SINSALUD Y LA IMPLOSIÓN DEL SISTEMA


Juan Rojo Moreno

            Ya que la civilización, a estas alturas del milenio, ha avanzado a niveles tecnológicos y de comunicación nunca alcanzados en la historia de la humanidad, es difícil quedar impasible ante la situación del hombre y de su proceso de desarrollo humano, que tantas incertidumbres, sorpresas e interrogantes nos  sigue aportando. Pero más difícil aún es quedar impasible ante el comportamiento que esta sociedad moderna tiene con sus personas enfermas, sobre todo con las de la tercera y más aún con las de la 4ª edad. A veces nos preguntamos ¿realmente más allá de la máscara de nuestra civilización subyace una estructura humanizada? ¿O debemos entender que como toda estructura (tanto la social como la creada para “curar”) en el fondo  nunca es “humana” sino solo funcional?

Las Organizaciones de Salud en los países desarrollados -llámese Seguridad Social o con otro nombre- han crecido tanto que se han convertido, como deseo ideal del ciudadano, en “Obligatorias y Universales”, y por lo tanto encarnan una “función social” actuante sobre prácticamente la totalidad de los habitantes. Este crecimiento les ha dado tanta potencia, fuerza y poder sobre la sociedad y su salud que muchas veces han olvidado su significado (relación de las partes con el todo: relación que tienen los asegurados con la organización) y en ocasiones eluden la esencia de su destino. Han llegado a niveles altísimos de “eficiencia” pero esto les está haciendo encontrarse con su propia Sombra (con su parte oscura, que no es consciente). El mensaje tecnológico que recibimos desde los magníficos avances en las distintas ramas de la salud es recibido como “mensaje de salvación” que muchas veces nos hace olvidar al hombre individualizado que hay en cada consulta médica. El paciente no es una máquina física, es una unidad vivenciada físico-espiritual y esta última parte a menudo se olvida. Entonces, el paciente es considerado solo como un objeto receptor de las presiones que la organización de salud trasfiere a los distintos niveles de atención. Ya en un artículo anterior denominado Una Medicina sin Médicos y unos Médicos sin Enfermos[1], señalaba el papel del “acto médico” frente al “acto de gestión” del profesional de la medicina, pero ahora no me voy a referir a esto sino al Sistema.

He titulado la primera parte de este artículo “Sinsalud” pues a veces el sistema aporta magnificas posibilidades (quirúrgicas, rehabilitadoras, etc.) para que el paciente recupere gran parte de la salud pero… como quede, por ejemplo, una cronicidad en el paciente que sea económicamente “cara” ahora tendremos el problema; en ocasiones se le facilitarán todos los medios que son de alto coste, pero en otros casos aunque no se les prive de su necesidad asistencial, no obstante, ¡se les pone un montón de trabas burocráticas! Y lo peor, esto ocurre con mucha frecuencia con las personas mayores, de la tercera o cuarta edad, que ya en esa época de su vida se encuentran mucho más indefensas para poder actuar “contra el sistema”.

El sistema esta implosionando, intentando salvarse manteniendo la estructura global pero difuminando, en cierto modo, la atención sobre la salud -sin impedirla-, poniendo en algunos casos múltiples trabas burocráticas para acceder a ella. Un médico me definía esta situación como “agresión del sistema” al paciente, pero ¿cómo va a ser capaz un anciano de enfrentarse al sistema?, me comentaba. De esta manera, el ciudadano no podrá fácilmente “decodificar” la raíz oculta del problema; ésta pasa desapercibida: “son nuevas directrices de atención”. El mundo ha cambiado; el fin social ya no es esencialmente ético ni ideológico sino funcional de supervivencia. La clave del futuro que tenemos delante no son las ideas sino el medio al que se quiere que las ideas se adapten.

Dice Ramón Muñoz que la “signatura” de nuestro tiempo no es ya “el tiempo nublado” (Octavio Paz), ni el tiempo de la esperanza  (Erich Fromm), ni el tiempo circular (eterno retorno) sino que en la actualidad el sentido (la signatura) de  nuestra existencia viene definida justamente por la Desorientación Existencial.[2] Y algo parecido podríamos decir con el modelo general de sistema social que está implotando (explotando hacia dentro, para intentar un desesperado sobrevivir). Está desorientado pues ha perdido su signata, su sentido con el hombre, más allá de cubrir técnicamente con lo que sea necesario para mantener la fachada de funcionalidad.[3]

¿Por qué ocurre todo esto?

