EL HOMBRE DESFONDADO


“El hombre es un ser viviente que actúa en el riesgo de hacerlo indebidamente respecto a los fines que se propone y esto es una propiedad muy extraña de su praxis” (L. Cencillo)

Juan Rojo Moreno

         La Antropología ha de tener en cuenta todo lo operante en el ser humano y señala Luis Cencillo: aunque sea la magia, la astrología, el espiritismo, la sexualidad, la agresividad, la mística  o la religión.[1]

Y en este sentido señala Cencillo que por su multitud de dimensiones cualitativamente diferentes de las físicas propiamente dichas, es el hombre un viviente constitutivamente práctico.

         Esto a veces se olvida en diferentes campos (aunque tengan sus razones fundadas los estamentos oficiales) como es en el caso de las denominadas pseudociencias o las “medicinas alternativas”, que si bien no tienen verificaciones científicas, no obstante, la postura que se ha tomado oficialmente es la de en vez de conocerlas mejor considerando a los representantes más honoríficos o cualificados, lo que se hace es simplemente relegarlos al “oscurantismo” y lo que se consigue es que sigan funcionando en un paralelismo, entonces sí, descontrolado.

Desgraciadamente los movimientos fanáticos anti-vacunas, anti-mascarillas, anti-pandemia… dificultan enormemente, con su sinrazón y falta de alternativas (excepto ser “anti-”) frente a la realidad, un entendimiento con esos campos paracientíficos.

No obstante, como señala Cencillo: “cualquier mentalidad, cualquier estado de opinión y de creencia, cualquier formalización cultural del mundo y de su compresión pueden ser criticadas por otro individuo o por otro grupo, por mucho que se intente descalificarlos como herejes, revisionistas o anticientíficos”. Incluso cualquier individuo o grupo, por muy arraigado que se halle en sus creencias, convicciones y opiniones, desde las cuales valora y opta, ha de reconocer, si no se trata de fanáticos, la más o menos remota posibilidad de que las concepciones y mentalidades ajenas gocen de algún grado de probabilidad, o de que por lo menos, todos participen de algún [posible] grado de verdad”.

Y por esto la Medicina debería de aplicarse lo que dice Cencillo de la antropología “ha de tratar de hacerse con toda la información posible y a todos sus niveles de procedencia que refleje las dimensiones, naturaleza, funciones y propiedades complexivas de su objeto”. Y en ambos ámbitos se trata del ser humano, que en el caso de la Medicina está enfermo.

El ser humano sano o enfermo se sustenta en la complejidad del ámbito neurocultural. Y la medicina no puede olvidarse de la necesidad de respuesta socio-cultural en la enfermedad ni de las influencias de otras culturas en la actualidad: “la cultura no es la resultante casual de una actividad humana periférica, sino la objetivación de toda la fuerza vital, mental, emocional, expresiva y económica del grupo y del individuo.

 Cultura significa un modo de realidad [una concepción del mundo] y si suprimimos con la imaginación todo lo cultural, el mundo en el que el hombre se mueve y vive se desintegra por completo y no es posible imaginar siquiera a un solo hombre existiendo fuera de la matriz cultural”.

Y sigue nuestro autor: “las energías individuales sin las canalizaciones  colectivas se dispersarían amorfamente, pero las canalizaciones colectivas sin las energías individuales se quedarían en cauces secos que nada fecundan: les faltaría precisamente la energía productiva”.

Y tengamos además en cuenta, que no todo es ciencia y no todos los procesos humanos son tecnificables, ni mediante la técnica llegamos a comprender todo lo que le ocurre al sujeto sano o enfermo. Como señala nuestro autor: téngase muy en cuenta que sin el acompañamiento o colaboración del inconsciente en todas las operaciones humanas, ninguna de éstas iría lo suficientemente vitalizada de espontaneidad ni de proyectividad. Sin esta verdadera anticipación irrefleja y activa de la intimidad preconsciente el ser humano no acertaría nunca con la realidad ni con las respuestas debidas a sus solicitaciones. En virtud de su inconsciente el ser humano se organiza en un sistema de respuestas coherente con la realidad que las más de las veces  y, según se dice vulgarmente, “como por un instinto u olfato especial” se precede y se anticipa a la reflexión.

La tendencia de jóvenes generaciones de descalificar las vigencias sociales llamándolas “convencionales” -señala nuestro autor- es banal y confunde frívolamente algunos aspectos fundamentales de la realidad humana. Sin el arrastre histórico de las vigencias sociales cada individuo por sí solo no hubiese sido jamás capaz de rebasar el estadio de lo mágico o, tal vez, el del prehomínido. Hasta la satisfacción de las mismas necesidades biológicas es de carácter tradicional y aprendido desde una sociedad determinada. El “salto”, más allá de la pura animalidad, dotó al hombre de una estructura psíquica específicamente humana que no habría llegado nunca a activarse, hasta hacerla capaz de rendimientos culturales característicos humanos, de no haberse ido acumulando a lo largo de siglos o milenios una experiencia colectiva, es decir, creando vigencias históricas.

Y gracias a su historicidad, a diferencia de los animales, el ser humano se plantea, cuando ha de enfrentarse a nuevas circunstancias no previstas ni determinadas, si debe o no debe hacerlo y si es necesario el cambio o la abolición de lo actualmente fáctico. El hombre es capaz en esta dialéctica tanto de asumir vigencias históricas como de abolir versiones distintas de su probable actualidad.

