NEUROSIS Y PSICOTERAPIA ANTROPOLÓGICA


(vs. neurosis tecnológica)

Juan Rojo Moreno

         Parece que hablar en estos tiempos de Neurosis en vez de “trastorno” sea una especie de blasfemia, pero  los sistemas de clasificación internacional (CIE-10, DSM-5) han mejorado la fiabilidad de ciertos diagnósticos, para algunos pacientes, aunque han eliminado de un plumazo la consideración individual de la enfermedad. Como señala J. de León el DSM-5 es un callejón sin salida del proceso histórico, iniciado en 1980 con la publicación del DSM-III, que constituye un importante paso en la historia del vocabulario psiquiátrico. Esta terminología posee dos niveles interrelacionados: el nivel de síntomas y el nivel de diagnóstico. Utilizando como alegoría la versión de Walt Disney de la Bella Durmiente, propone J de León que el DSM-III fue el huso de la rueca por el que la psiquiatría europea (la Bella Durmiente) cayó en un profundo sueño. En la actualidad es necesario que despierte y establezca un lenguaje psiquiátrico del siglo XXI para progresar en su desarrollo científico y su utilidad práctica.[1]

El concepto de “Psicoterapia antropológica” fue introducido por Igor Caruso en su obra Psicoanálisis y Síntesis de la Existencia. Aunque no sigamos exactamente el sentido que él le dio, no obstante tenemos que realizar siempre en medicina, y con más intensidad en psiquiatría, una psicoterapia antropológica. Da igual que nuestra orientación sea más biologicista, psicologicista, neurológica o humanista. Tenemos delante un enfermo, un paciente humano que, fuera de tecnicismos, necesita que se le trate como tal, que no se le cosifique (aunque tenga 80 o más años o sea minusválido) y necesita así mismo que cumplamos con nuestra obligación de explicarle, dentro de una mayor o menor estructuración psicoterapéutica, en el contexto de la relación médico paciente, lo que padece y las posibilidades de curación y cómo disminuir las angustias de la incertidumbre que toda enfermedad conlleva.

Porque como señala M. Berta (1999) “la antropología en acción durante la psicoterapia determina el alcance y la dirección de la efectividad terápica”.[2]

Víctor Emil von Gebsattel entra de lleno en estas cuestiones en su obra Imago Hominis: contribuciones a una antropología de la personalidad. [3]

Y una de las primeras cuestiones que plantea von Gebsattel está relacionada con la relación terapeuta-paciente neurótico. El paciente neurótico se caracteriza, podemos decir, porque ha quedado en él fijadas vivencias del pasado que se patentizan  apresándolo y angustiándolo en el día a día.

El problema es que gracias a los magníficos avances de la ciencia y de los métodos técnicos, es fácil desoír el acento antropológico de la relación terapeuta-paciente sin darnos cuenta que la crisis del paciente automáticamente nos hace hacer balance de nuestra posible crisis personal. El psiquiatra tiene que conseguir un equilibrio entre estos 3 puntos fundamentales:

1- Empatía con la crisis personal e histórica del paciente, pero sin sentirse inundado por la misma.

2- Aplicamos esquemas científicos y técnicos sobre enfermedades pero no podemos garantizar los resultados.  La “ciencia” dicta parte de nuestra intervención por lo que en cierta medida no todo depende de nuestra buena voluntad. Esto nos permite cierto “desafecto” ante los resultados.

3- A pesar de los dos puntos anteriores el contacto continuo con crisis vivenciales de pacientes nos pone a prueba constantemente de nuestras propias crisis personales (patentizan nuestra propia crisis vital).  Si hacemos una negación de esto, entonces, nos hacemos fríos y distantes con el paciente y tendemos a cosificarlo. Si exageramos esto, entonces,  nos angustiamos excesivamente en la relación médico-paciente.

Porque cuando estamos en constante contacto con el desarrollo vivencial angustioso del neurótico, o bien puedo estar abierto a la instantaneidad de mi propio proceso (se patentiza), o bien hago una negación del mismo. Lo primero “obliga” al terapeuta a ser más humano por tener que reconocer en sí mismo su incapacidad, su fracaso y su vulnerabilidad.  Lo último se posibilita fácilmente gracias a la técnica farmacológica y/o a la organización estructurada de sesiones psicológicas que permiten salvar al terapeuta de esta situación y que siga confiado en hacer bien el trabajo (aunque, como señala M. Berta, el modelo rígido de tratamiento aplicado por el terapeuta conduce a la formación de una neurosis tecnológica del propio terapeuta: el terapeuta queda atrapado en una técnica y en su filosofía particular, como el neurótico queda atrapado por su fobias, obsesiones, compulsiones y su modo de pensar).

