LA CRISIS DE LA RAZÓN Y DE LOS IMPULSOS: ¿EL ETERNO RETORNO?


 Juan Rojo Moreno

         Muchas cosas cambiaron a principios del siglo XX y parece que igual está ocurriendo a principio del XXI; es como si en el fondo la misma estructura se repitiera y parece hasta cómico pensar que esto pudiera ocurrir por “comenzar” un siglo pues los hechos históricos, humanos y sociales no deben tener sincronización con cronologías tan concretas (al menos esto debemos pensar) al igual que el clima no puede ser mejor o peor los fines de semana porque sea cuando tenemos tiempo para descansar y salir al monte o a la playa.

Pero si nos fijamos en la estructura general imperante en el pensamiento del final del siglo XIX y principio del XX, el predominio de la “razón”- en cierto modo una prolongación efectiva del iluminismo- imperaba y lo que había que entender del hombre y del mundo tenía que ser a través de ese mecanismo. Como decía mi abuelo, “decirte que no tenías razón era lo mismo que decirte tonto” ya que la razón era la única forma valida de entender el sentido de las cosas. Así estaban las cosas pero la base era movediza: señala Erich Fromm[1] cómo progresivamente (en el fondo) se habían ido derrumbando los argumentos que sostenían a la razón y la voluntad humana como columna fundamental del entendimiento del mundo, de los hombres y de la sociedad: Copérnico había destrozado la seguridad que se tenía, por la razón de miles de años, sobre la ubicación del hombre en el cosmos, Darwin su ubicación en el planeta y Marx en la sociedad. Y entonces a principios del siglo XX con la Primera Guerra Mundial queda claro que la razón no es el eje que sustenta la seguridad del hombre en su conjunto existencial y por esto adquiere tanto ímpetu y fortaleza el movimiento psicoanalítico. Como señala Fromm, para saber del ser humano, ya que el inconsciente modula gran parte de sus actos, no solo hay que saber quien es Ud. sino además ¿quién es Ud. detrás de sí mismo”. Ahora resulta que “la mayor parte de aquello de lo que tenemos conciencia no es real y la mayor parte de lo que es real no se encuentra en nuestra conciencia”. La irracionalidad humana domina en el inconsciente, la lógica gobierna en lo consciente, pero –y esto es decisivo- el inconsciente dirige a la conciencia y por lo tanto la conducta del hombre.[2]

El mundo se impregnó del estudio de las emociones, de los instintos,  y por eso el psicoanálisis adquirió tanto auge en los primeros 50 años del siglo XX: ya no solo se trataban “enfermos” (los graves psicóticos) como hacía la psiquiatría anterior sino que evolucionó para tratar como “nuevos enfermos” a aquellos que presentaban incapacidad para gozar de la vida, problemas matrimoniales, ansiedad difusa, sentimientos de soledad, dificultades en el trabajo etc. El nuevo médico -psicoanalista- era capaz con un método bien estructurado de ayudar en las “dificultades de la vida”. El psicoanálisis estudió “la patología de la normalidad”.

Con la segunda guerra mundial aún más desaparece la concepción de que la razón sea el fundamento de la conducta humana, de nuevo las emociones, los instintos, el ansia de poder, etc. siguen vigentes en la sociedad, pero aparece una nueva variable que va a predominar y devolver a la razón, de nuevo, el poder, la certeza, que había perdido a principio del siglo XX: esto es la tecnología. La tecnología acaba con la segunda guerra mundial, la tecnología permite de nuevo un paraíso de bienestar, comodidades, y seguridad. Los descubrimientos tecnológicos han permitido que el hombre no tenga que preocuparse de sus instintos en demasía, hacen que todo sea “razonable, entendible” aunque no sepamos cómo funciona la tecnología: ¿todo el mundo sabe cómo funciona un televisor? Los avances tecnológicos han puesto en mano de los gobiernos, de la sanidad, de la ciencia, de la economía productiva, el futuro de “lo que hay que hacer”. Una de las normas que ha desarrollado nuestra sociedad tecnológica -señala Fromm – es que se debe hacer lo que sea tecnológicamente posible hacer. Entonces la factibilidad técnica se  convierte en una fuente de toda la formación de valores.

La evolución tecnotrónica marca el ritmo del hombre, el pensamiento del hombre y la seguridad del hombre.[3] Y el hombre se adapta a esa situación. ¿Pero se ha adaptado incorporando los avances  tecnológicos a su camino de realización y evolución humana? ¿Ha proporcionado la tecnología hasta ahora un avance evolutivo en el sentido de una mejor humanización? O como se pregunta Fromm ¿ha necesitado producir defectos en el sistema “hombre” a fin de lograr un sistema eficiente de administración y de producción económica? ¿ha necesitado producir hombres que aunque enfermen, sean buenos adaptadores al sistema, a fin de tener una economía sana?

A principio del siglo XXI la razón vuelve fallar y la tecnología también. Cierto, el modelo sigue con su inercia pero ahora no es suficiente: aparecen acontecimientos que ya tienen escala planetaria y vuelven a ser de carácter “emocional”, instintivo: aparecen, por poner algunos ejemplos, el 11S en EEUU, el 11 M en España (todo es irracional), las revoluciones en los países árabes inconcebibles 20 años antes, la crisis económica que pone en entredicho los consejos de las clases dirigentes que no son ya paradigmas, protestas en todos los continentes, las redes sociales como un nuevo fenómeno de comunicación planetario. Las razones ya no valen, los deseos, son ahora las razones; pero una nueva forma de deseo, de emociones, de instinto: es un deseo “razonado”. Ya no son instintos simples -los impulsos- y un problema de adaptación de los mismos a la realidad circundante concreta de cada uno, ahora tenernos una nueva figura que ha impregnado al hombre: el deseo razonado, que no sabe como adaptarse. Y no sabe como adaptarse pues a las propuestas alternativas que realiza les cuesta reconocer el carácter ficticio de su “buen sentido”[4]. Buen sentido porque ahora los deseos tienen un nuevo matiz: pueden ser compartidos en el planeta, en las redes sociales, razonados, pulidos, pragmatizados (pero no siempre considerados viables).

