¿EXISTE UNA NUEVA PSIQUIATRÍA?


Juan Rojo Moreno

          Una amiga periodista que tenía que hacer un trabajo sobre un tema complejo me preguntó si la denominada “Nueva Psiquiatría” era lo mismo que la denominada “Antipsiquiatría”.

En cierto modo ambas tienen bastantes cosas en común. Sus propuestas aparecen como crítica a lo que es o ha sido la psiquiatría imperante. En el caso de la antipsiquiatría no existían “enfermos” sino que era la sociedad y el “establishment” quien otorgaba esos términos cuando solo eran personas que tenían otra manera de entender o vivenciar la concepción del mundo consensuada.

La que se ha autodenominado Nueva Psiquiatría viene a mantener planteamientos como: “muchos paciente y familiares prisioneros del sistema psiquiátrico actualmente vigente…en España dos millones de pacientes sufriendo un diagnóstico psiquiátrico grave… la mayoría de ellos no solo no mejoran con el tratamiento médico que se les aplica sino que evolucionan cada vez a peor… son sustancias (los psicofármacos) tranquilizantes que mantienen al sujeto en estado de inhibición psíquica y de modorra permanente y global”.

          Al fin y al cabo, de todo esto ya se viene hablando desde hace muchos años y al modelo puramente “médico” de la psiquiatría se ha incorporado desde hace ya tiempo la perspectiva bio-psico-social (y cultural). Por esto la concepción de “Nueva Psiquiatría” nos acaece como nuevos odres para vino añejo.

Pero es muy interesante la actualización que desde esta perspectiva plantea Javier Álvarez. Por varios motivos: un primer motivo es que el autor es psiquiatra y con muchos años de ejercicio profesional por lo que tiene la autoridad de poder hablar desde el conocimiento de nuestra especialidad. Como decía un antiguo profesor de psiquiatría “para ser anti-algo primero hay que ser algo”. Un segundo motivo es que además de una amplia formación médica también la tiene en el mundo cultural general, y un tercer motivo es que saca a colación (como han hecho muchos otros psiquiatras en todos estos años) dos aspectos importantes y que también, a mi modo de ver, son significativos. Un aspecto, es el de la excesiva concepción de la enfermedad como producida solo por una alteración de los neurotransmisores cerebrales y el otro aspecto es el excesivo diagnóstico mediante la clasificación internacional DSM.[1]

Sobre estos temas ya escribí artículos hace tiempo como por ejemplo: Los sanos enfermos, la paradoja de la salud (aquí), Normalidad y anormalidad psíquica (aquí) o Psiquiatría de la población o tratar enfermedades de la vida (aquí) y son innumerables los psiquiatras que se han planteado esta cuestión, solo por poner algún ejemplo: Alberto Ortiz Lobo en su libro Hacia una Psiquiatría Crítica (2013) o Francisco Traver en su múltiples artículos en su blog, como por ejemplo, “La falacia DSM” (2012) (aquí) y tendríamos que continuar con una larguísimo etcétera.

Con esto quiero decir, como ya señalé, que la aportación de la auto denominada Nueva Psiquiatría ya es un “vino viejo” aunque se le quiera dar un odre nuevo.[2]

Volviendo a nuestro autor de referencia J. Álvarez, crea un término, “la Hiperia”, que sería un estado de conciencia hipersincrónico que haría que muchos de los que denominamos enfermos mentales no sean tales sino un estado de conciencia diferente. Se refiere a una expansión de la conciencia ordinaria y que según el autor: “es el estado de conciencia que nos permite contactar con esa otra conciencia que todos llevamos dentro y que nos mantiene unidos con el Todo, con lo Universal, con lo Divino”. Y en este sentido también señala: “opino que el Homo sapiens está destinado a evolucionar a Homo spiritualis y que la hiperia es la función psíquica que nos permite atravesar la frontera que separa lo físico de lo espiritual”. Con otras palabras, está coincidiendo, en cierto modo, con el físico D. Bohm y sus conceptos de Orden Implicado y Orden Explicado (o desplegado) (1980) o con los conceptos de Arquetipos de C.G Jung (1916) o con la Conciencia Cósmica de M. Rojo Sierra (1999) o la Inteligencia Espiritual de Francesc Torralba (2011).