Realmente tenemos que pensar que estamos ante la crisis del hombre y del sistema que ya no se sostiene, que está implotando; y en esta implosión, para querer sobrevivir, se olvida al hombre que desorientado se ve fatalmente arrastrado, bien a la pasividad bien a la protesta vertiginosa por todo, y en esencia por nada, pues en él también se ha producido un derrumbe del intra-sistema trascendente de valores. Por esto el hombre actual está desorientado, no sabe realmente a que atenerse y tiene más información, pero menos “visión”. Cree tener enfrente a la estructura social, política, económica, que le agrede; mas realmente no es así; todas estas estructuras están caducas, están implosionando; en frente está la Sombra (el fondo reprimido, escondido de la estructura) que es lo que ahora en un desesperado movimiento de supervivencia intenta imponerse para pervivir. Realmente la Sombra forma parte de la realidad, aunque queramos ocultarla y rechazarla y su función ha de considerarse positiva pues debe ser germen de compensación de la “realidad visible y que deseamos”, pero que no es toda la realidad.[4]

La salud es entonces un mero artefacto de supervivencia, la “sinsalud” (que no es lo mismo que enfermedad) es otro artefacto; la supervivencia del sistema es el fin y el mensaje.

Fritjof Capra en su El tao de la Física cita un antiguo aforismo: [5]

Los místicos conocen las raíces del Tao

pero no sus ramas

Los científicos conocen las ramas

pero no sus raíces

            Igualmente podríamos decir: “el sistema conoce las raíces (su estructura) pero no las ramas (los pacientes); el profesional de la salud conoce a los pacientes (ramas) pero no al sistema (que le impone sus estructuras).

¿Cómo superar esta brecha gen-ética?[6]

Los biólogos nos dicen que sin “ruptura de simetría” no hay evolución. El gigantesco movimiento de implosión del sistema que hoy sufrimos barre todos los modelos de interpretación de la realidad y deja al descubierto una potencialidad originaria.

Algo “nuevo” ha hecho irrupción en el mundo, que por ser tan próximo y tan inmediato no nos da tiempo para reconocerlo. Ya no estamos  solamente ante la crisis de las filosofías para interpretar el mundo y de las políticas para  transformarlo -dice Ramón Muñoz-. Pero –señala este autor- cuando intentamos aprehender las formas institucionales y culturales del nuevo centro de génesis, tenemos que reconocer que lo realmente “nuevo” carece aún de forma.

Pero, si carece de forma ¿Cómo acceder de alguna manera al nuevo mensaje transformado?

El primer acontecimiento significativo que vemos aparecer en el horizonte del porvenir –sigue este autor- es la “ruptura de las formas”; movimiento catastrófico que hoy se propaga como reacción en cadena a escala planetaria.

¿Pero desaparecen las formas? ¡No! La paradoja del “nuevo mundo” es que la “ruptura de las formas” abre un “espacio entre formas”. Y en este espacio  se propugna  como necesario el “sacrificio cotidiano del individuo”; en nuestro caso del más desvalido por ser incapaz de enfrentarse a lo indeterminado en ese espacio “entre formas”. Esto se realiza como variable necesaria de ajuste del sistema.

¿Pero nadie tiene ideas positivas sobre cómo solucionar eso?

Muchas veces la fractura entre sistema-sociedad-individuo impide hacer efectiva la comunicación y las soluciones. Como señalaba Teilhard de Chardin “hay problemas que queman, que nadie ubica claramente, ni los afronta salvo en alguna conversación privada. Existen ideas aún en bruto y parcialmente equivocadas, pero liberadoras, que germinan y mueren en el espíritu de individuos aislados”. Y entonces, agotada la filosofía de la esperanza hemos desembocado en una “enfermedad de adaptación”. Todos nos adaptamos en este malestar del hombre contemporáneo.[7] Y la solución no puede venir, como ha ocurrido tras algunas “revoluciones sociales”, en que simplemente se haga un remodelamiento de las fuerzas sociales que más que crear un nuevo modelo nos llevaron a esta enfermedad de adaptación. No solo vale defender causas particulares (desempleo, pobreza, contaminación del planeta, etc.) sino que tendremos que asumir lisa y llanamente la “causa del género humano”.

Porque no podemos seguir inmutables al hecho  de que en nuestro mundo técnico la ley ha sido sustituida por la norma y los técnicos han ocupado el lugar del legislador. La ley se ha convertido en regla técnica que asegura el funcionamiento del sistema pero deja vacío al hombre[8]. No tenemos leyes para el estado de sinsalud; solo normas, reglamentaciones que ya no miran a la esencia del Hombre, objeto y sujeto individual de la enfermedad, sino al funcionamiento viable del Sistema.  Tenemos que ver más allá del código semántico utilizado por el sistema que oculta la realidad profunda de los acontecimientos, y ser capaces de superar los conceptos que el lenguaje técnico-científico nos inculca como único modelo de felicidad, pero que realmente está vacío del contenido esencial para el hombre. Si no hacemos esto, si nos sentimos derrotados por la vivencia de la in-utilidad del esfuerzo, nosotros mismos nos abandonamos al sistema y más pronto o más tarde nos daremos cuenta (o no) cómo hemos sido atrapados en el Sistema Sinsalud.

Tenemos que formar parte de una alianza. Ya hubo antiguamente en la historia una primera alianza con la naturaleza durante siglos y siglos, luego una segunda alianza -a partir de la revolución industrial- con el poder de la técnica en donde el sentido se adquirió en función del rigor del sistema, de lo que funciona; y ahora tenemos que formar parte de una tercera alianza en la que es imprescindibleRe-unir lo disperso[9]. Esto supondrá un cambio de fase que superará la naturaleza actual técnico-social. Y esto ha de realizarse no a través de la política sino a través de la emergencia desde la función residuo social[10].

