NORMALIDAD Y ANORMALIDAD PSÍQUICA


(Y LA MEDICACIÓN) 

Juan Rojo Moreno

Me recomendaron el libro del psiquiatra Alberto Ortiz Lobo Hacia una Psiquiatría Crítica que he leído con significativo interés y nos induce a reflexiones interesantes.[1]

         Nos invita a la reflexión sobre la normalidad y anormalidad  psíquica. Pero uno de los problemas que han surgido, y que ha señalado reiteradamente el psiquiatra de Castellón  Paco Traver, es la confusión con el término “Salud Mental”. En la historia de la psiquiatría lo que se ha intentado curar han sido enfermedades psíquicas. Por lo tanto es irrenunciable nuestra concepción médica (la misma palabra psique-iatría, significa etimológicamente médico de la psique).

A. Ortiz plantea que el hecho de separar “enfermos” de “normales” favorece el estigma y la discriminación y que el uso que él hace del término psiquiatría no solo se refiere a los términos médicos sino al conjunto de las prácticas  que confluyen en la Salud Mental (psicología clínica, enfermería, intervención social, rehabilitación).

Más allá de su posicionamiento, la realidad es que las clasificaciones internacionales (DSM y CIE) han aumentado progresivamente el listado de “trastornos” mentales y si bien pueden ser muy útiles en epidemiología o para conocer ciertos modelos, han eliminado la palabra “enfermedad” de sus códigos y han facilitado que al cumplirse unos “criterios” ya se pueda medicar muchos más estados mentales y también a nivel de psicología tratar con distintas psicoterapias “alteraciones” que así mismo van a tener un código de trastorno mental.  

Como señala  Enrique Echeburúa (2014): “No deja de ser significativo, por ejemplo, que la primera edición del DSM contenía 106 trastornos mentales y que la actual (DSM-5, 2013) recoja 216 (Sandín, 2013). Con cada nueva edición los posibles trastornos mentales siempre aumentan, pero nunca se reducen. No parece razonable pensar que en el plazo de 60 años los trastornos mentales se hayan multiplicado por dos (Ezama, Alonso y Fontanil, 2010). Por ello, hay que estar precavido ante la ampliación de supuestos nuevos diagnósticos clínicos que incorpora el DSM-5: el trastorno disfórico premenstrual, el trastorno de estado de ánimo disruptivo y no regulado, el duelo patológico o el trastorno neurocognitivo leve, por citar algunos de los más llamativos”.[2]

El problema del término Salud Mental es que no sabemos bien definir en que consiste esta “salud” y por lo tanto la Salud Mental no está bien definida en la población supuestamente sana. ¿Debemos en los Centros de Salud Mental tratar solo a los enfermos mentales o también a los sanos mentales para que no pierdan su Salud Mental? Al fin y al cabo los centros son de “Salud Mental”.

Quizá por esto A. Ortiz señala cómo “a través de los medios de comunicación los profesionales promocionan con éxito la importancia de estas disciplinas, no ya en el tratamiento de los trastornos mentales sino en el afrontamiento de la vida cotidiana de cualquier persona”

Ya en un artículo anterior tratamos sobre “Psiquiatría de la población o tratar enfermedades de la vida” (aquí). /

         Señala el psiquiatra Manuel Desviat, en la Presentación a nuestra obra de referencia, que si convertimos solo “el síntoma en falla neurológica… si el contenido de la alucinación y el delirio no tiene sentido biográfico, si la tristeza tiene su base originaria en un desequilibrio de los neurotransmisores…” la sobremedicación de muchos de los acontecimientos vitales ha hecho, al igual que la necesidad de recurrir a consejos profesionales psicológicos, que nos preguntemos cuán escuálido debe ser el porcentaje  de sanos mentalmente que existe, según estos parámetros, en la población general.

         Uno de los problemas de esta sobremedicación de la vida viene dado porque no hacemos un diagnostico individual de cada paciente integrándolo en su totalidad biográfica. Pero para eso ya no podríamos hablar de “trastornos” (ese horrible palabro, me dijo en una ocasión el Prof. Valentín Conde) sino de enfermedades. Y eso significa algo muy importante: tener que dedicar más tiempo a cada paciente para hacer un diagnóstico individualizado no solo de su clínica y su evolución sino del sentido biográfico que la enfermedad tiene en él. Tiempo de dedicación al paciente… otro gran problema en esta sociedad tecnotrópica y acelerada.[3]

         Otro problema que se plantea es que parece, para algunos, que muchas especialidades médicas son “científicas” y la psiquiatría no. Es un error. Ninguna especialidad médica ni la medicina en general es stricto sensu  científica.