Al decir de Cencillo el ser humano “gracias a su “negatividad” puede anular o recrear realidades que rechaza, aunque corre riesgos pues la capacidad que las realidades tienen para ser negadas es limitada.

Aquí viene al caso todas las “negaciones” psicológicas que se producen como mecanismos psíquicos de defensa y que en ocasiones originan verdaderos problemas psiquiátricos cuando se crea un conflicto entre ésta y la imposición fáctica ineludible. A veces incluso la necesidad de evitar la angustia es tan potente que se produce una realización fantástica de la realidad, con las consecuencias de inadaptación a lo que le es impuesto necesariamente por las vigencias o por las circunstancias.

La negación y la realización fantástica suponen la inexistencia de algo para el negante, pero no por eso deja de existir lo negado, y si la fricción con la realidad es muy grande implica así mismo una inadaptación inviable.

El problema muchas veces está en la autenticidad del proyecto vital, en la capacidad de cada persona de elección genuina. Y esto  hay que hacerlo dentro de nuestro contexto neurocultural. En este sentido señala Cencillo cómo el ser humano tanto a nivel individual como de grupo y de generación ha de elegir, y con esta elección se conforma una concepción de sí mismo y del estilo de vida, y así la historia en una gran parte resulta de la evolución de las concepciones mismas del hombre y de la vida (sociedad, política…).

La libertad en la que el hombre existe si bien de un lado le hace superior a sus condicionamientos biopsicosociales, de otro le sitúa en una posición constante de inseguridad, de no poder atenerse nunca a lo dado fijo y experimentado y -señala Cencillo-  sobre todo le coloca en el disparadero de proyectarse vanamente sobre la nada, de polarizar sus energías hacia lo irreal e irrealizable y así formalizarse mundos falsos.

 Y esto puede ocurrir también cuando la técnica y el mundo afín a ella le provee de un cúmulo de necesidades que no puede satisfacer: “la técnica no puede satisfacer las necesidades del hombre sino creándole otras nuevas… pues la técnica viene a suponer una objetivación material y gratificante de las posibilidades humanas, y se crea en él la ilusión de que se está realizando, autorrealizando, cuanto más se enajena en su meras obras”.

Y así se produce el desfondamiento humano. Este concepto estructural y vital que desarrolla L. Cencillo es una de las claves para entender su preocupación por lo humano.

Absolutamente todo flota en la indeterminación y ambivalencia del desfondamiento humano.

 No estaría desfondado si se encontrarse en posesión de un fondo determinado de ideas, de criterios y de tendencias, fijo de una vez para siempre e inamovible, que respaldase su proceso histórico, sus comportamientos y sus opiniones. Mas, este fondo nunca le viene dado de modo espontáneo sino que es cada individuo o cada grupo o generación quien ha de asumirlo libremente con el riesgo de equivocarse.

Es, pues, necesario asumir convicciones y aun criterios lógicos, pero ninguna convicción o criterio se impone necesariamente. Esta absoluta inestabilidad del hombre que no puede situarse relajadamente ni siquiera en la pura negación de toda tensión y toda certeza es lo más puro del desfondamiento que le caracteriza.

El hecho de que el ser humano carece de una base naturalmente dada, de una vez para siempre es lo que denominaremos desfondamiento, y no se trata de un sentimiento y menos aún de una “crisis” de convicciones, sino de una condición universal e inmutable del ser humano en cuanto tal.

La lucha que mantiene el mismo hombre consigo para clarificarse es la que motiva la evolución de la filosofía, las ciencias, las religiones, los mitos y las ideologías, durante la cual la mente humana flota en la incertidumbre. Y todo ello no es sino la manifestación más evidente del desfondamiento de la consciencia y de la mente humana.

En virtud de su desfondamiento, el ser humano no puede proceder exclusivamente a base de principios lógicos y éticos abstractos o de certezas científicas.

Pero en definitiva, este desfondamiento que nos ha originado tanta inestabilidad e incertidumbre, y en determinadas épocas se hace más patente, como en la actual, aunque siempre esté ahí, no es negatividad, pues por su parte positiva obliga a un esfuerzo por avanzar por encima de las fijezas naturales. Por esto señala Cencillo: “el ser humano es en sí mismo desfondamiento creador de impactos culturales en sus circunstancias”. La cultura es un pivote necesario pues nos da una perspectiva donde enfocar “la infinitud desfondada de la realidad del hombre”[2]

Y con ello, para terminar, nos veríamos obligados ahora a plantearnos en todos los supuestos que hemos hablado cómo quedan éstos en el mundo planetizado multicultural. Pero eso ya es otra, difícil, cuestión.

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[1]   Luis Cencillo Ramírez. El hombre, noción científica. Ediciones Pirámide, Madrid 1978. Es nuestra obra de referencia.

[2] La mayoría de las frases que hacen referencia al desfondamiento están escogidas literal o casi literalmente de la obra de Luis Cencillo.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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2 respuestas a EL HOMBRE DESFONDADO

  1. La verdad Juan es que no sé si te he hecho un “favor” o te he puesto en un “compromiso”…

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