LA MUERTE DE LA FAMILIA Y SU RESURRECCIÓN


Antipsiquiatría, paternidad y terapéutica

Juan Rojo Moreno

         El psiquiatra David Cooper escribió en 1971 el libro “la muerte de la familia”, perteneciente a la línea antipsiquiátrica y antisistema propia de la época que él y R.D. Laing representaron.[1] 

Más de 45 años después su obra nos sirve de referencia, aunque como es lógico algunas de sus suposiciones ya se han visto aguadas. Lo interesante, y que nos va a servir como cifra de referencia, no es solo su alegato contra la familia y el sistema, o sus esperanzas, exponiendo que frente a la “normalidad” está en el otro polo la salud y la locura o que en Cuba esperan abolir el dinero en diez años y todo el mundo podrá entrar en comercios y coger lo que necesite, sin pagar o tomar trenes y autobuses para viajar a cualquier parte sin comprar billetes…

Lo que más nos interesa son, quizá, las concepciones que mantuvo hace tanto tiempo y que ahora desde otra perspectiva (pero siendo la misma vasija) se plantean de nuevo. Nos interesa la concepción en sí, no la ideologización de la misma.

Ya adelantó Cooper el problema del significado de los roles familiares. “Palabras familiares” como padre o madre, hacen surgir una serie de connotaciones biológicas, de protección primaria, un papel social y una determinada realidad legal que pueden ser asumidas por otras personas: “ya no es necesario ni el padre ni la madre sino solo la maternidad y la paternidad”. Hoy en día la realidad social de la adopción, de la germinación mediante inseminación artificial o in vitro, del embarazo subrogado y con la legalización como “padres” de parejas o matrimonios del mismo sexo, todo esto da vigencia al anterior aserto de Cooper. [2]

Un niño podría tener hasta 5 o 6 “padres” si unimos las diferentes variables posibles.

Para nuestro autor, el fondo de la relación social es el clásico de la filosofía antigua,  de la moderna y de la religión cristiana: para amar a los demás es necesario amarse primero a sí mismo. No es posible la verdadera alteridad sin haber superado el egocentrismo. En ese sentido nombremos al menos a Dilthey, Jaspers y a Sartre. El primero señala cómo  la comprensión del sí mismo es previa y necesaria para la comprensión de la conexión histórica, y para toda la compresión del otro en general.[3] K. Jaspers, por su parte señala que Yo llego a ser mí mismo por el hecho de que en la reveladora contienda también el Otro llega a ser sí mismo. Yo sólo soy en comunicación con el otro. Si el otro no es en su hacer autónomamente él mismo, tampoco lo soy yo. La sumisión de obediencia del otro no me deja encontrarme a mí mismo.[4]

Sartre (1956) señala así mismo cómo en el momento que el otro existe, el mundo se me da como examinado, por lo que la presencia del otro tiene la función de revelar complejos de sentido que están ya dados.

Y en esta misma línea Cooper indica “para ser capaces de amar a otros hay que amarse suficientemente a uno mismo. Para poder amar a otro de sexo distinto, hay que amar `lo bastante´ a alguien del mismo”.

La terapéutica (therapeia) en unas de sus acepciones significa “servir” al otro, por lo que el servicio es esencial en la terapia.

Si unimos su idea de otredad y de terapéutica se comprende la propuesta que hizo en 1968 para una región de Cuba según la cual cualquiera que adoptara una actitud no habitual (por ejemplo que se quitara la ropa y se sentara en medio de la calle) debería ser acogido en casa de cualquier vecino de la localidad y sencillamente cuidado por personas que pudieran quedarse con él… así tendríamos la esperanza de evitar todo tipo de tratamiento psiquiátrico de las personas durante cinco años, atendiendo a la gente sin hospitalización.

Decía el Dr. Miguel Gutiérrez Fraile que la psiquiatría ha tenido el dudoso honor de ser la única especialidad médica con un movimiento anti (anti-especialidad) (aquí). No existe ninguna anti-pediatría o anti-oftalmología, etc., Yo no estoy del todo de acuerdo con esto. Creo que la antipsiquiátrica hizo mucho más fuerte a la psiquiatría y la obligó a reformarse con conocimientos, fundamentalmente biológicos y neurobioquímicos, que han hecho prácticamente desaparecer esta corriente anti-, que ahora solo se manifiesta por grupos más o menos ideologizados pero sin capacidad de hacer un verdadero contraste a la evolución positiva de nuestra especialidad. No obstante, la antipsiquiatría obligó no solo a conocer aceleradamente la psiquiatría biológica y sus ramas sino también a tener en cuenta la individualidad del paciente, el desarrollo de la psiquiatría comunitaria, los tratamientos sistémicos, etc. Yo no veo dudoso el honor; creo que gracias a la antipsiquiatría nuestra especialidad ha crecido hacia un parangón que otras ramas no han hecho. Y en su evolución la familia no ha muerto, ha resucitado y cada vez más se tienen en cuenta las influencias de la Expresión Emocional de los familiares, el rol de cada uno de ellos y su inferencia en la enfermedad, y el sentido que ésta impone a toda la dinámica familiar. La familia, la religión, el sexo son, entre otros muchos factores, variables que se han demostrado protectoras y minimizadoras de la vulnerabilidad a enfermar y mejoradoras de la evolución de ciertos procesos patológicos, como, por ejemplo, es favorecedor el estar casado, tener pareja, tener apoyos y confidentes…

