LA SINCRONICIDAD


Nivel desplegado, cuántico e inteligencia objetiva

Juan Rojo Moreno

                   Releer un libro pasados unos años tiene en cierto modo su gracia pues compruebas como han cambiado tus intereses, sobre todo cuando tienes la costumbre de subrayarlo. Podemos leer muchos libros dos o más veces a lo largo de nuestra vida y en esta ocasión nos reencontramos con el Libro de F. David Peat “Sincronicidad”.[1]

A estas alturas que ya he escrito sobre temas parecidos coincido con la mayoría de los postulados que en esta obra se expresan y aunque su primera edición en inglés es de 1987, la línea filosófica y científica sigue siendo plenamente vigente en la actualidad. Como ya he comentado alguna vez, los físicos -David Peat lo es- son quizá los más creativos filósofos de nuestros tiempos.

La teoría cuántica ha sido el soporte que nos obliga a cambiar la comprensión de lo que entendemos por naturaleza y realidad, pues partimos del principio de que no podemos observar sin ser participantes (todo lo observado se modifica por el mero hecho de ser observado) “el universo es un universo de participación”.

Pero a pesar de esto y de que China ya ha enviado al espacio el primer “satélite cuántico”, seguimos funcionando en nuestro mundo cotidiano como si la realidad fuese tal como nos la muestra la física clásica “y sugiere que cada situación adversa de la vida se puede analizar como una `problema´ aislado con una solución o método correspondiente”.

Lo que ocurre es que en medio de esta vida más o menos organizada y mecanicista aparecen una serie de sucesos y momentos que son completamente inexplicables o que superan la simple casualidad.

Un primer elemento importante en la sincronicidad es que el suceso tiene un significado especial para quien  lo vivencia. Estamos en el rio viendo unas truchas y pensamos en un familiar con el que hemos pasado, hace años, temporadas en ese rio también atendiendo a estos peces. Comentamos con nuestro acompañante que nuestro familiar gozaría de ver estas truchas  y en ese momento te llama el familiar que está a cientos de kilómetros de distancia. Puede ser una coincidencia, pero lo vivencias con una relación que tiene para ti significado. Todo se ha unido en un segundo. Se ha producido una “casualidad” sincronística. Es decir una simultaneidad a-causal: “las sincronicidades actúan como espejo de los procesos internos de la mente y toman la forma de manifestaciones exteriores de transformaciones interiores, dotadas fuertemente de significado”. C. Jung definió la sincronicidad como la “coincidencia en el tiempo de dos o más sucesos no relacionados causalmente que tienen el mismo significado”.

¿Conectamos con algún sentido significativo más allá del mundo natural mecánico?

Veamos que incluso dentro del mundo cuántico se producen movimientos acausales. Así W. Pauli propuso que a nivel cuántico toda la naturaleza entabla una danza abstracta. Unas partículas (electrones, protones, neutrones, neutrinos…) forman un grupo que entablan una danza asimétrica, mientras que otro grupo (mesones, fotones) entablan una danza simétrica. En el primer caso se mantienen siempre las partículas con la misma energía apartadas las unas de las otras. Esta separación o exclusión de las partículas no se origina por ninguna fuerza que actúe sobre ellas sino que se origina en la antigeometría del movimiento abstracto de las partículas como conjunto. Este descubrimiento de Pauli significa la existencia de un patrón abstracto que se oculta detrás de la materia atómica y que determina su movimiento de un modo acausal.

La sincronicidad implica “una conjunción de lo individual y lo global, y surge de algún principio más profundo que une los elementos en un patrón fundamental” (y el principio de extinción de Pauli muestra como hay un “principio conector acausal” que no está presente en ningún lugar concreto sino en la globalidad).

Un segundo aspecto importante de la sincronicidad es el significado (relación de las parte con el todo) que patentiza la conexión entre distintos niveles de la materia.

La frecuencia de sincronicidades es mayor cuando la persona se encuentra en circunstancias especiales de su vida, nacimientos, problemas personales, cambios profesionales… “es como si esta reestructuración interna produjese resonancias externas o como si una explosión de energía mental se propagase hacia fuera en el mundo físico”.

Para entender la acausalidad hay que tener en cuenta que al investigar la causalidad “en condiciones límites” se ha descubierto que “todo causa todo lo demás”. El universo está en un baño constante de cambios frecuente y “cada volumen de espacio nada en un baño fluctuante de radiación, partículas entrantes, gravedad… la naturaleza es algo parecido a un bailarín de ballet, pues el significado de sus gestos está contenido en el movimiento total” por lo que no nos podemos nunca aislar completamente de la influencia del todo. La causalidad es una idealización. Los conceptos de flujo total y campo total son necesarios para entender los sistemas. Y así la teoría de Hamilton-Jacobi considera que el mundo se compone de ondas de interacción de modo que el movimiento surge del funcionamiento complejo total de estas ondas: “en un océano, la aparición de cualquier ola no es tanto un fenómeno `mecánico’ como la expresión total de olas pequeñas que vienen de todas partes del océano”.

