YO NO SOY YO, SINO MIS RECURSOS


(la máquina unitotal de Minsky)

Juan Rojo Moreno

          Casi es de esperar en un computacionólogo como Marvin Minsky que tenga una concepción determinista, material y organicista del ser humano, de la mente y de la conciencia. Pero esto no quita valor a la originalidad de sus propuestas en una persona altamente cualificada y con experiencia, que ha reflexionado sobre el ser humano y la mente. Vamos a señalar algunas de las ideas principales de su interesante y amplio libro (488 páginas) “La máquina de las emociones” y al final haremos un comentario[1].

          Para Minsky nuestra consciencia es una ilusión que nos creamos, y toda nuestra conducta y emociones no son en definitiva más que “recursos” que utiliza el cerebro para funcionar con el objetivo de sobrevivir y perpetuar la especie. El cerebro es una máquina compleja –e insiste que esto no debe afectar a nuestra dignidad ni a nuestro amor propio- que tiene muchos recursos, que no llegamos a conocer bien, y que unas veces usa unos y otras inhibe otros; por ejemplo, cuando nos enamoramos se suprimen recursos de crítica de la persona y se abren recursos para conseguir la identificación positiva del ser amado. La activación y desactivación de los recursos es la base de nuestro comportamiento y de nuestra concepción de la vida. El pensamiento de Minsky nos retrotrae al de Freud (él mismo hace una comparación con ese autor psicoanalítico) y la relación y equilibrio entre los recursos positivos, negativos, instintivos, reflexivos, favorecedores, frenadores, críticos y selectores, son la base no solo de la conducta sino también del ingenio, de la mística, emociones y de nuestra idea de nosotros mismos. Habla “como Freud” pero con términos y conocimientos del siglo XXI. Si Freud viviera hoy seguro que pertenecería al mismo equipo. Lo que no sé seguro es si discutirían para ver quién era el capitán.

          Las emociones son recursos de pensamientos alternativos, y la diversidad de recursos es lo que nos diferencia del resto de los animales y de las máquinas. Para ser claros, somos como las vacas pero con más recursos y por eso nos creemos que somos otra cosa. Lo que llamamos “flujo de conciencia” es una ilusión, pues en realidad no podemos ser conscientes desde el “nivel superior de nuestra mente” de lo que sucede en la mayoría de los otros procesos cerebrales. Los niveles superiores de pensamiento adquieren, a medida que crece el niño, mayor capacidad de hacer “representaciones” que acaban creando un conjunto de “modelos” de nosotros mismos. Estos modelos que creamos a partir de las personas que han tenido significado en nosotros (generadores de impronta) se convierten en lo que denominamos conciencia, ideales o códigos morales.

Mediante entrenamiento (meditación) o en situaciones especiales se puede producir una supresión importante de recursos críticos y la persona entra en un estado de “éxtasis”, beatitud o experiencia mística. De igual forma actúan los mantras, cantos espirituales o ciertas señales o cantos repetitivos.

          La conciencia es, para Minsky, un cajón de sastre, una palabra comodín, que utilizamos para referirnos a procesos muy diferentes. Minsky al igual que el neurobiólogo David Linden[2], considera que en la evolución el cerebro ha ido añadiendo nuevas piezas y situaciones que lo han hecho cada vez más complejo. El problema es que al intentar aumentar el rendimiento de los sistemas, cuanto más complejos son más fallos se producen, por lo que el cerebro se encuentra ocupado en gran medida en corregir los fallos que se producen en él mismo; podemos decir que es una estructura evolutiva en fallos (cuando algo falla nos ponemos a reflexionar: la reflexión no es más que un recurso de control de fallos); y además cuando una parte del cerebro intenta examinar a otra, por este hecho, se altera el estado de la parte examinada.

Es decir, para resumir hasta aquí: podemos indicar que el cerebro no hace más que manejar recursos que nos dan la ilusión que somos nosotros mismos y que tenemos conciencia, siendo además que cuando se observa a sí mismo modifica la parte cerebral que él mismo observa (como ocurre en la física cuántica) y además gasta gran parte de su energía en arreglar fallos de sí mismo. Un verdadero caos, que consigue orden debido a una ilusión del orden.

