siglo XXI ha traído una nueva variable que se ha hecho claramente patente. Podemos definirla de una manera algo brusca así: “sobran ancianos”, y si ya nos referimos a la denominada cuarta edad, la impresión que nos comunica la sociedad es que sobran todos (y sobraremos). Por esto pidió a los ancianos Japoneses, su ministro de finanzas, Taro Aso “que se den prisa y se mueran” para así aliviar la carga fiscal que originan por su atención médica: “clamó contra las unidades de reanimación y los tratamientos para prolongar la vida”, según el diario The Guardian, que le cita explicando que le sentaría mal que le ayudaran a prolongar su vida, más si cabe sabiendo que ese tratamiento “lo paga el Estado”. En una reunión del Consejo Nacional de Seguridad Social sobre las reformas a acometer para aliviar la carga fiscal, Taro Aso dijo que “el problema no se resolverá a menos que les dejemos que se den prisa y se mueran”.

Y por esto llama mucho la atención que veamos constantemente artículos actuales y de impacto que valoran los factores de riesgo de determinadas enfermedades y cómo prevenirlas o cómo es más barato (para la sociedad, para el estado…) prevenir enfermedades que esperar a que  estas aparezcan y luego intentar curarlas[4]. Pero ¿para qué? Si luego resulta que si vivimos mucho somos considerados como una especie “de cáncer social”  como unos Viejos Crónicos  y que como toda enfermedad crónica la mejor “curación” que tiene es que desaparezca lo antes posible (lo agudo, es decir los recién viejos son más soportables, pero su duración, su cronicidad, es perjudicial).

¡Pero parece que hay una curación a la vejez crónica! (menos mal). Ya la han encontrado, la curación es el trabajo: el viejo que consiga seguir trabajando, sin jubilarse, sin júbilo, hasta los 80 años no será un viejo crónico, como mucho un viejo “agudo alargado” (alguna tecla tendrá), pero útil y mantenedor del sistema. Evidentemente si nada más se jubila (a ser posible a los 80 años) fallece y cobra poco tiempo la jubilación, el júbilo será del sistema, que no es nadie concreto pero se supone que somos todos los demás. Ya lo decía Erich Fromm: somos átomos girando alrededor de la dirección automatizada; y podemos  adaptar esto con otras palabras: mientras trabajemos estaremos en la “órbita” del sistema de referencia.[5]

Por lo tanto nos seguimos encontrando ante la clásica contraposición existente entre individuo vs. sistema, entre estructuralismo (frías estructuras que hay que mantener) vs. Fenomenología (lo realmente vivenciado por el sujeto, por el ser humano), aunque toda esta oposición se enmascare y el sistema trabaje “por el bien del individuo”, aunque se disminuyan -se postula que es necesario, y lo será,- las pensiones “por el bien del sistema, por el bien de todos” aunque algunas pensiones apenas tengan para comer y mantenerse dignamente.

El otro día en un  foro de “Gestión” la pregunta era sobre la opinión que se tiene sobre los gestores, y una de las respuestas que se documentaba era “somos [los gestores] el enemigo”.  Pero tenemos que preguntarnos ¿el enemigo de quién? El enemigo ¿de la gente?, ¿de la población?, ¿del ciudadano?, ¿de los diversos colectivos?

¿Son los gestores, Quijotes incomprendidos en sus acciones, que las realizan por el bien universal? ¿Es el ministro japonés de finanzas -que antes hemos nombrado- Taro Aso también un Quijote sincero incomprendido por la población vieja crónica, que ha de morirse rapidito?

En un trabajo de B. A Pescosolido se estudió si en 10 años había cambiado la estigmatización del paciente psíquico, encontrándose que a pesar de los avances neurobiológicos y de los programas de información realizados por las sociedades médicas, en esencia, no había un cambio significativo. La preocupación por la estigmatización social del enfermo psíquico ya es conocida de muy antiguo pero no he visto ningún trabajo sobre la estigmatización del anciano en nuestro modelo social ¿habrá cambiado para peor la consideración del anciano en los últimos 10-20 años, considerándolo ahora como un ser improductivo y que pone en riesgo el bienestar de los demás? Creo que los “gestores” deberán de gestionar algo más que economía.[6]

Señalaba el Dr. A Gimeno Cabañas cómo en 1910 de mil españoles nacidos 233 fallecían antes de terminar el primer año de su vida, 196 más no llegaban a cumplir los cinco años; a los veinte, la edad de la fresca lozanía, habían quedado en el camino la mitad del millar; únicamente pasaban los sesenta años 267 de los 1000 nacidos; y solo un español no del millar sino de cada 50 millares tiene la rara fortuna de llegar a cien años o de traspasar esa edad. [7]

Lo que cuesta comprender es que, como señala Ramón y Cajal, “la experiencia” del anciano sea cosa inútil y absurda, cuesta comprender, por poner solo algunos ejemplos, que ya el filósofo, matemático y físico René Descartes en el siglo XVII insistiera en que con “precauciones y el uso de la medicina mejor conocida podríamos retardar la vejez y prolongar mucho la existencia” y  que de forma parecida el filósofo, matemático, científico y político Nicolás de Condorcet, en el siglo XVIII presagiara que “gracias al progreso llegarán días en que la muerte será mero efecto de accidentes extraordinarios, por donde el intervalo entre el nacimiento y la muerte se acrecerá sin cesar” e incluso, de nuevo,  Ramón y Cajal en 1934 (solo hace 79 años) considera que para conseguir una gran longevidad harán falta dos o tres mil años de estudios biológicos.