La causalidad y la sincronicidad no son contradictorias sino percepciones dobles de la misma realidad fundamental, señala David Peat.[2]

Y los consecuentes descubrimientos apuntan en este sentido. Así por ejemplo el descubrimiento por Ilya Prigogine de que al llegar a un punto crítico un sistema que se encuentra en absoluto caos, entonces, hay un cambio en el caos existente surgiendo y creándose un nuevo orden. Es para Ilya Prigogine “un cambio espectacular” (por ejemplo, el orden que aparece en el agua que hemos estado calentado progresivamente, cuando empieza la ebullición). Surge “el significado” del comportamiento caótico y esto supone, señala David Peat, que cada nueva estructura es expresión de un todo más amplio “que podría implicar al universo entero”.

Porque por el significado (la relación de la parte con el todo) los distintos niveles que entendemos de la materia han de estar conectados.[3]

Así: Un primer nivel (que tomamos como referencia)  es el de la apariencia cotidiana de la materia, el mundo físico habitual, sobre el que el observador actúa de forma imparcial (llamémosle nivel “clásico”).

Debajo de este nivel se encuentran los procesos cuánticos (segundo nivel): simetrías y principios de ordenamiento. En este nivel ya no podemos aprender directamente de sus elementos. Por ejemplo, no podemos ver el electrón, el protón o el neutrino sino que se deducen por sus huellas y referencias matemáticas y físicas.

Debajo del nivel cuántico hay indicios de un tercer nivel, no material, de simetría y orden.

Además cada nivel ha de estar coparticipando de los otros niveles. Así el nivel cuántico depende del nivel clásico para sus definiciones y para cualquier medición que se realice “por lo que los niveles `superiores´ condicionan a los inferiores que pueden contener inesperadas y nuevas formas de comportamiento”. Y los niveles cuánticos influyen decisivamente en los niveles superiores.

Paralelamente tenemos una sinonimia con la mente: Tenemos un primer nivel con la  conciencia (con la estructura cerebral, orgánica y metabólica). Cuando exploramos más allá de este nivel entramos  en lo que denominó C. Jung el inconsciente colectivo (segundo nivel) que ya no está reglado por la lógica o los referentes personales o biológicos sino que es “objetivo” al pertenecer a toda la humanidad y se manifiesta por significados simbólicos y, tal como comentábamos con el electrón, el protón o el neutrino, los contenidos del inconsciente colectivo no se pueden ver directamente sino a través de sus huellas que aparecen en mitos, sueños, fantasías, arte, etc. Y, luego, al igual que el tercer nivel que hemos comentado antes, se plantea David Peat si debajo del nivel de inconsciente colectivo no habrá simplemente “materia de la mente” sino un tercer nivel que va más allá de la mente; nivel en el que ya no se aplicaría la división entre mente y materia (es lo que denomina inteligencia objetiva). Así como los niveles más profundos de la materia están íntimamente conectados con los superiores, hay que entender que las regiones más profundas del inconsciente colectivo dependen hasta cierto punto de la actividad consciente y están condicionados por ella, y también por la sociedad y cultura (nuestra conciencia no solo está en el cerebro sino en el mundo y en la neurocultura).

Por isomorfismo de los dos aspectos antes mencionados podemos entender que como todo es unitivo, el Primer Nivel, consciente, social, cerebral, metabólico, corporal y cultural, desde la referencia mecanicista (clásica) y de las “grandes concepciones” actúa influyendo (conformando) el nivel cuántico y al inconsciente colectivo (Segundo Nivel) y este al Tercer Nivel: “a la conciencia le es posible actuar sobre el inconsciente colectivo y cambiarlo a través de percepciones, penetraciones (insights) y reflexiones. La inspiración fluye en la mente de un artista desde sus profundidades colectivas y a la luz de la conciencia este material se moldea y se trabaja. Transformado en mármol, pintura, lenguaje o danza se convierte en un acto del mundo exterior que también podrá actuar, modificar o añadir, en el inconsciente colectivo oculto”. Pero también hay coparticipación entre cada uno de los niveles “inferiores”, entre ellos, y sobre el nivel desplegado y explicitado (en un amplio sentido pues incluyo cultura y sociedad). Sobre el Segundo o Tercer Nivel ha de influir el nivel cósmico y, por la misma correspondencia unitiva, de alguna manera la unidad del “nosotros” también ha de tener su influencia (coparticipación) activa cósmica.