          Minsky intervino como consejero en la película “2001 una Odisea del espacio” y en ella la computadora de la nave “Hall” utiliza bancos de memoria antiguos para dar coherencia a su pensamiento.[3] En esta linea habla de Ilusión de Inmanencia refiriéndose al hecho de que nuestro cerebro tiene un importante y rápido recurso de anticipación, que no es consciente, que nos hace tener la ilusión de la conciencia inmanente. Por ejemplo al acercarnos a una habitación conocida el cerebro anticipa, antes de llegar a ella, una antigua descripción de la misma, y puede pasar un tiempo, al entrar, hasta que nos demos cuenta que algo ha cambiado; igualmente si entramos en una cocina nuestro cerebro es más tendente a localizar cacerolas, vasos y cucharas antes que otros objetos: “gran parte del escenario que creemos percibir (consciente) se basa en recopilaciones de lo que esperamos ver. Nuestra sensación de estar en contacto permanente con el mundo es una forma de ilusión de inmanencia”. Sabemos que los sistemas visuales de nuestro cerebro reciben muchas más señales del resto del cerebro que de nuestros ojos (el 80% de las fibras del repetidor del núcleo lateral geniculado desciende desde el córtex y solo el 20% procede de la retina). Antes de percibir algo, se produce ya desde dentro del cerebro una ilusión de inmanencia de manera que lo que creemos ver es en realidad un modelo mental que construimos: “la mirada salta de una cosa a otra por todas partes, produciendo una imagen en la retina que es tan espasmódica como un video de aficionado y gran parte de lo que creemos ver no es más que algo que rellena la memoria”. ¿Y qué pasa cuando se trata de un problema o de algo que nunca antes habíamos visto? La respuesta es clara para Minsky: aprovechamos recursos de “analogía” de una manera tan rápida que este “razonar por analogía” es el modo habitual de tratar los problemas: ¿Y el libre albedrío? (es decir, pensar que somos libres para llegar a nuestras conclusiones): es una ilusión, ya que ese acto no es más que el momento en que detenemos algún proceso que estaba comparando diferentes alternativas (y entonces creemos que lo hemos deducido nosotros de forma libre).

         Por último, “El Yo”. Como sugiere Daniel Dennett, cada uno de nosotros construye un mito de tener (o ser ) un yo único. Tener un Yo es cómodo pues nos evita tener que pensar demasiado sobre qué somos “porque nos da siempre la misma respuesta, yo mismo”. El Yo, por lo tanto, para Minsky, es una ilusión y a la vez una buena solución eficiente y funcional ya que nos economiza recursos cerebrales, nos permite tener relación con un “alguien” responsable moral y además cuando surge alguna idea o un pensamiento que no sabemos cuál es su causa lo atribuimos al Yo. Para este autor, nunca se puede ser plenamente consciente de uno mismo porque “uno mismo” es un rio de intereses que compiten entre sí y el Yo siempre está enredado en cascadas de intentos de describir los remolinos y las mareas constantemente cambiantes de dicho rio. Por esto, señala, no hay ningún modelo que sea capaz de representar la mente humana en su totalidad. Piensa Minsky que si las máquinas del futuro evolucionasen padecerían desórdenes mentales y solo se parecerían a lo humano cuando fueran lo suficientemente inteligentes como para superar por sí mismas los fallos que nosotros, al hacerlas, generamos.

Comentario

No creamos que Minsky es un exagerado. Sus argumentos son fuertes, su formación sólida, sus conocimientos amplios y en su línea de exposición coherente muestra como nuestro cerebro existe y nos mantiene en el paraíso (obligado) de la ignorancia sobre nosotros mismos. Pertenece a una corriente en la que muchos neurobiólogos y pscobiólogos se encuentran agrupados y difundiendo “con datos” estas ideas. Frente a ellos los que aún piensan que el ser humano es algo más que una materia funcional. A finales de siglo XIX muchos maestros y prestigiosos físicos pensaban que ya estaban descubiertos todos los fundamentos de la física, -solo quedaban algunos huecos por rellenar- y no le aconsejaban a Max Planck (el que luego fuera el fundador de la teoría cuántica) que cogiera esa rama para “revelar” nuevas cosas. Evidentemente, estaban muy equivocados. Pues esta corriente –de la que Minsky es un buen representante- en cierto modo me recuerda esa época. Según este autor toda la mente humana, mística, religión, el yo y la conciencia, etc. son procesos cerebrales y si algo no llegamos a entender es porque aún no comprendemos todos los “procesos” (y quizá nunca podamos entender todos los procesos porque en nuestra evolución todo se ha complicado y nosotros mismos nos modificamos cuando nos observamos). Pero en espera que aparezcan nuevas teorías –como ocurrió con la teoría cuántica, impensable a finales del siglo XIX- solo con preguntarnos ¿cómo es que el cerebro modifica todo lo que observa de sí mismo con el hecho mismo de observarlo? ya nos debe hacer pensar que no debe ser tan fácil querer hacer una reducción “compleja” computacional de cualquier vivencia. Al final los datos que presentan esta corriente son, en el fondo, tan poco contrastables como los que presenta los de la opuesta. Todo queda, al fin y al cabo, reducido a tener Fe, a las creencias, y la discusión entre estos opuestos se hace imposible. Hay una frase al comienzo del libro de Minsky que es muy importante y que nos puede pasar desapercibida: “el cerebro es una máquina compleja que tiene muchos recursos, que no llegamos a conocer bien”. Sin entrar en el apartado de la trascendencia, solamente este “no llegar a conocer bien” es un punto de especial significatividad, pues deja aún demasiadas interrogantes abiertas para entender las potencialidades evolutivas del ser humano. Por ejemplo, ¿existen los llamados fenómenos paranormales? En caso que se demostrase científicamente su existencia ¿Qué tipo de recursos está utilizando el cerebro? ¿Nuestro cerebro solo actúa con procesos internalizados (funciones propias) o, como en la mecánica cuántica, también conecta con funciones generadas externas?[4] . Y de esta manera ¿el cerebro tiene cultura o está en la cultura?

