TELEFINALIDAD. DIOS Y EL ELECTRÓN.


¿Es posible hablar con Dios?

 Juan Rojo Moreno

         Me pareció oír al Papa emérito (Benedicto XVI) decir antes de su jubilación que “había hablado con Dios…” y había decidido, entre otras cosas, tras esa conversación jubilarse.

Esto me ha hecho pensar, -más en cuanto que ha coincidido con la lectura del libro ya clásico de Lecomte du Noüy “El destino Humano”[1] -sobre este asunto y preguntarme:

En primer lugar ¿es posible hablar con Dios?

En segundo lugar, ¿la evolución del hombre nos llevará a un nivel de conciencia en la que conectaremos o vivenciaremos la unidad con el cosmos?

Como dice Lecomte du Noüy[2] “la civilización tendrá que caminar a ciegas para llegar a un fin todavía distante, el advenimiento de una conciencia superior”

El concepto de telefinalidad que aporta Lecomte du Noüy va en la dirección de responder a estas dos preguntas[3].

Para empezar planteémonos cómo es nuestra vida actual, cotidiana, del día a día. Podemos decir que en el sentido de la evolución  aparentemente es una vida apragmática.[4]

Vivimos en unos tiempos “causados”. Lo que nos ocurre a estas alturas de siglo XXI parece ser por causa o por culpa de malas acciones o estrategias económicas (fundamentalmente, se dice), políticas o sociales que se han realizado anteriormente. Y eso parece justificar gran parte de la actitud del hombre y el desespero actual. Pero como señala Lecomte du Noüy cuando examinamos el concepto causa, vemos que esto es muy complejo. A primera vista cada efecto tiene una o varias causas: tomemos el ejemplo de una bala de cañón. El lanzamiento ha sido “causado” ¿por el fulminante? ¿Por la mano del soldado que tira de la cuerda? ¿O fue la carga de la pólvora? Evidentemente, sin el movimiento de esa mano no habría ocurrido todo el proceso, pero se había podido sustituir por un mecanismo y también el fulminante podría haber explotado por un rayo de sol. Con un telescopio ese rayo de luz podría haber sido elegido de entre las estrellas y luego amplificado[5]. Es absurdo hacer responsable a la estrella de los daños ocasionados por la bala del cañón. Tampoco son responsables los obreros que han fabricado la pólvora o los ingenieros químicos que la inventaron, etc. Pero, todos tiene algo de responsabilidad en el daño ocasionado, responsabilidad que podríamos hacer llegar hasta muy lejos en la humanidad (padres y abuelos de los ingenieros, el inventor de la pólvora, etc.).

Sin darnos cuenta hemos traspasado una barrera cuando hemos buscado la causa. Hemos pasado la barrera de lo material a lo inmaterial, al final estaríamos interpretando el motivo del daño causado por la bala de cañón en términos filosóficos o  espirituales.

Por esto vivimos tiempos tan “causados” y confusos, pues buscamos entender lo que nos ocurre ahora en nuestro mundo, en nuestras vidas en base a causas “eficientes” es decir precedentes, anteriores, y -como hemos visto- entonces todo se pierde en una complejidad tan grande que se disipa el significado (la relación del ahora con el todo) y nadie se pone de acuerdo.

La vivencia de nuestra realidad, cuando queremos entenderla y saber por qué nos ocurre aparentemente es apragmática, no tiene utilidad, no tiene coherencia (en el sentido evolutivo), cada uno la relaciona en base a clichés o informaciones que oye de unos u otros, o a razonamientos que realiza y al final nadie es capaz de explicarse cuál es su “stand”, la posición clara del hombre en el mundo. Un factor importante en esta apragmasia del significado es que el hombre actual ha incorporado el materialismo, la técnica y la ciencia como vivencianatural” o como Creencia que diría Ortega y Gasset[6]. Esperamos que con la ciencia se comprenda todo nuestro mundo, nuestra economía, nuestra sociedad, nuestras desgracias y nuestras soluciones. Para entender la importancia de lo relativo que es todo esto vamos a introducir con Chales-Eugène Guye[7] el concepto de “Escala de Observación”. La “realidad” vista desde un insecto, una bacteria o desde el mundo atómico, no tiene nada que ver con la “realidad” vista desde el ser humano, que además mediatiza todo lo que observa por sus características biológicas, intelectuales, emocionales o incluso espirituales. La escala de observación crea el fenómeno. En la naturaleza, en el universo, no existe una escala de observación, todo es una unidad que solo es alcanzable parcialmente por el hombre entendiendo desde su posición lo que es capaz de interpretar del sentido cósmico. El sentido absoluto nos es inalcanzable, y solo lo detectamos como desorden (y asimetría); pero sí que conseguimos descubrir un orden dentro del desorden: son las leyes de matemáticas, física, química e incluso las leyes del caos.

