EL YO NEUROCULTURAL


(exocerebro y autoconciencia)

Juan Rojo Moreno

            Para poder entender bien un interesante y original postulado sobre la autoconciencia (conciencia reflexiva) que nos presenta Roger Bartra, creo que es adecuado hablar antes de unas ideas aportadas por C: G. Jung y por José Ortega y Gasset. Bartra escribe un buen libro sobre su idea de lo que denomina exocerebro, pero necesita tanto justificar su novedoso concepto que al final uno no sabe donde está la ciencia y donde la filosofía; aunque quizá la verdad es que nunca se hayan separado.[1]

C. G. Jung, psicoanalista suizo, habla además de un inconsciente individual (de cada persona desde su nacimiento) también de un Inconsciente Colectivo, común a toda la humanidad. Y es sobre este último aspecto que quisiera hacer una breve referencia. El Inconsciente Colectivo supone que toda la humanidad participamos de unas experiencias comunes que se presentan de forma simbólica y que Jung las descubre mediante las Mandalas que son unas figuras que detectó en los sueños a principio de siglo XX en personas que, aunque vivieran en el campo (no había televisión, ni radio, ni internet, etc.), no habían tenido contacto con culturas lejanas asiáticas o de otra parte, en donde también se presentaban estas imágenes cargadas de simbolismo. Por lo tanto de este concepto de Inconsciente Colectivo extraemos esta primera idea de que “sin darnos cuenta” en nuestro cerebro hay estructuras simbólicas culturales propias y compartidas por la humanidad.

Ortega y Gasset ya en 1939 habla de las cosas “consabidas”. Dice Ortega: en la medida en que exista lo que denomino “cosas consabidas” hay unidad social y comunidad. Pues hay cosas que no solo lo sabemos cada uno de nosotros sino además sabemos que lo saben también los demás. Esto que sabemos junto con otros lo consabemos y por ello es consabido y en ello nos comunicamos. Con este concepto orteguiano ya nos acercamos a lo social que sin reflexionarlo, automáticamente, integramos de forma común con los otros.[2] Es más, luego nos introduce muy bien en lo que denomina la Creencia. Para Ortega “las creencias  no surgen en tal día y en tal hora dentro de nuestras vidas, no son pensamientos ni ocurrencias ni razonamientos. Cabe decir que no son ideas que tenemos sino ideas que somos. Con las creencias propiamente no hacemos nada, sino que simplemente estamos en ellas. No llegamos a ellas tras una faena de entendimiento sino que operan ya en  nuestro fondo cuando nos ponemos a pensar en algo”[3].  Por lo tanto, por las creencias sin ser conscientes de una serie de cosas, que nos son dadas por la cultura y la sociedad, no obstante las tenemos incorporadas a nuestra vida consciente. Es más, las creencias forman parte de nuestra conciencia reflexiva; cuando nos preguntamos por nosotros mismos y reflexionamos sobre lo que sentimos y vivimos (autoconciencia) estamos incorporando sin darnos cuenta estas creencias que nos rodean y que son producto del proceso socio cultural.

Pues bien, resulta que estas aportaciones mucho años después han sido desarrolladas y ampliadas según los tiempos modernos, de forma novedosa, por el antropólogo Roger Bartra (aunque no nombra a Ortega) para apoyar la idea que nuestra conciencia reflexiva realmente no está solo en nuestro cerebro sino en un continuum interior–exterior, por lo que habla del exocerebro[4].

Este autor sigue a Locke en relación con el concepto de consciencia pues la entiende como una serie de actos humanos individuales en el contexto de un foro social, ya que etimológicamente consciencia significa conocer-con-otros, es decir un conocimiento compartido socialmente (con =“reunión” y sciere = “conocer”). Por esto Bartra piensa que los neurobiólogos buscan en la estructura funcional del cerebro humano algo, la conciencia, que puede encontrarse en otra parte. Puede parecer una idea confusa, pensar que hay una conciencia del hombre “fuera” del cerebro, pero por esto he nombrado antes a C.G. Jung y a Ortega y Gasset, y ahora veamos como desarrolla Bartra su interesante hipótesis.

