LA FELICIDAD. FILOSOFÍA DEL SENTIDO COMÚN


Juan Rojo Moreno

         Este ensayo no es profundamente filosófico ni poético ni significativamente erudito.  Al igual que la obra de Bertrand Russell que vamos a tener como  “referencia clave” queremos seguir lo que podríamos definir como Filosofía del Sentido Común.[1]

La felicidad es algo que todos queremos pero que no es fácil de definir más allá de “un momento de felicidad” que lo asociamos con algo concreto. Se ha escrito mucho sobre la felicidad y cómo alcanzarla pero, ciertamente, si miramos al mundo, no la vemos muy a menudo en el día a día.  ¿Es la felicidad el ocio? ¿No trabajar? ¿Trabajar a gusto?… quizá en parte sí pues en el mundo actual tecnológico, rápido y asombroso por los descubrimientos constantes, como dice Bertrand Russell, “se necesita del saber aparentemente “inútil” (“useless”)”. Porque la felicidad es inseparable de la libertad y de la ociosidad (“idleness as happiness”). Tantos son los elementos que pueden influir para alcanzar eso que llamamos felicidad que Russell prefiere titular su libro La Conquista de la Felicidad y por este motivo encara el problema desde el “sentido común”.

¿Cuándo vemos caras que, por lo menos aparentemente, parecen ser felices? No ocurre cuando vamos un día cualquiera por la calle y observamos a la gente acudir rauda al trabajo, con cara de sueño en trasportes públicos, acelerados por llegar tarde a donde sea o simplemente yendo de un lugar a otro. La cara del hombre actual es seria, dura, preocupada.[2] Cuando observamos a jóvenes pre-adolescentes hablando en grupo por la calle detectamos muy frecuentemente que se muestran alegres, sonrientes, ríen, tienen una viveza especial en sus conversaciones. Esto me ha llamado mucho la atención pues cuando observo a no-tan-jóvenes, con aproximadamente 20-23 años ya la expresión de la cara ha cambiado; ya se nota el peso de la responsabilidad vital, el peso de ¿la madurez? No sé si la madurez significa perder esa alegría natural, esa “felicidad” interpersonal que es propia de los más jóvenes. Hemos creado una sociedad seria, dura, preocupada. Llama mucho la atención cuando se viaja a otros países más pobres; no sabemos si son más felices o no, pero su expresión es muchas veces más feliz. ¿Es esto indicativo de que los avances nos hacen serios y menos felices? Evidentemente no.[3] Pero la sociedad moderna tiene una característica, en los países civilizados, y es que nos ha hecho creer que somos capaces de todo. En este sentido señalaba Russell “en  la adolescencia la vida me era odiosa y estaba continuamente al borde del suicidio […] hoy, por el contrario gusto de la vida. Esto es debido en parte, a haber descubierto cuales eran las cosas que deseaba más y en parte es debido también a haberme desprendido felizmente de ciertos deseos que eran esencialmente inasequibles”.

Todo esto nos hace pensar que la felicidad (exceptuando los “momentos” felices) es una batalla continua en la que tenemos que saber por qué batallamos. Por esto Russel habla de la “conquista” de la felicidad. Debemos entender que es una batalla continua inacabable. Cuando se acaba ya estamos muertos física o mentalmente. Y en esta batalla con sus descansos y alegrías fortuitas, hay muchas cosas que podemos considerar.

Una, por ejemplo, es el tiempo, el hecho que no vivamos eternamente. Esto nos acucia a buscar algún tipo de armonía interna-externa que nos dé seguridad, nos haga sentir felices. ¿Si viviese eternamente dejaría de ser feliz, como muestran algunas películas? Nadie tiene la respuesta a eso. ¿Si hubiera nacido en la época romana conseguiría ser feliz en la actualidad? Creo que el problema no está en el tiempo sino en lo que el tiempo hace en nosotros: nos rigidifica, nos quita flexibilidad adaptativa. Pero si consiguiéramos mantenernos con una elevada capacidad de adaptación no solo lógica sino fundamentalmente emocional, creo que se podría seguir en la conquista de la felicidad eternamente.