Y volvamos de nuevo al discurso del principio.

         Dios, también llamado la “anti-probabilidad”, no es posible de captar pues no está al alcance de nuestra “escala observable”. Las leyes que rigen o puedan regir en ese estado trascendental las desconocemos, como desconocemos las que rigen en el submundo del electrón o de los quarks. Y ¿si no es posible comunicarnos con el electrón o los quarks, es posible comunicarnos con Dios?

Para Lecomte esto solo será posible si la evolución se realiza no en el plano fisiológico y anatómico sino en el plano espiritual. Considera que hay dos evoluciones. Una evolución que somos capaces de detectar; es la evolución de nuestra cultura, de nuestra especie, de nuestro tiempo cognoscible. Pero hay otra evolución aún mayor regida por la Telefinalidad. Esta evolución no la conocemos; se rige por parámetros que superan el conocimiento que hasta ahora podemos tener y que la ciencia no es capaz de prever. Y cuando avancemos en ella ¿podremos hablar con  Dios, con el cosmos, con el sentido del universo? Y realmente preguntémonos más, ¿no solo con el sentido del universo sino con el sentido de lo que es y no es universo? (hoy sabemos que hay muchos universos, la telefinalidad no es solo de nuestro universo propio).

Esto nos lleva a la otra pregunta: ¿en esta evolución, el hombre  desarrollará un ente espiritual en sí mismo que le separe ya definitivamente de su ser animal? Para Lecomte sí. El desarrollo de la evolución ha de ser individual no de la especie “el verdadero grado de humanización se revela en la intensidad del esfuerzo (espiritual), no en sus resultados ni en su forma”. El hombre ya ha terminado la evolución intelectual (le pueden quedar avances significativos de inteligencia, pero no tendrán significación evolutiva sobre la Telefinalidad excepto que conlleve a la vez una evolución espiritual).

“Qué sobrevivirá en la lucha en el hombre: ¿su parte animal o su parte espiritual? El hecho de que la segunda parte represente un porcentaje menor en la población del mundo no significa nada; la historia muestra que la punta de lanza de la evolución, por lo común, comprende a un pequeño número de individuos. En base a la telefinalidad la supervivencia del más apto ya no puede considerarse como el origen de las formas evolutivas, y el más apto de una línea determinada puede dar origen a especies destinadas a desaparecer o a vegetar si las condiciones externas (crisis económicas, necesidades nuevas humanas, etc.) resultan modificadas y son desplazados por otros individuos más aptos desde el punto de vista teleológico. Quien contribuye a la evolución no es el ser mejor adaptado a su ambiente (técnico, instrumental, etc.). Éste sobrevive, pero su mejor adaptación lo elimina de la progresión ascendente. “ya no es el más fuerte, el más ágil y el más apto físicamente el que debe sobrevivir, sino el más evolucionado espiritualmente” señala Lecomte.

La evolución, podemos decir nosotros, ya no ha de desarrollarse en un plano puramente físico sino neurocultural. El cerebro ha de evolucionar en su capacidad de manejo biológico del entorno social, cultural y transpersonal. Eso ya ocurre actualmente pero no somos conscientes de ello y no sabemos manejarlo. Esto ya supera la adaptación; es evolución que se va impregnando del primer paso de la telefinalidad y para ello es necesario que la consciencia evolucione para empezar llevando al mismo nivel de efectividad tanto el mundo racional como el intuitivo.