El ser humano ha presentado en su evolución circunstancias de sufrimiento que no es capaz de resolver solo con sus capacidades físicas y mentales; la prótesis que ha utilizado ha sido una red cultural y social estrechamente vinculada al cerebro. La conciencia no radica en percatarse del mundo exterior sino en que “una parte de ese contorno externo funciona como si fuese parte de los circuitos neuronales”. Por lo tanto  la incapacidad del cerebro es compensada por funcionalidades y capacidades de índole cultural. La hipótesis de Bartra es que ciertas regiones del cerebro adquieren genéticamente dependencia neurofisiológica con un sistema simbólico que proviene de mecanismos sociales y culturales.

¿Cómo apareció esta capacidad en los seres humanos?; aquí aporta Bartra una idea de  Ian Tattersall con el concepto de “exaptación”. Considera que los seres humanos tenemos una serie de capacidades no funcionales durante cientos o millones de años que en un momento de la evolución se activan. No se trata, pues, de un mecanismo de adaptación sino de que llegue “el momento” de activarse. Según Tattersall los mecanismos periféricos del habla no fueron una adaptación sino una mutación que ocurrió cientos de miles de años antes de activarse. Las capacidades cognitivas que ahora estudiamos en los seres humanos fueron también una transformación ocurrida hace 100 o 150 mil años que no fue aprovechada (exaptada) hasta hace 60 o 70 mil años cuando apareció una innovación cultural que “activó” estos procesos que residían en el cerebro sin ser expresados. Todo esto ha facilitado que señale Tomasello como los seres humanos individuales poseen una capacidad biológicamente heredada para vivir culturalmente.

El problema está en entender cómo circuitos neuronales (de nuestro cerebro)  carentes de símbolos pueden conectarse con circuitos culturales altamente codificados, regidos por redes simbólicas y semánticas. Cómo es posible transformar códigos externos en señales químicas y eléctricas. No se trata de entender solamente por una parte que el entorno emite señales o estímulos y por otra un sistema nervioso que da entrada a la información para procesarla y actuar en consecuencia.

Para intentar explicar mejor su idea de exocerebro, Bartra utiliza muchos ejemplos entre los que entresaco 4 significativos:

1- Por una parte los casos de los psicópatas (trastorno de personalidad antisocial) que son indiferentes al daño que ocasionan a otros o a ellos mismos.

2- Por otra parte el caso de los autistas incapaces de conectar de una manera efectiva con los otros, con las relaciones sociales, estéticas, poéticas etc. Pero pueden manejar datos, maquinas, procesar secuencias, etc.

En estos dos primeros ejemplos, el problema, aunque haya una base biológica o neuronal que podamos considerar anómala, no es solo esta base lo importante, sino que estas personas no pueden conectar ni sintonizar con los circuitos simbólicos y redes socioculturales.

3- En tercer lugar, el descubrimiento de las neuronas espejo. Las neuronas espejo son unas células visuales y motoras originariamente detectadas en la corteza ventral promotora de los monos que tienen la particularidad de que se activan cuando el animal realiza una actividad (como agarrar un objeto) pero también cuando otro individuo (ya sea mono o humano) realiza una acción semejante. Por lo tanto son la base neuronal de las formas sociales de reconocimiento y nos indica cómo se activan neuronas por acciones especificas sociales “esto indica la existencia de una especie de semántica inscrita en las neuronas motoras que son capaces de `representar´ una acción”. Los seres humanos también tenemos neuronas espejo. Como señala Vilayanur Ramachandran, (director del Centro de Cerebro y Cognición de la Universidad de California) “El mensaje más importante de las neuronas espejo es que demuestran que verdaderamente somos seres sociales conectados”. Todo esto quiere decir que procesamos información social “como si” la estuviéramos realizando y nuestro cerebro actúa sinérgicamente de forma específica con esta actividad social. Es como si nuestro cerebro estuviera fuera” haciendo la misma acción  (ya vamos viendo por qué habla de exocerebro), siendo capaz de manejar información simbólica procedente del entorno social (no se activan las neuronas espejo si el sujeto hace el movimiento pero no hay objeto y tampoco se activan si el objeto es empujado con un instrumento y no con la mano).

