EL SECRETO DE LA FLOR DE ORO


(I Ging y la Sincronicidad)

Juan Rojo Moreno

         C. G Jung y Richard Wilhelm escribieron el libro titulado “El secreto de la flor de Oro” [1]. Se rige sobre la premisa de que el hombre y el cosmos obedecen en el fondo a leyes comunes, no estando separados por barreras sólidas. Por esto el hombre participa por naturaleza de todo acontecer cósmico y está entretejido en él tanto interna como externamente. El texto que comentan comienza diciendo “lo que es por sí mismo se llama Tao”. La palabra Tao no tiene una traducción fácil en castellano, al estar compuesta por el signo “cabeza” (comienzo) y del signo “ir” (vía). Se ha traducido de muchas maneras, como camino, providencia, dios… y Wilhelm lo traduce como “sentido”. El pensamiento fundamental -dice Wilhelm- es que inmóvil él mismo, Tao, permite todo movimiento.[2]

Para poder entender algo de todo esto Jung hace unas indicaciones. La verdadera esencia surge de lo no-polar y recibe la fuerza de lo polar. Es decir, aunque la esencia es única, no obstante, se manifiesta en la diversidad de nuestras vivencias. ¿Y cuáles son nuestras vivencias? Por una parte tenemos nuestras vivencias conscientes, además podemos analizar nuestras vivencias emanantes del inconsciente, pero además del inconsciente de cada persona hay un Inconsciente Colectivo que nos une a toda la Humanidad. En el Inconsciente Colectivo existen contenidos anímicos autónomos que son actuantes en nuestra vida cotidiana: hay arquetipos (sexual, luz, cósmico), que son “la expresión psíquica de la identidad, de la estructura del cerebro, que trasciende todas las diferencias raciales” y que se manifiestan fundamentalmente de forma simbólica.

El arquetipo cósmico se expresa mediante unas figuras geométricas que se denominan mandalas. La palabra mandala quiere decir círculo, en especial círculo mágico. En su mayor parte los mandalas tienen forma de flor, cruz o rueda con una clara propensión al cuatro (número básico pitagórico)[3]. El título “la flor de oro” es un símbolo mandálico que no solo se ha dibujado en oriente sino que Jung lo encuentra a menudo en sus pacientes (y especifica que sus pacientes lo hicieron mucho tiempo antes que él estuviera interesado o conociera estas palabras del Este). El efecto de los sistemas autónomos (arquetipo, mandalas) actúa sin cesar y existen contantemente de forma colectiva. Estamos poseídos por nuestros contenidos autónomos anímicos como si estos fueran dioses y en muchos casos los identificamos- cuando hay una anomalía psíquica- como fobias, obsesiones, neurosis, etc.-señala Jung-.

Cuando se avanza en el proceso de individuación del sujeto, éste va integrando en sí mismo tanto las exigencias conscientes como las inconscientes de tal manera que en la evolución del yo éste ya no se identifica con  su parte consciente sino que se sitúa, por así decirlo, en un centro virtual entre lo consciente y lo inconsciente (el sí mismo). Esta personalidad ya no padece el conflicto emocional de las vivencias (pero no deja de vivenciar) “sufre en los pisos inferiores pero está en los superiores singularmente alejada del sufrimiento”.

Vemos como ya hemos llegado con Jung a algo parecido al Tao (sentido), a lo unitivo. En la evolución de la persona cuando ya ha integrado los opuestos consciente-inconsciente al mismo tiempo ésta sufre (pisos inferiores pues no está fuera del mundo) pero también al mismo tiempo no-sufre pues ya no padece el conflicto emocional de las vivencias ya que aunque está en el mundo concreto de su vida cotidiana también, al mismo tiempo, está, de alguna manera, en el mundo cósmico de toda la humanidad. Y esto para Jung no es metafísica, es psicología en la medida que es experimentable, comprensible y real. Por esto señala Jung en relación con el Inconsciente Colectivo que “el pensar que esta idea es metafísica no es más que una opinión superficial y nada inteligente, pues es un concepto empírico”.