Siguiendo el camino de la Telefinalidad, la trasformación en masa solo puede comenzar  por medio de individuos que en general se hallan muy diseminados (apoya implícitamente la idea del número crítico) “no son americanos, chinos o europeos, son hombres”. Pero gracias al nivel evolutivo que hemos alcanzado ya no tenemos que esperar milenios sino que la escala de de la evolución está situada a nivel personal. La vida de una persona le permite avanzar en su nivel evolutivo. Quien incorpore su desarrollo de conciencia neurocultural a la armonía de la telefinalidad deja de tener una vida cotidiana apragmática (en sentido evolutivo), pues ya adquiere significado (relación de sentido de su vida con el todo) su quehacer diario con la evolución general.  Pero no podemos afirmar que los hombres actualmente más brillantes y los más profundos serán los que dejarán en el futuro una huella permanente desde el punto de vista de la evolución, porque esto lo valoramos desde nuestra visión de seres “causados” y desde la actual escala de observación: “el hombre que dentro de mil o dos mil años será considerado el más grande de nuestra época, tal vez vive hoy o vivió ayer”. Podemos haber pasado a su lado en la calle, podemos conocerlo o bien puede sernos enteramente desconocido “los patricios romanos del año 33, los filósofos y los intelectuales se habrían divertido mucho si le hubiéramos dicho que un desconocido joven judío, juzgado por el procurador de una distante colonia, desempeñaría un papel infinitamente mas grande que el del Cesar, que dominaría la historia de occidente y se transformaría en uno de los mayores símbolos de la humanidad.[8]

Solo cuando la consciencia participe de la telefinalidad el sistema adquirirá estabilidad. Pero como aún no participamos conscientemente de la telefinalidad, el deber del hombre es contribuir con sus posibilidades en esta evolución. No ha de preocuparse por los resultados ni de la importancia de su contribución, pues el esfuerzo, en si mismo, en mejorar en el camino de la evolución es lo que cuenta. Lo importante es que cada vez más hombres contribuyan en la tarea común de la humanidad en la que el fin individual se identifica con el fin general pues todos aspiran a participar de la telefinalidad. “el verdadero progreso solo depende del deseo apasionado y entusiasta de mejorar en el sentido estrictamente humano de los valores”.

Pero por ahora podemos añadir: gran parte de la crisis humana actual es debida a que nos hemos adaptado en exceso, al materialismo, a la ciencia, al deseo de lo nuevo y de tener cada vez más. Nos acostumbramos a “lo mejor” y ya no nos vale algo de “menor” capacidad material. ¿Cuantos jóvenes luchan por el último modelo del teléfono móvil, de la videoconsola, de la ropa, etc.? El problema es que seguimos embaucados por los medios, porque seguimos siendo “causados” y el conflicto del hombre se ha complicado aún más debido al desarrollo técnico de sus creaciones, y nos “disgustamos” porque parece irreversible la decadencia de un mundo fundamentado en lo material como ahora existe. “Cualquier civilización que depende de los descubrimientos mecánicos y de las soluciones técnicas está condenada al fracaso”.

Porque el problema no está en la finalidad sino en plantearnos el esfuerzo hacia la telefinalidad . Es decir hacia una meta más profunda, más larga, que solo podemos intuir, pero que no sabemos cual es; solo sabemos que el hombre y la dignidad humana han de ser el centro del camino evolutivo de humanización.

Decía Miguel de Unamuno que creer en Dios es desear su existencia, y lo que es más importante, actuar como si existiera. Igualmente señala Lecomte que el progreso humano existe solo por el hecho de que un ser crea en él y desee contribuir a él. E insiste: durante mucho tiempo el hombre no será capaz de reconciliar los actos de la vida cotidiana con su tarea como actor responsable de la evolución. El problema está que no podemos creer en Dios (el innominado porque no es posible concebirlo), pues no podemos tener una imagen de Dios como no podemos tener una imagen de los espacio-tiempos de los quarks ni realmente del electrón y por lo tanto hablar con Dios es lo mismo que hablar con el electrón o los quarks. Pero creemos en ellos porque se pueden demostrar efectos ¿y tenemos que creer en Dios por sus efectos? Ahí viene la discusión (en la que ahora no podemos entrar)

Dejaremos esta discusión en la frase final de Unamuno “actuar como si existiera”, una telefinalidad que nos llevará a una humanización espiritual, efectiva con sentido cósmico. Por esto insiste Lecomte “no es la imagen que nos creamos de Dios lo que prueba su existencia, es el esfuerzo que hacemos para crear esa imagen”. Evidentemente hay mucha gente que no cree nada de esto y señala en este sentido Lecomte “nada hay más irracional que un hombre racionalmente irracional”. Pero nunca hay en Lecomte una crítica a la ciencia pues considera que el lenguaje científico es necesario para poder luchar contra la indiferencia y seguir en el camino evolutivo.

Aunque tenemos que preguntarnos ¿Qué tipo de ciencia? ¿Tendrá que ser una ciencia que amplíe su campo a la intuición y se abra a un método científico en el que se unan intuición y técnica como un todo?

En este sentido ya decía Lecomte

 “el fanático religioso niega la inteligencia, el agnóstico la intuición”.