4- En cuarto lugar tenemos el problema de los comisurados; personas a las que por diversos motivos se les ha realizado una cirugía separando las conexiones de ambos hemisferios, del cuerpo calloso y la comisura anterior que tienen 200 millones de axones que unen las neuronas de ambos hemisferios cerebrales. Llama la atención que si bien cuando se les presenta algo que solo lo capta el hemisferio izquierdo (por ejemplo sensaciones del ojo y mano derecha que al estar cruzadas van todas al hemisferio izquierdo), las pueden nombrar, pero dicen no percibir nada, y no las pueden nombrar cuando se les estimula desde el ojo y mano izquierda (que va todo al hemisferio derecho). Pero lo más curioso es que aunque ambos hemisferios estén separados, pueden estos pacientes, en general, llevar una vida “aceptable” con bastante normalidad en su cotidianeidad: hablar con la gente, no se pierden ni desorientan, pueden percibir y entender las relaciones sociales y no presentan personalidad escindida (aunque no todo será perfecto, por ejemplo puede que una mano abroche los botones de la camisa y otra los desabroche o puede que tengan deficiencias en la memoria). Esta unidad de la persona que hasta cierto punto se mantiene funcional, considera Bartra, es debido a que aunque se hayan separado los hemisferios cerebrales, aún consigue el paciente mantener los lazos unitivos con sus redes culturales y sociales (con su exocerebro) que hace que se mantenga la autoconciencia y una aceptable unidad global, aunque no perfecta pues los marcadores de memoria del espacio exocerebral no son suficientes (sin los enlaces internos del cerebro que aportan  también circuitos emocionales verbales, auditivos etc. necesarios para la memoria global).

El neurólogo E. Goldberg nos completa, las ideas de Ortega y Gasset pero desde el punto de vista neurológico. Considera este neurólogo que en la evolución humana ha habido un desplazamiento cognitivo desde el hemisferio cerebral derecho al izquierdo debido a la acumulación de “plantillas cognitivas” que se almacenan externamente gracias a recursos culturales y que son internalizadas por los individuos durante el aprendizaje como si fueran módulos prefabricados (vemos como esto nos recuerda a las creencias de Ortega). Estas plantillas permiten almacenar y transmitir conocimientos colectivos durante muchas generaciones (ahora también se relaciona con Jung).

El neurocientífico Robert Wilson (2004) a semejanza de Bartra concibe la conciencia como un proceso que se encuentra sostenido por un andamiaje ambiental y cultural externo y encarnado en un cuerpo por lo tanto empotrado en un medio ambiente. Bartra amplia la idea en el sentido que considera que el andamiaje ambiental y cultural externo es fundamentalmente un sistema simbólico que compensa incapacidades del sistema cerebral.[5]

A pesar de todo lo dicho, es necesario encontrar -cuando queremos confluir biología y cultura- una teoría unificada que pueda explicar esta unión entre circuitos simbólicos y redes neuronales.

Se ha comprobado que las experiencias que tienen importancia para el individuo, por su carácter emocional, intencional etc. producen “marcadores somáticos” que se relacionan con la activación de genes y factores de transcripción. Por lo tanto nuestra vinculación simbólica sociocultural modifica el sustrato funcional genético y neuronal.

Cuando hablamos de exocerebro, no se trata de redes exteriores “enchufadas” al hardware del cableado cerebral. La información circula a lo largo de todo el continuo neurocultural. El hecho de que se trate de un circuito continuo no quiere decir que sea homogéneo; hay importante diferencia en los procesos que alberga, pero no se trata de una dualidad esquemática.

Por esto, para que entendamos la idea si, por ejemplo, estamos concentrados leyendo el Quijote, cuando contemplamos un cuadro o hablamos con un amigo “no hay una sustancia mediadora entre el individuo y lo que escucha o contempla”. “El exocerebro no es algo que está ubicado entre las neuronas y la cultura, sino que es el segmento ambiental estructurado que continua ciertas funciones cerebrales por otros medios”.  En el momento de la lectura: Don Quijote, Sancho Panza, la cultura que conlleva, los recuerdos, los espacios, sentidos de las palabras, nuestras experiencias en aventuras, situaciones parecidas simbólicamente; todo está en una unidad sociocultural que hace que la conciencia en ese momento no esté solo en la cabeza; está en todo el conjunto. Todas las relaciones sociales y culturales son en ese momento una unidad manejando redes simbólicas y datos que escapan a la capacidad del cerebro. Esa es la conciencia plena que conecta con influjos inconscientes.