Como señala David Peat “en lugar de reducirse la naturaleza a lo material, el concepto de la materia se ha extendido hasta regiones de una intangibilidad infinita”. Y esto no solo es por el descubrimiento de conformaciones subyacentes que dan una nueva visión que supera la clásica mecanicista que se expansionó en los últimos 500 años, sino porque además se ha introducido la variable “significado”, es decir, la realidad de entender con un nuevo fundamento las partes como un todo.

La idea de un campo activo de información “que se revela en las estructuras de la naturaleza y de la materia que tiene infinitos niveles de sutileza, sugiere que el orden integro de la naturaleza puede ser más complejo de lo que se suponía”.

Siguiendo los conceptos del físico David Bohm se llega con otras palabras a la misma conclusión. Este autor considera que el mundo real que vemos es un orden “explicado” pero que en el fondo hay un segundo orden “implicado” que es el que sustenta y origina el primero, externo, que conocemos. Además habría detrás del orden implicado un orden superimplicado capaz de “percibir” los órdenes del mundo y después utilizar esta información de un modo activo. “El nivel material (externo) es percibido por el nivel mental que actúa recíprocamente sobre el desplegamiento del lado material. De este modo la `información activa´ dentro del nivel más profundo cambia constantemente reflejando la dinámica de las relaciones dentro del nivel explicado”. Se establece así un flujo mutuo entre los órdenes mentales y materiales de la naturaleza que son, en un sentido más profundo, esencialmente indivisibles.

Para no alargar aquí más el texto, en nota al pie pongo la explicación que hace David Peat según los cánones de Bohm.[4]

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         Todo nuestro organismo funcionando según un significado: si tenemos una infección no es algo local o solo del sistema inmunológico; hemos de tener en cuenta el significado de la estructura del germen, el significado del patrón de enfermedad. El significado del organismo entero, de cada uno de nosotros, es “su actividad inteligente coordinada durante la buena salud”, por lo que, al entender de David Peat, la enfermedad evoluciona por una degeneración o ruptura del significado y así se entendería que ante situaciones de estrés se hayan descrito mayor número de enfermedades físicas y psíquicas. Pero además entendamos el significado no solo en el organismo y su funcionamiento sino también con la información activa que entre los diferentes niveles se produce.

Solo una última pregunta: si tenemos todo este potencial ¿por qué las sincronicidades no están constantemente en nuestro día a día, y no utilizamos todo nuestro poder creador que proviene de la información activa de los diferentes niveles? La respuesta de David Peat es que en la evolución del hombre éste ha desarrollado un “sí mismo” que se ha aislado más y más de la participación con la naturaleza, un “sí mismo” atrapado en el orden sucesivo del tiempo. Pero esto ya sería otro tema.

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[1] F. David Peat. Sincronicidad (puente entre mente y materia). Editorial Kairós, Barcelona, 1989. Va a ser nuestra obra cifra de referencia. Este libro está en internet en http://www.arteuna.com/talleres/lab/peat-f-david-sincronicidad-puente-entre-mente-y-materia.pdf

[2] David Peat pone un ejemplo con el comportamiento del moho del cieno (Slime molds) y también con el comportamiento de los metales, para señalar la unificación real del mundo cuántico y del mundo “material” externo: En los metales, por ejemplo, los electrones, parte de ellos, están como nube de electrones cuasi-independientes. Si se aumenta la energía, por ejemplo el calor, cuando llega el punto crítico, entonces, el caos electrónico que ha aparecido con ese aumento energético, de repente se transforma en un comportamiento colectivo como un conjunto que se llama “vibraciones del plasma” habiendo a la vez movimientos fortuitos de electrones y participación simultánea. En otras palabras, dentro del movimiento caótico fortuito existe un orden global de modo que la causalidad y el orden se encuentran íntimamente relacionados. Ahora supongamos que se enfría el metal, en ciertos metales al alcanzar una temperatura crítica el comportamiento cambia y desparece toda resistencia eléctrica; el metal se transforma repentinamente en un superconductor. La superconductividad surge de un tipo de orden cooperativo y colectivo: los electrones funcionan de un modo sutil que permite los movimientos cohesivos de la corriente eléctrica, actuando el sistema como un conjunto. Ya, ahora, el resultado es un estado cuántico cohesivo, una  función de onda superconductora que se mide en metros. Hemos pasado de la medición cuántica a la medición de los números “grandes” de la vida cotidiana.