¡Soy un científico! Dice categóricamente Stephen Hawking en su última obra (póstuma)[4]. Y ciertamente Hawking era un físico teórico y no le quedaba más remedio que ser un científico. Pero los médicos utilizamos la ciencia porque nos da actualmente mejores resultados para curar las enfermedades que otros métodos que han existido, pero no solo la ciencia es lo que interviene en la curación, hacemos uso de ella pero no somos científicos. Los dermatólogos, médicos internistas, oftalmólogos, traumatólogos… tratan con personas enfermas, no con trastornos o enfermedades que son padecidas por entes, sino por personas y tienen sus repercusiones personales, emocionales, familiares, y sociales, al igual que ocurre en psiquiatría. Que tengan más pruebas complementarias en muchas especialidades que en psiquiatría, la llamada medicina de la evidencia o de las pruebas, no supone que los enfermos no sigan siendo personas sufrientes.

En estos tiempos ha habido un cierto movimiento exagerado en considerar “solo” la medicina de la evidencia. Cierto que  se ha remarcado esta tendencia en cierto modo “oficialista” como réplica a los abusos de la superchería y aprovechamiento inmoral de personas no cualificadas que han tratado enfermedades como el cáncer con falsos y engañosos “remedios” (el otro día pude ver a un agricultor que vende una pócima para tratar el autismo). Cierto, un penduleo de tanta pseudociencia lleva luego al contrario por la medicina oficial.

Pero de ahí a considerar solo la ciencia y sus aportaciones como la única información para tratar al ser humano enfermo también es una exageración. Como señala A. Ortiz: “la psiquiatría debe huir de las pseudociencias que son tan proclives a colonizar el campo de los problemas mentales en la medida en que precisamente la ciencia no puede dar respuestas contundentes. Pero la alternativa no puede ser caer en un cientismo que otorgue valor de verdad a presunciones basadas en premisas que no se pueden aplicar a la complejidad de lo humano”. Pues, como señala Double (2002), aunque las explicaciones biológicas puedan ser importantes…eliminar el significado personal de los problemas y sus orígenes psicológicos y sociales no ayuda a comprender la acción personal del sujeto.

—————

         Los psiquiatras obligatoriamente al ser médicos tratamos pacientes enfermos psíquicos. Cierto, que no tenemos muchas pruebas complementarias (o de la llamada evidencia), cierto, también, que necesitamos trabajar, dada las características de la enfermedad psíquica, en equipos multidisciplinares con psicólogos, enfermería, asistentes sociales, etc. y cierto, asimismo, que la medicina y por lo tanto la psiquiatría “científica” no cura todas las enfermedades ni nos aclara la etiología (por eso se habla de multifactores) y el por qué determinada persona en concreto pueden padecerlas.

Y cierto, además,  que tenemos que diferenciar, ya que somos médicos, entre los enfermos psíquicos y las personas sanas. Y estoy convencido que en aquellos casos dudosos de enfermedad-salud en un paciente concreto, con tiempo suficiente de dedicación al paciente, con un análisis fino biográfico  y evolutivo, teniendo en cuenta también sus factores psicosociales y culturales, se nos aclararían en muchos de estos pacientes /sanos si son en realidad eso: enfermos o no. Atención Primaria y los Centros de Salud Mental también tienen que hacerse expertos en diferenciar estos casos.

Aunque, para terminar, también es cierto que las clasificaciones DSM y CIE internacionales  no es que ayuden mucho (y menos el nuevo DSM 5) en este menester de diferenciar en individualizar cuando hay o no “Salud Mental”.



[1] Alberto Ortiz Lobo. Hacia una psiquiatría critica. Grupo 5, 2013. Nos sirve como obra de referencia pero no hacemos un resumen alguno sino que obtenemos algunas referencias que nos han interesado.

[2] Enrique Echeburúa, Karmele Salaberría y Marisol Cruz-Sáez. Aportaciones y Limitaciones del DSM-5 desde la Psicología Clínica. Ter. Psicol. vol.32 no.1 Santiago abr. 2014.

[3] Sociedad Kinética, acelerada en la que los médicos de primera atención al paciente (atención primaria) “claman” para que el sistema les deje un tiempo de “10 minutos” de dedicación por paciente.

Sociedad kinética de la que dice Abad Carretero: “la cultura kinética es la de la actualidad, la del presente, en la que se sorprende el vivir inmediato del sujeto. La cultura kinética es cultura del instante, evita grandes esfuerzos mentales, suministra hechos que ocurren en cualquier punto del planeta y podemos entender su crecimiento exponencial, porque se acomoda a la visciencia del sujeto, predominando el sentido, no la razón, y en la existencia de este sentido se apoyan los que manejan los resortes de la cultura kinética”.

[4] Stephen Hawking. Breves respuestas a las grandes preguntas. Editorial Crítica, 2018.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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