Refiere nuestro autor con el concepto de Hiperia que hay muchos estados psíquicos “no normales pero frecuentes” que en determinadas personas o culturas no son patológicos. Si bien aclara: “si es hiperia no es enfermedad y si es enfermedad no es hiperia”.

Así, podemos referirnos a los estados de conciencia que aparecieron en San Juan de la Cruz, en Dostoievski (que era epiléptico) y en múltiples grandes filósofos y creadores de la humanidad. También tengamos en cuenta que en un estudio sobre personas “sanas” en 7.717 hombres el 7,8% habían experimentado alucinaciones y en 7.599 mujeres fue el 12%, aunque muchas personas no lo dicen para que no las consideren “locas”.

Igualmente, la cultura influye de tal manera que el “sentido” de las alucinaciones es también moldeado. Se han comparado las alucinaciones auditivas en tres culturas diferentes; en el trabajo de T. M. Luhrmann (2015) un antropólogo y varios psiquiatras entrevistaron a participantes de EE. UU, India y Ghana. Cada muestra se componía de 20 personas que escuchaban voces y cumplían con los criterios de esquizofrenia si tenemos en cuenta la experiencia de escuchar voces. Los participantes en EE.UU se mostraron más propensos a usar etiquetas diagnósticas y señalar ideas violentas, mientras que los de la India y Ghana se mostraron más propensos a vivenciar relaciones ricas con sus voces y menos propensos a describirlas como indicativas de una violación mental. El ser humano es absolutamente neurocultural.

Las dos críticas más importantes, a mi entender, que hace J. Álvarez a la situación de la psiquiatría actual hacen referencia, en primer lugar, a la identificación de la naturaleza de enfermedad psiquiátrica y su explicación solamente en base a los neurotransmisores cerebrales (explicación bioquímica) y en segundo lugar a las clasificaciones internacionales, especialmente al DSM.

Con respecto a la bioquímica cerebral en las enfermedades psiquiátricas señala que “decir que el trastorno bipolar y la esquizofrenia son el resultado de una alteración bioquímica del cerebro (neurotransmisores) viene seguido y completado con otro mensaje falaz: disponemos de medicamentos específicos para mantener controlado el desequilibrio de la neurotransmisión”. La verdad, señala, es que de la neutransmisión neuronal y de cómo funcionan e interaccionan los miles de neurotransmisores que existen conocemos poco (evidentemente muchísimo más que hace 100 años). Apenas sabemos -señala- como se comportan una veintena de neutrotransmisores en algunas áreas cerebrales, y los fármacos que se recetan para esos trastornos de específicos no tienen nada.

En esto coincido con el autor de referencia. Quizá cuando miren dentro de 50 o 100 años lo que hacemos con los medicamentos en general, en medicina, y con los psicofármacos en particular, pueden que nos vean como “elefantes entrando en una cacharrería”. Esto posiblemente será cierto. Pero no olvidemos que cuando no había psicofármacos la situación de los enfermos psiquiátricos era desastrosa y muy lamentable y que  gracias a los psicofármacos tenemos múltiples opciones de tratar a los pacientes que no existían hace tan solo 100 años. Ya decía K. Jaspers que a principios de siglo XX apenas podíamos hacer con muchos pacientes psiquiátricos más que cuidarlos de las enfermedades comunes.

En relación con las clasificaciones internacionales, especialmente el DSM, se han ampliado tanto las categorías que en 2005 afirmaba Kessler como “la mitad de los americanos reúnen los criterios del DSM-IV para ser diagnosticados de un trastorno psiquiátrico” y se lamenta J. Álvarez de que “El DSM junto a la falacia neurotransmisora constituyen desde hace 40 años la base fundamental de la formación que reciben los Médicos Residentes que se están formando para ser psiquiatras”.