Otras, por ejemplo, son el éxito y el dinero. No vamos a discutir la bondad de estas variables, pues ambas indican un reconocimiento a un esfuerzo, a un trabajo hecho, y en el caso del dinero una necesidad para la subsistencia. El problema está en que las sociedades modernas han hecho de estos dos parámetros paradigmas casi absolutos de la valía de las personas, por lo que la autoestima y la identificación del sentirse apreciados se centran exclusivamente en ellos. Cuantas y cuantas personas conocemos que han hecho una reducción existencial a estas referencias que más allá de su bondad no son sino unos ingredientes más que ayudan a la felicidad. Como señala Russell “los niños americanos comprenden muy pronto que esto es lo único que cuenta [el éxito financiero] y no se preocupan de la educación que no tenga posibilidades pecuniarias. Hoy en pleno siglo XXI evidentemente esto es aplicable no solo a los niños americanos. El hombre rico, señala nuestro autor de referencia, no lee, o en todo caso lee lo que está de moda que se lea por si le preguntan “qué has leído”.[4] Cuando aparecen Club de libros para recomendar aquellos que deben de leerse, señala Russell, “ningún mes eligen Hamlet o el Rey Lear o han recomendado leer a Dante; no se leen obras maestras sino libros modernos de autores mediocres”.

Una tercera circunstancia que influye mucho en la vivencia de felicidad es el aburrimiento. Nos aburrimos menos que nuestros antepasados pero tenemos más horror al aburrimiento. Tenemos tanto acceso a cosas que nos distraen: la tv, el ordenador, cine, internet, juegos, mensajes instantáneos entre unos y otros (cada vez más y más cosas para distraernos y ocuparnos a menor coste económico), que para muchas personas –y no digamos los jóvenes- es un drama decir “me aburro”. No nos damos cuenta que todo lo grande en la vida tiene su dosis de aburrimiento: incluso el mejor libro tiene un trozo aburrido, incluso los estudios universitarios tienen una parte que no nos gusta y nos “aburre” y, como señala Russell, “todas las grandes vidas tienen trechos desprovistos de interés […] la capacidad para soportar una vida más o menos monótona debiera adquirirse en la niñez, porque una generación que no sea capaz de soportar el tedio será una generación de hombres pequeños, de hombres indebidamente divorciados del proceso lento de la naturaleza” ¿Cuántos jóvenes –y adultos- no leen nada pues prefieren el visionado incesante de la televisión, de todo lo que aporta la amplia gamma multimedia que si no nos gusta en un momento dado podemos con un simple “clic” cambiar, a uno u otro canal, a una u otra frecuencia. El hombre de hoy es serio y con la mente completamente “ocupada” aunque sea pasivamente en lo que ve u oye sin cesar. Y todo esto origina un tipo de cansancio especial, un cansancio mental que no se recupera tan fácilmente sólo con dormir. Por esto Rof Carballo habló del Cansancio de la Vida. “Si yo fuera médico prescribiría vacaciones a todo el que considerase importante el trabajo”, señala Russell. Y ciertamente cuantas personas vemos hoy en día, en esta época turbulenta económica que, al tener trabajo, apenas vacacionan pues no se lo pueden permitir; pero recuerdo en otra época –no hace tantos años- en que había demasiado trabajo e igualmente muchos no tenían vacaciones porque tampoco se lo “podían permitir”, o cómo en un caso que se fue a esquiar con la familia pero se llevó el ordenador a las pistas de esquí para seguir aprovechando el tiempo. Y ahora con los Smartphone que nos localizan, conectan e “informan” hasta en el más recóndito lugar…

La envidia es una muy desafortunada peculiaridad humana y gran promotora de infelicidad. Y la modestia excesiva está muy relacionada con la envidia. La denominada “humildad en acecho” es una exagerada modestia que esconde un importante  complejo agresivo que no es capaz de mostrarse ante los demás. Toma en cierto modo esa postura neurótica que denominó K. Horney “hacia la gente”, queriendo agradar a todos y expresando vivamente su humilde ser servicial. Pero en realidad lo que hay es una gran envidia de “no poder ser” como aquellos a los que envidia. No es mala la humildad, -todo lo contrario, cuanto mayor es la sabiduría y madurez más aparece la humildad- pero los extremos, por una parte el exceso de la misma y por la otra la soberbia son malas compensaciones humanas si buscamos una armonía con nosotros mismos y con los demás.

¿Por qué la propaganda tiene mucho más éxito cuando predica el odio y muestra los desastres y desgracias ajenas que cuando intenta producir sentimientos de amistad o dar buenas noticias? Curiosamente, hace poco tiempo se creó un periódico que solo daba buenas noticias y no consiguió sobrevivir más de unos pocos meses.[5] Las buenas noticias no interesan mucho. No hay más que ver el éxito de esos programas televisivos que ocupan muchas horas de las tardes criticando “tonterías” y miserias sociales, o mostrando desgracias “sentimentales” personales o familiares y que no solo sobreviven sino que son “top” de audiencia.