Como decía C. G Jung “jamás fue lo nuevo (la creatividad) una cosa solamente de fuera o de dentro”.[5]

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[1] MARVIN MINSKY. LA MÁQUINA DE LAS EMOCIONES. Sentido común, inteligencia artificial y el futuro de la mente humana. Editorial Debate, 2010.

[2] Ya hice un artículo sobre el libro de Linden “El cerebro accidental. La evolución de la mente y el origen de los sentimientos Editorial Paidós, 2010” en: https://juanrojomoreno.wordpress.com/2012/09/09/neurobiologia-d/

[3] HAL 9000, cuyo nombre es un acrónimo en inglés de Heuristically Programmed Algorithmic Computer (Computador algorítmico heurísticamente programado), es un personaje ficticio de computadora en las series de Odisea del espacio, que comenzó con la novela “2001 A Space Odyssey” escrita por Arthur C. Clarke en 1968. HAL es la computadora de a bordo encargada de controlar las funciones vitales de la nave espacial Discovery, cuya Inteligencia artificial finalmente enloquece.

[4] El pensamiento humano es un proceso molecular regido por las mismas leyes físicas que gobiernan la materia inanimada. Las partículas se comportan de un modo que no es posible comprender con las nociones que tenemos de ‘anterior’, ‘posterior’, ‘posición’, ‘existencia’, etc. En palabras de Heisenberg:

Cualesquiera sean los conceptos o palabras que se han formado en el pasado en razón del intercambio entre el mundo y nosotros mismos, la verdad es que no están estrictamente definidos con respecto a su significado; es decir, que no sabemos hasta dónde pueden ayudarnos a encontrar nuestro camino en el mundo. Frecuentemente sabemos que podemos aplicarlos a un extenso orden de experiencias internas y externas, pero nunca sabemos con exactitud cuáles son los límites precisos de su aplicabilidad. Esto es verdad hasta para los conceptos más simples y generales, como “existencia” y “espacio y tiempo”. En consecuencia, con la razón pura nunca será posible arribar a una verdad absoluta.

Extraído de (Lucas Gabriel Cantarutti): http://eltamiz.com/elcedazo/2009/04/23/eso-que-llamamos-tiempo-en-la-mecanica-cuantica-i/ y http://eltamiz.com/elcedazo/2009/07/07/eso-que-llamamos-tiempo%e2%80%93en-la-mecanica-cuantica-ii/

[5] C. G Jung y R Wilhelm. El secreto de la flor de Oro. Paidós, Barcelona, 2ª Reimpresión española, 1982.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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Una respuesta a YO NO SOY YO, SINO MIS RECURSOS

  1. ELIA dijo:

    El artículo y el libro que comenntas tratan de un tema realmente interesante: El estudio científico de qué y cómo somos, de qué y cómo es nuestra mente, nuestra conciencia y nuestras emociones.
    Aunque, como dice el mismo autor, no hay ningún modelo que sea capaz de representar la mente humana en su totalidad, y por tanto su propuesta tenemos que verla como un modelo más, con el que se intenta representar a esa realidad tan compleja y difícil (imposible?) de comprender, que es la mente humana.
    Eso sí, se trata de un modelo de la mente humana con el mérito de que está esbozado por alguien con la talla científica de Minsky y de que sus reflexiones se basan en el conocimiento científico actual sobre temas relacionados, como la inteligencia artificial, la neurobiología o la neuropsicología; un conocimiento científico basado en los mismos métodos que han permitido al ser humano viajar por el espacio, realizar notables avances en medicina, o poder comunicarnos cómodamente por internet desde casa.
    Gracias por compartirlo.

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