En esta misma dirección al avanzar hacia lo unitivo la conciencia está vacía y no-vacía, ya no está más preocupada por las imágenes de las cosas, sencillamente las contiene; nada ha perdido su abundancia y su belleza pero no domina más a la conciencia. Por esto la conciencia puede al mismo tiempo estar y contemplar.[4]

Creo que ahora podemos entender mejor algunas de las frases que señala Wilhelm en relación con la “magia de la Flor de Oro”. Si la verdadera esencia surge de lo no-polar y recibe la fuerza primordial de lo polar (como ya indicamos antes) la magia de la flor de Oro se sirve del obrar consciente para llegar al no-obrar inconsciente. El obrar en el no-obrar tiene precisamente la significación (sentido) de que es un movimiento sin finalidad. El Elixir espiritual –señala Wilhelm-  significa permanecer siempre en lo sin finalidad. El “sentido” aparece naciendo desde la nada-algo (esto que parece una contradicción ya lo podemos entender puesto que como somos todos una unidad con el cosmos, y el sentido se encarna en las cosas y en el mundo (algo) pero está este “sentido” en esa unión que tenemos con lo uno que no-es-algo: el conjunto lo define como “la nada-algo”). Y “entonces uno vive entre los demás hombres misteriosamente manifiesto, distinto y sin embargo igual”.

La práctica del I Ging es el fundamento del Secreto de la flor de Oro. La ciencia del I Ging no reposa sobre el principio de causalidad sino sobre el de sincronicidad,[5] “como si el tiempo fuera un continuum concreto que contiene cualidades o condiciones fundamentales que se pueden manifestar con simultaneidad relativa, con un paralelismo causalmente inexplicable como, por ejemplo, en casos de la manifestación simultánea de idénticos pensamientos, símbolos o estados psíquicos”.

Jung señala el importante significado que tiene “el instante”, un momento concreto en que se suceden determinados hechos. Asume los enunciados del I Ging y considera asombroso que se haga legible la qualitas oculta del momento del tiempo. Refiere Jung su experiencia con la práctica del I Ging, y dice “como se sabe se obtiene el conocimiento del hexagrama, que es imagen del momento, mediante una manipulación, basada en el azar más puro, de las varillas del milenrama o de las monedas. Los palillos rúnicos caen tal cual es el momento. En ocasión de su primera conferencia sobre I Ging en el Club Psicológico de Zúrich, Wilhelm demostró, a mi pedido, el método para consultar el I Ging e hizo un pronóstico que en menos de dos años se cumplió al pie de la letra y con toda la claridad deseable” . El pensamiento que se edifica sobre el principio de sincronicidad y que alcanza su máxima cima en el I Ging, en nuestra civilización occidental despareció de la filosofía desde Heráclito hasta que se puede percibir con Leibniz un lejano eco.

Pero, para terminar, es imprescindible plantearnos la utilidad en occidente de esta expresión filosófica-psicológica que nos viene de oriente. Ya señala Jung “no podemos apropiarnos de lo que China edificó en miles de años, […] nuestro camino comienza con la realidad occidental y no con las prácticas del yoga (oriental)”. Cierto, que la ciencia y su método no es un instrumento perfecto, pero si es la herramienta del espíritu occidental y “si el hombre erróneo usa el medio correcto, el medio correcto actúa erróneamente”. Comprender metafísicamente es imposible, solo puede hacerse psicológicamente. Jung desnuda estas cuestiones de su aspecto metafísico para poder hacerlas objeto de la psicología y de la psiquiatría, y de esta manera poder extraer algo de ellas y apropiárselo. Considera a los grandes filósofos orientales como como psicólogos simbólicos: “si en verdad fuera metafísica lo que ellos dan a entender, querer comprenderlos sería inútil, pero si podemos comprenderlos psicológicamente, entonces obtendremos gran provecho y lo que han llamado metafísica se torna experimentable”.

La conciencia occidental -sigue Jung- no es sin más ni más, bajo ninguna circunstancia, la ciencia. Más bien es una magnitud históricamente condicionada; la ciencia no es un instrumento perfecto pero, si bien es inestimable, produce el mal cuando pretende ser un fin en sí misma. La ciencia yerra cuando usurpa un trono. 

COMENTARIO

         El Secreto de la Flor de Oro, al igual que otros múltiples y extraordinarios textos orientales, ha permitido en occidente una mayor apertura a la filosofía individual suprasituacional. ¿Qué quiere decir esto? Nuestra cultura se ha desarrollado y evolucionado entronizando la lógica, el razonamiento deductivo (de lo general a lo particular) y el razonamiento inductivo (de lo particular a lo general), por poner unas características sobresalientes. Las “situaciones” son la base y sobre ellas empieza la lógica a funcionar, las hipótesis, las inducciones y las deducciones. Cierto que grandes filósofos occidentales han superado estas premisas, por nombrar solo algunos, como Kierkegaard, Sartre, Hegel, Heidegger, Jaspers, etc. pero hoy en día es más fácil encontrar a “gente de la calle” que ha leído a Krishnamurti, Sri Aurobindo, Lao-Tsé … que a estos filósofos occidentales. Si hacemos una búsqueda de “libros en español de filosofía oriental” nos encontramos con 279 y en la misma Web cuando lo hacemos sobre “libros en español de filosofía occidental” encontramos solo 149.