Ahí está la paradoja, hacemos una conciencia reflexiva “consciente” sin darnos cuenta que existe tal por el acervo sociocultural en parte consciente y en parte inconsciente que nos envuelve, y en este acervo las Creencias orteguianas son una parte de nuestra misma autoconciencia. El exocerebro, para Bartra es, pues, un sistema simbólico de sustitución, una prótesis cultural que suple las funciones que el cerebro humano es incapaz de realizar. Para él, por lo tanto, lógicamente, el exocerebro es externo al individuo.

Creo que el concepto de exocerebro confunde, tal como la explica Bartra. La idea que queremos alcanzar realmente es que esa red neurocultural está de forma unitiva conformada tanto en el exterior como en nuestro propio cerebro. Y la autoconciencia es un continuum de todo este complejo unitivo cerebro-red neurocultural (conciencia neurocultural).

Termina Bartra nombrando a Rimbaud cuando dijo “je est un autre” (yo es otro) y de esta manera aunque intente por todos los medios no hacer filosofía sino explicación sistemática (científica) de base fenomenológico-biológica, entra de lleno al final de su obra a las puertas de la filosofía. “Nuestra identidad individual se extiende y abarca a los otros” dice Bartra;  “Yo no puedo llegar a ser mí-mismo si no entro en comunicación con otro” dijo el filósofo Karl Jaspers[6]. Aunque la cuestión “ciencia y filosofía” ya es otro tema que aquí, ahora, no puede ser desarrollado.

Ya se que me estoy alargando demasiado; como dice Ortega y Gasset “mi voz empieza a aburrirse de mi voz”, pero quiero, para terminar, subrayar que la aportación de Bartra nos abre también las puertas a otro campo muy interesante. Nos hemos preguntado muchas veces ¿Cómo es posible que con un supuesto mismo nivel de autoconciencia haya seres humanos más “humanizados” y otros que son verdaderos anormales de la evolución deseada? A estos últimos se les puede aplicar lo que dijo Jaspers en 1933 “Cuanta monstruosidad cabe en el ser humano, cuanta aberración en personas inteligentes, cuanta perfidia y alevosía en gente aparentemente buena, cuanta irreflexión, miopía y pasividad egoísta en las masas”[7]. Y además están los que ni se plantean lo uno ni lo otro. Todo este abanico que vemos diariamente en la sociedad ¿comparten la misma escala neurocultural? ¿y por lo tanto el mismo funcionamiento cerebral y genético por la unitividad cerebro-red sociocultural? ¿O dentro de la autoconciencia también tendremos que hablar de niveles? Esto habrá que desarrollarlo en otra ocasión.

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[1] Roger Bartra. Antropología del cerebro. La conciencia y los sistemas simbólicos. Editorial Pre-textos 2006.

[2] Discurso 16  Noviembre 1939 en el XXV aniversario de la Institución Cultural Española en Buenos Aires. Publicado en: José Ortega y Gasset. Meditación del pueblo Joven. EMECÉ editores. Biblioteca de la Revista de Occidente, 1958

[3] Ideas y creencias. José Ortega y Gasset Ed. Espasa Calpe. 1940

[4] El termino exocerebro me parece que no es el que mejor aclara la idea de Bartra. Nos hace pensar en una contraposición entre un endocerebro (que parecería como si fuera el propio) y el exocerebro que estaría fuera, dando la  impresión de “distinto a nosotros” y creo no es esa la idea de Bartra. No obstante es el término que usa.

[5] Ya F.Varela anteriormente (1992) había dicho que la conciencia se encuentra encarnada en un cuerpo con capacidades sensomotoras y empotrada en un contexto biológico y cultural (citado por Bartra)

[6] Karl Jaspers. Filosofía. Tomo I. Ediciones de la Universidad de Puerto Rico. Revista de Occidente, Madrid, 1958.

[7] Karl Jaspers .Autobiografia Filosòfica. Editorial Sur. Buenos Aires, 1958 (escrito en 1953)

Acerca de juanrojomoreno

Profesor Titular de Psiquiatría Universidad de Valencia
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