En definitiva, cuesta comprender que si bien siempre ha existido esta aspiración humana de envejecer tras muchos años de existencia ahora el ideal del sistema es que el viejo no sea “crónico”, no sea viejo; sea, si fuera posible, un joven trabajador y “de repente” se hiciera viejo (agudo) antes de jubilarse y morirse rápidamente. Ahora no va a servir su experiencia, lo que ha de servir es solo su capacidad de trabajo, que evidentemente no puede compararse con la del joven. El viejo crónico molesta porque existe y se le soportaría si trabajara porque no hace gasto de jubilación; el joven solo molesta si no tiene trabajo.

Santiago Ramón y Cajal (1 de mayo de 1852 – 17 de octubre de 1934) escribió la introducción de su última obra cinco meses antes de morir a los 82 años de edad y nos ilustra en la misma con su sabia experiencia. ¡Menos mal que pudo jubilarse! En caso contrario torturado por un trabajo que cada vez le habría exigido más y más esfuerzo muy posiblemente no habría tenido fuerzas para escribir ese último y magnífico legado.

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[1] Los hombres que debían salir al campo a trabajar, sin otra opción, a soportar el frío o calor, el peso, la carga asociaron el concepto de labor (labranza, obra) con el de tripaliare “tortura”, de la cual derivó trebajo “sufrimiento”, “sacrificio”, “esfuerzo” y finalmente trabajo. Trabajar resultaba ser una tortura, requería esfuerzo y sacrificio, y al final del día terminaban como si los hubiesen azotado. Trabajar era una obligación que sufrían como una condena y por ello ante cualquier oportunidad de liberación de esta carga reaccionaban con júbilo.  http://brendayenerich.escritoresdepinamar.com/etimologia-trabajar-jubilacion/

[2] Postrario/ria lo derivo de postrarius, que significa “ultimo de una serie”  o “Dícese de la parte más retirada”; disidencia proviene de dissidere = mutuamente separado. Algo que caracteriza a esta edad es ser la última de la serie de edades y que en ella las personas de esta 3ª y 4ª edad no solo se encuentran separados de las otras generaciones sino que además entre sí también se aíslan y progresivamente limitan sus contactos y proyectos comunes, siendo además una etapa que Volcher ha denominado “edad de las perdidas”.

[3] S. Ramón y Cajal. El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arterioesclerótico. Espasa Calpe, Buenos Aires (5ª Edición, 1948)

[4] Sirvan como ejemplo estos artículos, pero existen en todas las áreas de la medicina artículos parecidos y lógicamente también en referencia con las enfermedades más específicas de la  edad postrera. Cost-effectiveness of a stepped care intervention to prevent depression and anxiety in late life. Van´t Veer- Tazelaar P. Br. J. Psychiatry, 196:319-325, 2010 / Risk factors for chronic depression- A systematic review. Holzer L. J.Affect Disord 129:1-13, 2011

[5] Cuando me refiero “al trabajo” estoy indicando el “trabajo obligado en el sistema productivo”, no es una referencia a estar activo (para que no haya confusiones)

[6] “A disease like any other”? A decade of change in public reactions to Schizophrenia, depression and alcohol dependence. Pescosolido BA et al.  Am J Psychiatry 167: 1321-1330, 2010.

[7] Gimeno Cabañas A. La lucha contra la vejez. Discurso leído en el acto de su Recepción como Numerario de la Real Academia Nacional de Medicina.  Madrid 3 de Julio 1910.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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2 respuestas a VEJENCIA. LOS VIEJOS “CRÓNICOS”

  1. ARACELI GARCIA dijo:

    Hola Juan, soy Araceli, quiero comentarte algo respecto a lo que dices sobre el estigma, comparando la cantidad de literatura científica sobre el mismo en la enfermedad mental y en el anciano.
    Mi trabajo de investigación (antes tesina), del curso de Doctorado en Atención Socio Sanitaria a la Dependencia trataba sobre Detección de mal trato psicológico/emocional y trato infantilizador en residencias de mayores. En la búsqueda de artículos y libros sobre el tema para el marco teórico encontré bastante literatura sobre ageismo, edadismo, el elderspeak, y todo tipo de malos tratos y en todos los entornos. Muchos de ellos hacen referencia al estigma, a los prejuicios y a los estereotipos que se asocian a la vejez.
    En el entorno sanitario la discriminación se materializa en muchas normas como la de excluir a mayores de 65 de las listas de recepción de trasplante siendo los principales donantes, o como, en el Reino Unido, que no se puede operar una cadera a partir de los 72 años en el SNS.
    Por otra parte, encuestas como la EDAD (Encuesta de discapacidad, autonomía personal y situaciones de dependencia o la de Condiciones de Vida de las personas mayores, y otras similares del entorno europeo, arrojan resultados que señalan a los mayores como una carga insoportable para el “Sistema”. Luego, para maquillar esas ocultas intenciones culpabilizadoras, resulta que ya no se puede decir ni viejos, ni ancianos, ni tercera o cuarta edad, etc.
    Ahora cualquier autor científico o periodista que sea políticamente correcto debe decir “mayor” que es mas aséptico. Un saludo

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    • Gracias Araceli. Cuando comento que no conocía trabajos sobre la estigmatización del anciano, me estaba refiriendo al “concepto anciano”, pero evidentemente son muy esclarecedoras las ideas y los estudios que aportas pues el “concepto” está unido a sus “funciones” y ahí si que hay en muchos casos muchas determinaciones estigmatizadoras propias solo por ser “mayor”. Un abrazo

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