[3] Las conexiones entre los diferentes niveles que se expone a continuación los desarrolla ampliamente y en diferentes capítulos David Peat en nuestra obra de referencia y, aunque resumiéndolos, muchas veces los he extraído literalmente de ahí (creo que por este camino tendremos que avanzar antes o después, pero será un camino obligado en la evolución humana, pues seguimos siendo como una palabra a la que le falta una letra. En este sentido ya escribí en  el artículo sobre Multiculturalismo https://juanrojomoreno.wordpress.com/2016/11/19/multiculturalismo/ )

[4] David Bohm postula un nuevo potencial cuántico que a diferencia de las otras fuerzas de la naturaleza, es sutil de forma y no disminuye con la distancia. La interpretación causal de Bohm sugiere que la materia tiene órdenes y que la información desempeña un papel formativo activo (“información activa”), de modo que una partícula elemental individual está vinculada por medio del potencial cuántico al universo entero. Para él, las partículas elementales surgen de un campo cuántico global y el plegamiento o desplegamiento de este potencial cuántico va a ser guiado o informado por un potencial supercuántico, entendiendo así que la estructura interna de las partículas elementales puede ser de complejidad ilimitada pues son en esencia expresión del universo entero (no hay razón para pensar que en el nivel supercuántico se acaben los niveles de sutileza). Dado que la mente y la materia surgen de un espectro común de orden, es posible extender más este concepto de orden implicado para incluir un segundo orden implicado y sugerir que el movimiento global contiene niveles plegados más profundos y niveles incluso más sutiles de organización. Esto plantea la posibilidad de que la dinámica y estructuración del orden implicado mismo surjan de un segundo orden implicado más profundo. De este modo las formas explicadas de la naturaleza son sostenidas por el movimiento continuo del orden implicado, pero estas formas explicadas proporcionan información al segundo orden implicado que da forma al primer orden implicado. El universo explicado actúa  también siendo parte del contenido de la información activa dentro del segundo orden implicado, que es la fuente de todas las formas explicadas de la naturaleza (y este movimiento de los órdenes implicados y explicados no tiene por qué detenerse en el segundo orden implicado sino que puede extenderse indefinidamente hasta órdenes más profundos e incluso más sutiles). En el caso del cerebro los niveles explicados incluyen los procesos electroquímicos específicos que llevan información y tienen un significado determinado. Los segundos niveles implicados más profundos y otros niveles más allá provocan el desplegamiento de información activa dentro de los procesos nerviosos y pueden alternativamente ser condicionados o informados por ellos. De este modo resulta una serie de niveles entrelazados de significado, información y procesos electroquímicos. Lo material y lo mental, soma y psique, ya no son órdenes distintos de experiencia, sino que se funden dentro de una serie de niveles entrelazados y en su desplegamiento aparecen como “la materia densa” y “la materia sutil”.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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2 respuestas a LA SINCRONICIDAD

  1. Cristina Mayo dijo:

    Por donde empezar profesor? Lo intuimos nos vamos acercando a la comprensión pero nos falta algo! Leer a Jung? Por dónde empezar?
    Un fuerte abrazo

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    • Leer a C. G Jung es un buen principio para entender más sobre esto. Jung tuvo un sueño en el que se veía a sí mismo hablando a la gente y ésta no comprendía nada de lo que decía. Lo interpretó como que debía escribir sobre su psicología en un lenguaje más flexible y accesible. Por esto su último libro que hizo con diferentes colaboradores “El hombre y sus símbolos” se redactó de manera más fácil que muchas de sus obras (y se publicó tras su fallecimiento). También otros autores que escribieron sobre Jung lo hicieron para acercar a la gente su psicología con un mejor lenguaje (como por ejemplo su discípula Jolande Jacobi que ecribió La Psicología de C. G Jung) El primero está en PDF en internet en https://www.academia.edu/9490874/Jung_Carl_Gustav_-_El_Hombre_Y_Sus_Simbolos_PDF y el Segundo en https://psicologosbenidorm.wordpress.com/2015/08/14/jolande-jacobi-la-psicologia-de-carl-g-jung/. Supongo que se podrán comprar por internet para los que prefieren leer sobre libro editado en papel.
      Pero yo preferiría empezar con el libro de M. Rojo Sierra Introducción al pensamiento psicológico de Carlos Gustavo Jung. (Valencia, Promolibro; 1991) que aún se vende en esta editorial Promolibro (hasta agotar existencias) en http://www.promolibro.com/
      A partir de ahí es más fácil comprender este mundo de interconexiones.
      El premio Nobel W. Pauli trabajó con C. G Jung pues creía creía que la sincronicidad hacía posible iniciar un diálogo entre la física y la psicología de un modo que lo subjetivo se introdujera en la física y lo objetivo en la psicología (lo subjetivo y lo objetivo revelarían características distintas del mismo fenómeno fundamental).
      Pero major empezar con Jung
      Un fuerte abrazo Cristina

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