Tras superar, de hecho, la psiquiatría a su anti-, ha evolucionado -y lo está haciendo- en cuanto que desarrolla perspectivas genéticas, pero al mismo tiempo, a la vez, perspectivas sociales e individuales. Las aportaciones de la antipsiquiatría han obligado a espolear, más si cabe, a la misma psiquiatría para integrar a su opuesto, pero realmente no ha renunciado a conformarse con el mismo. Ahí está y estará su verdadera evolución. La psiquiatría cada vez intenta nuevas propuestas para sanar al enfermo, misión de todo médico; la antipsiquiatría que ha quedado, o sus restos, solo está en el no y el contra. Y realmente para ser anti algo es necesario, primero que nada, ser ese algo de lo que luego nos haremos anti-. Esa postura es la que da, para empezar, las bases de conocimiento.

La antipsiquiatría desencorsetó a la psiquiatría y ha influido en el hoy en día gracias al heterocliticismo de nuestra especialidad (que se nutre de otras muchas ciencias afines), por el que nos comunicamos vivamente entre psiquiatras que, por ejemplo, acentúan más el campo psicodinámico, o el biológico, o el fenomenológico, el psicopatológico, el social, o el sistémico etc. Y seguimos siendo todos psiquiatras en comunicación viva. Ahora la formación psiquiátrica puede matizarse de muchas maneras y ya no es válida aquella concepción de Cooper cuando dijo que los psiquiatras “debido a la preparación que han recibido tienden a convertirse en hombres idénticos vestidos con los mismos trajes a rayas, con las mismas expresiones de cordialidad, con el mismo torniquete en torno a sus cuellos…”.

Quizá, gracias a la antipsiquiatría también se abrió la facilidad a impregnarnos de interdisciplinariedad en nuestra formación mejorando cualitativamente nuestra especialidad. No, bien seguro estoy que no es dudoso el honor de que nuestra especialidad haya tenido en su historia una antipsiquiatría con pensadores como Cooper y Laing.

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No es posible comprender esta obra de Cooper sin leer en su última página la Dedicatoria, en la que dice: “mientras terminaba este libro `contra la familia´ pasé por una profunda crisis espiritual y corporal que equivalió a la experiencia renovadora de muerte y renacimiento de que he hablado en estas páginas. Quienes estuvieron conmigo y me cuidaron durante la peor parte de esa crisis con solicitud y dedicación inmensas fueron mi hermano Peter y mi cuñada Carol, con sus hijitas. Precisamente como debería hacerlo una autentica familia”.

Cooper en su libro mata a la familia y en la última página la resucita. Y creo que en el siglo XXI una vez más y con un sentido diferente al que tendría en los siglos XIX y anteriores, la familia sigue viva; pero si ha resucitado en este trasiego habrá que conocer qué es ahora “una familia” y que es “un familiar”. No servirán los antiguos armazones de madera para los actuales barcos. Al fin y al cabo tendremos que identificar los nuevos odres para un vino viejo.

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[1] David Cooper. La muerte de la familia. Primera edición inglesa 1971. Editorial Ariel, Barcelona, 1976. En internet en Pdf, edición de 1986, aquí

[2] Cooper en su lenguaje directo expresa esta variable diciendo: limitarme a subrayar la vacuidad y el peligro que encierra el fetiche de la consanguinidad. La sangre es más espesa que el agua únicamente en el sentido de que es el torrente vivificante de una indudable estupidez social.

Hemos de tener en cuenta cuándo escribe esto Cooper (1971) y en qué estructura social (civilizada) lo escribe. Quien tenga interés puede conocer el sentido protector familiar de la consanguineidad en la antigüedad (hasta hace pocos siglos). ¿Aún hoy en día existe algo de esto? Depende de qué cultura social refiramos.

[3] Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental. Luis Martín Santos. Editorial Paz Montalvo, 1955)

[4] Karl Jaspers. Filosofía Tomo I. Ediciones de la Universidad de Puerto Rico. Revista de Occidente, Madrid, 1959

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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