La suma global de placeres y bienestar es claramente mayor en la sociedades avanzadas que en las primitivas pero no está tan claro que una vez conseguido un mínimo nivel de bienestar -con las necesidades básicas cubiertas y con unos servicios socio-sanitarios  básicos-, entonces en las sociedades avanzadas sea mayor el grado de felicidad. Aquí estamos siempre queriendo algo más que sabemos tenemos casi al alcance de la mano pero que nunca conseguimos. Es como quien padece un bloqueo eyaculatorio u orgásmico y siempre está a punto de llegar pero nunca llega (valga la metáfora). La envidia se nutre de esa necesidad de llegar a lo que nunca llegamos a tener y que vemos que otros tienen. La envidia se complace y disfruta en un perverso principio de insatisfacción.

Bertrand Russell cree que es posible la felicidad, y son factores que la favorecen el entusiasmo, el afecto, la familia, el trabajo, los intereses personales, el esfuerzo y la resignación. Diferencia entre la felicidad Natural y la Imaginativa, que llama también “de corazón y de cabeza”. La felicidad de su jardinero era del primer tipo: “está en una guerra sin cuartel contra los conejos de los cuales habla como se habla en Scotland Yard de los terroristas; los considera siniestros, insidiosos y feroces, y opina que solo quien sea tan astuto como ellos puede llegar a descubrirlos. A pesar de tener más de 70 años trabaja todo el día y va y viene todos los días desde su casa en bicicleta que está a 16 millas para luchar contra los conejos y su fuente de alegría es inagotable en esta batalla”.[6]

Un propósito constante, una vivencia de misión en esta vida no es suficiente para la felicidad, pero es una condición casi indispensable para una vida feliz. Puede desarrollarse en el trabajo pero debe tener más amplias miras si queremos que esa vivencia de felicidad se mantenga estable y resistente a los avatares de la vida, en un mundo que, apunta Russell, está lleno de desgracias evitables e inevitables, de enfermedades y complicaciones psicológicas, de lucha, pobreza y mala voluntad.

Nadie tiene el secreto de la felicidad, pero sí hay quienes son capaces de poner a lo largo de la vida los cimientos que construyen la posibilidad de conquistarla. Lo que denomina Russell una “esperanza inasequible” es quizá uno de los cimientos importantes. Nuestras misiones han de ser trascendentales, nuestros esfuerzos no han de buscar un fin a corto plazo, han de tener miras que pueden que se alcancen más allá de nuestra vida.

El que lucha con ese propósito constante por la salud de la humanidad, por la mejora social etc. no espera que todo se consiga ahora y aquí, puede que un cambio político o económico trunque su trabajo, pero no su misión. La persona que vive con misiones trascendentales, con esperanzas inasequibles, construye buenos cimientos para conquistar la felicidad y entonces no se desespera por no obtener los resultados que quisiera porque la humanidad y la alteridad están siempre en el objetivo de su esfuerzo creativo.[7]


[1] Seguimos como referencia clave para desarrollar nuestras ideas el libro de Bertrand Russell “La conquista de la Felicidad”. Selecciones Austral. Espasa Calpe. S.A, 1978 (primera edición 1930)

[2] Existen algunas sociedades (pocas) que aprenden desde pequeños a manifestar una sonrisa y agrado social como habito educativo, como por ejemplo en Japón. Más con los extranjeros.

[3] Como ya señaló  Julián Huxley es necesario tener cubiertas las necesidades básicas  de subsistencia para poder hacer estas consideraciones.

[4] Las excepciones confirman la  regla. Pero si hacemos una rápida mirada a nuestros alrededor, ¿quienes son los “ricos”?: futbolistas, deportistas, artistas (sobre todo cantantes), constructores, gente del petróleo o políticos-like. Y algún empresario que tuvo una gran idea.

[5] A nivel On-line sí que existen, como por ejemplo http://www.buendiario.com/ .También se creó, por un niño de 12 años, una TV On-line que solo daba buenas noticias http://www.lavozdegalicia.es/sociedad/2009/08/15/00031250360532013331838.htm

[6] Me he permitido hacer algunas pequeñas adaptaciones sobre todo para acortar  el párrafo.

[7] En este párrafo la palabra trascendencia puede tener varios sentidos y todos son válidos: desde  la consideración  como superación  o ir «más allá» del punto de referencia superando su limitación, hasta para quien lo integra en la dimensión misteriosa de lo trascendente. Bertrand Russell acaba su libro diciendo “El que se siente ciudadano del universo y goza libremente del espectáculo que le ofrece y de las alegrías que le brinda, impávido ante la muerte, porque no se cree separado de los que vienen en pos de él. En esta unión profunda e instintiva con la corriente de la vida se halla la dicha verdadera”.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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Una respuesta a LA FELICIDAD. FILOSOFÍA DEL SENTIDO COMÚN

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