NUESTRO LENGUAJE CULTURAL


“Latín Lovers”

Juan Rojo  Moreno

         Hablar no es solo una cuestión de palabras, lo que decimos está impregnado de nuestra cultura, los sentidos subliminales y sus orígenes. Por esto es tan difícil aprender como un nativo otro idioma si no hay una inmersión realmente cultural, por los giros y por las formas de utilizar el lenguaje no verbal “idiomático”.

Que el lenguaje es más que palabras ya lo dice K. Jaspers, tal como ocurre entre dos muy buenos amigos en los que el lenguaje íntimo que les ha sintonizado es el que emana de lo original de cada uno, de sus “existencias”.[1]

Pero en el mismo origen del lenguaje ya está la facilidad de comunicarnos y en este sentido Emilio del Rio en su obra Latín Lovers nos acerca a entender nuestra comunicación intracultural.[2]

Porque nuestro origen idiomático desde el latín o el griego llega a lugares lejanos. Así señala nuestro autor cómo hablar del Brexit que parece que es una palabra inglesa realmente es originaria latina pues Britannia  es como llamaron los romanos a la isla y Exit proviene de Éxitum que también es latín.

En nuestra cultura  (y en la oriental) se toma cerdo como un manjar y esta palabra viene del latín saeta que significa  pelo áspero, fuerte, grueso, de donde tenemos la palabra cerda, por ejemplo las de una brocha. El jamón es la pata de cerdo (viene del latín a través del francés) y también hablamos del pernil (aún se usa en Cataluña) que viene del latín perna que significa pierna (de los animales)

¿Tiene nuestro congreso la “cámara baja y la cámara alta” los techos abovedados? Si no es así deberían tenerlos pues la raíz latina camba viene de Kamb que en griego significa “curva” y nos lleva a la palabra griega Kamára “techumbre abovedada”.

En nuestra cultura (y en la oriental) el silencio es una forma de lenguaje, como dice Francesc Torralba: La práctica de la soledad, el gusto por el silencio, la contemplación, el ejercicio de filosofar, captar lo espiritual en el arte, saber no hacer nada (como actividad), la meditación y la solidaridad.[3] Y además del silencio, en la otra cara de la misma moneda, está el constante preguntar propio de nuestro instinto epistemológico (como decía M. Klein respecto a la curiosidad de los niños) y como señala P. Laín: “La pregunta es la expresión racional del proyecto; el proyecto es el fundamento vital o existencial de la pregunta”.

Vamos alternando del latín a la pregunta y al silencio, pero eso es lo que marca nuestro “carácter” cultural, nuestra razón histórica que señalaba Ortega.

Hoy la sociedad se encuentra terremotizada, los valores cambian en pocas décadas y parece que “el mundo” en general tome decisiones al (buen) tuntún. Y creo que es de lo más cierto en su significado literal como señala Emilio del Rio “es hacer las cosas sin reflexión y viene del latín litúrgico de unos salmos que se citaban en misa: `Ad vultum tuum deprecabantur omnes plebis´ y los practicantes que no entendían latín derivaron de `ad vultum tuum´, tuntún o buen tuntún aunque no tenga ninguna relación”.

Pareciera absurdo lo anterior y que ahora sí que todos entendemos lo que los “expertos” en tecnología en las redes, en la política… lo que los expertos sociales y económicos nos dicen y nos manejan, pero como señala  A. Toffler: Ahora estamos retrocediendo de nuevo hacia un sistema global más heterogéneo en un mundo rápidamente cambiante y repleto de alta tecnología y comunicación instantánea… en el que un inmenso salto nos lleva hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo (la tecnología hacia adelante, los separacionismos, la disgregación, la desconfianza, los fanatismos, hacia atrás).[4]

Y realmente necesitamos cada vez más argumentos (que no argucias que es lo que más hay) y menos eslóganes que también es de lo que más hay. Esto lo explica muy bien Emilio del Rio: El verbo arguo, argúere da en español argüir, es “demostrar, probar, dejar claro”, literalmente sacar brillo a una idea. Argumentar es sacar brillo a las ideas, hacer que brille el pensamiento. Es preciosa esta etimología, señala, porque lo que necesitamos son más argumentos, es decir “hacer brillar las ideas” y menos eslóganes. ¿Por qué? Porque eslogan viene del celta y significa “grito de guerra”: no hay nada detrás de un eslogan y siempre es preferible hacer brillar una idea que un grito de guerra. Del mismo verbo argúere tenemos en latín argútia, en castellano argucia, un argumento falso presentado con agudeza, con brillantez.

Miremos a nuestro alrededor y hagamos un balance de cuanto predominan los argumentos, los eslóganes o las argucias en este mundo de la comunicación y mediatización.