Vamos a explicar esta idea:

Baudrillard señala que lo social no es un proceso claro y univoco. Se llega a un punto en que ya no puede socializar más; lo que queda, lo que parece escapársele a lo social no es algo ajeno a lo social sino que es “lo social mismo como residuo”. Este residuo social es idegradable, indestructible y se ensancha en la misma medida de la extensión de lo social. Lo ideal sería “reciclar” los residuos -la industria ya lo hace-, y la sociedad lo intenta una y otra vez por medio de la seguridad y asistencia social, pero sin llegar a asimilar (reciclar) la pobreza, la degradación moral ni el gasto que producen las enfermedades crónicas de los ancianos, los que están en sinsalud; son la materia oscura que constituye el trasfondo de los social, la Sombra social a la que nos hemos referido. El ideal de justicia social y sanitaria queda siempre inalcanzable, siempre queda un residuo idegradable. Las instituciones sociales, las obras benéficas, la seguridad social, la solidaridad… todos estos instrumentos funcionales llegan hasta un cierto punto, hasta la frontera de estos agujeros negros y se detienen allí. La crisis de nuestro sistema no es de orden económico, social, político o ideológico sino que es una crisis radical en la que volvemos a tomar contacto con la verdad profunda, con la verdad del “residuo”, con la verdad del “otro” y de “los otros” y de “la dispersión”. La existencia cada vez mayor de los Sinsalud nos enfrenta con nuestras debilidades, con nuestras imposibilidades, con nuestros recortes, con lo que no podemos evitar, con nuestra Sombra social.

Hoy hemos entrado en un tiempo de “función residuo social” que ha sustituido al tiempo de la alianza del progreso; la “función residuo” patentiza la existencia de la evolución real social, el fin del sueño del progreso técnico como felicidad. Solo es posible hablar en profundidad del hombre y de su salud desde la propia “función residuo” ya que esa función intrínseca de la vida pertenece al trasfondo de dificultades y obstáculos incomprensibles e irremediables, presencia oscura que es la Sombra de nuestra sociedad y que se manifiesta con más crudeza cuando implosiona el sistema.

Podemos creer falsamente que solo es un hecho social actual, pero la realidad es que esta “función residuo” se expresa porque está transcrita en nuestras moléculas, en la transmisión humana mediante la gen-ética propia del nuestro arquetipo social universal. Si así lo identificamos conseguiremos superar este punto crítico de nuestra época.

Esta “función” que tiene significado y capacidad unitiva (unificadora) emergente, es capaz de impregnar y activar la totalidad del sistema en implosión, y gestar una nueva forma que nos permita abandonar ese espacio disperso “entre formas”. Lo “dispersose habrá unificado como una natural correspondencia a partir de la función “residuo social”.

Posiblemente cuando pasen algunas décadas podremos empezar a ver el perfil que adquiere esta nueva “forma” que ha emergido de las “entre-formas”, tal como ahora podemos ver como se constituyó el desarrollo social del siglo XX, una vez pasado este.


[2] En el libro, Gen-ética social – de la dialéctica de los opuestos a la reversibilidad de los valores-. Arcana Ediciones, Buenos Aires, 2011.  He utilizado así mismo frases de este libro como vivero de ideas para afrontar el tema que nos ocupa aunque el contexto en que se dicen esas frases en el libro no sea el mismo que aquí usamos; cuando realizo esto hay que tener en cuenta que este libro de forma global tiene una finalidad de difusión de las Ideas filosóficas de Ramón Muñoz muy superior a la concreción que yo le doy en ese momento.

[3] La implosión es la ruptura hacia dentro de las paredes de un sistema cuya presión interna es inferior a la de afuera. Por analogía,  Baudrillard llama implosión a la destrucción interior que se produce cuando se vacía de significado el mundo.

[4] C. G. Jung utiliza el termino Sombra (en su descripción de los elementos inconscientes y del proceso de individuación) para referirse a lo reprimido, despreciado de la conciencia. Aquí análogamente hacemos esta referencia en relación a lo social.

[5] Cit. En la Obra señalada de Ramón Muñoz.

[6] Decimos gen-ética pues los valores, la ética, que moviliza su existencia estructural ya está incorporada a lo mas profundo del cuerpo constituyente del sistema , a sus raíces, (como los genes)

[7] Obra citada de R Muñoz. Así mismo refiere: hemos quedado presos en formas sociales que han perdido el rumbo de la evolución y olvidado las claves simbólicas de la trascendencia.

[8] Antropología de Síntesis R. Muñoz Soler. Ed. Depalma, Buenos Aires, 1980

[9] Obra citada, Gen-ética social.

[10] Al hablar de emergencia desde la “función residuo social” nos referimos a una correspondencia entre este concepto y algo nuevo que emergerá a partir de ahí. La palabra “función” supone una correspondencia entre dos elementos; uno está en función del otro o se origina en función del otro.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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