Y no es solo por la forma compleja de escribir, pues tenemos filósofos y humanistas occidentales como Ortega y Gasset, Gabriel Marcel, Erich Fromm, Bertrand Russell, Julian y Aldous Huxley y un elevadísimo número “clásico” que han escrito de forma entendible para un gran público.

No obstante, generalizando mucho, evidentemente, parece como si  estos grandes filósofos occidentales estuvieran haciéndonos comprender el mundo que vivimos desde los parámetros establecidos que vivimos, y no ocurre así con los orientales (el filósofo griego Heráclito que usaba constantemente el oxímoron y la antítesis, es claramente una excepción, cuya manera de expresar su filosofía nos recuerda mucho a algunas concepciones orientales, pero ¿quién lee ahora a Heráclito?)[6]. El mundo occidental ha avanzado mucho con la ciencia, con sus majestuosas filosofías, pero al hombre de la calle que sufre y vive la cotidianeidad no le vasta la ciencia y la lógica pues sabe que la vida no es lógica, ni explicable por la ciencia. El hombre occidental quiere transformar la mente y no sabe cómo hacerlo, quiere transformar la sociedad y no sabe cómo hacerlo, quiere mejorar al mismo hombre y no sabe cómo hacerlo.

La práctica del I Ging, por ejemplo, no se acerca lo más mínimo a nuestra manera de concebir el mundo científico natural, siendo incomprensible desde el punto de vista del método científico, es una práctica acientífica, cierto, pero,  como comenta Jung, los chinos poseían una “ciencia” cuyo standard work es precisamente el I Ging y, simplemente, el principio de esta ciencia es diferente de nuestro principio científico occidental.

La física moderna, la denominada “nueva física”, puede hacer tambalear el denominado “modelo físico estándar”. Hay partículas que aún desconocemos, materia oscura en el universo que aún desconocemos y quizá en el futuro parte de  la “ciencia oriental” tenga que integrarse en la moderna ciencia occidental para poder entender mejor al mundo, al hombre y al cosmos.

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[1]   C.G. Jung y R. Wilhelm. El secreto de la flor de oro. Editorial Paidós, 1982 (segunda reimpresión española traducido de la 11 edición alemana). La primera traducción de Wilhelm es anterior a 1930, comentada por Jung en la primera parte del libro y por  el propio Wilhelm en la segunda parte del mismo (Tai I Gin Hua Dsung Dscht). El libro está en acceso público online: (AQUÍ[1]

[2] Todo lo referente a las etapas de la meditación no voy a comentarlo en este artículo.

[3] Refiere Jung como el más antiguo de los dibujos mandálico que conoce (llamado “rueda solar”, paleolítica) que fue descubierto en Rodesia, está basado igualmente en el número cuatro. También ha habido casos de personas que han bailado las imágenes mandálicas sin entender que figuras expresaban y las “dibujaban en el baile” (danza mandálica).

[4] Señala Wilhelm, en relación con la evolución humana: en el despuntar  de la Flor de Oro la conciencia está en uno, armónico en el cuerpo integro. Luego cuando la Flor de Oro se abre,  la conciencia ya no es solo del uno sino del mundo, trasciende la individualidad (tiene uno el sentimiento que esta Gran Tierra es un mundo de Luz y lucidez), y por último cuando la Flor de Oro cristaliza hay una expansión transformadora que da vida.

[5] C.G Jung describió cientos de casos de “sincronicidad”. La sincronicidad hace referencia a una correlación esencialmente dada por el hecho de la simultaneidad relativa. Dos acontecimientos aparecen simultáneamente cuando la probabilidad que ocurra es infinitamente pequeña. Por ejemplo, que estás pensando en una casa de un pueblo de 100 habitantes que está situado en mitad de una sierra de España (como puede ser la Sierra de Albarracín) en un amigo que vive en EEUU, que no ves y no se ha comunicado contigo desde hace 5 años, y estando con esos pensamientos suena el timbre de la puerta y es el amigo que ha venido a España y estaba de vacaciones por esa sierra pero no encontraba alojamiento y ha llamado al azar en una casa preguntando por hostales cercanos para dormir, sin saber que vivías allí.

[6] Tengo amigos que han leído más pronto a Krishnamurti, sobre Ramakrishna u otros pensadores orientales pero desconocen a Heráclito.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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