El feminismo tampoco escapa de su origen latino. ¿Qué significa feliz? comenta nuestro autor de referencia, Felix viene de la raíz indoeuropea que aparece en el griego *thlé que significa “teta”. La raíz es*dhe y significa “mamar, chupar” y a partir de esta raíz tenemos fémina que significa originariamente `la que amamanta´ y después cualquier mujer, y de fémina tenemos hembra (igual que fáminen da hambre). Junto a hembra tenemos los derivados cultos feminismo y femenino (que aparece en el español en 1438 y señala Del Rio: está tomado directamente del latín feminus y significa propio de la hembra).

La felicidad por lo tanto está etimológicamente unida a lo femenino, a mamar, “es lo que siente un bebé, una criatura, cuando mama”.

El lenguaje es culturalmente tan importante, como se puede ver en el caso de Helen Keller una niña que quedó completamente ciega y sorda desde los 19 meses de edad entrando en un estado autista, rehusando ser acariciada, no habiendo forma de conseguir su afecto o su simpatía. A partir de los 7 años inició un programa de enseñanza (con su maestra Anne Sullivan) consiguiendo con signos táctiles y alfabéticos llegar no solo a entender conceptos a partir de símbolos, como el agua, y posteriormente muchos más, sino que escribió varios libros y se desarrolló intelectual y afectivamente normal, con extraordinarias capacidades en el uso de la lengua y la cultura. Diríamos, con Bartra,[5] que consiguió conectar con los símbolos y estructuras socioculturales que hasta la edad de 7 años le estaban vedados. Por eso dice ella sobre sí misma que antes de conocer el lenguaje era una “no persona”, un Fantasma.

Porque el lenguaje, con las raíces simbólicas y estructurales que conlleva, señala el neurocientífico Robert Wilson (2004), a semejanza de Bartra, supone una conciencia como un proceso que se encuentra sostenido por un andamiaje ambiental y cultural externo y encarnado en un cuerpo por lo tanto empotrado en un medio ambiente. Bartra amplia la idea en el sentido que considera que el andamiaje ambiental y cultural externo es fundamentalmente un sistema simbólico que compensa incapacidades del sistema cerebral.

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         La obra de Emilio del Rio “Latín Lovers” que nos ha servido de referencia es muy interesante, amena y emocionante. Nos muestra nuestra magnífica herencia y evolución desde pilares sólidos latinos y griegos, que a veces nos olvidamos, en esta época de terremotismo cultural. Para comprender algo humano personal o colectivo -señala Ortega- es preciso contar una historia. Este hombre, esta nación, hace tal o cual cosa y es así porque antes hizo tal otra y fue de tal otro modo. La vida solo se vuelve algo transparente ante la razón histórica.[6]

Y en este sentido también apunta Julian Marías: “Los hombres occidentales han caído en la cuenta de esa fugacidad y aceleración de la vida histórica, el presente se desvanece, se adelgaza hasta convertirse en el instante. No hay donde poner pie; el hombre siente que flota en lo movible. Además no tienes escape, es inútil volver a tierra firme, porque estamos irremediablemente en medio del agua: estamos historizados. Y esta situación no podemos refutarla, no podemos más que aceptar la situación e intentar dar razón de ella y por ello en estos años la razón ha de ser razón histórica”.[7]

Pero si bien ahora el status sociocultural es muy cambiante e impredecible, no obstante, eso no quita que olvidemos “al tuntún” nuestro lenguaje cultural que no es solo cuestión de idioma, sino que es un existencial.

Y es que saber sobre nuestro lenguaje cultural es algo  más que tener buen gusto. Como señala Del Rio: Sápere significa tener gusto, distinguir, percibir por el gusto `tener buen gusto´. El sabio no es el que tiene muchos conocimientos, eso es un erudito, sino el que los tiene y tiene criterio para distinguir.

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[1] Karl Jaspers. Filosofía. Tomo I. Ediciones de la Universidad de Puerto Rico. Revista de Occidente, Madrid, 1959.

[2] Emilio del Rio. Latín Lovers. La lengua que hablamos (aunque no nos demos cuenta). Editorial Planeta, 2019.

[3] Francesc Torralba. Inteligencia Espiritual. Editorial Plataforma. 4ª edición, 2011.

[4] Alvin. Toffler. El cambio de poder. Powershift. Conocimientos, bienestar y violencia en el umbral del siglo XXI. Plaza y Janes editores, 1990.

[5] Roger Bartra. Antropología del cerebro. La conciencia y los sistemas simbólicos. Editorial Pre-textos 2006.

[6] José Ortega y Gasset.  Historia como sistema y otros ensayos de filosofía. Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1941.

[7] Julián Marías. El método histórico de las generaciones. Edita Selecta de Revista de Occidente, 1967 (2ª Ed).

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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