Y, ciertamente, como señala Enrique Echeburúa (2014): “No deja de ser significativo, por ejemplo, que la primera edición del DSM en 1952 contenía 106 trastornos mentales y que la actual (DSM-5, 2013) recoja 216.[3]

Con cada nueva edición los posibles trastornos mentales siempre aumentan, pero nunca se reducen. No parece razonable pensar que en el plazo de 60 años los trastornos mentales se hayan multiplicado por dos. ¿Cómo pueden aparecer más de 200 enfermedades nuevas en psiquiatría en tan solo 61 años? En Estados Unidos hay más de 4 millones de niños o adolescentes diagnosticados de TDAH ¿y cuantos de ellos toman anfetaminas que se considera tratamiento adecuado? No vamos a criticar el tratamiento, pero sigue la discusión, a día de hoy, si hay un sobre-diagnóstico de esta enfermedad (para unos) o un infra-diagnóstico (para otros) lo cual evidencia la dificultad de diagnosticarla claramente.

Hay, para terminar, algo en lo que estoy completamente de acuerdo con J. Álvarez, y es el tiempo necesario que hay que dedicar a los pacientes psiquiátricos. Señala este autor (2019) como afortunadamente hay profesionales que consideran muy importante y necesario dedicar tiempo suficiente a escuchar las dificultades de sus pacientes.

Este aspecto me ha preocupado sobremanera y he señalado en múltiples artículos y libros desde 2008 que nuestra experiencia en la psiquiatría diaria nos muestra que dedicándole el tiempo suficiente al acto médico podemos llegar a facilitar que el paciente “entienda” su enfermedad y cómo se ha conformado su estado actual. Uno de los problemas de la sobremedicación de la vida viene dado porque no hacemos un diagnostico individual de cada paciente integrándolo en su totalidad biográfica. Pero para eso ya no tendríamos que hablar de “trastornos” (ese horrible palabro, me dijo en una ocasión el Prof. Valentín Conde) sino de enfermedades. Y eso significa algo muy importante: tener que dedicar más tiempo a cada paciente para hacer un diagnóstico individualizado no solo de su clínica y su evolución sino del sentido biográfico que la enfermedad tiene en él. Tiempo de dedicación al paciente… otro gran problema en esta sociedad tecnotrópica y acelerada

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Ciertamente, desde hace muchos años se habla de la “crisis” de la psiquiatría. La psiquiatría, como la sociedad, siempre está en crisis porque está en evolución constante, pues tanto una como la otra se refieren a lo más profundo del ser humano. La obra de J. Álvarez nos ha servido para actualizar el problema de la sobremedicación, de los diagnósticos psiquiátricos y del tiempo de dedicación al paciente y así mismo que la enfermedad psiquiátrica no es “solo” neurobiología alterada.

 Pero no queramos volver a hace 100 años o a los tiempos en que la antipsiquiatría hacía sociopolítica de la enfermedad psiquiátrica y que gracias a los avances en los conocimientos de la neurotransmisión pudo prácticamente hacer desaparecer esa corriente “anti” pues la enfermedad no es solo cuestión de filosofía del alma o de la sociedad. Como bien dice K. Jaspers (1949): “si bien la práctica del médico psiquiatra abarca territorios que rebasan el puro conocer científico… [no obstante] sin la ciencia hoy no cabe moverse en el plano de la verdad. Perdida la ciencia, crecen los escrúpulos, la media luz, los sentimientos oscuramente edificantes y las resoluciones fanáticas de una obstinada ceguera”.[4]

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[1] J. Álvarez. Una Nueva Psiquiatría. Edita Javier Álvarez 2019.

[2] Las referencias a nuevos odres para vino añejo la hago parafraseando el libro de Julián Huxley “Nuevos odres para vino nuevo”

[3] Enrique Echeburúa, Karmele Salaberría y Marisol Cruz-Sáez. Aportaciones y Limitaciones del DSM-5 desde la Psicología Clínica. Ter. Psicol. vol.32 no.1 Santiago abr. 2014

[4] Karl Jaspers. La Filosofía. Edita Fondo de Cultura Económica, México 1957 (primera edición alemana 1949).

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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