Cuanto más antropólogo es el terapeuta, cuanto más se le pone de manifiesto el fondo de las cosas, tanto más penetra en todo lo que es encubrimiento del paciente y de él mismo.

¿Terapia antropológica o no?

El paciente, debido a su enfermedad, pierde libertad en la proporcionalidad, pero igual le pude ocurrir al terapeuta si abandona la autognosis profesional.

Para el médico, enfermedad y prójimo son una misma cosa, señala von Gebsattel, remarcando que actuar sólo sobre síntomas sería hacer como el veterinario.[4] Pero, a diferencia del animal, el hombre tiene relación consigo mismo y su enfermedad la sufre, se resiste, le impacienta o no la admite: la relación del hombre consigo mismo, que siempre es mediata, también le acompaña en su enfermedad. El “qué” de la enfermedad es una unidad inseparable con la referencia reactiva del propio enfermo, y por esto la medicina siempre es del hombre enfermo y la terapia también: las enfermedades no son, sino que solo es el hombre enfermo.

¿Y La medicina Biográfica y Psicosomática?

Toda neurosis es “existencial”. Todo lo que le ocurre al ser humano es existencial, pero aquí nos vamos a referir a que en las neurosis la biografía ancla una serie de hechos clave que impiden la flexibilidad adaptativa, la flexibilidad que da la proporcionalidad de las cosas en el momento actual. La medicina psicosomática fue un gran avance al considerar las uniones que existían entre acontecimientos psíquicos o biográficos (los denominados acontecimientos vitales) y somatopatías, sobre todo en los órganos que tienen más facilidad de expresión simbólica: digestivo, circulatorio, respiratorio y dermatológico. La concepción psicosomática ha permitido entrar de lleno a las ciencias naturales y al método científico para encontrar correlaciones significativas entre esos dos niveles. No obstante no ha abordado el sentido vital de la enfermedad. Viktor von Weizsäcker, Siebeck y otros autores introdujeron la medicina antropológica para incorporar la unidad del individuo en la comprensión del sentido y el significado que tiene la enfermedad para el ser humano que la padece. Es por lo tanto una concepción biográfica pero incorporando el sentido.

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         El médico en general, el psiquiatra o el terapeuta en particular, puede utilizar métodos para hacer “técnicas” las sesiones y el tratamiento. Y esto no es un inconveniente, siempre y cuando sea un elemento más de su labor personal: él como persona y el paciente como persona. El paciente nunca será por sí una “cosa”, pero el médico, el terapeuta (como mostramos con von Weizsäcker en el pie de página número 4) puede dejarse codificar o en última instancia ser cosificado finalísimamente. Entonces ya no hay relación entre personas sino entre finalidades.

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[1] ¿Es hora de despertar a la Bella Durmiente? En 1980, la psiquiatría europea cayó en un profundo sueño http://apps.elsevier.es/watermark/ctl_servlet?_f=10&pident_articulo=90359705&pident_usuario=0&pcontactid&pident_revista=286&ty=56&accion=L&origen=zonadelectura&web=www.elsevier.es&lan=es&fichero=286v07n04a90359705pdf001.pdf

[2] Mario Berta. ¿Cuál es la mejor psicoterapia? Trabajo presentado en la Sociedad Uruguaya de Ensueño Dirigido e Hipnosis en sesión del 21 de julio de 1999. Imprime El Toboso S.R. L, Montevideo, Uruguay. 32 p, 1999.

[3] Víctor Emil Von Gebsattel. Imago Hominis. Contribuciones a una antropología de la personalidad. Editorial Gredos, Madrid, 1969. Va a ser nuestra obra cifra de referencia.

[4] De Weizsäcker procede la afirmación de que en Núremberg el espíritu de la medicina científico-natural había estado sentado en el banquillo de los acusados. Con esto alude al hecho de que los responsables de estos crímenes extremos no fueron, de ningún modo, personajes considerablemente descarriados, enfermos o anormales. Para explicar este tipo de sucesos no basta hacer recaer el peso de la responsabilidad en los factores estatales y de partido. Más bien se reveló en estos sucesos que los representantes del término medio de la medicina naturalista-positivista no contaban con fuerzas de defensa contra la irrupción dictatorial de poderes ajenos a la medicina que pretendían determinar desde fuera la actividad médica. En el colectivo de la salud habían desaparecido las pautas orientadoras que hubieran debido fijar la norma del comportamiento médico.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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