El eterno retorno. El mundo de la razón del siglo XIX y principio del XX dio luego paso al mundo de las emociones, los deseos y ahora quiere volver de nuevo la razón, pero se produce una fricción que nunca antes había existido en la historia:

Por una parte la razón quiere volver con un carácter que Fromm lo denominó “patricéntrico” es decir: con un superyó estricto (lo que se puede y no se puede hacer impuesto por los demás), sentimientos de culpa, amor dócil hacia la autoridad, dominio sobre las personas más débiles, aceptación del sufrimiento como castigo por la propia culpa, y una capacidad disminuida para la felicidad  (que siguiendo a Fromm y a Weber ha predominado en la sociedad protestante -y calvinista-). Ahora la gestión y la economía está por delante del “hombre” y por lo tanto lo primero es “el deber”. Como indica Kraus ésta es una de las diferencias más importantes entre la actitud escolástica y la calvinista. “Lo que más tajantemente distingue la ética (ethos) del trabajo de Calvino del periodo escolástico es que se pone el acento a la obediencia formal al camino de uno en la vida. El material con el que se trabaja ya no tiene importancia, se exige una disciplina de hierro para poner en práctica un profundo sentimiento de obediencia y de cumplimiento del deber”[5]. La noción de deber económico se convierte en la idea central. Un viejo ejemplo, nombrado por Sombart, los “libros de familia”, de la familia Alberti, es indicativo del actual valor dado al ahorro y a la economía:

-Evita los gastos superfluos, como evitarías la peste

-Todo gasto que no sea absolutamente necesario es una locura

-El ahorro es digno de alabanza y bueno y el derroche abominable

-La frugalidad no lesiona a nadie y ayuda a la familia

-El ahorro es una bendición.

Fromm resumen así el fondo del “carácter” que ahora podríamos aplicar a esta época: 1- la limitación del papel del placer como fin en sí  mismo. 2- reunir, poseer, ahorrar, como fines en sí mismos. 3- el cumplimiento del deber como el valor más elevado 4- el acento en el “espíritu del orden” y la exclusión de la compasión al prójimo (ya que para producir solo el más apto puede sobrevivir y cuanto menos compasión más posibilidad de éxito).

¿Y por la otra parte?

Por la otra parte van a estar los deseos razonados. Ahora tienen “argumentos”, no son impulsos infantiles y sin contrastar; ahora se manejan en las redes sociales, se manejan en foros planetarios. No admiten la culpa, no admiten la vuelta a la tradición espartana. Quieren soluciones imaginativas, nuevas soluciones, no otra vez el retorno a las mismas de hace 30 o 150  años.

Esta es la única variante que inestabiliza al sistema. No es una lucha de la razón contra el deseo, no es una lucha de la razón y el deber contra el hedonismo y la desidia. Es una nueva situación que nunca antes se había producido.

Y quizá en esta situación en cierta medida sea buena la perspectiva que presenta Fromm cuando decía: ¿es la crisis de la sociedad contemporánea? ¿Es la crisis del hombre?  Sí, la una y la otra, pero la verdadera crisis en la historia humana: es la crisis de la vida misma. El problema más importante es la actitud hacia la vida misma.

Pero esto lo decía en 1970 (y creo que desde siempre los que se han planteado el “estado del hombre” lo han encontrado en crisis): lo cierto es que la crisis es de “actitud” y el gran problema es que no sabemos cual ha de ser la nueva actitud hacia la vida que el hombre en esta planetociedad ha de tomar.

El hombre es cultural e histórico, pero ahora la historia va tan veloz que no le sirve para aprehender una actitud, como no nos sirven en la adolescencia los consejos de nuestros abuelos que vivieron en una estructura empírica tan diferente a la nuestra. Los nuevos valores y la nueva actitud ante la vida tendrán que emerger desde esta contienda; porque ahora el impulso viene desde la cultura global con conocimiento intuido, pero a la vez contrastado, de lo que está bien y de lo que está mal, aunque no sea siempre capaz de definirlo.

Las seis clases sociales ordenadas desde la clase superior-superior (upper-upper) hasta la clase inferior-inferior (lower-lower)[6] ¿se acercarán gracias a una nueva actitud ilustrada en las emociones compartidas? ¿O por el contrario se irán separando según sean grupos que conectan con la cultura global  frente a los que no lo hacen?

Quizá ahora sea una oportunidad para no volver al eterno retorno.


[1] Erich Fromm. La Crisis del Psicoanálisis, Editorial Paidos, Buenos Aires, 1979 (1ª edición en ingles en 1970)

[2] Indica Fromm como esta concepción ya había sido señalada por Spinoza.

[3]  M. MacLuhan habló de la era “tecnotrónica”

[4] En ocasiones parafraseo a Fromm. Por ejemplo en este caso dice literalmente : el grave peligro para el futuro del hombre se debe en gran parte en su incapacidad para reconocer el carácter ficticio de su buen sentido”

[5] Citado por Fromm

[6] Georges Balandier. ANTROPO-LÓGICAS. Ediciones Península, 1975

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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