         El nuevo método científico no podrá ser el que ahora existe, ni evidentemente su contrario. ¿Quizá con ese nuevo método consigamos algún día hablar con Dios?


[1] Lecomte du Noüy. El destino humano. Editor Santiago Rueda, Buenos Aires, 1959 (primera edición 1950). Hablar de este autor y no nombrar a Dios no solo es imposible, sería una herejía. Pero para aquellos que crean que se trató solo de un “filósofo o religioso”, les indico que fue un biólogo apoyado por el Instituto Rockefeller que dirigió la sección biofísica del instituto Pasteur y colaboró en trabajos con el matrimonio Curie y con el sabio inglés Sir. Willian Ramsay.

[2] En adelante para abreviar escribiré solo “Lecomte”. Las frases entre comillas están extraidas del libro.

[3] El término Telefinalidad fue creado por Lecomte du Noüy

[4] Usamos Apragmasia en el como “que no tiene aparentemente un sentido útil práctico” con el conjunto de la evolución. Es curioso como este término muy usado en psiquiatría no está en los índices de los tratados de nuestra especialidad ni en los diccionarios de psicología o psiquiatría. Solo lo he encontrado en un compendio de Psiquiatría de Spoerri (1975) aunque no define su significado. El origen etimológico de “práctica” proviene del latín “practice” que significa “que obra” (sentido dado en 1280, según Joan Corominas); por lo tanto apragmático diríamos que no actúa sobre el sentido global de la evolución. En psiquiatría Rojo Sierra (1986) (Psicología y psicopatología de la inteligencia humana) lo aplica a síntomas de enfermedades muy concretas (incapacidad de realizar una vida práctica) siguiendo la idea de autores como Minkowski o Kraepelin que utilizaron otros términos para expresarlo.

[5] En la Exposición de Chicago de 1933 se utilizó un rayo de luz que había sido emitido 40 años antes por la estrella Arturo para hacer funcionar una llave que controlaba toda la iluminación.

[6] Vivimos de las Creencias y por lo mismo no solemos pensar en ellas, dice Ortega. Nuestras creencias más que tenerlas las somos. La Creencia no es una idea ni un mecanismo intelectual,  sino que es una función del viviente como tal, que orienta su conducta y su quehacer. (Historia como sistema y otros ensayos de filosofía. Revista de Occidente. Alianza Editorial,1941)

[7] Citado por Lecomte du Noüy

[8] Por esto la clásica discusión de si los “fines justifican o no los medios” solo tiene respuesta positiva si fuéramos conscientemente partícipes de la telefinalidad. Por ejemplo la cuestión tan repetida ¿si pudiéramos volver atrás en el tiempo y conociéramos a Adolf Hitler con 6 años de edad lo eliminaríamos para evitar  los millones de muertes de la segunda guerra mundial? ¿el fin justifica el medio? Independientemente de la decisión individual de respeto a la vida de toda persona, el problema es que no sabemos si esa decisión de eliminarlo pudiera suponer que dentro de 50.000 años no hubiera nacido un ser humano que nos libraría de la destrucción de toda la humanidad por un meteorito, o dentro de unos millones de años de alguien que permitiese salvar a la humanidad cuando el sol ya no fuese viable. Y así muchos etc. Por lo tanto sin conocer el fin último (que siempre nos es desconocido) no podemos justificar los medios. Si conociéramos el fin último (la telefinalidad al fin y al cabo), este sí que podría justificar los medios.

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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2 respuestas a TELEFINALIDAD. DIOS Y EL ELECTRÓN.

  1. elia dijo:

    Interesante reflexion sobre la importancia de compaginar los avances
    cientificos y el desarrollo material con el desarrollo de lo intuitivo, lo espiritual y lo emocional. Tambien sobre la necesidad de ser humildes al evaluar nuestro conocimiento de la realidad. Gracias x compartirlo, Juan.

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  2. Marisa dijo:

    Muy interesante tu reflexión y especialmente señalar que no podemos hablar con “algo” que no podemos conocer, ni entender, ni percibir, pero todos nos preguntamos por ese “algo”, sea para defender su existencia sea para negarla.
    Evidentemente, como señalara Paniker, al cambiar el Dios persona que era capaz de encolerizarse por los actos de los hombres, que podia ser justo o injusto, cruel o protector, al cual podiamos hacer cambiar de opinion….. por un Dios no personificado, que Es perfecto innombrable, inmutable.. al que ya no podemos agradar o disgustar, con el que no podemos relacionarnos, ya no podemos hablar con El.

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